La crisis y otros demonios escondidos

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Vivimos en un estado de confusión generalizado. Miramos el horizonte y no vemos luz. Observamos la situación actual y no hallamos consuelo. Revisamos lo que ha acontecido previamente y nos indignamos por lo que nos han hecho y por haberlo permitido.

Pensamos que la crisis económica, la crisis de credibilidad institucional, la crisis política o la crisis de confianza son las causas de nuestros problemas actuales. Sin embargo, no somos capaces de advertir que esas crisis no son la causa sino la consecuencia de la manifestación de algunos “demonios escondidos” en el seno de nuestro propio ser.

Algunos analistas van más allá de las llamadas “crisis del instrumento” (*) y se centran en una causa más profunda, la crisis de valores. El valor principal del ser humano, manifestado en todas las cartas de derechos del mundo civilizado, es la dignidad. Una persona, por el mero hecho de serlo, es digna (valiosa), posee la capacidad potencial de gobernarse a sí misma y de modelar sus condiciones para aportar valor a la sociedad. En ese sentido, se manifiestan otros valores fundamentales en el ser humano: el respeto, la honestidad, la generosidad, la responsabilidad, etc.

Unos hablan de que la crisis de valores ha consistido en la pérdida de estos valores universales. Otros, de que simplemente se han sustituido por otros a los que se les otorga, valga la redundancia, más valor: éxito, reconocimiento, asunción acrítica de derechos, etc.

Se afirma que la crisis de valores genera las crisis inicialmente referidas.

Pero aquí quiero replantear esa asunción tácita. Indicar que la crisis de valores sería una especie de “tronco” y que del mismo aflorarían o se manifestarían las diferentes “ramas” en forma de crisis económica, de credibilidad institucional, de confianza, etc. Digamos que más que la causa, es la condición de posibilidad. Sin tronco, no hay ramas.

Como cualquiera puede imaginar fácilmente, en este cuadro nos falta al menos un elemento más: la “raíz”, la condición de posibilidad más profunda que conocemos y que, en una mirada superficial, siempre queda lejos del escrutinio. Por eso se hace necesario un pensamiento radical, que no es aquel que rompe con lo establecido de mala manera, sino ese pensamiento profundo que se dirige a la raíz de un problema para realizar un diagnóstico y poder aplicar medidas de gran calado. En salud se distingue claramente entre “medicina paliativa” (apunta al síntoma, a las ramas) y “medicina preventiva” (va a la raíz).

Es muy fácil, en teoría, podar las ramas (p.e. sustituir a unos políticos por otros, a un partido por otro). O quitar los frutos podridos de un cesto para que no contamine al resto (p.e. incrementar las penas por corrupción o meter en la cárcel a los resposnsables máximos de la crisis económica). Sólo se requiere valentía política o una ciudadanía que tome las riendas de su futuro, que recobre su maltratada dignidad. Pero siendo necesaria esta acción paliativa, no es suficiente para afrontar con garantías la regeneración del sistema. Se necesita ir más allá y afrontar también, sin demora alguna, acciones preventivas que permitan consolidar la salida mejorada de la actual situación.

Y la raíz de todas las crisis actuales se encuentra en una profunda y silenciosa crisis de conciencia.

Para entender mejor en qué consiste esta crisis, es necesario definir claramente a qué se está apuntando con el término conciencia. Partimos de una dificultad semántica insoslayable, la enorme cantidad de acepciones que admite esta palabra. Puede significar, entre otras muchas cosas: conocimiento, elevada moral, estado de vigilia, ser consciente de algo, etc.

Aquí usaremos una acepción lo más simple posible: darse cuenta o, en modo metafórico, despertarse.

Todos sabemos lo fácil que es manejar el cuerpo de una persona dormida. Y lo sencillo que resulta moldear la voluntad de alguien que no se da cuenta de la realidad. Existen innumerables estudios que lo corroboran y la publicidad utiliza esa maleabilidad para influir en nuestros deseos más íntimos e irracionales.

Quien gestiona los instrumentos de manipulación de conciencias tiene un enorme poder y una gran responsabilidad (entendida como capacidad para responder, no como obligación de hacerlo). El modo en que se ejercerá esa responsabilidad determinará si se adecua a unos intereses particulares o responde a un interés general.

El poder de la palabra es gigantesco. Puede modular el modo en que percibimos una realidad. Somos seres narrativos y un discurso seductor puede conducirnos hacia una dirección concreta sin apenas darnos cuenta. De ahí la importancia de “despertarse”.

Desde pequeños nos bombardean con discursos dirigidos por y que satisfacen a una determinada minoría de personas o entidades. Precisamente las que han colonizado los medios de moldeo de conciencias. Nos quieren hacer creer, y lo consiguen hasta que despiertas, que es bueno para nosotros mismos consumir (convertirnos en meros consumidores), que cuanto más tengamos, más seremos. El discurso se adapta a la complejidad del receptor, pero el trasfondo es el mismo: queremos lo mejor para ti (que coincide con lo que te quiero vender) y tú eres libre de elegir qué consumir (dentro de las posibilidades que te doy como buenas), no te preocupes por nada (duérmete), que nosotros nos ocupamos (dependerás de nosotros).

Poco a poco nos convertimos en seres dependientes, con una dignidad tan diluida que podemos justificar fácilmente la agresión a la dignidad ajena, y poco o nada predispuestos a cuestionar el sistema en el que vivimos. Resulta sintomático comprobar cómo el fenómeno “zombie” está ganando adeptos, como si una suerte de identificación estuviera emergiendo en nuestro interior.

Ante este panorama, el deterioro de nuestras condiciones materiales ha conducido a una indignación todavía mayoritariamente inconsciente. Algunas personas despertaron y cambiaron el discurso: estos son los culpables de lo que te pasa. Y las adhesiones se están multiplicando. La masa crítica está llegando al umbral en el que se producen cambios significativos. Pero es una revolución superficial. Un vuelco sin recorrido.

Hoy más que nunca es necesario un despertar masivo, un comprender que nuestros demonios escondidos influyen en nuestro modo de percibir y actuar. Que la deseable mejora en las condiciones materiales es un paso necesario pero insuficiente para salir de la gran crisis. Que se necesita un efectivo despertar, una recuperación de la dignidad y un empoderamiento ciudadano a gran escala. Y que eso no puede esperar a que se poden las ramas o que se quiten los frutos podridos del cesto institucional.

Si no despertamos, si no miramos de frente nuestro interior para librarnos de nuestros fantasmas y si no revisamos críticamente los valores que nos mueven, los cambios tendrán un alcance muy limitado. Y volveremos a dormirnos cabreados por esta nueva oportunidad (crisis) perdida.

(*) La economía, como la tecnología, se consideraba en sus orígenes como un instrumento al servicio del ser humano. Mediante esas herramientas, podríamos progresar como especie y liberarnos de determinadas cargas para poder expresar todo nuestro potencial creador. Al facilitar nuestras condiciones materiales, quedaría un gran espacio para el desarrollo personal, la gran aspiración que nos impulsa hacia adelante. Sin embargo, el tiempo nos ha demostrado que el instrumento que nos iba a liberar se ha convertido en nuestro amo. Aumentamos día a día la dependencia funcional de estas herramientas. Vivimos pegados y apegados a los aparatos tecnológicos, alienándonos como seres sociales a poco que nos zambullimos en la realidad virtual. Vivimos pendientes de las predicciones y lecciones de los economistas de prestigio. Bailamos al son de las noticias sobre la crisis económica.

 

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Acerca de José Luis

Aprendiz de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Vinculado al mundo de las altas capacidades intelectuales desde 2008, año en el que entré en la asociación ASA de Málaga tras la identificación de mi hijo mayor. Once meses después, en 2009, afronté el reto de presidirla cuando estaba a punto de disolverse, lo que me llevó a adoptar un rol de activista que he mantenido hasta 2016 en diferentes organizaciones de este colectivo tan desconocido y plagado de mitos y estereotipos. En este blog trato de aclarar los conceptos más básicos a todas aquellas personas que aterrizan y no encuentran dónde agarrarse. También tuve un periodo de activismo social en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013) en la PAH de Málaga.
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