Mi experiencia como padre de un niño con AACC

Este texto que quiero compartir con vosotros me ha hecho llorar. Ha removido muchas cosas que tenía por ahí guardadas, ya que se han mezclado con lo que vivimos actualmente. No es sencillo abrir en canal temas personales y me cuesta un mundo contar la experiencia propia. Más aún si se hace con la perspectiva de cinco años atrás. Desde entonces, muchas cosas han cambiado: en el niño, en la familia, en el colegio, en ASA, en Andalucía, etc.

Pongo en contexto el documento. Ana Cobos, entonces presidenta de AOSMA, la asociación de orientadores de Málaga, y actualmente la presidenta de la COPOE, la confederación nacional de orientadores, me pidió que le contara un poco la experiencia de ser padre de niño con AACC (en esos momentos el hermano pequeño aún no estaba evaluado). Acaba de terminar mis dos años de presidencia en ASA, cuando éramos una asociación pujante pero pequeña en comparación con hoy en día (62 familias entonces, 300 ahora). Con la FASI acabábamos de lograr que la Consejería aprobara la implantación del Plan de Atención a las AACC tras seis meses de duras negociaciones (gracias a Nieves Saldaña y a Diego Rodríguez Toribio) en la que lo más bonito que nos decían era que no se podía hablar con nosotros porque éramos una secta. Gracias a la denuncia interpuesta por Maria Belen Ros Garcia y Alberto Flaño a través de la Fundación Avanza se inició el proceso de negociación. Ahí aprovechamos para incluir el nuevo marco conceptual que rige en Andalucía, que permitía ampliar el espectro de alumnos que podían ser atendidos por sus AACC. Cuantas más criaturas fueran conscientes de tener derecho a esa educación diferenciada, más fuerza podíamos hacer frente a la endurecida administración. Costó mucho desatascar la situación, pero gracias a una última reunión se consiguió, tras explicarle con detalle a la directora de participación que pretender que el perfil de superdotación necesitara obtener un percentil 98 en todas las áreas era un auténtico disparate que no tenía sustento en el modelo de castelló. Gracias a esos meses, hoy en día las familias andaluzas pueden al menos quejarse de lo poco que las atienden, y las más afortunadas pueden ver atendidos sus derechos, y Andalucía comenzó a liderar las estadísticas de identificaciones junto a la región murciana. Antes de eso no tenían ni ese derecho 🙂. Esto es historia y es bueno recordarla para saber de dónde venimos.

Pero volvamos a la experiencia personal. Cuando le envié el texto a Ana me comentó que lo veía un poco agresivo contra los orientadores y le expliqué que era mi experiencia con uno de ellos, que no podía extenderse acríticamente a todos. Eso creo que la convenció y por eso lo publicaron en su Revista. Aquí la tenéis. Aquí la comparto, por si a alguien le sirve para reflexionar sobre su propia experiencia o para animarle a luchar como hicimos nosotros en su momento. Cualquier utilidad que tenga será bienvenida.

PD: Añado que en el colegio donde estaban mis hijos se produjeron situaciones de acoso por parte de algún profesorado. Que pusimos cinco denuncias pero al ser concertado no intervinieron. Al final tuvimos que salir del centro, penalizaron a Angel y le hicieron repetir curso a pesar de que sus notas académicas eran suficientes, como regalo de despedida. En el nuevo colegio nos acogieron con los brazos abiertos, le reevaluaron, evaluaron al hermano, pusieron en marcha talleres de atención a alumnos con AACC. Les aportamos formación e información dentro de nuestras modestas posibilidades. Les invitamos a formarse en Avanza subvencionándoles. Les invitamos a nuestras fantásticas jornadas nacionales, un referente en este campo. En fin, que todo se movió bastante. Para lo bueno y para lo malo. Han sido cinco años intensísimos, que se han intensificado aún más el último año y medio, con el surgimiento de la Plataforma, que entró tan rápido y fuerte que pisó demasiados callos. No es fácil moverse, siempre hay pies que se sienten avasallados. Pero si te frenas por eso jamás cambiarás nada.

https://aosma.wordpress.com/2011/10/15/mi-experiencia-como-padre-de-un-nino-de-altas-capacidades/

Eran las dos de la tarde de una soleada jornada de enero. Llevábamos horas esperando el feliz acontecimiento cuando decidimos calmar el hambre con un ligero tentempié. Al regreso, seguimos esperando un rato más.

Cansados de esperar, fuimos al mostrador. Preguntamos si sabían algo.

“¡Claro, ha nacido a las dos y diez! Os hemos llamado y nadie ha venido.”

“Qué puntería”, pensamos.

Una hora después, accedimos a la zona donde se podían ver los recién nacidos.

La primera impresión fue eso: una impresión. Ver llegar una enorme criatura, con unos pies y unas manos enormes, y saber que ese pequeño es tuyo no puede describirse con palabras. Hay que vivirlo. Es una emoción indescriptible.

Ángel nació rápido y creció más rápido aún. Pronto aprendió a comunicarse, sorprendía esa capacidad para encadenar frases con poquísimos meses. Apenas había cumplido seis meses cuando, en la consulta de la pediatra, el pequeño se puso a teclear el ordenador. La doctora le preguntó a mi señora que qué estaba haciendo el niño, a lo que ella respondió con naturalidad: “Nada, es que su padre trabaja con ordenador y él suele hacer eso”. Pero aquello no era normal, ni mucho menos habitual que un niño tan pequeño asociara el trastear el teclado y esperar que en la pantalla saliera alguna información. A mi mujer eso le dio las primeras pistas, aunque lo fue negando durante mucho tiempo, como no dándole importancia. Yo lo sabía, claro que lo sabía, reconocía muchas cosas propias en él. Pero no quise forzarle lo más mínimo, no quería apretarle las clavijas para que su potencial se actualizara demasiado rápido y luego tuviera los problemas que solemos tener las personas con pensamientos fuera de lo común. Le dejé seguir aposta su camino. Ya sería él quien marcara su propio desarrollo. Estaríamos ahí para apoyarle cuando lo necesitara, pero generar expectativas propias e interiorizárselas me parecía atroz. Muchos padres actúan así sin apenas advertir que eso puede se contraproducente.

Pasaron los años y esa curiosidad fue apagándose a medida que el sistema coartaba su fantasía, su capacidad de pensar fuera de los límites y reglas expresas o implícitas en el sistema educativo. Se sentía raro en clase, sus compañeros se lo decían cuando hablaba de cosas que a los demás parecía no importarles. Fue duro para él sentirse distinto y verse en cierto modo rechazado por ello.

A él le gustaba jugar con los niños, pero a veces pecaba de pesado porque le gustaba hacerlo a su modo, con sus reglas. No lograba empatizar con los demás y eso le hacía sufrir. Sentía que todo el mundo estaba contra él, que nadie le quería, y se aisló.

Tampoco encontró mucha complicidad en algunos de sus educadores, y la grave enfermedad de su madre le hizo entrar en una profunda crisis anímica. Fueron momentos duros para todos, pero él era muy pequeño para asimilarlo sin verse arrastrado por la corriente emocional.

En ese momento decidimos buscar ayuda profesional. Acudimos a un centro que elegí personalmente porque sabía que allí lo entenderían. Tras una primera entrevista y algunas pruebas, se constató que Ángel era “potencialmente superdotado”. Esa palabra, “potencialmente”, era la clave de todo. Teníamos una semilla y, si queríamos que diera buenos frutos (resultados académicos o vitales), debíamos cultivarla (educarla) adecuadamente.

El problema con el que nos encontramos, llamativamente habitual, es que Ángel no tenía un “rendimiento excepcional en todas las áreas”. Al parecer, ese era un requisito indispensable para ser considerado un niño de alta capacidad. Entonces no lo entendíamos, como la inmensa mayoría de los padres, desinformados como están de estos asuntos. “¿Cómo se puede exigir rendimiento a priori si lo normal es que se produzca una vez sea desarrollado ese potencial?”, me preguntaba sin encontrar respuesta. Luego la encontré. Según parecía, se había tomado un modelo de intervención que se utilizaba como modelo de identificación. Se pasaba de una meta, un objetivo a posteriori que requería trabajo y cultivo de potenciales, a un requisito a priori que se exigía para tener derecho a una atención específica de apoyo educativo. Se pide a los niños que tengan no una inteligencia por encima de la media, sino una inteligencia MUY por encima de la media. Se exige a los niños que tengan una brutal implicación en la tarea, que estén hipermotivados, sin plantearnos si lo que les ofrecemos es suficientemente motivador para niños que se salen de los cauces habituales y repetitivos del sistema. Y se le reclama una creatividad exuberante, como si ésta no fuera otra característica a desarrollar con una educación que la favorezca.

Esos criterios, fuera de todo sentido común, limitaron las opciones de que Ángel fuera atendido. Y como el informe que tenía era privado, luego comprobamos que la competencia pertenecía a la administración, de modo que solicitamos una evaluación, pero queríamos estar informados. Nadie nos lo comunicó, simplemente nos entregaron a los pocos días un papel cortísimo en el que se emitía un informe desfavorable. Ángel nos contó que había salido un par de días con la psicóloga del centro a hacer algunos ejercicios y nada más. Aquello era irregular, pero no teníamos forma de demostrarlo porque era nuestra palabra contra la de quienes habían hecho la prueba y quienes habían firmado ese informe incompleto en el que no se hacía referencia alguna al contexto familiar y social del niño. Lógicamente, si nadie nos había entrevistado, ¿qué iba a poner ahí?

Aquello nos desanimó bastante, por lo que dejamos estar el tema. Para nosotros lo importante era que Ángel recuperara su autoestima y no tuviera esos problemas relacionales que le impedían ser feliz en clase.


Por fortuna, ASA Málaga nos tendió una mano, y la cogimos. Eran pocas familias, pero allí conoció a algunos niños con intereses y pensamientos similares con los que conectó de inmediato. Le trabajaron las habilidades sociales y poco a poco fue haciéndose con las herramientas adecuadas para socializar. El cambio, en positivo, fue brutal. Y con el cambio de educadores, definitivo. Aquello era otra cosa.

Desde entonces, todo ha cambiado muchísimo. Seguimos dotándole de herramientas para que sea feliz aunque se aburra soberanamente en clase y sus notas sean bastante pobres para el potencial que tiene. Con los profesores tenemos ahora una relación mutua de colaboración muy fructífera, dentro de las limitaciones inherentes a esta situación.

Ahora Ángel ha encontrado una mina en el magnífico programa de empoderamiento impartido por su “nuevo profe” Rafa Palomo, promotor y ejecutor de la idea. De hecho, según el propio Rafa, Ángel ha sido el único de sus alumnos que se ha salido del marco educativo para trabajar con él el diseño y construcción de una máquina para volar, el gran sueño de mi pequeño. Volar y salir de su angosta realidad. El espera ilusionado que llegue cada jueves para poder hacer y desarrollar su potencial en el área que más le motiva. Ahí sí se implica hasta las trancas y ahí sí muestra la creatividad que se le niega en otros contextos. Su capacidad de aprendizajes es orgánica y no mecánica, en eso se parece al padre. Necesita complejidad, incertidumbre y ambigüedad. Necesita que las cosas no estén cerradas, sin posibilidad de crítica ni de aportar ideas. Necesita algo diferente a lo que recibe. Y como lo que recibe está muy alejado de sus necesidades, su potencial se apaga poco a poco en el ámbito curricular. Por fortuna hemos encontrado que ASA Málaga trata de cubrir esos huecos en la medida de sus modestas posibilidades, y fomentamos que esos sueños no se conviertan en pesadillas gracias a la incomprensión generalizada.

Ángel tiene un hermano menor, Israel, que no ha sido precoz pero que con el tiempo ha ido actualizando potenciales insospechados. Y es que hay niños “gasolina” que actualizan pronto y otros niños “diesel” que necesitan algo más para aflorar. Cada niños es un mundo, una maravilla por descubrir, y el docente que vive su profesión con pasión lo entiende así y se desvive por atender a todos en su propio espacio de actualización adecuado, como pide y exigela Convenciónde derechos del niño en su artículo29 atodos sus estados miembros.

Todos somos responsables de que el sistema no se transforme como necesitaría, y por lo tanto todos somos responsables en el cambio. El talento es un fruto que genera muchos beneficios sociales. Sólo hay que ver el clarísimo ejemplo de reversión que es el propio Rafa Palomo, un joven con altas capacidades que reflexionó sobre la importancia de hacer algo por mejorar los talentos proporcionándoles las herramientas y el poder de ser sus propios agentes en el desarrollo de sus capacidades. Un lujo que si lo convirtiéramos en algo generalizado la sociedad saldría ganando. En momentos de crisis, apostar por la educación del talento, de todos los talentos (todos tenemos uno o varios de ellos, siguiendo a Gardner), es apostar sobre seguro. Cultivar la cantera produce grandes beneficios que revierten en la propia sociedad que apuesta por ello. Y no se hace por lástima, sino por genuina responsabilidad social porque, repito, todos somos responsables en el cambio. Un futuro mejor requiere un cultivo mejor. Requiere cultivar a cada semilla en su propio campo y con sus propios métodos. No es lo mismo cultivar un tubérculo que una fruta exótica, y esta realidad es la que debemos tener en mente siempre.

Es nuestra apuesta. Es mi apuesta. Y debe ser la apuesta de todos.

José Luis Sánchez Piñero

Presidente de ASA Málaga

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Acerca de José Luis

Adulto superdotado con perfil "aspersor". Padre de dos hijos superdotados. Diletante de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Activista social en el ámbito de las altas capacidades intelectuales (2009-2016) y en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013). Escéptico con mente ecléctica. Amante del conocimiento en todas sus variedades y facetas, sin ideologizaciones políticas, religiosas ni éticas. Sin deudas simbólicas...
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