Inteligencia emocional

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¿Qué podemos decir de la inteligencia emocional que no se haya escrito ya? ¿Cómo podemos calibrar la importancia de una buena gestión emocional? ¿Para qué necesitamos una genuina educación emocional? ¿Dónde encontramos los ejemplos de inteligencia emocional que nos inspiran? ¿Cuando nos la tomaremos en serio?

Demasiadas preguntas con demasiadas respuestas. En los últimos años el tema de la inteligencia emocional ha llenado páginas, espacios y bolsillos. Sin embargo, los efectos de tanta efervescencia no parecen observarse en la sociedad actual. Demasiado ruido y pocas nueces. ¿Podría deberse en parte a que existen concepciones diferentes del mismo constructo y eso no facilita su comprensión?

Historia de la Inteligencia Emocional

Peter Salovey, profesor y rector de la Universidad de Yale, uno de los creadores del término, narra el inicio del mismo en un artículo de la revista Mente y Cerebro de inicios de 2006 (imagen que ilustra esta entrada).

La expresión ‘inteligencia emocional’ se utilizó por primera vez quizás en 1986, en una disertación inédita. Uno de nosotros (Salovey), junto con John D. Mayer, de la Universidad de New Hampshire, la introdujo en el campo de la psicología en 1990. Definíamos la inteligencia emocional como la capacidad de percibir los sentimientos propios y los de los demás, distinguir entre ellos y servirse de esa información para guiar el pensamiento y la conducta de uno mismo.

No obstante, ese interés inicial dentro del campo de la psicología no tuvo especial incidencia social hasta un lustro después. Salovey nos lo cuenta en ese mismo artículo.

El interés de los medios de comunicación por la inteligencia emocional estalló cuando Daniel Goleman, psicólogo y redactor del New York Times, publicó en 1995 su Inteligencia emocional, de resonada difusión.

ie-goleman

En octubre del mismo año, una portada de la revista Time y otros reportajes en los medios presentaban la inteligencia emocional como la nueva manera de ser inteligente y el mejor predictor del éxito en la vida.

time

La segunda mitad del decenio de los noventa proporcionó el marco cultural idóneo para la aparición de la inteligencia emocional. La última de una serie de controversias sobre el CI había estallado en 1994 con la publicación del libro The Bell Curve, que mantenía que la sociedad moderna se ha ido estratificando de forma progresiva en función de la inteligencia, no en función del dinero, el poder o la clase.

bellcurve

The Bell Curve se recibió como una defensa de una opinión muy asentada: la inteligencia es el predictor más importante de cuanto interesa a la mayoría, vale decir, salud, dinero e incluso un matrimonio afortunado. Pero la mitad de la población, por definición, tiene un CI inferior a la media; además, el CI se percibe como algo difícil de cambiar a lo largo de la vida. Para muchos lectores, The Bell Curve contenía un mensaje muy pesimista. Ante el miedo de que un CI más o menos inamovible se erigiera en predictor determinante del éxito en la vida, Goleman respondía con una leyenda en la portada de su obra: “Por qué es más importante (la inteligencia emocional) que el cociente intelectual”. El libro no tardó en romper el récord de ventas.

Pero, ¿qué suele ocurrir cuando se populariza un concepto? Pues que éste deja de presentar una imagen precisa y se convierte en una mezcla casi mágica que nos sirve para todos los propósitos deseables que tengamos. Salovey finaliza el artículo señalando esta situación, que no ha variado en más de diez años.

La popularización ha supuesto, en ciertos casos, una distorsión de la definición científica de inteligencia emocional. Así, tiende a igualarse la inteligencia emocional con cualquier cosa deseable en una persona que no pueda ser medida con un test de CI, como el carácter, la motivación, la confianza, la estabilidad mental, el optimismo y los talentos de cada uno. La investigación ha mostrado que las destrezas emocionales pueden contribuir a alguna de estas cualidades, pero la mayoría de ellas están más allá de la inteligencia emocional basada en la capacidad. Nosotros preferimos definir la inteligencia emocional como un conjunto específico de capacidades que pueden aplicarse lo mismo a un fin prosocial que a un fin antisocial.

La capacidad para percibir con precisión los sentimientos ajenos puede ser utilizada por un terapeuta para calibrar la mejor manera de ayudar a sus pacientes, mientras que un artista del timo puede apoyarse en ella para manipular a sus víctimas potenciales. Ser emocionalmente inteligente no necesariamente le hace a uno ser más ético.

Modelo de Inteligencia Emocional de Salovey & Mayer

Una vez conocido el inicio de esta historia podemos adentrarnos en el modelo que han ido perfeccionando con los años estos investigadores y que ha tenido especial acogida en nuestro país, sobre todo en la Universidad de Málaga, donde cuentan con un equipo de investigación capitaneado por el Dr. Pablo Fernández Berrocal. En el siguiente artículo nos lo presenta en profundidad: La Inteligencia Emocional y la educación de las emociones

Y si queréis una explicación original en inglés, aquí tenéis otro artículo, firmado por los propios autores: What Is Emotional Intelligence?

Rafael Bisquerra nos aporta un esquema del modelo para una fácil comprensión inicial:

Según Mayer y Salovey (1997: 10), “la inteligencia emocional incluye la habilidad para percibir con precisión, valorar y expresar emoción; la habilidad de acceder y/o generar sentimientos cuando facilitan pensamientos; la habilidad de comprender la emoción y el conocimiento emocional; y la habilidad para regular las emociones para promover crecimiento emocional e intelectual”. La inteligencia emocional se refiere a un “pensador con un corazón” (“a thinker with a heart”) que percibe, comprende y maneja relaciones sociales.

Estos autores han ido reformulando el concepto original en sucesivas aportaciones (Mayer y Salovey, 1993, 1997, 2007; Mayer, Caruso y Salovey, 1999, 2001; Mayer, Salovey y Caruso, 2000).

Una de las formulaciones que se toman como referencia es la siguiente (Mayer, Salovey y Caruso, 2000; Mayer y Salovey, 1997, 2007). La inteligencia emocional se estructura  como un modelo de cuatro ramas interrelacionadas:

1) Percepción emocional.
Las emociones son percibidas, identificadas, valoradas y expresadas. Se refiere a sí mismo, en otros, a través del lenguaje, conducta, en obras de arte, música, etc. Incluye la capacidad para expresar las emociones adecuadamente. También la capacidad de discriminar entre expresiones precisas e imprecisas, honestas o deshonestas.

2) Facilitación emocional del pensamiento.
Las emociones sentidas entran en el sistema cognitivo como señales que influencian la cognición (integración emoción y cognición). Las emociones priorizan el pensamiento y dirigen la atención a la información importante. El estado de humor cambia la perspectiva del individuo, desde el optimismo al pesimismo, favoreciendo la consideración de múltiples puntos de vista. Los estados emocionales facilitan el afrontamiento. Por ejemplo, el bienestar facilita la creatividad.

3) Comprensión emocional.
Comprender y analizar las emociones empleando el conocimiento emocional. Las señales emocionales en las relaciones interpersonales son comprendidas, lo cual tiene implicaciones para la misma relación. Capacidad para etiquetar emociones, reconocer las relaciones entre las palabras y las emociones. Se consideran las implicaciones de las emociones, desde el sentimiento a su significado; esto significa comprender y razonar sobre las emociones para interpretarlas. Por ejemplo, que la tristeza se debe a una pérdida. Habilidad para comprender sentimientos complejos; por ejemplo, el amor y odio simultáneo hacia una persona querida (pareja, hijos) durante un conflicto. Habilidad para reconocer las transiciones entre emociones; por ejemplo de frustración a ira, de amor a odio.

4) Regulación emocional (emotional management).
Regulación reflexiva de las emociones para promover el conocimiento emocional e intelectual. Los pensamientos promueven el crecimiento emocional, intelectual y personal para hacer posible la gestión de las emociones en las situaciones de la vida. Habilidad para distanciarse de una emoción. Habilidad para regular las emociones en uno mismo y en otros. Capacidad para mitigar las emociones negativas y potenciar las positivas, sin reprimir o exagerar la información que transmiten.

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Acerca de José Luis

Adulto superdotado con perfil "aspersor". Padre de dos hijos superdotados. Diletante de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Activista social en el ámbito de las altas capacidades intelectuales (2009-2016) y en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013). Escéptico con mente ecléctica. Amante del conocimiento en todas sus variedades y facetas, sin ideologizaciones políticas, religiosas ni éticas. Sin deudas simbólicas...
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