Nuestro océano interior

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“La mayor parte de los hombres no quiere nadar antes de saber”

El Lobo Estepario

La mayoría de los aventureros que deciden adentrarse en las aguas marinas tan sólo se dan remojones más o menos largos, pero en la superficie; con sentir el frescor del mar en su piel ya se sienten satisfechos. Ese placer les hará repetir la experiencia natatoria. Ahora bien, ¿es eso todo lo que hay? Evidentemente, no; sabemos, cuando estamos nadando o al informarnos en tierra firme, que existen ‘tesoros’ en las profundidades marinas, pero ese saber no es más que intuición, y la intuición, a secas, no identifica lo que uno siente, tan sólo percibe que hay algo más; es la intuición intelectiva la que nos dibuja ese palpitar diferente, aunque no deje de ser un simple mapa. Este bosquejo, sin embargo, estimula la curiosidad e incita al aventurero a probar el buceo pero, al ser un medio en el que no nos desenvolvemos habitualmente, sentimos la presión del ahondamiento y la ansiedad por volver a lugares seguros, allá en la tierra firme o en la superficie marina. Se ha de profundizar poco a poco, nunca a lo loco, porque si llegamos a este extremo de imprudencia nos puede costar muy caro.

La aventura de bucear es, por tanto, progresiva. Cada vez somos más expertos y tenemos mejores mecanismos para desenvolvernos en las profundidades. La experiencia vivida va acumulándose en el cofre de nuestros conocimientos y habilidades, la memoria, y lentamente sentimos que, aunque encontremos vida y tesoros más abajo, éstos poco a poco dejan de sorprendernos si las probaturas se hacen siempre en las mismas aguas. Es más, una vez explorados todos los tesoros de la restringida área y volcados en la tierra firme, sentimos la desagradable sensación de que ya poco más podemos experimentar, que todas las aguas son iguales, y finaliza la aventura, abandonando la búsqueda de nuevas aguas y dedicando el resto del tiempo a predicar la sabiduría adquirida a los otros, como un acto de generoso desprendimiento hacia los que no han tenido el arrojo o la posibilidad de experimentar las aguas por sí mismos. Se convierten así en expertos guías de esas aguas que tan bien conoce.

Afortunadamente, siempre existirá alguna alma inquieta que no se engañe a sí mismo ni a los demás y que le dé crédito al pálpito que sigue latiendo en su interior: “haz el favor de vaciar esas aguas estancadas, porque ya huelen. Libérate de eso y vuelve al mar, sin prejuicios, sin la estulta sensación de que estás de vuelta de todo y de que eres incapaz de acceder a la siempre refrescante sorpresa”. Y se lanzan a la aventura de las nuevas aguas. Este salto adelante vendría a ser algo similar a la adquisición de una muñeca rusa, de manera que cada nueva liberación de lo ya conocido, de cada despoje de lo estancado, tendrá el premio de sabernos poseedores de tan preciado juguete. El problema de esto es que hay aventureros codiciosos que en lugar de colocar la muñeca mayor sobre la menor que ya tenía, y crecer, se dedica a juguetear con ella, a entretenerse disfrutando de su belleza; este peligro hay que saber advertirlo a tiempo y no caer en la trampa que la mente nos tiende.

Durante el proceso acumulativo de muñecas de sabiduría, se va generando una liberadora sensación: la memoria, hábil instrumento de la mente para mantenernos entretenidos en tierra firme, pasa de estar en el subyugante primer plano de todos nuestros quehaceres y lucubraciones a quedar relegado en un aliviante rincón, sin capacidad para incordiarnos en nuestra aventura. Este arrinconamiento se produce de manera fluida y natural, sin intervención de la voluntad del individuo porque ésta alertaría a la mente de la jugada; se va diluyendo como un azucarillo en la taza de las prioridades, quedando como mero edulcorante de la infusión de presente que supone experimentar, aprender.

Pero claro, todo lo humano tiene un límite marcado por su propia naturaleza. Un buceador no podrá soportar la presión de las aguas más profundas por lo que acceder a ellas por uno mismo se transforma en un peligro para la integridad física. Es por eso que nos interesamos por los equipos de buceo y los artilugios que nos puedan servir para que la experiencia no se pare. La paradoja de este proceder está en que necesitaremos una maquinaria, pensada y fabricada en tierra firme, y que se ha diseñado y construido calculando que resistirá la presión que se ha comprobado que existe a ciertos niveles de profundidad. Y con ese apoyo logístico adviene la ruptura; el goce y el desencanto final: goce, porque descubrimos lo que jamás imaginamos que haríamos solos; desencanto, por saber que no está en nuestra mano acceder ahí si no es ayudados por esa maquinaria, que nos ‘protege’ de las sensaciones que el agua produce en nuestro organismo.

Afrontar con entereza de ánimo el desencanto ayudará, sin duda, a completar el ciclo del aprendizaje: una especie de gran Ocho tumbado que nos lleva en volandas desde la superficie marina a tierra firme, se adentra en lo profundo del conocimiento, para volver a la superficie terráquea y seguidamente continuar por el mar hasta hundirse en las aguas de la experiencia y salir a flote en busca de la segura tierra. Es un gran ciclo, y lograrlo da serenidad, aunque sepamos que jamás llegaremos más allá de nuestros límites.

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Acerca de José Luis

Aprendiz de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Vinculado al mundo de las altas capacidades intelectuales desde 2008, año en el que entré en la asociación ASA de Málaga tras la identificación de mi hijo mayor. Once meses después, en 2009, afronté el reto de presidirla cuando estaba a punto de disolverse, lo que me llevó a adoptar un rol de activista que he mantenido hasta 2016 en diferentes organizaciones de este colectivo tan desconocido y plagado de mitos y estereotipos. En este blog trato de aclarar los conceptos más básicos a todas aquellas personas que aterrizan y no encuentran dónde agarrarse. También tuve un periodo de activismo social en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013) en la PAH de Málaga.
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3 respuestas a Nuestro océano interior

  1. Anónimo dijo:

    A mí me pitan los oídos cuando intento bucear…me encanta…pero yo misma me limito…ya ni lo intento…me empezó a pasar de repente…de muy niña tenía gran agilidad cuando buceaba…imagino que alguna situación vivida me marcó para siempre…

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  2. José Luis dijo:

    Gracias a ti por zambullirte en él

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  3. Amelia dijo:

    Que pensamiento más profundo, tanto como nuestro océano interior, me he sentido muy identificada, ahora mismo tal y como dices en el texto, siento que me faltan artilugios para poder seguir buceando. Gracias por compartirlo con nosotros. Saludos

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