Violencia estructural

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Un tipo grande y pesado nos pone su zapatón en el cuello. Nos aprieta sin piedad. Intentamos buscar ayuda en otro tipo, algo menos grande, pero sí lo suficiente para que le obligue a dejar de aplastarnos. Ni nos mira. El tipo grande le tiene bien atado. Seguimos intentando gritar. No nos escucha, sigue sin mirarnos.

Cuando notamos que estamos sin resuello, comenzamos a movernos compulsivamente, nos empezamos a resistir cada vez con más fuerza a una muerte segura. Intentamos darle manotazos al tipo grande y pesado. Algún moratón sufre. Este comienza a cabrearse y llama al otro. Le dice algo a la oreja. El otro no solo no nos socorre sino que le ayuda a hacerlo más rápido.

Pasa el tiempo y buscamos la ayuda de otras personas. El clamor comienza a hacerse visible. En ese momento, el otro tipo, el cobarde, recula y empieza a hacer el paripé de que nos está ayudando (por supuesto, se pone las correspondientes medallitas). Nosotros, ya amoratados, seguimos defendiéndonos con uñas y dientes. El clamor se vuelven ensordecedor: el otro tipo dice que nos va a escuchar. Pero no lo hace.

En ese momento, le cogemos de la pierna y le zarandeamos. Ya no resistimos más, queremos que conozca la realidad de nuestra angustia, que se atreva a mirarla de frente. Es el único que puede quitarnos de encima al tipo grande y pesado.

Pero hete aquí que el otro se siente acosado y violentado. ¡Esto es intolerable! Y comienza a soltar por la boquita esos exabruptos que tiene guardados para quienes no le caen bien. ¡Si somos los únicos que estamos haciendo algo! Gritan al clamor popular, creyendo una vez más engañarlo. Es él, que se queja de vicio y se vuelve vioento, ¿no veis cómo me coge de la pierna y me zarandea? ¿No le vais a condenar por su fea acción?

Violencia estructural

Si hacemos caso a ENGELS existiría una forma de violencia directa, visible, con un agresor y una víctima claramente identificables y en la cual el daño es infligido directamente por el agresor con ayuda o no de algún instrumento o arma, pero también se puede hablar de una forma de violencia menos directa, más difícil de visualizar, en la que no siempre es sencillo identificar al agresor («la sociedad»), o llegar a conocer a la víctima (en el caso de Zimbabwe lo que obtenemos es el dato estadístico de la esperanza de vida, pero no podemos visualizar a las víctimas) y en la que es mucho más difícil conocer los mecanismos que la explican («condiciones en las que no es posible vivir», «la fuerza de la ley»).

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A esta forma de violencia invisible podemos denominarla violencia estructural, lo que respondería al hecho de que tiene como causa los procesos de estructuración social (desde los que se producen a escala de sistema-mundo, hasta los que se producen en el interior de las familias o en las interacciones interindividuales) y no necesita de ninguna forma de violencia directa para que tenga efectos negativos sobre las oportunidades de supervivencia, bienestar, identidad y/o libertad de las personas (GALTUNG, 1996).

En las interacciones entre individuos

Aunque el concepto se desarrolló pensando más en las grandes estructuras sociales y en los graves problemas que provoca este tipo de violencia indirecta (hambre, desigualdad, injusticias, etc), también puede aplicarse en un sentido más débil cuando analizamos las interacciones entre individuos que forman algún tipo de grupo, organización o colectivo.

Pondré dos ejemplos de vivencias personales en distintas organizaciones no lucrativas para ilustrar la idea. La primera experiencia se produjo porque había una persona (con el refuerzo de otras) que decidió por cuenta propia no dar ningún tipo de explicación sobre sus acciones al grupo en los espacios destinados a hacerlo. No daba cuenta ni del dinero que gastaba, ni de las reuniones que mantenía, ni de los temas tratados en ellas. Nada. Cuanto más se le solicitaba transparencia y comunicación, más oscuros eran sus movimientos. Como la inmensa mayoría de miembros desconocía estos movimientos, la situación generó una enorme violencia soterrada difícil de gestionar. Hasta que terminó por explotar y una persona denunció ese modo de proceder… Contra todo pronóstico, se formó un enorme revuelo pero no para censurar a la personas que ocultaba sus acciones sino para afear el comportamiento de quien la había denunciado. Lo más llamativo es que esta defensa del agresor estructural se produjo pocos meses después de clamar al cielo por haber recibido el mismo tratamiento en un asunto de mayor trascendencia para el colectivo en su lucha contra una injusticia.

La segunda ocurrió en el seno de otra organización, y fue por temas administrativos (y económicos). Había cierta persona encargada de controlar los accesos a unas actividades de pago y de aportar información a tesorería para que pudiera emitir los correspondientes recibos de cobro a los usuarios de esos servicios. Pues bien, esa persona ignoró los constantes llamamientos por parte de la tesorería para que le diera los datos que necesitaba. Desde tesorería informaban de esa irregularidad a los miembros de la junta directiva, pero esa información no trascendía a los miembros del subgrupo concreto del que se encargaba esa persona. En un momento dado, tras la enésima petición de datos por parte de tesorería, se me ocurrió decirle en un grupo de comunicación de ese subgrupo que eso no pasaría si respondiera a los correos de tesorería y le diera los datos. Nada fuera de lo normal. Al momento empezaron a llegar mensajes y comentarios subidos de tono, acusándome de que eso no debía decirse allí y que apoyaban completamente a esa persona.

Seguro que más de uno se podrá identificar con situaciones similares, en las que una o varias personas actúan (o no actúan cuando debieran) de un modo nocivo para un grupo y cuando alguien lo señala es este último quien se lleva todos los palos, sin merecerlos.

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2 comentarios sobre “Violencia estructural

  1. Así es. Me temo que es un mecanismo permanentemente actualizado. Al comprobar que funciona se ha multiplicado su uso incluso fuera de los límites que el concepto pensó.

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