La infraestructura tácita de las ideas

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Un motivo subliminal de fragmentación en la ciencia incluye lo que podría denominarse «la infraestructura tácita de las ideas científicas». Algunas de nuestras más valiosas habilidades existen en dicha forma. Un niño, por ejemplo, pasa largas horas con una bicicleta hasta que de repente aprende a andar en ella. Y aun así, una vez adquirida esta nueva habilidad, parece que no se olvida nunca. Adopta una forma subliminal e inconsciente, ya que nadie «piensa» realmente cómo montar en bicicleta. De la misma manera escribir a máquina, dirigir un velero, caminar, nadar, jugar al tenis, y para un manitas dejar a punto un coche, cambiar un enchufe roto o la arandela de un grifo, contienen este tipo de infraestructura tácita del conocimiento y de las habilidades. De manera similar, un científico posee este tipo de sensibilidad y pericia en la «yema del dedo». Esto hace posible la investigación cotidiana, permitiendo la concentración en el núcleo central del problema sin tener que estar constantemente pensando en los detalles de lo que se está haciendo. La mayoría de los científicos llevan adelante su investigación utilizando técnicas experimentales o aplicando teorías que aprendieron en la universidad. Por ello, un físico puede emplear diez años en la investigación de, por ejemplo, la estructura interna de los metales sin necesidad de plantearse nunca este conocimiento tácito en ninguna forma básica.

Pero la ciencia, como todas las cosas, está constantemente en proceso de evolución y cambio. En este proceso, los avances que se hacen en un área determinada pueden tener a veces importantes consecuencias para el establecimiento de teorías y conceptos en otros campos. De esta manera, el contexto general de la ciencia está constantemente sufriendo cambios que son a veces tan profundos como sutiles. El resultado de esta innovación compleja es que la infraestructura subyacente de conceptos e ideas puede poco a poco hacerse inapropiada o incluso irrelevante. Pero al estar los científicos acostumbrados a utilizar sus habilidades y conocimientos de manera subliminal e inconsciente, hay una tendencia mental a aferrarse a ellos e intentar seguir trabajando con viejas técnicas en el marco de un nuevo contexto. La consecuencia es una mezcla de confusión y fragmentación.

Para poner un ejemplo, consideremos el desarrollo de la teoría de la relatividad. Antes de Einstein, los conceptos newtonianos de espacio y tiempo absolutos habían inundado tanto la teoría como la práctica de la física durante varios siglos. Incluso un físico tan original como H. Lorentz, que trabajó alrededor del cambio de siglo, continuaba utilizando estos conceptos en un intento de explicar la velocidad constante de la luz, dejando de lado la velocidad de los aparatos de medición. Las nociones newtonianas de velocidad relativa sugerían que la medida de la velocidad de la luz debería arrojar un resultado experimental que dependería de la velocidad del aparato de observación en relación con la fuente de luz. Así, si el aparato se mueve rápidamente hacia la fuente de luz, se espera que registre una mayor velocidad que si se mueve alejándose. Sin embargo, a lo largo de cuidadosas mediciones no pudo observarse tal efecto. Lorentz, en un esfuerzo por mantener las nociones newtonianas, propuso la teoría del éter, en la que los resultados anómalos se explicaban por cambios en el aparato de medición al moverse a través del éter.

De este modo pudo Lorentz explicar la velocidad constante de la luz, independientemente de la velocidad relativa del observador, como un artificio producido por los instrumentos de medición, sin tener que cuestionar la naturaleza fundamental de las ideas newtonianas. Se necesitó la genialidad de Einstein para hacerlo. Pero era tal la fuerza de la infraestructura tácita de los conceptos básicos que hubo de pasar algún tiempo antes de que la mayor parte de los científicos pudieran apreciar el significado de las propuestas de Einstein. Igual que con Lorentz, la tendencia general era aferrarse a las maneras tradicionales de pensamiento en contextos nuevos que requerían cambios de base. Así se introdujo en la infraestructura subliminal una confusión muy difícil de detectar.

Para liberarse de este galimatías, los científicos han de poder percibir la infraestructura subyacente de habilidades, conceptos e ideas bajo una luz totalmente nueva. Desde el primer momento, esta observación revela varias contradicciones internas y otras inadecuaciones, que deberían ser suficientes para que los científicos se dieran cuenta de que algo iba mal. Una acumulación de paradojas e incongruencias tendría que llevar a los científicos a cuestionarse la totalidad de la estructura general de las teorías y presuposiciones que subyacen a un campo concreto. En algunos casos, un examen de este tipo incluiría el planteamiento de la independencia de esta área de especialización con respecto a otras.

Sin embargo, en muchos casos no se produce esta clase de reacción, y los científicos intentan avanzar guardando «vino nuevo en odres viejos». ¿Por qué ocurre esto? La respuesta incluye un factor psicológico, la fuerte tendencia de la mente a aferrarse a lo que le resulta familiar y a defenderse contra aquello que amenaza con poner en serio peligro su equilibrio. A no ser que se prevean estupendas compensaciones, la mente no gustará de explorar su infraestructura inconsciente de ideas sino que preferirá seguir adelante por caminos familiares.

La tendencia de la mente a aferrarse a lo conocido se intensifica por el hecho de que la estructura tácita está inseparablemente entretejida con toda la rea de la ciencia y con sus instituciones, de las que depende la seguridad profesional de todo científico. El resultado es que hay siempre una fuerte presión contra cualquier investigador que amenace con «estrellar el barco». Esta resistencia no se limita, claro está, a la ciencia, sino que tiene lugar en todas las esferas de la vida, cuando se ven amenazados pensamientos y sentimientos que nos resultan familiares y cómodos. La tendencia general será, por consiguiente, la falta de energía y el coraje necesarios para cuestionar la totalidad de la infraestructura tácita de un campo. Y resultará cada vez más difícil hacerlo, ya que toda la infraestructura se extiende en último término, mediante sus implicaciones, a todo el conjunto de la ciencia e incluso de la sociedad. […]

Hasta bien entrado el siblo XIX, a la mayoría de la gente le gustaba creer que, gracias a los esfuerzos comunes, la humanidad se estaba acercando a cierta verdad absoluta sobre la naturaleza. La idea de que la ciencia podía tener un papel importante en el descubrimiento de esta verdad se encontraba, por ejemplo, tras la reacción de la Iglesia Católica ante las enseñanzas de Galileo, ya que parecía que los científicos se sentían capaces de desafiar la autoridad de la Iglesia como depositaria tradicional de la verdad. En el siglo XIX, el evolucionismo darwiniano produjo otra revolución más que, a los ojos de muchos, era un golpe contra la autoridad de la religión.

Cuando la ciencia ganó la batalla contra la Iglesia por la libertad de abrigar sus propias hipótesis, se convirtió a su vez en la principal depositaria de la idea de que formas concretas de conocimiento podían ser verdades absolutas, o al menos acercarse a ellas. Esta creencia en el poder último del saber científico daba a mucha gente una gran sensación de seguridad, casi comparable a los sentimientos experimentados por quienes tienen una fe absoluta en las verdades de la religión. No obstante, existía un rechazo a cuestionar los fundamentos primeros sobre los que descansaba la base de esta verdad.

Mirando hacia atrás, la idea de que la ciencia podría conducir a una verdad absoluta no era en principio inaceptable. Después de todo, en el siglo XVII Galileo y Newton habían dejado al descubierto una impresionante estructura interna que se refería a la totalidad del universo. Esto tuvo que sugerir a muchos científicos la idea de que se acercaban a algunos aspectos de la verdad absoluta. Sin embargo, la ciencia, en su devenir incansable, condujo pronto a nuevos desarrollos de esta «verdad» con el darwinismo, el análisis freudiano, la relatividad y la teoría cuántica. En la actualidad, este proceso de cambio tiene toda la apariencia de seguir adelante. Así pues, surgen preguntas como las siguientes: ¿cómo es posible reconciliar la esperanza de que la ciencia encuentre una verdad absoluta con estas innovaciones radicales en sus fundamentos últimos? ¿Cuál es la relación entra las ideas científicas y la realidad, cuando constantemente se producen tales cambios fundamentales en las teorías científicas? En la actualidad se ha debilitado considerablemente la noción de verdad absoluta, y los científicos se han acostumbrado, al menos de manera tácita, a aceptar la necesidad de cambios interminables en sus conceptos básicos. A pesar de ello, y al menos en el nivel subliminal, la mayoría de los científicos todavía parecen albergar la esperanza de que, de alguna manera, la misma actividad científica les ofrecerá algún día una noción de verdad absoluta. Parece ser ésta una de las razones por las que muestran tal disposición a defender con gran energía la infraestructura tácita de la ciencia.

Ciencia, orden y creatividad, D.Bohm y F.D. Peat

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Acerca de José Luis

Adulto superdotado con perfil "aspersor". Padre de dos hijos superdotados. Diletante de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Activista social en el ámbito de las altas capacidades intelectuales (2009-2016) y en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013). Escéptico con mente ecléctica. Amante del conocimiento en todas sus variedades y facetas, sin ideologizaciones políticas, religiosas ni éticas. Sin deudas simbólicas...
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