De la visión de la realidad a la cosificación humana

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«La libertad es esencial para el amor; no la libertad de la revuelta, no la libertad de hacer lo que nos plaza ni de ceder abierta o secretamente a nuestras apetencias, sino más bien la libertad que adviene con la comprensión».

Jiddu Krishnamurti

Hoy toca hablar de la realidad, de lo que hace nuestro pensamiento con ella y de cómo nos afecta en las relaciones humanas a través de la cosificación.

¿CÓMO PENSAMOS LA REALIDAD?

Para acercarnos un poco a la misma os propongo un juego imaginativo. 

Pensemos por un momento en una moneda. A la moneda metafórica le pondremos nombre para identificarla más fácilmente: realidad integral. ¿Por qué le añadimos el adjetivo “integral”? ¿No basta con nombrarla como realidad a secas? Pronto veremos que no, ya que la noción de realidad que solemos manejar sería en nuestro ejercicio lo que luego llamaremos realidad objetiva.

Vamos a suspenderla en nuestra imaginación un rato.

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Mientras tanto, vamos a poner sobre nuestra mesa intelectual algunos conceptos:

Dicotomía (Del gr. διχοτομία)  1. f. División en dos partes.

Disociar (Del lat. dissociāre). 1. tr. Separar algo de otra cosa a la que estaba unida.

Distinguir (Del lat. distinguĕre). 1. tr. Conocer la diferencia que hay de unas cosas a otras.

He elegido los sentidos fuertes de cada término para ilustrar mejor la cuestión

Añado un par de procesos más:

Análisis (Del gr. ἀνάλυσις). 1. m. Distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos.

Síntesis (Del lat. synthĕsis, y este del gr. σύνθεσις). 1. f. Composición de un todo por la reunión de sus partes.

Trataré de simplificar mucho el tema para no irme por las ramas. Es necesario ir a la raíz de nuestros procesos mentales para entenderlo.

RETOMEMOS LA IMAGEN DE LA MONEDA

La observamos atentamente. La investigamos concienzudamente. Distinguimos dos partes: la cara y la cruz. Sin embargo, no realizamos ningún proceso mental más. No la dicotomizamos partiéndola en dos figuradamente, ni mucho menos disociamos sus partes, separándolas. Sin embargo, con el proceso de análisis sí que procedemos a separar intelectualmente las partes. Es como si en nuestro mantel intelectual pusiéramos en un lado la cara y en otro la cruz. 

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Ya hemos dado el primer paso. Nuestro pensamiento ha fragmentado la realidad integral. La ha cortado por la mitad y ha separado los dos objetos mentales en el mantel para poder analizarlos mejor. Este es el germen del dualismo. 

Pues bien, ahí no acaba nuestro atrevimiento. Cuando se procede al análisis y nos imbuimos en el estudio de cada parte por separado perdemos la perspectiva desde la cual partimos. Llega un momento en que se deja atrás la distinción de los dos aspectos de la moneda y se abraza firmemente la convicción de que tenemos dos “sustancias”, dos elementos independientes entre sí que, de algún modo, se conectan e interaccionan.

Hemos pasado inadvertidamente de tener un objeto único en el que se distinguen dos partes a tener dos objetos independientes que necesitan un medio o una acción para conectarse, sobre todo porque cuando observamos la moneda sin las gafas analíticas siempre tenemos la fuerte sensación de que cara y cruz se correlacionan íntimamente.

Un buen investigador, llegado a ese punto, tratará de encontrar el pegamento sintético que le permita unir las dos partes separadas, como si fuera un jarrón roto. Pero claro, todos sabemos por experiencia que al recomponer un jarrón siempre quedan pequeñas grietas (gaps) que afean el resultado.

De este modo, nos encontramos que un proceso sencillo de distinguir partes de un todo integral se ha convertido en un complicado proceso de dicotomizar, disociar y recomponer que nos ha alejado de la fuente sin remedio.

Pues bien, toda esta introducción metafórica acontece de forma similar al investigar cualquier objeto. En concreto, podemos usar el ejemplo del objeto denominado realidad para darnos cuenta de hasta qué punto nos hemos alejado.

ORIGEN DE LA COSIFICACIÓN

Hace siglos, el gran filósofo René Descartes postuló su famosa teoría de las tres sustancias o “cosas” (res) para describir la estructura de la realidad: dos de ellas finitas, la sustancia pensante (res cogitans) y la sustancia extensa (res extensa); una de ellas infinita, Dios (res infinita).

Descartes, como tantos otros racionalistas antes que él, había profundizado en un proceso de dicotomía y disociación que le llevó al precipicio. Postular, por un lado, la res cogitans y, por otro lado, la res extensa, le obligaba a buscar ese “tercer elemento”, ese pegamento que uniera los trozos. Y en esa época lo más sencillo era buscar el pegamento universal: Dios. Era la fórmula más sencilla. Si no sé qué hacer con dos trozos separados, busco un agente externo a la realidad que me permita unirlos en un todo coherente.

Ese jarrón roto influyó tanto en nuestro pensamiento racional y científico que inundó toda la escena. Tanto la inundó, que llegó un momento en que la realidad dejó de ser algo integrado por dos aspectos –subjetivo y objetivo- o dejó de postularse dos realidades y se mató al agente externo. De hecho, la realidad fue rebautizada como realidad objetiva. Una sustancia completamente independiente del sujeto, existente por sí misma, sobre la que nosotros podíamos aspirar a conocer de manera imperfecta.

El pensamiento analítico evolucionó tanto que no sólo mató al agente externo sino que aniquiló a la primera persona, al propio investigador, al aspecto subjetivo presente en todo proceso. A principios del Siglo XX se anunció oficialmente la muerte de la conciencia.

Aquí podemos ver un pequeño resumen de cómo afectó (negativamente) el dualismo cartesiano a nuestro modo de pensar sobre la realidad. Resaltaré algún pasaje:

“Descartes (1596-1650), consideró la consciencia como la propiedad esencial de la mente, pues todo pensamiento, para ser considerado como tal, tenía que ser pensamiento consciente. Descartes, caracteriza las diferentes formas de pensamiento por una característica común, que es la consciencia, ya que considera que el pensamiento es todo lo que tiene lugar en nosotros cuando somos conscientes de ello y dicho pensamiento es lo que nos daría la prueba de nuestro existir (1). Para este autor, además, la consciencia es un factor que unifica los estados mentales en un único lugar mental, al que llama ego. Además, la consciencia sería, para él, la base de la certeza y de la racionalidad, motivo por el que este autor cree haber encontrado un principio epistemológico fundamental (7).

Descartes al sistematizar en su Discurso del Método la separación entre dos sustancias que considera diferentes, la res cogitans (mente) y la res extensa (que es un concepto aplicable al cuerpo). Ambas sustancias interaccionarían entre sí en la glándula pineal (1).

Descartes, mediante sus planteamientos, sienta las bases para una perspectiva dualista, de tipo interaccionista. Su visión dualista tendrá una gran influencia en el pensamiento filosófico posterior y en el de otras disciplinas que han tratado de estudiar y comprender la consciencia. La consecuencia es, por ejemplo, que se hayan generado distintas orientaciones filosóficas que pretenden explicar por separado las realidades del pensamiento (la mente o la consciencia), y los mecanismos neurobiológicos o corporales que sostienen la actividad mental o de la consciencia (4).

En épocas posteriores, se mantiene el dualismo, lo que lleva a la búsqueda de la relación entre cuerpo y mente. Incluso se ha llegado a decir que el dualismo “ha permanecido siempre en el transfondo de la teorización posterior sobre la mente” (p.20) (1).

[…]

Franz Brentano (1838-1917), es un autor que se ha relacionado también con el funcionalismo (10). Su aportación fundamental será que la consciencia tiene como condición necesaria la intencionalidad, en el sentido de que está dirigida hacia algo que determina su contenido. Para Brentano, la consciencia es también algo intrínseco a todo estado mental (7)

Con la idea de fondo del positivismo lógico, de que cualquier postulado debe ser apoyado por elementos observables y cuantificables, surge el conductismo. El estudio de la mente y por tanto el de la consciencia, queda relegado en este momento del campo de estudio por el estudio de la conducta del ser humano. El interés por los procesos internos desaparece, con el pretexto de que hay una correlación nítida entre la conducta observable y el pensamiento (8). Así que esta perspectiva conductista, lleva a desterrar la consciencia del discurso científico (11), algo que ha repercutido en la psicología, desde los orígenes del conductismo hasta la actualidad, en muchos de los ámbitos de estudio científico de la psicología.

Sin embargo, con el tiempo y los avances del conocimiento esa fuerte sensación de que “somos” permanecía en el fondo. Y llegado un momento ya no había modo de ignorar ese runrún del aspecto subjetivo de la realidad, largamente ignorado por la ciencia.

El problema es que el modo de investigar no había variado mucho, y las teorías sobre la conciencia bailaban desde el dualismo clásico cartesiano (dos sustancias independientes) al reduccionismo más atroz (la mente no es más que el cerebro en funcionamiento). También se postuló otra visión, más moderna, que podría denominarse emergente (la conciencia emerge del cerebro). Todas muy “sabias” y muy “ciegas”, tratando de describir al elefante de la realidad, reducida hace tiempo a realidad objetiva. Contra esa corriente objetivista surgió su opuesto (de la fragmentación surge la oposición y el enfrentamiento): la visión subjetivista, que postulaba justo lo contrario (todo es conciencia).

Así, en este escenario, cada visión ha estado chocando con su contraria durante siglos. La infraestructura tácita de las ideas de cada perspectiva estaba tan consolidada y era tan fuerte que no hubo modo de discutir las premisas que las sustentaban. Y todo intento por regresar a la fuente y postular la distinción quedó, para ambas facciones, en el ámbito de lo excéntrico, cuando no de lo absurdo. Ambos extremos tenían “la verdad” en su poder, y no iban a negociar sus bases intelectuales con el enemigo, con “el otro”. Curiosamente, cada extremo consideraba enemigo tanto al extremo contrario como al del centro integrador, quedando éste en el limbo de la indefinición.

IMPLICACIONES DE TRATAR A LOS SUJETOS COMO OBJETOS

Ya he expuesto sucintamente cómo afectó el dualismo a nuestro modo de pensar la realidad integral. Cuando Descartes la cortó y la dividió en dos realidades distintas, la realidad subjetiva (res cogitans) y la realidad objetiva (res extensa), con la necesidad de postular la presencia de un agente externo que les ayude a interactuar (res infinita, Dios), nos proporcionó el mecanismo mental apropiado para alejarnos de la fuente original no-dual.

Al matar a Dios, nos quedamos con dos sustancias que fueron acogidas por dos visiones contrarias que se opusieron, subjetivistas y objetivistas. Con el triunfo de la ciencia objetiva (objetiva en el sentido de que estudiaba objetos, no de que carecía de subjetividad) a principios del Siglo XX se trató de aniquilar la realidad subjetiva. O de convertirla en otro objeto más, reducirla a otro aspecto más de la realidad objetiva. Así se comenzó el absurdo de querer localizar la conciencia, el alma o la mente en algún lugar de nuestro organismo (cuerpo, cerebro, neuronas, etc). El error categorial se mantuvo impertérrito.

Pero este error categorial tiene otras implicaciones que es bueno sacar a la palestra. Afecta sustancialmente a nuestro modo de funcionar en la cotidianidad. ¿Cómo es eso? ¿De qué locura hablamos? ¡No todos somos científicos positivistas encerrados en laboratorios!

Pues no, no todos somos científicos, pero ese modo de pensar dualista (o reduccionista, que es su versión ‘killer’) se mantiene en nuestras relaciones personales.

Si nos fijamos atentamente advertiremos que en la mayoría de las ocasiones tratamos a otros sujetos como si fueran objetos. Y no sólo en las relaciones enfermizas en las que los celos y el control se hacen más patentes. 

Nuestras relaciones son cada vez más débiles, más distantes e individualistas. Nos envolvemos en intereses particulares y egoístas, donde la importante es la satisfacción de las propias necesidades, donde la adquisición de bienes materiales o las apariencias, importan más que la amistad. […]

Inmersos en un sistema donde la indiferencia reina en las relaciones humanas, donde el trabajo se convierte en un instrumento de producción o en la forma de obtener bienes materiales, olvidamos que todo trabajo, profesión u oficio, constituye una oportunidad de poner al servicio y beneficio de los demás, nuestras competencias, habilidades, conocimientos y destrezas. Sumergidos en relaciones que se enmarcan en el interés, sentimientos como el amor, la solidaridad y cooperación, se ven desplazados por el distanciamiento, la indiferencia y la pérdida progresiva de vínculos sociales, cosificando de esta manera al ser humano.

Cosificamos a la persona, cuando al intentar explicar lo que ésta es, acabamos por convertirla en una mera cosa; cuando pasamos por encima de su inteligencia; cuando no le brindamos respeto a su integridad, dignidad o buen nombre; cuando la interpretamos como un número, estadística, usuario, costo o beneficio o cuando es tratada como un objeto.

Cosificamos a los amigos, a la pareja, a los familiares, cuando los usamos, los convertimos en medios para conseguir nuestros fines; cuando les quitamos toda posibilidad de iniciativa, de individualidad; cuando les impedimos ser personas únicas, con identidad, con consciencia y criterio propio; cuando dejamos de interesarnos en ellos o cuando somos indiferentes a sus necesidades, convirtiéndonos sin darnos cuenta, en otra “cosa” para los demás.

Involucrar a los niños, jóvenes y adultos en la modificación de su forma de comunicarse con los demás, con los grupos en los que participa, para que haga un adecuado uso de los espacios públicos, de las reuniones familiares o de los medios de comunicación, para expresar sus pensamientos y sentimientos, les permite redescubrirse como seres humanos y quitarse el estigma cosificador, que los convierte en objetos, en medios o simplemente en cosas, para satisfacer las necesidades creadas e impuestas, por la sociedad de consumo donde se hallan inmersos.

¿CÓMO SALIR DEL CÍRCULO VICIOSO DE LA COSIFICACIÓN?

No hay una respuesta mágica que nos saque del atolladero. Y menos viviendo en una sociedad donde el bombardeo informativo nos empuja constantemente hacia un consumismo sin sentido ni medida. Consumismo que trasladamos a cualquier objeto, real o cosificado. Consumimos personas o relaciones como consumimos McDonalds. Relaciones de usar y tirar cuando ya no son útiles o “interesantes”.

Para recuperar el eje hay que ser muy honestos intelectualmente y darnos cuenta del problema. Partir de ese reconocimiento es fundamental, ya que nadie da un paso hacia adelante si no es consciente de que hay algo que mejorar.

Un profundo examen de conciencia en el que reflexionemos sobre el tipo de relaciones que mantenemos con los demás, y qué podemos hacer para verlos como personas con sus propias inquietudes, deseos, ideas, motivaciones, etc. Qué podemos hacer para no considerar a la persona con la que vivimos una “propiedad”, algo nuestro. Que las personas no son de nadie, que no hay que querer cambiarlas para que se acerquen a la imagen (objeto) que a nosotros nos gusta que tenga. Y miles de reflexiones de corte similar. 

Amar es dejar ser al ser. Si amas a una flor, no la cortas y te la llevas a casa. Eso lo haces si la quieres como una posesión, aunque sepas que va a morir en unos días.

La ciencia aspira a la objetividad pues para ella lo verdadero equivale a lo objetivo. Para la novela, en cambio, la realidad es lo objetivo y lo subjetivo, de modo que está en mejores condiciones para captar la realidad entera. (…) En resumen: en tanto que la ciencia prescinde del sujeto, la novela no puede hacerlo. Pero esta imposibilidad es precisamente su virtud como instrumento de aprehensión de la realidad. (Ernesto Sábato 1953)

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Acerca de José Luis

Aprendiz de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Vinculado al mundo de las altas capacidades intelectuales desde 2008, año en el que entré en la asociación ASA de Málaga tras la identificación de mi hijo mayor. Once meses después, en 2009, afronté el reto de presidirla cuando estaba a punto de disolverse, lo que me llevó a adoptar un rol de activista que he mantenido hasta 2016 en diferentes organizaciones de este colectivo tan desconocido y plagado de mitos y estereotipos. En este blog trato de aclarar los conceptos más básicos a todas aquellas personas que aterrizan y no encuentran dónde agarrarse. También tuve un periodo de activismo social en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013) en la PAH de Málaga.
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