Hedonismo instrumental vs hedonismo operativo

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El 22 de abril de 2007, el magazine de elmundo.es publicó un artículo titulado Declarado el hombre más feliz del planeta en el que nos acerca a la figura del monje francés Matthieu Ricard, un viaje apasionante a la vida de una persona que cambió de manera radical su forma de vivir, de pensar y de entender el mundo.

A raíz de la misma, construí una reflexión acerca de la diferencia nítida entre el hedonismo instrumental típicamente occidental y el hedonismo operativo que, en algunos casos, se practica con mayor énfasis en oriente. Matthieu Ricar sería un ejemplo extremo de “hedonismo operativo”. Examinemos algunas ideas:

Nos hemos acostumbrado a creer que la felicidad es una especie de competencia olímpica para tener más, ser más exitoso, sentir más placer y hacer más cosas…

El hombre más feliz del planeta es un individuo que vive en una celda de dos por dos, no es dueño ni ejecutivo de ninguna de las compañías del Fortune 500, no tiene relaciones sexuales desde hace más de 30 años, no vive pendiente del celular ni tiene Blackberry, no va al gym ni maneja un BMW, no viste ropa de Armani ni Hugo Boss, desconoce tanto el Prozac como el Viagra o el éxtasis, y ni siquiera toma Coca-Cola.

En suma: el hombre más feliz del planeta es un hombre que no tiene dinero, éxito profesional, vida sexual, ni popularidad.

Su nombre es Matthieu Ricard, francés, occidental por nacimiento, budista por convicción y el único entre cientos de voluntarios cuyo cerebro no sólo alcanzó la máxima calificación de felicidad prevista por los científicos (-0.3), sino que se salió por completo del “felizómetro”: -0.45.

Los 256 sensores y decenas de resonancias magnéticas a las que Ricard se sometió a lo largo de varios años para validar el experimento no mienten:

Allí donde los niveles en los simples mortales es muy alto, – estrés, coraje, frustración – en el cerebro de Ricard, estas sensaciones negativas sencillamente no existen.

Por el contrario, ahí donde la mayoría de voluntarios mostró bajísimos niveles -satisfacción y plenitud existencial-, Ricard superó todos los índices.

Esto es, en todas y cada una de las sensaciones positivas, dando origen al título de “el hombre más feliz del planeta” 

Lo paradójico del caso no es que él sea un hombre tan feliz, sino cómo llegó a serlo:

Desprendiéndose de todo aquello en lo que los occidentales suponemos radica la felicidad: fe en un Dios salvador, éxito profesional, pericia científica, dinero, posesiones, relaciones humanas y consumo, consumo, consumo…

Y es que Ricard no es ajeno a nada de esto: hijo del miembro emérito de la academia francesa Jean François Revel, Ricard no se dejó deslumbrar por el ateísmo ilustrado de su padre, ni por su fe de nacimiento; tampoco sus estudios de genética celular en el Instituto Pasteur le trajeron la satisfacción deseada.

Con el mundo a sus pies y a punto de convertirse en una eminencia científica Un buen día decidió que ése no era el rumbo que él quería para su vida.

Se fue al Himalaya, adoptó el celibato y la pobreza de los monjes, aprendió a leer el tibetano clásico e inició una nueva vida desde cero.

Hoy es la mano derecha del Dalai Lama y ha donado millones de euros -producto de la venta de sus libros- a monasterios y obras de caridad.

Pero eso no es la causa, sino la consecuencia de su felicidad…

La causa hay que buscarla en otro lado, dice el jefe del estudio, Richard J. Davidson, y no es ningún misterio ni gracia divina:

Se llama plasticidad de la mente. Es la capacidad humana de modificar físicamente el cerebro por medio de los pensamientos que elegimos entretener.

Resulta que al igual que los músculos del cuerpo, el cerebro desarrolla y fortalece las neuronas que más utilizamos.

A más pensamientos negativos, mayor actividad en el córtex derecho del cerebro y en consecuencia, mayor ansiedad, depresión, envidia y hostilidad hacia los demás.

En otras palabras: más infelicidad autogenerada.

Por el contrario, quien trabaja en pensar bien de los demás y ver el lado amable de la vida, ejercita el córtex izquierdo, elevando las emociones placenteras y la felicidad.

Ricard advierte que no se trata de decidir ver la vida en rosa de un día para otro, sino de trabajar sistemáticamente en debilitar esos músculos de infelicidad que tanto hemos fortalecido creyéndonos víctimas del pasado, de los padres o del entorno, y paralelamente, comenzar a ejercitar los músculos mentales que nos hacen absoluta y directamente responsables de nuestra propia felicidad

(M. Ricard, En defensa de la felicidad, Ed.Urano).

Al final, los resultados del estudio de nuestra civilización consumista donde el Prozac se vende cuatro veces más que el Viagra – confirman ahora sí con pruebas científicas en mano, lo que humanistas y profetas de todas las épocas han venido diciendo …sin que los científicos materialistas les dieran ni un mínimo de crédito…

A saber: que la felicidad es un asunto del espíritu.

– No depende de nada ni de nadie externo a la persona (Buddha)
– La clave para ser feliz mora en el interior de cada quien (Jesús)
– La felicidad es un hábito, o el resultado de varios hábitos (Aristóteles)

Ricard admite que su camino no es más que uno entre muchos, Pero advierte que ser feliz necesariamente sucede al dejar de culpar a los demás de nuestra infelicidad y buscar la causa en nuestra propia mente.”

Es importante reiterar lo de “ejemplo extremo”. Al final del texto el propio Richard advierte que el suyo es un camino entre otros muchos. Es decir, que sea un “ejemplo” no significa que sea “el ejemplo a seguir”.

El hedonismo instrumental no es más que una búsqueda de la felicidad “desde fuera hacia dentro”. Se basa fundamentalmente en que ciertos ‘objetos’ (un trabajo, una pareja, que gane España un Mundial, que te toque la primitiva, etc.) inducen ese estado de energización positiva que denomino felicidad. Lo denomino instrumental porque a los ‘objetos’ se les trata como instrumentos de placer, como medios externos para alcanzar un estado de felicidad. Se puede resumir, caricaturizándola, en la imagen de un maromo repantingado delante de la tele, en una actitud pasiva de “aquí me las den todas”. Se trata, en resumen, del aspecto pasivo del hedonismo. Es una felicidad “de superficie” (no provoca ningún cambio sustancial), que se puede cuantificar y que se concreta en preguntas y respuestas del tipo:

¿Eres feliz?
Sí (no), soy (no soy) feliz.

¿Por qué eres (no eres) feliz?
Por ESTO o por AQUELLO.

Esta no es sólo la vía más transitada en nuestra sociedad, sino que la propia sociedad está estructurada de manera que se fomenta consciente o inconscientemente esta vía como la única posible para alcanzar la tan ansiada felicidad. No se ofrecen alternativas, y cuando parecen ofrecerse es mediante una suerte de transmutación de la información procedente de la vía operativa en más de lo mismo. Esto se concreta, por ejemplo, en esos horripilantes anuncios de coches en los que se utilizan (instrumentalizan) nociones operativas para atrapar a esa franja de personas reacias a caer en el hedonismo instrumental explícito porque buscan “algo más”. Recuerdo uno en el que se hablaba de la pirámide de Maslow (si Abraham levantara la cabeza), en el que se decía algo así como que teniendo ese coche alcanzaríamos la cima de la pirámide. Una soberana estupidez, como todas las instrumentalizaciones de ese tipo. Pero supongo que si insisten en este tipo de publicidad es porque rentará.

También se concreta en lo ‘moderno’ que resulta ahora todo lo que huela a oriental. Cualquier rito, figurita o ejercicios que se practican en oriente son adoptados y adaptados a nuestra forma de ver el mundo, descascarillándolo y convirtiéndolo en un mero instrumento de distracción.

El hedonismo operativo, en cambio, es su aspecto activo. Lo llamo operativo porque se trata de movimientos internos que operan en el sentido de reestructurar nuestra visión del mundo. Toda persona que no tenga desarreglos fisiológicos graves tiene acceso a esta vía, siendo además la única vía que no conduce a la frustración porque sus movimientos no dependen de ‘objetos’ (p.e. la identificación con tu trabajo, con tu país, con tu credo, con una cierta imagen de uno mismo, etc), donde se asientan nuestras expectativas personales o colectivas, sino que fluyen de manera natural -espontánea y sin doblez en su modo de actuar- concretándose en una energización positiva similar a la de la vía anterior, y a la que generalmente denomino alegría. Podría llamarse también “felicidad sin objeto” pero ese nombre tendería a crear cierta confusión.

Para comprender mejor la diferencia que hago entre alegría y felicidad.

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Acerca de José Luis

Adulto superdotado con perfil "aspersor". Padre de dos hijos superdotados. Diletante de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Activista social en el ámbito de las altas capacidades intelectuales (2009-2016) y en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013). Escéptico con mente ecléctica. Amante del conocimiento en todas sus variedades y facetas, sin ideologizaciones políticas, religiosas ni éticas. Sin deudas simbólicas...
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