Y tú, ¿por qué luchas?

solo

Ayer tuve un sueño raro. Sí, no era un sueño normal en el que me toca la primitiva y se me acaban los problemas de un plumazo. Fue un sueño extraño, pero se me quedó grabado a fuego. 

Estaba presente en una fuerte discusión que tenían dos profesionales de un medio de comunicación relevante. Uno de ellos le decía al otro que no podía aguantar la falta de libertad que tenían a la hora de transmitir las noticias pero la respuesta que recibía era que si no le gustaba lo que hacía tenía el camino expedito para marcharse. Tenía tal grado de indignación que traté de calmarle, apoyándole en su crítica y comprendiendo su estado anímico, pero también la difícil tesitura en la que se encontraba. No es fácil renunciar a tu sueño, a tu profesión o a tu sustento.

Instantes después me miró fijamente, soltándome del tirón:

– Y tú, ¿por qué luchas?

– Buena pregunta -le dije-. No lo sé… O sí lo sé, pero no es una respuesta simple. Supongo que alguien lucha, aunque sepa que puede perder la pelea, porque algo en su interior le empuja a hacerlo.

Esa pregunta me ha martilleado durante todo el día. Y aunque no es el momento más inspirado ni estoy en las condiciones más adecuadas para escribir, sé que tengo que hacerlo. Sacar fuera algunas ideas que pugnan por salir.

Hace unos años propuse a unos amigos crear una red de empoderamiento con la idea de que todos sus miembros se empoderaran y empoderaran al resto. Conjugar la acción individual con la acción colectiva. El “yo puedo” (o “tú puedes”) con el “nosotros podemos”.

Tuvimos una reunión inicial en la que surgieron algunos patrones comunes a todos los miembros que formaban la semilla de esa red:

Visión estratégica o global. No suelen quedarse en los marcos de acción específicos en los que actúan sino que su pensamiento va más allá y piensa en la totalidad de la organización en la que se desenvuelven. Eso permite abordar proyectos a largo plazo con cierta garantía de éxito.

Visión social. No se quedan en la problemática personal sino que se amplía el horizonte de sus inquietudes mucho más allá. Tratan de mejorar el espacio del mundo en el que actúan.

Implicación máxima. Cualquier trabajo en el que se integran es tomado como un reto y se meten “hasta las trancas”, sin términos medios.

Gusto por el riesgo. No tienen miedo a afrontar nuevos retos, nuevos campos del saber o nuevas funciones. Lo desconocido no es una barrera sino una puerta abierta.

Aquello comenzaba de lujo, aunque desgraciadamente tuvo poco recorrido por razones que no viene al caso contar aquí. Muchos proyectos nacen y mueren cada día. Lo importante no es el éxito sino el proceso y la actitud con la que uno se anima a afrontarlos. El camino está lleno de tropezones, pero si nos dejamos arrastrar por la condena social al “fracaso” no seremos capaces de continuar. Hay que salir de ese círculo vicioso porque el único fracaso que conozco es no intentarlo.

Estos últimos ocho años de implicación en proyectos colectivos de diversa índole me ha permitido conocer a personas extraordinarias, luchadores incansables que no se han dejado vencer por las dificultades del camino. Seres que no cejaban en su empeño aunque les costara la salud o la tranquilidad personal. Todos poseían una característica común: estaban debidamente empoderados.

¿Y qué es estar debidamente empoderado?

Tener confianza en uno mismo, en nuestra fuerza interior, en nuestras capacidades y en que lo que vamos a emprender va a cambiar algo el campo de acción en el que vamos a movernos. Y, más allá de eso, tener confianza en los demás, en quienes te acompañarán en el trayecto. Esta es la clave diferencial. No basta con creer en ti sino que has de creer en quien está a tu lado.

EMPODERAMIENTO VS SALVAMENTO

Hace cinco años participamos activamente en la Plataforma de Afectados por la Hipoteca de Málaga. Fueron dieciocho meses de una intensidad brutal, tanto para lo bueno como para lo malo. Tampoco voy a relatar aquí lo vivido durante ese periodo. Lo traigo a colación por uno de los debates que teníamos frecuentemente: ¿activismo o asistencialismo?

Un grupo de miembros activos abogábamos por empoderar a las personas que llegaban a la PAH. Lograr que se sintieran con fuerza para afrontar su propia situación sin necesidad de depender de otras. Apoyarles en su camino sin ser sus muletas. Formarles y que adquirieran herramientas argumentativas suficientes para no dejarse manejar frente a entidades mucho más preparadas que ellos.

Otros miembros, en cambio, a pesar de apoyar esa idea y gritarle a los cuatro vientos, actuaron justo al contrario. Cuando llegaba una persona se limitaban a decirles que les dejaran sus papeles que ellos ya se encargaban de su caso, que no se preocupara de nada. Y claro, cuando a alguien le ofreces una solución sencilla suele optar por ella en lugar de tomar las riendas de la situación por sí misma. El problema es que los que ofrecían las soluciones no estaban suficientemente formados para hacerlo y se produjeron situaciones rocambolescas (por no definirlas con una apelativo más grueso) que desvirtuaron la idea con la que algunos nos implicábamos personalmente. Estábamos ante un problema colectivo gigantesco y mediante esos mecanismos asistencialistas lo único que se lograba era mantenerlo en el tiempo. No puedes luchar contra algo más poderoso si no se unen las personas. Tampoco se puede si tú quieres adoptar el papel de salvador y les ilusionas con tener la solución a todos sus problemas. Así no llegas a ningún lugar, y evidentemente no se llegó al sitio donde se podría haber llegado si se hubiera mantenido la idea original, que todos parecían compartir.

LIDERAR NO ES LLEVAR A LOS DEMÁS DE LA MANO

Esa idea salvífica volvió a cruzarse en los proyectos colectivos que fui conociendo después. Y tuve que rectificar a un par de personas que me pedían o exigían que “tirara del carro”, que para eso estaba el líder. A ambas le dije que yo no entendía ese modo de liderazgo, que yo no iba a tirar de nadie ni a indicar a nadie el camino a seguir. Que mi idea de liderazgo consiste más en empujar, animar y compartir camino de igual a igual con las personas que estábamos en el mismo barco. Lógicamente, ni lo comprendieron ni lo aceptaron de buen grado. Sus reacciones transitaron desde la decepción al resentimiento.

Tras varios años actuando sin pensar mucho en este asunto llegué a la conclusión de que el modo de liderazgo que mejor encajaba con lo que hacía era el liderazgo transformacional, que no es más que una de las posibilidades que existen de liderar grupos. Como todas, tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pero desde luego era con la que mejor me encontraba. Siempre que he participado en un proyecto colectivo he tratado de transmitir entusiasmo y una visión estratégica que permitiera llevar una línea de actuación coherente que permitiera avanzar en un determinado camino. Y cuando he encontrado personas que compartían esa visión y participábamos juntos los éxitos se lograban. Una y otra vez, lo que venía a reforzar ese modo específico de liderar. Las veces que no salían bien las cosas aprendía de los errores y cambiaba las estrategias.

Es muy importante trabajar la noción de equipo en un grupo de trabajo. No se trata simplemente de unir personas y ponerse a funcionar, aunque sean personas con mucha inteligencia. De hecho, cuando se unen personas con inteligencia destacada para trabajar en equipo puede producirse lo que se denomina el Síndrome de Apolo, que es un efecto negativo que dispersa las potencialidades del grupo por una serie de defectos muy marcados que suelen repetirse en todos los que he ido conociendo estos años: i) Demasiado tiempo malgastado en discusiones estériles o destructivas, ii) dificultad para la toma de decisiones, iii) tender a seguir sus temas favoritos sin tener en cuenta lo que estaban haciendo los otros miembros, iv) tender a crear ambientes destructivos y poco creativos y v) no definir bien los roles en el equipo o no aceptar algunos por asuntos de ego personal.

CONCLUSIÓN

En la vida hay que luchar, preferiblemente desde uno mismo. Nacemos luchando y vivimos luchando. Luchar no es agredir a los demás. Luchar no es competir contra nadie. Luchar no es quitar a otro para ponerte tú.

Necesitamos empoderarnos para no depender de nadie en exceso. Todo lo que cedamos a otros repercutirá en una ausencia de control sobre sus resultados que puede tranquilizarnos en primera instancia pero que nos quita la fuerza necesaria para afrontar los retos que tenemos siempre por delante. La dependencia suele salir muy cara. Otros nunca lo harán como tú lo harías.

El empoderamiento colectivo permite trabajar en equipo y que los proyectos salgan adelante, produciendo los cambios que todos desean. Y no siempre hay que estar a la cabeza de los mismos. Tambien puedes ser el último, el que empuja a los demás, el que los apoya y anima. No siempre es bueno figurar, ni para ti ni para los demás. Al final los ambientes se enrarecen en cuanto confundimos participar con protagonizar, algo cada día más frecuente en nuestra sociedad de la imagen. Tú puedes tener una idea fantástica, pero el filtro del grupo actúa asumiéndola o rechazándola. No hay que actuar como un niño pequeño, que si no va el juego como quiero me llevo el escatérgoris.

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Acerca de José Luis

Adulto superdotado con perfil "aspersor". Padre de dos hijos superdotados. Diletante de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Activista social en el ámbito de las altas capacidades intelectuales (2009-2016) y en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013). Escéptico con mente ecléctica. Amante del conocimiento en todas sus variedades y facetas, sin ideologizaciones políticas, religiosas ni éticas. Sin deudas simbólicas...
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