Superación de crisis existenciales en adultos con AACC

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“En cuanto alcance el límite de lo soportable

no habrá más que abrir la puerta y estaré fuera”

Herman Hesse – El Lobo Estepario

Hace tiempo que quería escribir sobre otro de los temas recurrentes en el ámbito de las altas capacidades: las crisis existenciales en adultos. Buscando en la literatura se le ha denominado “depresión existencial”. Aunque no es una depresión desde el punto de vista psicopatológico. Si no se interviniera, a lo mejor sí podría acabar en una depresión. A veces es una crisis de la que se puede salir fortalecido o un cuestionamiento filosófico permanente. La Depresión Existencial se refiere a una percepción de la vida, a los pensamientos sobre el mundo y su lugar en él. Al sentido de la vida.

La idea inicial sería cambiar depresión (término técnico con bastante carga negativa) por crisis, anclando firmemente su sentido de OPORTUNIDAD. Es decir, hacer una lectura positiva de esa crisis de sentido que posibilita cambios estructurales que nos permiten crecer como personas -ser más resilientes- y creer más en nosotros mismos, la base de todo empoderamiento.

Llevo mucho tiempo leyendo historias cargadas de negatividad, autocompasión, incomprensión y otros signos de adultos con el perfil de superdotación que a mi entender dan una imagen aberrada del colectivo y, sobre todo, de cómo se vive este fenómeno cuando somos mayores y salimos del sistema educativo. Y como creo que esa imagen no se corresponde con la realidad, quiero escribir algo en positivo, con la intención de generar una imagen diferente a la típica queja de que “nadie me comprende”, como si no tuvieras ninguna responsabilidad en esa incomprensión generalizada de tu entorno.

Asumir responsabilidades

Para entender la dificultad de la empresa basta con recordar el tipo de sociedad en el que vivimos, donde cada día se piden más derechos (los caminos fáciles) y se asumen menos responsabilidades (el camino difícil). En su momento le puse nombre: Neotenia Social.

En esta imagen puede resumirse muy bien esta idea:

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Una persona que sufre una depresión existencial pero es incapaz de asumir su cuota de responsabilidad desarrollará un discurso plagado de quejas, exigencias y juicios hacia el “entorno”, como hacía Cruyff cuando perdía los partidos. Y lo normal es que el entorno, al inicio, active la compasión, le escuche y le dé consuelo. Pero esta dinámica tiene las patas muy cortas, no sirve para dar solución al padecimiento de esa persona. Le aporta, a lo sumo, consuelo. Y si ve que son muchos los que experimentan lo mismo (y se comportan igual), aportará el consuelo de tontos.

Llegado un momento, una persona normal se cansará de ese discurso victimista y tóxico, dándole de lado a quien sufre esa depresión pero no hace absolutamente nada por superarla. Y claro, cuando son muchas las personas que actúan del mismo modo, la persona irresponsable inicial reforzará su posición: no me comprenden, me odian y me rechazan por ser diferente. Se vuelven adictos a esas emociones negativas y buscan el modo de llamar la atención de otros, aunque sea de ese modo perverso, para poder consolarse y así no tener que tomar las riendas de su propia existencia.

¿Qué es una verdadera crisis existencial?

Para entender un poco este asunto podemos leer con atención este artículo: El verdadero significado de tener una crisis existencial según la filosofía

“Todos los días millones de personas en el mundo se jactan de atravesar una crisis existencial por nimiedades como un corazón roto, una cartera vacía o la incertidumbre del futuro. Si Jean Paul Sartre, uno de los más importantes exponentes del Existencialismo, los escuchara hablar, lo más probable es que se reiría en su cara y los abofetearía por el poco carácter que tienen y lo tontos que son.

¿Por qué?

Sartre nos dice que todo lo que hacemos parte de una decisión personal y, por consiguiente, somos completamente responsables de nuestro estado. La responsabilidad está tanto en los actos grandes (como una boda, la compra de una casa o consumir drogas) como en los más pequeñas e insignificantes. Por ejemplo, tú elegiste abrir este texto y leerlo, así que no te quejes de perder el tiempo con un artículo más de Cultura Colectiva. Así lo decidiste tú y nadie más.”

Cinco características comunes:

1. “Es un período en el que muchas cosas que antes parecían normales revelan su naturaleza contingente, extraña y relativa… Somos más libres de lo que pensábamos”.

2. “Reconocemos que nos habíamos engañado sobre lo que tenía que ser… Llegamos a una conciencia preocupante de que nuestra responsabilidad final es para nosotros mismos, no para el mundo social “.

3. “Desarrollamos una mayor conciencia de la muerte. El tiempo es corto y se está acabando. Tenemos que volver a examinar nuestras vidas, pero el reloj sigue su curso”.

4. “Tenemos muchas opciones, pero somos, por la naturaleza de la condición humana, torpes al escoger con la máxima sabiduría o certeza. Nos vemos obligados a decidir, pero nunca podemos estar seguros de que lo hemos hecho de manera adecuada. Estamos ciegos”.

5. Esto significa que la ansiedad es una “característica básica” de toda existencia humana.

Seis consejos para afrontarla:

  1. Elige y hazte responsable
  2. Acepta tu libertad
  3. Sé auténtico y no te traiciones
  4. Actúa de manera diferente
  5. En tus manos está el poder de la acción
  6. No es válido culpar a los demás

“Resumiendo, todos somos libres y podemos accionar de la manera que nos plazca, pero si elegimos una u otra cosa debemos hacernos responsables de las consecuencias y dejar de culpar a los demás por perder nuestra autenticidad y ser tentados por la mala fe.”

Cómo superar una crisis existencial sin morir en el intento

Para finalizar esta entrada contaré mi experiencia de superación de diversas crisis existenciales que he ido padeciendo a lo largo de estos años. Generalmente no suelo hablar de mí en este blog porque creo que es más importante la información objetiva que la subjetiva, pero en este caso hago una excepción porque creo que el mejor modo de mostrar otra imagen es dando ejemplo de lo que a mí me sirvió en su momento, que obviamente no será estrictamente trasladable a otros casos. 

La primera crisis de sentido seria que sufrí fue durante la adolescencia. En esa época la vida en la escuela era muy importante y tras separarme de mi maestro durante 9 años entré en una dinámica negativista que redundó en la desmejora de las calificaciones escolares. Dejé de disfrutar del aprendizaje y me vi en un escenario que no me gustaba nada: estudiar para aprobar. Eso no tenía ningún sentido para mí, así que me dejé llevar por la desidia y pasé sin pena ni gloria por las etapas escolares superiores. Comencé a odiar profundamente leer, dejé de pensar e incluso llegué a dejar de “sentir”. Una novia que tuve en los primeros años universitarios me llegó a llamar planta, por mi incapacidad para verbalizar emociones de ningún tipo. Luego descubrí su nombre técnico: alexitimia. Algo de razón tenía, porque hasta los 27 años tenía la sensación de estar vegetando. Nada me interesaba, nada me llamaba, nada me llenaba, nada tenía sentido. Era puro vacío…

A partir de esa edad, algo despertó en mi interior. Comencé a escribir reflexiones sobre cosas que sentía. Deslavazadas, sin cuerpo, pero reflexiones al fin y al cabo. Quería reflejar lo que sentía porque necesitaba comprender qué estaba pasando por mi cabeza. Intentaba explicar por qué no funcionaban mis relaciones de pareja y las sociales. Y en lugar de echar balones fuera busqué dentro. Entendía que era el único lugar en el que encontraría respuestas francas aunque fueran duras. Y así comencé a bucear en ese océano sin ningún tipo de protección ni instrumental adecuado. Como experiencia iniciática no estuvo mal ya que me sirvió de ensayo para la posterior gran crisis. En el aprendizaje estos movimientos torpes de inicio suelen generar beneficios futuros que no somos capaces de ver en esos momentos.

Tras arreglar muchas cosas por dentro encontré el eje y mi vida exterior comenzó a cobrar sentido. Conocí a mi gran amor, tuvimos hijos y nos casamos. Las necesidades materiales básicas estaban cubiertas y también las de aceptación social. Había adquirido habilidades sociales que antes ni sospechaba tener. Y como había logrado adentrarme en el océano, pude aconsejar a muchas personas que también iban experimentando diversas crisis. Eso sí, era bastante duro en mis apreciaciones. Les zarandeaba sin piedad, buscando su reacción. Algunos lo agradecieron, necesitaban esa sacudida, mientras que otros dejaron de hablarme. La vida misma.

Un poco antes de nacer mi hijo mayor (tiene ahora 16 años) tomé la decisión de leer. No quería que tuviera un padre inculto que no pudiera ayudarle si lo necesitaba. Después de tantos años sin hacerlo (salvo los textos del trabajo, claro), costó un mundo entrar en esa dinámica. Al principio tiré de lo sencillo, unos libros de las colecciones de RBA que tenía en casa apolillándose. Literatura conocida que me ayudó a abrir la mente a nuevas experiencias y modos de expresión. Poco a poco le cogí tanto el gusto que busqué literatura de mayor nivel, hasta llegar a Nabokov. Ahí ya alcancé mi cumbre personal y dejé de interesarme por este tipo de lecturas. Busqué otras de mayor complejidad intelectual.

A principios de 2004 había algo que ardía en el interior, que pugnaba por salir. Como todo estaba relativamente bien no le hice demasiado caso. Pero un hecho luctuoso ajeno a mi entorno emocional precipitó los acontecimientos: los atentados del 11-M. Ahí un enorme miedo se apoderó de mí. Se hizo de repente un enorme vacío ya que no había respuestas al “por qué” que se abalanzaba al primer plano de mi conciencia.

Todo aquello supuso un enorme incendio interior que sólo dejó los rescoldos semiapagados de mi conciencia en un segundo plano. Me había dado cuenta, del modo más duro posible, de que había estado viviendo en un continuo “replay”, con una pantalla emocional delante de mis narices que me impedía vivir el presente, activar el “play” de la vida. 

Como por suerte tengo una buena capacidad de juicio y de observación, rápidamente detecté el problema y le puse nombre y apellidos: memoria emocional. Fue un insight súbito, sin reflexión ni procesamiento previo. Un bofetón que no pude ignorar. Entré en internet y busqué todo lo que había sobre esa expresión. Imprimí unas quinientas páginas y me puse a leer como un poseso, buscando respuestas a lo que me había pasado. No era normal pasar de tener una pantalla delante tintada de emociones que me impedía vivir a que se convirtiera en algo residual que no se adhería a los recuerdos. Estos llegaban limpios, sin peso, y esa situación produjo un efecto energético inmediato. Sentí un excedente brutal que me permitió aprender rápidamente sobre casi todo lo que caía en mis manos: filosofía, ciencia, política, etc. Tenía la sensación interna de ser como un joven, pero con la ventaja de la experiencia ganada esos años. Por primera vez en mi vida sentí que todo cobraba sentido. Dejé de culpar al entorno de muchas cosas rutinarias que me apagaban y me ocupé de curarme, de quererme, de comprenderme y, por extensión, de curar, querer y comprender a los demás. Luego pude ponerle nombre: empoderamiento. Además, me sirvió para curarme de la miopía, tras veinte años con las mismas dioptrías. Todo comenzó a fluir de manera natural.

La fortaleza y confianza que adquirí esos años pusieron los cimientos de los cambios más importantes que he vivido con posterioridad. Corría el año 2007 y mis suegros nos invitaron a la entrega de premios del voluntariado. Como me gusta más la fiesta que a un tonto un palote, allí que nos fuimos con ellos. Pero algo ocurrió que lo cambió todo. Empecé a sentir un gigantesco impulso interior y se lo verbalicé a mi mujer: “Tengo que hacer algo. No sé qué, pero algo tengo que hacer”. Un año después nos asociamos a ASA y en 2009, cuando estábamos a punto de desaparecer porque nadie asumía el reto de coger una asociación muerta, sin recursos materiales ni humanos, sin perspectivas de futuro y sin que la sociedad malagueña tuviera conocimiento de su existencia, vi el momento de asumir la responsabilidad que llevaba tiempo llamando a la puerta: cogí la presidencia, con todos los condicionamientos externos para que terminara en fracaso. Incluso una amiga nuestra, que me acompañó en esa aventura, me dijo al ver el panorama, llorando: “¿Dónde vamos a ir con esto?”

Me limité a mirarla a los ojos y con toda la tranquilidad del mundo le dije: “Confía. Saldremos de esta”. Y vaya si lo hicimos. Pasamos de la UVI a ser la asociación andaluza más grande en apenas ocho meses de vida, sin plan de actuación de por medio, gracias al boca a boca y a dejarnos la piel día tras día, sin miedo a probar cosas nuevas (fuimos pioneros en Facebook) y con las ideas claras. Todo lo demás es historia.

El entorno no era responsable de lo que me pasaba y cuando dejé atrás el orgullo, despertando del sueño de la propia importancia, tomé conciencia de que el único modo de salir verdaderamente de ahí era tomando las riendas de mi vida. Las personas no tienen la culpa de no comprenderme (muchas veces no lo hago ni yo mismo), y mi responsabilidad está en no tenerlo en cuenta ni tomar una actitud victimista, prepotente o lastimera. Eso espanta a cualquiera, y todos los que actúan de ese modo lo viven en sus carnes. Así que menos quejarse y más moverse, que la solución a tus problemas están dentro de ti, no fuera.

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Acerca de José Luis

Aprendiz de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Vinculado al mundo de las altas capacidades intelectuales desde 2008, año en el que entré en la asociación ASA de Málaga tras la identificación de mi hijo mayor. Once meses después, en 2009, afronté el reto de presidirla cuando estaba a punto de disolverse, lo que me llevó a adoptar un rol de activista que he mantenido hasta 2016 en diferentes organizaciones de este colectivo tan desconocido y plagado de mitos y estereotipos. En este blog trato de aclarar los conceptos más básicos a todas aquellas personas que aterrizan y no encuentran dónde agarrarse. También tuve un periodo de activismo social en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013) en la PAH de Málaga.
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