Reto 2: liberar al ego

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“La última meta del ego no es ver algo, sino ser algo”, Muhammad Iqbal

Hoy tocaré el tema recurrente más delicado que existe: el ego, ese sirviente de nuestra mente que en cuanto se le da rienda suelta se convierte en el dueño de la estancia. El proceso es tan lento como inapreciable, ya que ocupa las primeras etapas de nuestro desarrollo pero es en la edad adulta cuando consolida todos los malos hábitos que reconocemos en aquellas personas que poseen un ego enfermizo (ególatras, egóticos, egoístas, egocéntricos, narcisistas, adanistas, tóxicas, etc). Lo curioso de todo esto es que las personas que lo padecen suelen negarlo con vehemencia y realizan constantes proyecciones de su propia sombra egóica malherida. Como ya comenté en una entrada previa, en nuestro desarrollo como personas necesitamos despertar, ver claramente lo que está pasando en nuestro interior y, desde ahí, podemos liberar a este reo de su cárcel. Encierro que no sólo le afecta a la persona sino a todo su entorno, deteriorándolos.

La configuración del ego

Para comprender este proceso de autolimitación del yo, puede tener interés una reflexión en torno al condicionanmiento que en lo relativo a la vivencia de su identidad recibe el niño en sus primeros años (Cfr. La obra de Antonio Blay, Ser, […])

“La configuración del ego o yo individual separado es sinónimo de la configuración de la propia autoimagen mental y de la autoidentificación con ella.

En los primeros meses de vida, el niño es pura espontaneidad no mediada por ninguna autoimagen; es total y pura autoexpresión. Sencillamente, es. Pocas veces, los adultos pueden tolerar sin incomodidad esa avalancha de vida […] Es preciso controlar el comportamiento del niño y regularlo en función de ciertos cauces, de ciertos modelos de comportamiento.

Esta regulación es perfectamente natural y necesaria: el niño ha de adaptarse a la vida en sociedad y a las pautas que exige la convivencia. El problema es que no simplemente se le enseñan al niño ciertos modos de acción, sino que –como estrategia consciente o inconsciente de control- se le juzga en función de esos modelos (y en el nivel de su identidad: no se le dice “has realizado una acción inadecuada”, sino “eres malo, torpe, etc.”), y se la quiere –al menos, se le da a entender así- de modo condicionado, según responda a ellos o no.

El niño comienza a no sentirse aceptado por el mero hecho de ser, pues percibe que su aceptación y valía se subordina al que sea esto o aquello, a que sea de un modo u otro. Ya no descansa en el será, sino que ha de llegar a ser algo. El modo de ser –cómo es- pasa a ser más importante que el ser –quien es- [El problema no es el modelo –son necesarios en sociedad- sino la identificación con el mismo…]

[…] La identificación con esos modelos aceptados, la identificación con los juicios sobre sí mismo que se derivan de ellos, van a configurar su particular autoimagen del yo; autoimagen mental que se convierte en un centro vicario de vivencia de sí […] Este yo-idea (ego) pasará a ser el auriga del vivir individual.

El niño –por lo tanto- se desgaja de su fondo esencial, ya no se vive desde él sino desde su mente, desde una mera idea de sí. Surge así la dualidad entre lo que realmente es y lo que cree ser.

[…] El yo, puesto que se ha limitado al objetivarse y definirse, ya no es capaz de encontrar dentro de sí esa plenitud; sólo la experimenta bajo la forma del anhelo […] Nace así otra nueva dualidad: la dualidad entre lo que el yo cree ser y lo que considera que debe llegar a ser. La tensión generada por esta dualidad […] define el personaje que cada cual representará en el teatro del mundo. El yo sufrirá, se alegrará […] por algo que no tiene nada que ver con lo que realmente es ni, en general, con lo que es.

[…] El yo es así germen de división y separatividad no sólo dentro de sí, sino en relación a lo que considera diverso de sí.”

El exceso de ego

El ego es un bulto sospechoso en el seno del pensamiento. Bulto que si no se localiza a tiempo comienza a crecer y afectar a la estructura mental. Actúa como una masa viscosa que ralentiza y emponzoña el pensamiento, enfermándolo. Un ego inflado es muy peligroso, tanto para uno mismo como para los demás, y se manifiesta en alguno de los tipos que se describen al final de esta entrada. Y si a eso añadimos un ego inflamado, que tiene la piel muy fina para los ataques externos y muy dura para los que proyecta fuera, el paisaje resulta desolador. Casi toda la energía psíquica del individuo se destina a satisfacer los caprichos de un ego con un apetito voraz.

A medida que crecemos, construimos un rincón de seguridad para proteger nuestro ego de toda amenaza. Y por ese exceso de celo estancamos las aguas de nuestro océano interior, impidiendo la liberación del ego. “Nos guste o no, somos seres con ego: tenemos una identidad que proteger y no queremos perder nuestra cordura”, Walter Riso

El ego es el centro del deseo, de la carencia que hay que cubrir. Y como centro centrípeto que es, arrastra todo hacia el vórtice impidiendo salir la verdadera esencia de nuestro ser.

El ego privilegia el aparentar, dar una imagen, crear una marca, protagonizar algo, figurar, colgarse medallas, ser reconocido. “Para ocupar un lugar distinguido en el mundo se hace todo lo posible por aparentar que ya se está ocupando”, François de La Rochefoucault

El ego es la forma que toma el miedo en nuestro interior, miedo que nos empequeñece, nos aísla y nos vuelve temerosos. “Los grandes egos son grandes escudos para mucho espacio vacío”, Diana R. Black

Cuando despertamos (reto 1) del sueño de nuestra propia importancia liberamos el exceso de ego. Recuperamos el equilibrio dinámico necesario y la sensación de paz es notable. “Yo-quiero-paz. Yo es el ego, quiero es el deseo; elimina el ego y el deseo y tienes la paz”, Sri Sathya Sai Baba

¿Qué tipo de ego tengo?

Iván Durán Garlick, autor del libro “El Ego” afirma que la mente de una persona con poca autoconciencia es un hotel cinco estrellas para el ego. Y aconseja que para evolucionar es necesario conocer qué tipo de ego predomina en la personalidad y trabajarlo.

Para adentrarse en ese conocimiento, invita a revisar estas categorías y enterarse en qué clasificación se encuentra.

Ego SABELOTODO: Es aquel ego que siempre cree tener la razón, le gusta dar consejos sobre todo, siempre contesta aunque no sepa, cree tener respuesta para todo, no se puede quedar callado.

Ego INSACIABLE: Es el ego “centro de mesa”, no le gusta pasar desapercibido, hace cualquier cosa para llamar la atención.

Ego INTERRUPTOR: Su necesidad de autorreferencia es tan fuerte que interrumpe permanentemente, nunca deja que los otros terminen de hablar.

Ego ENVIDIOSO: Es el que no soporta los triunfos y éxitos de otros. Degrada a los que cree que son mejores que él.

Ego PRESTIGIOSO: Es el ego que busca aplausos, reconocimiento y admiración en todo lo que hace. Siempre quiere ser el mejor. Frecuentemente les dice a los demás: “te lo advertí”, “yo sabía”, “te lo dije, pero tú nunca me escuchas”, etc.

Ego JINETE: Se monta de lo que dicen otros. Se aprovecha de los datos de los demás para su propio beneficio. Saca partido de lo que otros dicen para estructurar sus propias intervenciones. Es copión y usurpador.

Ego SORDO: Nunca escucha, le gusta hablar sólo a él, habitualmente finge escuchar.

Ego MANIPULADOR: Es aquel ego astuto que siempre se las arregla, ya sea tergiversando, acomodando, engañando, mintiendo o justificando para que las cosas resulten siempre a su favor.

Ego ORGULLOSO: Es aquel ego competitivo, discutidor, que no le gusta perder.

Ego PREMENTAL (silencioso): Es aquel ego que calladamente tiene un discurso paralelo, es criticón, hipócrita y enjuiciador.

 

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Acerca de José Luis

Adulto superdotado con perfil "aspersor". Padre de dos hijos superdotados. Diletante de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Activista social en el ámbito de las altas capacidades intelectuales (2009-2016) y en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013). Escéptico con mente ecléctica. Amante del conocimiento en todas sus variedades y facetas, sin ideologizaciones políticas, religiosas ni éticas. Sin deudas simbólicas...
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