Crónica de un sueño

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Hay pocas experiencias más satisfactorias para un padre que la de presenciar el nacimiento de un hijo. Como con el mayor no pude estar, fue con el segundo cuando lo conseguí. Y mientras esperaba el feliz acontecimiento me puse a narrar lo que ocurría. Este fue el resultado de aquellas horas previas.

5 de febrero de 2004

 

11:24 a.m. Nueva contracción. Su frecuencia alcanza los 3 minutos. En estos momentos son más intensas y duraderas (casi 1 minuto) que hace diez minutos.

El lunes 26 me ingresaron con preocupantes síntomas de disnea: asfixia en cristiano. Era de mañana y el doctor confirmó la necesidad de ingresarme. Rompí a llorar; Ángel se apoderó de mis pensamientos. ¡Mi niño!

11:31 Gran explosión. Durante más de un minuto he sentido como la Gran Puerta de Sésamo se abría en mis caderas. Estoy tranquila a pesar de todo; no como Luis, que está que se sube a las paredes.

11:33 Un par de doctores acaban de entrar. Uno de ellos confirma que la frecuencia de las contracciones sea la adecuada.

11:34 Me van a explorar. “Es para adelantar un poco”, afirma el joven doctor mientras introduce su mano hasta las amígdalas. La inepta doctora que lo acompaña no se maneja con las mismas artes y a pesar de hurgar con dolorosa insistencia no encuentra el objeto de su búsqueda. ¡Novata!

11:38 ¡Alarma de presión! Acaba de saltar el dispositivo del aparato que me suministra oxitocina. Luis llama al timbre para que acudan a rescatarnos de las tinieblas del desconocimiento.

Las contracciones con Ángel no eran tan intensas ni continuadas; y con él llegué a dilatar 7 centímetros. Justo en ese momento decidió girar su cabecita y plantar cara, precipitando la cesárea.

11:41 Accede al interior del habitáculo un auxiliar -cuarentón, pecoso y con un señalado bigote color sangre- para arreglar el desaguisado. “¿Qué ha pasado?” Preguntamos. “Nada: te has movido y este aparatejo, que es muy listo, nos ha chivado que algo pasa… La gitana encoge el brazo para que no le entre el veneno”, indica, en una clave que no entendemos; lo más probable es que hable de alguna parturienta que, para no sufrir, ha doblado el brazo impidiendo que la oxitocina convocara a las temidas contracciones.

11:48 Aumentan la frecuencia de suministro de oxitocina: el aparato medidor pasa de 40 a 60 ml/h. “A ver como responde”, comenta el rojizo auxiliar, y añade: “Tenemos que agotar todas las vías para que el parto sea natural; eso lleva unas horas. Finalmente, si todo falla, el quirófano es la única solución”. La contundencia de la frase congela nuestro ánimo.

“¡Cesárea no, por favor!” Grito desesperada para mis adentros. Luis solo percibe un ligero lamento; no deseo incrementar sus nervios. Se relaja escribiendo este diario.

Una batería de manos escudriña procelosa mi interior. Todo se remueve. Nueva contracción. Por fortuna respiro bien, no siento asfixia. Una enfermera, para taimar mi ahogo, ha doblado una sábana a modo de almohada. El sueño intenta subyugarme pero el dolor se lo impide.

11:56 Leve relax; ya no comprimo la mano de Luis. La somnolencia consigue someterme pero Israel no parece dispuesto a conceder tregua; vuelve a la carga. Tengo sed. Estoy agotada. Esto va para largo aunque procuro no agobiarme.

Rompí a llorar al saber que debían ingresarme esa misma noche. El doctor, perro viejo en estas lides, notó de inmediato mi angustia y terció: “Tienes un hijo, ¿verdad? Bien, hagamos una cosa: ve a casa, arregla lo que tengas que arreglar y vuelve esta noche”. Con lágrimas en los ojos le di las gracias y abandoné el hospital.

Despedirme de Ángel fue un suplicio pero logré mantener la compostura para que no se sintiera mal (12:01 ésta ha sido fuerte). 

Un poco más de una hora tardaron subirme a la habitación. Me adjudicaron la 202, en la planta de Alto Riesgo, junto a una chica melillense, Lubna, que llevaba más de un mes allí y a la que aun aguardaban cuatro semanas de estancia hasta que el crío fuera lo suficientemente maduro para extirparlo de sus entrañas sin riesgo excesivo para la salud.

Luis debía marcharse; las normas impiden que el acompañante se quede a dormir antes del parto. El IVA, por su parte, acechaba seriamente en el horizonte laboral” (12:30 Quiero levantarme y no puedo. Otro ataque virulento. Los ovarios parecen reventar. Necesito ir al baño).

“La noche del lunes me sentí dolorosamente vacía: no tenía a Ángel; no tenía a Luis.”

12:10 Luis se levanta para mirar las constantes. Se acerca a la mesa donde se depositan los papeles con mis datos y comenta: “A las 10:00 tenías 2 centímetros de dilatación con el 60% del cuello borrado; a las 11:43 el porcentaje ascendía al 80%, con los mismos centímetros dilatados.”

12:12 Entra una enfermera y estaciona la salvadora cuña bajo mis nalgas para poder miccionar. Una contracción impide el normal desarrollo de esta perentoria necesidad.

Yolanda no puede continuar reflejando sus sensaciones; en este momento (2:55 p.m.) tomo el mando de las operaciones. Cambia el prisma.

Las contracciones a partir de las 12:15 habían progresado en intensidad; según el aparato medidor: 30, 51, 55, de pronto 109… y 122 ¡la máxima! Mi pequeña trepa por la cama. Agotada de cuerpo y mente, cree claudicar.

“Vamos cielo, vas bien: ¡Tú puedes!” La animo.

“No lo veo yo tan claro”, contesta, con un rictus de preocupación, “la culpa es mía.”

“¡Ya empezamos!” Contesto, indignado. Añado: “¿por qué dices eso?”

“Porque no he sabido aguantar la asfixia”, responde.

“Cielo, no diga chorradas. La asfixia te la provoca la presión que ejerce Israel… ¿Tiene él la culpa de tu ahogo? ¿La tienes tú, acaso, de sentirla? Deja de pensar semejante barbaridad.”

Pasan los minutos y cada nueva contracción añade muescas en el cargador de su resistencia. Flaquean sus fuerzas.

1:30 Ingresa una doctora, tiesa como una mohama, para inspeccionar la evolución del evento. Se sorprende al leer una anotación, remarcada en bolígrafo rojo: “¿Intolerancia al vicryl? ¡Pero si eso es imposible! Es un tejido… hipoalergénico…” Yoli la apuñala con la mirada: “Imposible, dice, la petarda”. “No le hagas caso, amor, ¿qué sabrá ésta por lo que pasaste?” Replico.

A los pocos minutos regresa la interfecta; las noticias que trae no son nada alentadoras.

“Es posible que esto acabe en cesárea, ¿eh?”

Se acerca a Yoli y le inquiere:

“¿Cuánto hace de la anterior?”

“Tres años”, responde.

“Bueno, dos, al año siguiente tuvieron que intervenirla nuevamente”, intervengo.

“¿Te operaron otra vez?”

“Sí. Expulsaba el vicryl y ante el riesgo de herniarse intervinieron.”

“¿Dónde?”

“En el Parque de San Antonio.”

“¿Tienes los expedientes?”

“Deben estar en poder del doctor.”

“¿Con qué te cosieron?”

“Con docrol… o doscol… no sé”

“Dexon”, afirma la doctora.

Todo se le viene encima. Un pánico feroz se dibuja en sus ojos. “Papi, tengo miedo”, solloza. “No temas, corazón, no pasará nada”, respondo en un vano intento por tranquilizarla. La cesárea, padeciendo disnea, es peligrosa: tienen que entubarla, dormirla con anestesia general y en su estado el riesgo de parada cardiorrespiratoria es muy elevado. Es más que comprensible su terror.

Pocos minutos antes de las 2 Yoli ondea bandera blanca. No puede soportar el dolor. Tantas horas (desde las 8:30 que la bajaron a paritorios) la han rendido. Los médicos, a pesar de sus reticencias, acceden a suministrarle la epidural. A las 2:05 salgo de la habitación para que la inyecten.

¡Veinticuatro! Veinticuatro minutos más tarde la puerta se vuelve a abrir. Atrás quedan inacabables minutos de zozobra y dudas, de andares por el níveo y gélido pasillo pensando en chaladuras. Al fin accedo al interior.

Tres pinchazos, tres, han necesitado para acertar en la diana. Los anestesistas barajan dos hipótesis: una mala postura de Yoli en el proceso o la deficiente estructura de su columna. Eso ya no importa: ya no me recuerda Tarzán, saltando de liana en liana a cada nueva contracción. Incluso recupera el humor: el anestesista, un cachondo, no quiere que se mueva, como es natural, y, a la pregunta, inoportuna a todas luces, de que si se puede mover, él responde con un cortante NO que convoca la inmediata respuesta de Yoli: ¡Qué desaborío eres! ¿Desaborío yo? ¡Digo, desaborío, cuando en otra habitación me han prometido hasta un piso! ¡Ahora verás: te voy a quitar la epidural! Ni lo sueñes -le dice, apartándole la mano de la espalda-. Se acabó la tensión. Buena señal.

Poco a poco logra relajarse. La droga surte efecto casi inmediato, aunque el catéter se ha inclinado a la derecha -como casi todo últimamente- y solo consigue dormir por completo la pierna del mismo lado; en la izquierda nota pequeñas molestias.

3:34 Decido ir a comer previendo que el asunto se puede alargar unas cuantas horas. Hay que recopilar energías.

4:01 Regreso a la habitación. Yoli aparece despejada. Me mira y sonríe: “¡Papi, estoy casi de 8 centímetros!” Exclama emocionada. “¡Qué bien, mi amor! Ya estamos cerca” -una sonrisa se edifica en mi boca al tiempo que el dedo gordo de mi mano derecha señala que todo marcha sobre ruedas-.

4:35 Preparación al parto. En un instante elevan sus piernas sobre dos cabestrillos e inclinan la cama-paritorio hasta emplazar la salida a la altura de los ojos de la doctora, que se sienta en un taburete para examinarla.

4:42 Logro verle los pelillos a Israel. Extraña sensación.

4:47 Aun es pronto. Yoli debe descansar. Esperarán un rato. Le indican que empuje cada vez que tenga una contracción. Ella, aplicada, cumple con rigor las indicaciones.

4:54 La epidural le provoca intensos temblores. El lado izquierdo continúa importunando. “¿Tienes dolor o molestia?” Pregunta David, el anestesista. “Me duele”, confirma Yoli. “¡Bien, te pondré más veneno!” Dice al salir. “Gracias.”

Empuja. Comienza a angustiarse al sentir una fuerte presión en el bajo vientre que confunde con deseos de evacuar. Le confirman que es Israel y no las heces quien provoca esa sensación. Aun tiembla. Me comenta que tiene frío. Le tapo un brazo.

5:03 Me invitan amablemente a abandonar el paritorio: han de prepararla para el feliz acontecimiento.

Aquí me hallo, sentado en el alféizar de un ventanal frente a la habitación, en idéntica postura a la que tenía a las 2:05 pero que con otro talante. Ya todo rueda. Dentro de un rato me llamarán para ver salir a mi pequeño. (Más tarde me enteré de que mi expulsión estuvo motivada por la prudencia de los médicos, que no deseaban que viera la episiotomía ni el uso de fórceps a la hora de facilitar el advenimiento de Israel).

5:10 p.m. ¡¡¡SE PRODUCE EL MILAGRO DE LA VIDA!!!

Israel es transportado allende su acuático saquito con un enérgico y controlado arrastre final. La compenetración de todo el equipo es perfecta: una coge al bebé; otra sitúa las tenazas en el cordón; otra lo corta instantes después de portarlo hasta el regazo de su madre, que sonríe satisfecha. Lo bañan. Llora -como debe ser- por la incomodidad del nuevo estatus. Dos lagrimones surcan mi cara. ¡Qué emoción! He podido asistir al nacimiento de mi segundo hijo; con el primero no pude por la inoportuna cesárea. ¡Inolvidable!

Unos cuantos puntos de sutura dan portazo a la experiencia. El domingo nos darán el alta y podremos regresar a casa.

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Acerca de José Luis

Aprendiz de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Vinculado al mundo de las altas capacidades intelectuales desde 2008, año en el que entré en la asociación ASA de Málaga tras la identificación de mi hijo mayor. Once meses después, en 2009, afronté el reto de presidirla cuando estaba a punto de disolverse, lo que me llevó a adoptar un rol de activista que he mantenido hasta 2016 en diferentes organizaciones de este colectivo tan desconocido y plagado de mitos y estereotipos. En este blog trato de aclarar los conceptos más básicos a todas aquellas personas que aterrizan y no encuentran dónde agarrarse. También tuve un periodo de activismo social en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013) en la PAH de Málaga.
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