Una aproximación atea a la Inteligencia espiritual

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Para encarar un reto de esta dimensión es necesario realizar una serie de distinciones entre diversos conceptos que han ido adquiriendo sentidos diferentes a lo largo de la historia del pensamiento humano. No voy a realizar aquí un recorrido histórico sino a recoger algunas nociones fundamentales para entendernos y plantear un escenario que permita abrirnos a la reflexión seria sin caer en las múltiples trampas que se suelen poner cuando el diálogo versa sobre un término tan controvertido como es “espiritual”.

Creencia vs experiencia

La primera distinción, que es la que fundamenta todas las demás, radica en la diferencia entre creencia y experiencia. Comenzaré explorando la primera y luego abordaré la segunda. Para darle un poco de sustancia, acudo a nuestro pensador más universal, el filósofo José Ortega y Gasset, que realiza una distinción básica entre creencias e ideas.

“En “Ideas y creencias” (y en otros textos sobre el tema) Ortega intenta establecer la diferencia entre el estrato de las múltiples “ideas” de diversos tipos que tiene cada persona (desde las simples ocurrencias hasta las rigurosas verdades científicas, que él pone en el mismo plano) y otro estrato más profundo que es el que denomina “creencias”. Según él, las creencias no se nos ocurren ni llegamos a ellas como llegamos a las ocurrencias, pensamientos o razonamientos que él denomina, en conjunto, “ideas”. 

Para Ortega las auténticas creencias son el continente de nuestra vida, no son contenidos particulares de ella. Por eso lanza una afirmación que resume su tesis: las creencias no son ideas que tenemos, sino ideas que somos

En su opinión, ambos estratos juegan un papel muy diferente en la vida humana. Las ideas, incluidas las científicas, se formulan, se discuten, se propagan, se sostienen… se puede llegar incluso a morir por ellas, pero no se puede vivir de ellas. Él piensa que las ideas son algo que elaboramos en nuestra vida, mientras que la propia vida es, en cambio, algo que se apoya en un plano profundo de creencias que no elaboramos nosotros, ni nos las cuestionamos, ni las difundimos, ni las sostenemos: no hacemos nada con ellas sino que estamos en ellas. Nosotros sostendríamos las ideas, pero lo que nos sostendría a nosotros serían las creencias. 

Esa tesis se aclara bastante cuando se consideran los ejemplos que Ortega aporta para ilustrarla. El primero es lo que ocurre cuando alguien decide salir a la calle: para hacerlo no necesita reflexionar sobre el hecho de que la calle existe. Esa existencia de la calle, con la que contamos sin necesidad de meditar sobre ella, Ortega la considera una “efectiva creencia”. 

El segundo ejemplo que pone es que cuando alguien camina ya por la calle lo hace sin intentar atravesar los muros de los edificios. Tiene la profunda creencia de que los muros son impenetrables, a diferencia de las puertas. 

Estos ejemplos dejan claro que Ortega, como la mayoría de los filósofos, tiene un concepto muy amplio y genérico de las creencias, que vienen a ser las convicciones más básicas y profundas que damos por supuestas y sobre las que apoyamos nuestro pensamiento y nuestra vida”.

Recojo el ejemplo de los muros de los edificios y la profunda creencia de que son impenetrables. ¿Qué nutre esa creencia? Parece sencillo deducir que la fuente de generación se encuentra en la experiencia de haberte topado con muros y comprobar una y otra vez que éstos son impenetrables para ti (salvo que cojas una herramienta que lo destruya, lógicamente). Desde la radicalidad de la experiencia emanan las más profundas creencias que te permiten, en determinadas cuestiones, elaborar ideas como podría ser en este caso concreto sobre “la impenetrabilidad de los cuerpos sólidos”.

No es necesario acudir a ningún ejemplo sobrenatural para entender la íntima relación existente entre ideas, creencias y experiencias, comprendiendo además de modo sencillo que las primeras residen en un estrato más superficial y las últimas habitan en las profundidades de nuestro ser. Y que las tres se nutren e influyen mutuamente. Ninguna vive en una dimensión -tiene una existencia- aislada de las demás, aunque en ocasiones podamos separarlas intelectualmente de la fuente.

Pero si algo hemos aprendido de la condición humana es la extraordinaria capacidad que hemos desarrollado para escapar de la cárcel de los sentidos (realidad sensible) adentrándonos en el universo de la imaginación (imágenes e ideas conectadas con la experiencia sensible) y/o de la fantasía (imágenes e ideas sin conexión con la experiencia sensible). Gracias a la imaginación hemos podido investigar lugares ignotos y gracias a la fantasía los hemos podido inventar. Ciencia y arte se han nutrido de esa capacidad de trascendencia.

Para finalizar esta primera distinción pongo sobre el escenario una de las ideas que más ha conseguido trascender la realidad sensible y alejarse de la fuente experiencial directa: la idea de Dios como entidad susceptible de existir y de interactuar con nuestro mundo sensible. Esta idea probablemente esté presente en nosotros desde que el ser humano desarrolló esa capacidad de pensar más allá de lo que su evidencia cercana le permitía. Y sigue formando parte activa de nuestro devenir como especie.

Creyentes vs ateos

La idea de Dios como entidad susceptible de existir y de interactuar con nuestro mundo sensible es el germen de toda religión de carácter teísta, y se nutre de la creencia, no de la experiencia. Por ese motivo, desde hace unos siglos asistimos a una lucha sin cuartel entre los que creen que existe ese tipo de entidad y los que no creen que existe (o creen que no existe), los ateos. Digamos que es una lucha entre creencias contrapuestas.

El teísmo ha ido reduciendo su significado hasta llegar a incluir toda doctrina filosófica o religiosa que afirma la existencia de un dios personal, trascendente, creador y providencial, dotado generalmente de atributos antropomórficos, como por ejemplo:

  • Un ser capaz de someter voluntades.
  • En algunas religiones es el creador y conservador del universo.
  • En las religiones monoteístas se refiere a la idea de un ser supremo, infinito, perfecto, creador del universo, que sería pues, el comienzo y el final de todas las cosas. Omnipotente, omnipresente y omnisciente.
  • Es un ser amoroso y justo y por medio del Espíritu Santo puede instrumentalizar a personas escogidas para realizar su obra- Es además inteligencia y puede expresar emociones como alegría, cólera o tristeza.
  • Según el cristianismo, el ser humano puede hablar y comunicarse directamente con Dios, sin intermediarios, mediante la oración, puede recibir revelaciones personales, sabiduría e inteligencia adicional para entender los misterios de Dios.

¿Qué ocurre con este tipo de descripciones? Pues que no se diferencian sustancialmente de las que podrían hacerse de un personaje de ficción como Santa Claus o los Reyes Magos. La maduración normal te lleva a negar la existencia de un ser con esas características. Y la mayoría de los argumentos esgrimidos por los autodenominados como ateos giran en torno a esta cuestión. No existe ninguna prueba empírica de la existencia en la realidad sensible de ningún tipo de ser con estos atributos.

En nuestro entorno cultural la religión dominante es la cristiana, que a lo largo de su historia ha ido alejándose de la fuente experiencial de su fundador “gracias” a la inestimable labor de sus seguidores, que han dedicado grandes esfuerzos intelectuales en interpretar el mensaje que Jesús de Nazaret les transmitió. Seguramente si hubiera renacido poco tiempo después de su muerte se habría declarado anticristiano y habría luchado contra los próceres de esa religión cada vez más poderosa e intransigente con quienes no pensaban como ellos.

Interpretar vs transformar

El pensador norteamericano Ken Wilber, conocido hace años como el Einstein de la Conciencia y fundador de la visión integral, hizo una reflexión en la revista EnlightenNext acerca de las dos facetas de la religión. Una primera faceta, la interpretativa, es la que permite al “yo” separado otorgar sentido al mundo. Una segunda faceta, la transformadora, es la que origina una verdadera transformación de la conciencia en los individuos.

“Según Wilber, la religión tiene dos funciones muy importantes, aunque también muy diferentes entre sí. Por un lado, la religión actúa como un medio de creación de sentido para el “yo” separado: mitos, relatos, rituales y otros elementos de las religiones nos sirven como consuelo, dan sentido a nuestra existencia, y nos ayudan a resistir los altibajos del destino.

Sin embargo, esta faceta de la religión, señala el autor, no cambia el nivel de conciencia de las personas. Es la segunda función, la función “transformadora” de la religión, la que produce una liberación y una transformación radicales de la conciencia, escribe Wilber.

La primera función de las religiones sería, por tanto, una especie de “movimiento horizontal” (creación de sentido para el yo), mientras que la segunda sería una suerte de “movimiento vertical”, un movimiento que puede percibirse hacia lo “alto” o hacia las “profundidades” de la conciencia.

A la primera faceta de las religiones Wilber la denomina “interpretación” y, a la segunda faceta, “transformación”. Con la interpretación, el “yo” aprende a percibir y a pensar de una manera determinada la realidad.

Con la transformación, en cambio, el “yo” es examinado, cuestionado e incluso se hace desaparecer para que el individuo alcance una nueva autenticidad.

Ambas funciones de la religión son igualmente indispensables, escribe Wilber. Por su parte, la faceta de la interpretación otorga integridad y seguridad al yo, un sentido para el mundo. Pero, señala el autor, en algún punto del proceso de maduración del individuo esta interpretación deja de funcionar, y ya no ofrece consuelo.

En ese momento, las creencias, los paradigmas, los mitos y las ideas dejan de servirnos, y la trascendencia del “yo” se convierte en el único camino posible. Empieza entonces la búsqueda de la segunda función de la religión, búsqueda que ha sido culminada por muy pocos individuos a lo largo de la historia.

Wilber describe la espiritualidad transformadora señalando que ésta no busca legitimar ninguna visión del mundo sino proporcionar verdadera autenticidad. Para ello, cuestiona todo aquello que el mundo entiende como legítimo. Esta espiritualidad sería, por tanto, revolucionaria por naturaleza.

La espiritualidad transformadora, por otro lado, ha sido y es seguida por un número verdaderamente pequeño de personas. El resto de la población religiosa se encuentra implicada en la primera faceta de la religión, la faceta de la interpretación, caracterizada por prácticas mágicas, creencias míticas, oraciones, rituales, etc”.

Esta visión es importante para explicar la nítida diferencia que hay entre una espiritualidad inmadura basada en meras creencias (que busca consuelo en las religiones netamente interpretativas como la nuestra) y una espiritualidad desarrollada nutrida en la experiencia (que encuentra apoyo en las religiones transformadoras). Para distinguir una de la otra usaré los términos religiosería -religiosidad aparente o de superficie- y espiritualidad -religiosidad real o profunda-.

Así entendida, la espiritualidad podría ser definida como genuina ciencia subjetiva, en contraposición a la genuina ciencia objetiva que aquí denominamos simplemente como “ciencia”. El matiz es fundamental porque la “ciencia” es el conocimiento del aspecto objetivo de la realidad (realidad objetiva) y la “espiritualidad” es el conocimiento del aspecto subjetivo de la realidad (realidad subjetiva). Digamos que “ciencia” y “espiritualidad” se complementan para cubrir ambos aspectos de la realidad, mientras que la religiosería se opondría a las dos. Sin embargo, los más firmes defensores de la “ciencia” que desconocen el alcance real de la “espiritualidad” caen constantemente en la Falacia Pre-Trans, al incluir en el mismo saco el pseudoconocimiento subjetivo (religiosería) y el conocimiento subjetivo (espiritualidad). Tiran el bebé junto al agua sucia porque todo le parece lo mismo.

Las personas genuinamente espirituales son tan ateas como las personas genuinamente científicas. Y desde esa perspectiva compartida se puede afrontar el reto de dialogar sobre la Inteligencia espiritual, también etiquetada como Inteligencia existencial (Howard Gardner) o Inteligencia experiencial.

Inteligencia espiritual o existencial

Danah Zoar (estudió física y filosofía y luego psicología y teología en Harvard) y su esposo Ian Marshall (psiquiatra), vinculan el concepto “espiritualidad” con el de “inteligencia”. Dicen que Inteligencia Espiritual es la “…inteligencia con la que afrontamos y resolvemos problemas de significados y valores; la inteligencia con que podemos poner nuestros actos y nuestras vidas en un contexto más amplio, más rico y significativo; la inteligencia con que podemos determinar que un curso de acción o un camino vital es más valioso que otro. La Inteligencia Espiritual es la base necesaria para el eficaz funcionamiento tanto del Cociente Intelectual como de la Inteligencia Emocional. Es nuestra inteligencia primordial”.

También sería la capacidad de dar una respuesta a la pregunta: ¿Quién soy?, de encontrar un sentido profundo a la vida y permanecer alineado con los principios espirituales.

Aunque Howard Gardner no la nombró en su teoría de las inteligencias múltiples, se refirió a la inteligencia espiritual como inteligencia existencial o transcendente. Según Gardner es la capacidad para situarse a sí mismo con respecto al cosmos, así como la capacidad de situarse a sí mismo con respecto a los rasgos existenciales de la condición humana como el significado de la vida, el significado de la muerte y el destino final del mundo físico y psicológico en profundas experiencias como el amor a otra persona o la inmersión en un trabajo de arte.

En su libro “La inteligencia reformulada” de 1999 y en artículos de revistas especializadas después, se planteó si existe realmente una inteligencia especializada en el desarrollo de la dimensión y las vivencias espirituales. El planteamiento tiene fundamento en los hechos, es indiscutible que ha habido grandes personas que han demostrado tener extraordinarias competencias y lucidez en sus propuestas sobre lo espiritual; bastaría citar a Jesús de Nazaret (Cristo), Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Ghandi, sufíes musulmanes, monjes budistas, etc…

Pero con su metodología de investigación sobre las múltiples inteligencias dijo que no podía llegar a afirmar la existencia de una inteligencia especializada en lo espiritual.

Desde luego, Gardner reconoce la existencia de la dimensión espiritual del ser humano, confirmando la convicción de la mayoría de las antropologías en la historia de la humanidad.

Seis años después (2005), el Dalai Lama, en su apasionante libro “El universo en un átomo”, recoge las sorprendentes investigaciones del Dr. Richard Davidson, de la Universidad de Wisconsin en Madison, durante la primavera 2001, en las que pudo identificar con sofisticadas tecnologías de captación de imagen del cerebro, el movimiento y conexiones de neuronas en milésimas de segundo y las alteraciones bioquímicas correspondientes en momentos de vivencias espirituales, constatando la localización de dichas actividades cerebrales. ¿Habrá quedado resuelta la dificultad de Howard Gardner?

Estos datos dejan constancia de que actualmente las actividades espirituales del cerebro pueden ser observadas y estudiadas científicamente. Un paso gigantesco para profundizar el conocimiento del ser humano en todas sus potencialidades biocorporales, psicológicas y espirituales, las tres dimensiones fundamentales del ser humano, de acuerdo a la mayoría de las antropologías conocidas.

Como cualquier otro tipo de inteligencia, es susceptible de ser desarrollada hasta el máximo de sus posibilidades, uno de los objetivos fundamentales de nuestra educación. Pero por lo general esta dimensión está ausente en nuestro sistema educativo, más basado en las competencias de otras áreas, importantes, qué duda cabe, para el ser humano, pero claramente insuficientes para integrar todas nuestras potencialidades latentes.

Si logramos comprender bien qué es esta línea de desarrollo de nuestra conciencia seguramente seríamos capaces, siguiendo las reflexiones de Ramiro Calle en su libro La ciencia de la felicidad, de activar el trabajo suficiente para aprender a:

  • Relativizar.
  • Encarar y ver las cosas como son.
  • Resolver complicaciones y no añadir complicaciones a las complicaciones.
  • Ocuparse en lugar de preocuparse.
  • Estar en el aquí y el ahora, más libre de memorias y expectativas.
  • Valorar lo que se tiene.
  • Estar en el incesante aprendizaje vital y darle así un sentido especial a la existencia.
  • No afligirse en exceso ni reaccionar neuróticamente, sabiendo tomar y dejar, renovándose a cada instante, sin cargas.
  • Priorizar correctamente, aprendiendo las cuatro cosas más importantes de la vida: paz interior, equilibrio mental y emocional, salud somática y buenas relaciones con las demás criaturas.
  • Despejar la ofuscación, superar la codicia y aniquilar el odio.
  • Liberarse de los grilletes del apego, la aversión, el egocentrismo desmesurado, la duda sistemática, la pereza, la impaciencia y las emociones nocivas.
  • Poner los medios para desarrollar el entendimiento correcto,superar el pensamiento neurótico (fuente innegable de malestar) y desarrollar calma y claridad.

Para ello es necesario:

  • Cambiar enfoques y actitudes.
  • Desarrollar los potenciales mentales: energía, atención, ecuanimidad, sosiego, contento interior, lucidez, compasión, paciencia, desapego y desasimiento.
  • La práctica de las técnicas de la transformación y desarrollo mental, tanto psicosomáticas como psíquicas y espirituales.

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Acerca de José Luis

Aprendiz de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Vinculado al mundo de las altas capacidades intelectuales desde 2008, año en el que entré en la asociación ASA de Málaga tras la identificación de mi hijo mayor. Once meses después, en 2009, afronté el reto de presidirla cuando estaba a punto de disolverse, lo que me llevó a adoptar un rol de activista que he mantenido hasta 2016 en diferentes organizaciones de este colectivo tan desconocido y plagado de mitos y estereotipos. En este blog trato de aclarar los conceptos más básicos a todas aquellas personas que aterrizan y no encuentran dónde agarrarse. También tuve un periodo de activismo social en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013) en la PAH de Málaga.
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2 respuestas a Una aproximación atea a la Inteligencia espiritual

  1. José Luis dijo:

    Muchas gracias por tu respuesta, Carlos. Es interesante la introducción de la noción de “principio creador” desmarcada de una determinada figura antropomórfica, aunque el uso del lenguaje sea puñetero y leer “lanza el proyecto y observa su desarrollo” nos lleva hacia un determinado tipo de conciencia intencional que se asemeja mucho a nuestro modo de funcionar.

    El matiz entre reaccionar y responder también tiene su importancia en este asunto, ya que depende del nivel de apertura de conciencia (evolución, despertar, etc). Y la alusión a cómo los seguidores de una hipótesis se desvían de ella a medida que pasa el tiempo y se introducen interpretaciones desde diversas sensibilidades también es muy oportuna.

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  2. Buenos días. A tu solicitud, copio y pego las dos respuestas que incluí en Facebook a un documento que me llegó porque Inma Unzueta lo compartió.

    “Sospecho que hay un principio creador. Como tal, lanza el proyecto y observa su desarrollo. La diversidad de los seres humanos propicia criaturas tendentes a la introspección, y son éstas quienes lanzan hipótesis. Si una hipótesis cala, los seguidores la interpretan y hacen suyo el proyecto, que aunque sea colaborativo acaba normalmente pareciéndose poco a la hipótesis inicial. Si ese principio creador ha de llevar mayúsculas o no llevarlas es opinable. Creo que las casualidades no existen y que, en todo caso, una suma de coincidencias (no de casualidades) propiciadas por las voluntades de unos cuantos seres humanos, voluntades conectadas energéticamente (todos lo estamos) llevan a construir argumentarios que llaman religiones y que les sirven para canalizar, sobre todo, PODER”.

    “Luego, que a ese principio creador le llames Dios, Alá, IOD, Adonai, etc., son manifestaciones de distintas canalizaciones de ese poder sobre las masas”.

    En cualquier caso, me parece que desde las creencias reaccionamos, es decir, salen nuestras primeras (nuestra primera) respuesta. Sin embargo, alguien más evolucionado -o más consciente- no se limita a reaccionar, sino que se toma su fracción de segundo y, en vez de reaccionar, responde.

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