Deuda simbólica. La complejidad de las relaciones humanas.

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«Puedes generar todas las expectativas que quieras sobre cómo debe funcionar el mundo, pero el mundo no está obligado a cubrirlas»

Cuando venimos al mundo tenemos unas necesidades básicas que han de ser cubiertas por nuestros progenitores. Ellos son los responsables de proveernos de lo necesario para sobrevivir y para crecer sanos. Con otras palabras, nuestra familia más cercana tiene la «capacidad para responder» y, en consecuencia, son los que pueden y deben responder. Asumen, por tanto, la responsabilidad y la obligación en esa relación paterno-filial temprana.

A medida que crecemos, y adquirimos las habilidades básicas para responder por nosotros mismos, es sano asumir la responsabilidad de esos aspectos. Poco apoco aprendemos a atarnos los cordones, a vestirnos solos, a arreglar nuestro cuarto, etc. Se convierten, poco a poco, en responsabilidades y obligaciones nuestras. Para que exista un equilibrio dinámico, cada bien o derecho susceptible de ser conseguido, ha de llevar aparejada una responsabilidad u obligación de “pago” simbólico. A mayor bien, mayor responsabilidad.

Gráficamente, este tipo de “transacciones” simbólicas se pueden representar en un BALANCE. Simplificando mucho, tenemos a la izquierda el Activo, compuesto por bienes y derechos, que denominaremos «Derechos y bienes simbólicos». A la derecha pondremos el Pasivo, compuesto por responsabilidades y obligaciones (Pasivo exigible, a los que nombraremos como «Deudas simbólicas») y por el Patrimonio Neto (Pasivo no exigible, que denominaríamos «Capital simbólico»).

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Siguiendo una lógica económica diremos que para aumentar los derechos simbólicos tenemos dos vías: i) incrementando el capital simbólico o ii) elevando la deuda simbólica.

La relación (transacción simbólica) entre hijos y progenitores se establece en el inicio como un incremento de derechos simbólicos y de capital simbólico. Nadie obliga a responder a sus necesidades, lo hacen porque lo desean. No les supone una carga externa (obligación), en circunstancias normales. Existen amargas excepciones que no viene a cuento incluirlas aquí.

Cuando crecen, las transacciones simbólicas se vuelven más complejas. Los niños son conscientes de tener derechos pero no aprenden tan rápidamente a asumir responsabilidades, ya sea porque sus progenitores no les dejan asumirlas (sobreprotección) o porque la sociedad les bombardean con la idea de tienen todos los derechos obviando las correspondientes responsabilidades. ¿Qué ocurre en esos casos? Pues que la responsabilidad no asumida por el hijo se traslada a los padres. El capital simbólico se convierte en deuda simbólica. Y comienzan las relaciones asimétricas. Una relación asimétrica que puede quedarse en la infancia o proseguir en la edad adulta.

Toda persona, en algún momento, puede asumir tres roles diferentes: i) mujer-niña, ii) mujer-mujer o iii) mujer-madre por un lado, o i) hombre-niño, ii) hombre-hombre o iii) hombre-padre por otro. Los roles se corresponden, respectivamente, a: i) más derechos que obligaciones/responsabilidades, ii) igual derechos que obligaciones/responsabilidades y iii) menos derechos que obligaciones/responsabilidades.

El rol de niño/a se define por la generación de expectativas o exigencias propias de derechos que han de ser cubiertos por los demás. Y si el que asume el rol de padre/madre no asume esa “deuda” comienza el chantaje emocional. Expresiones como “no te perdono que…”, “piensas más en los demás que en mí”, “no me cuidas”, “te olvidas de mis necesidades”, etc…, se anclan en el imaginario moral de la deuda. Yo tengo derechos y tú obligaciones conmigo, por lo que si tú no pagas tu “deuda”, esa continúa ahí y yo no te la voy a perdonar hasta que la satisfagas.

El rol de padre/madre en las transacciones adultas (o de niños que asumen obligaciones hacia los demás sin estar preparados) se define por la asunción de responsabilidades que no le competen. Se echan encima una deuda simbólica y toda la carga de culpa asociada a la no satisfacción de derechos de la persona que asume el rol contrario. “Soy un mal padre o mala madre”, “pienso más en mí que en mis hijos”, “si no le doy lo que pide me odiará”, etc…

Estas relaciones asimétricas no son sanas, porque transforman la mejora individual (incremento de derechos) en dependencia (si se cubre la expectativa/exigencia) o rechazo (si no se cubre). Eros se trasmuta en Phobos. El amor interesado en rechazo.

Y se transforma también la asunción libre de responsabilidades (incremento de capital) en asunción obligada (incremento de deuda), con la pérdida de tu individualidad en favor de la colectividad –o del otro-. Ágape se convierte en Tánatos. El amor desprendido en anulación propia.

Los roles, como comentaba, son perfectamente intercambiables. Es decir, una madre o un padre real pueden tomar el rol de mujer-niña / padre-niño en su relación con su hijo o su hija. O al contrario, que niños muy pequeños asuman responsabilidades de padres sin que les correspondan.

Estas transacciones simbólicas insanas pueden cortarse, naturalmente, pero se necesita mucho valor y madurez para hacerlo. Cuesta romper dependencias emocionales generadas durante años en el seno familiar para asumir roles equilibrados de hombre-hombre o mujer-mujer. Porque no son extraños, porque les queremos, porque son nuestra familia, lo más importante. Son situaciones extremadamente complejas de difícil solución. Pero cuando se logra romper la cadena se produce una liberación importante. Se reducen los derechos exigidos del otro al tiempo que las deudas asumidas por nosotros. Y se puede tener una relación más sana y natural.

Todas estas dinámicas de uno-a-uno, uno-a-pocos o pocos-a-uno, se repiten cuando analizamos las transacciones simbólicas de colectividades más amplias. Aquí la complejidad se multiplica pero los bloques permanecen.

Un ejemplo claro es la generación de capital simbólico que se produce con actos altruistas dentro de una organización no lucrativa. Las personas que asumen responsabilidades sin esperar nada a cambio crean valor simbólico para la colectividad. Se centran en producir y no en el reconocimiento de un derecho por esa “obra”. Si se lo dan, bien, pero si no ocurre no merma la calidad de la producción. Salvo, claro está, que algún otro miembro del colectivo se dedique a extraer capital en beneficio propio. Con otras palabras, a ‘vender’ al resto del colectivo, o fuera de él, como propia la obra ajena. Es lo que se conoce como “ponerse medallas que no le corresponden”. Ocurre tanto con las ideas como con las acciones, pero todo se traduce a exacción de capital simbólico y a generación de derechos simbólicos con exigencia de “respuesta” de otros. “Estáis en deuda conmigo, recordad el trabajo que he hecho por vosotros”.

Son muchos los modos de romper el equilibro dinámico entre derechos, capital y deudas simbólicos, y también muchas las maneras de reponer ese equilibro. Un colectivo maduro sabe discernir quién o quiénes generan ese capital simbólico que permite incrementar derechos colectivos (crear “Marca”) sin perder la noción de formar parte de la mejora de toda la “empresa”. Y sabe reconocer eso sin convertirlo en una estulta carrera por llevarse medallas. Cuando el ego y el interés personal irrumpe en la dinámica colectiva, los desequilibrios simbólicos cobran vida y las rendijas comienzan a verse. Se crean “bandos” y se exige un posicionamiento. “O estás conmigo, o estás contra mí”. Y toda la construcción comienza a tambalearse, a carcomerse y, si no logramos sanarla, a caerse. Esto ha ocurrido, ocurre y ocurrirá siempre. Un exceso de figuras “niño” exige un sobreesfuerzo de figuras “padre”. Cuando el “qué podéis hacer por mí” golea al “qué puedo hacer por nosotros” cualquier trabajo se convierte en una pesada carga que termina por quemar a los “padres”.

Desactivar las dinámicas insanas no es más que una cuestión de supervivencia, tanto de una relación individual como de una colectividad.

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Acerca de José Luis

Adulto superdotado con perfil "aspersor". Padre de dos hijos superdotados. Diletante de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Activista social en el ámbito de las altas capacidades intelectuales (2009-2016) y en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013). Escéptico con mente ecléctica. Amante del conocimiento en todas sus variedades y facetas, sin ideologizaciones políticas, religiosas ni éticas. Sin deudas simbólicas...
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2 respuestas a Deuda simbólica. La complejidad de las relaciones humanas.

  1. José Luis dijo:

    En cierto modo te frena, porque asumes responsabilidades que en principio son naturales pero que con el tiempo has de ir liberando para regresar al rol de mujer-mujer, que es cuando alcanzas ese equilibrio personal y, curiosamente, permita sanar la relación con el hombre-hijo o la mujer-niña.

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  2. Yo misma dijo:

    Me posiciono en el rol de mujer-madre lo cual es una p****a, pero no sé como salir de ahí. Y además, es un rol en el que muchos aspectos de tu vida dejan de ser tuyos cuando no sabes equilibrar tus papeles de mujer y de madre, aunque para ser realista, incluso consiguiendo equilibrarlos sigue siendo dificil recuperar tu vida anterior de “no-madre”. Como nadie te enseña, aplicas el rol que haya influenciado en tu vida y cuesta mucho desaprender! A nivel de vida interior, de introspección, interiorizar pensamientos y hacer reflexiones podría hacer una comparación: Cuando no eres madre, buceas y te sumerges a diferentes profundidades, a veces nadas por la superficie, otras veces te sumerges y buceas, abres los ojos, miras la arena, las ondulaciones del suelo, miras los peces, tratas de cogerlos, juegas, das volteretas, disfrutas de la sensación del agua del mar en el cuerpo, inhalas agua por la nariz, la expulsas… Cuando eres madre, sólo tienes tiempo y energía para meter los tobillos y contemplar el mar desde la orilla. Todo el mundo te dice que “la vida te cambia, no es que sea peor, es que es diferente”. Y muchas veces pienso en cómo habrán estado disfrutando del mar esos que me dicen que cambia y que sólo es diferente. En mi caso, ser mujer-madre es una mordaza intelectual.

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