El síndrome del corcel

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“La incompetencia es tanto más dañina cuanto mayor sea el poder del incompetente”, Francisco Ayala

Uno de los conceptos más usados en la actualidad es el de empoderamiento. Existen varias definiciones de este concepto, pero todas confluyen en una idea base: hacer aflorar la fortaleza propia. Básicamente, en dos sentidos: i) individual, “yo puedo” y ii) colectiva, “nosotros podemos”. Cuando una persona o grupo se empodera, adquiere la fortaleza necesaria para tomar las riendas de su vida o para tomar decisiones políticas relevantes, entendiendo política en un sentido amplio y genérico de acción con incidencia colectiva.

Por lo general, las personas (o colectivos) con fortaleza interior no manifestada suelen subestimar esa energía durante un largo periodo de sus vidas. Hasta que no se ven forzados a manifestarla en situaciones críticas con cierta regularidad no son conscientes de la misma. Funcionan, en ese sentido, como una suerte de corcel. Criaturas que simbolizan una gran fortaleza y que históricamente nos han ayudado a realizar labores que, por nosotros mismos, no éramos capaces de hacerlas. Cuando nos montamos en un corcel nos vemos más altos, más rápidos y más potentes.

Respecto al rol de corcel, generalmente manifestamos dos tipos de ignorancia: i) no sabemos que somos corceles, o ii) no sabemos que nos usan como corceles. De paliar el primer tipo de ignorancia se haría cargo el empoderamiento propio, mientras que el modo de solucionar el segundo tipo suele ser de manera indirecta, cuando dejamos de funcionar para otros como un poderoso corcel que les hace parecer más fuertes de lo que son en realidad.

Así planteada la cuestión, podríamos definir el síndrome del corcel como un sesgo cognitivo que sufren determinadas personas o colectivos con poca fortaleza real cuando encuentran en su camino un poderoso corcel que le hace pensar erróneamente que se ha empoderado, despreciando la influencia de ese elemento. El resultado de ese ninguneo es que, llegado a un determinado límite, el corcel se separa de su ‘jinete’ y éste, resentido, en lugar de advertir la ilusión de poderío en la que vivía, no sólo se resiste a la idea de la pérdida de fuerza real sino que aprovecha cualquier ocasión para culpar el ‘equino’ de sus males. No alcanza a entender cómo lo que antes funcionaba ahora deja de hacerlo, siendo la misma persona o grupo que antes.

Para comprender mejor la ‘fotografía’ de este síndrome, que no se encuentra en ningún libro de psicología con este nombre, hay que dar un paso atrás y analizar el famoso efecto Dunning-Krugger.

El efecto Dunning-Krugger fue acuñado por dos psicólogos de la Universidad de Cornell, de Nueva York, Justin Kruger y David Dunning, tras realizar varios experimentos e investigaciones publicados en el Journal of Personality and Social Psychology de diciembre de 1999. Se trata de un sesgo cognitivo que se debe a la incapacidad cognitiva del sujeto para reconocer su propia incompetencia. Se basa en los siguientes principios:

  1. Los individuos incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades.
  2. Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades en los demás.

En resumen, que el síndrome del corcel se manifiesta con posterioridad al efecto Dunning-Krugger, cuando el individuo o el colectivo tiene que actuar en su ámbito de competencia.

Para ‘curarse’ de este síndrome es recomendable tomar distancia con la acción fallida, lo que te permite ver la escena desde otra perspectiva y valorar con otros ojos la situación al completo. Entender que ese corcel que llegó a tu vida fue un regalo que no supiste aprovechar y dar los pasos para aflorar tu propia fortaleza interior, hasta el límite de tus propias capacidades naturales sin pretender llegar más lejos, lo que sólo te genera sufrimientos por no cumplir las expectativas irreales que has generado mientras montabas.

 

 

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Acerca de José Luis

Aprendiz de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Vinculado al mundo de las altas capacidades intelectuales desde 2008, año en el que entré en la asociación ASA de Málaga tras la identificación de mi hijo mayor. Once meses después, en 2009, afronté el reto de presidirla cuando estaba a punto de disolverse, lo que me llevó a adoptar un rol de activista que he mantenido hasta 2016 en diferentes organizaciones de este colectivo tan desconocido y plagado de mitos y estereotipos. En este blog trato de aclarar los conceptos más básicos a todas aquellas personas que aterrizan y no encuentran dónde agarrarse. También tuve un periodo de activismo social en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013) en la PAH de Málaga.
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