Mentirosos natos

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En la era líquida de la posverdad los hechos objetivos dejan de tener la máxima importancia, relegados ante las creencias y las emociones que nos hacen sentir bien ante un determinado relato. Cuesta mucho menos asimilar la verosimilitud de relatos alternativos que encajan con nuestros prejuicios que contrastarlos. Y este mecanismo de consolador autoengaño nos lleva hasta el paroxismo en entornos virtuales. Cualquier persona puede generar en la red social una historia de lo más rocambolesca o plagada de contradicciones porque sabe de antemano que encontrará resonancia en otras personas. Se validan sin contrastarlas y se lanzan al ruedo como si de verdades reveladas se trataran.

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Hoy quiero compartir extractos de un artículo titulado Mentirosos natos. Creo que puede venir bien para que los que aún intentamos contrastar la información que nos llega reflexionemos sobre estos mecanismos. No vamos a acabar con la plaga que asola el pensamiento crítico, ese que necesita cierto grado de formación e información para aportar una crítica constructiva, ese que quieren hacer desaparecer porque supone una seria amenaza a las estructuras de poder que se asientan en la posverdad, en la propaganda y en la demagogia simplista con réditos incuestionables; no vamos a acabar, pero al menos nos servirá para mantener el fuego mientras podamos o nos dejen.

Pensar por uno mismo se está convirtiendo en una actividad de riesgo en nuestra sociedad actual. Es el último reducto disponible para que nuestra inteligencia se resista a esta corriente de estulticia que amenaza con arrasarlo todo a su paso. Solo nos queda la esperanza de que la educación realice su trabajo primordial: aflorar lo mejor de cada uno para recuperar algo de la solidez perdida. Y en esa desigual batalla se han embarcado unos “locos” que luchan hasta la extenuación contra un sistema que aplasta la creatividad y el pensamiento crítico de manera inmisericorde.

“Por paradójico que parezca, la razón primordial de que seamos tan hábiles engañando a otros estriba en nuestra capacidad para engañarnos a nosotros mismos. Existe una curiosa asimetría en la forma en que distribuimos la insinceridad. Aunque dispuestos a menudo a acusar a los demás de falsedad ante nosotros, somos asombrosamente tolerantes en lo que atañe a nuestra propia doblez. Las experiencias de cuando fuimos víctimas de un engaño quedan grabadas indeleblemente en nuestra memoria, mientras que nuestras propias falacias se escapan de nuestras lenguas con tal facilidad que con frecuencia ni nos damos cuenta de que lo son.”

¿Por qué mentimos tanto y tan bien? Sencillamente, porque funciona en la evolución

David Livingstone Smith

“Las investigaciones sobre el engaño se centran casi siempre en la mentira en su sentido más estricto, es decir, en la declaración deliberada de cosas que no son verdad. Pero nuestra querencia se extiende mucho más allá de la falsedad explícita y verbal. Mentimos por omisión; mentimos mediante las sutilezas de las exageraciones o la restricción mental. Nos aplicamos en un sinfín de formas de engaño no verbal: nos hacemos maquillajes, pelucas, cirugía estética; nos vestimos y aderezamos para disimular nuestro auténtico aspecto; nos aplicamos fragancias artificiales para apagar los olores de nuestro cuerpo. Lloramos lágrimas de cocodrilo, fingimos orgasmos y exhibimos cálidas sonrisas de bienvenida. Las mentiras verbales explícitas no son sino una pequeña figura en el vasto tapiz de la falsedad humana.

Más, ¿por qué mentimos con tanta facilidad? Porque da resultado. No hay otra respuesta más directa, los (homo sapiens) que mientan con mayor destreza tendrán ventaja sobre sus semejantes en la lucha por el éxito reproductivo, que es el piloto de la locomotora de la evolución. Para tener éxito como personas hemos de adaptarnos a un sistema social finamente entretejido, a pesar de lo cual nuestro objetivo primordial es cuidar de nosotros por encima de todos. A ello ayuda la mentira. Y al mentirnos a nosotros mismos, un talento integrado en nuestro cerebro, nos resulta más fácil aceptar nuestra falsaria conducta.”

“Plantas y animales se comunican entre sí mediante sonidos, exhibiciones rituales, colores, aromas transportados por el aire y otros métodos. En el pasado, los biólogos dieron por hecho que la función de estos sistemas de comunicación era la transmisión de información exacta. Pero cuanto más vamos sabiendo, más evidente resulta que las especies no humanas dedican grandes esfuerzos a enviar mensajes (falaces). [v.gr. Orquidea Espejo (ophrys speculum) o culebra chata (hetorodon plastirhinos)]. Estos y otros casos demuestran que la naturaleza favorece el engaño, porque proporciona ventajas adicionales para la supervivencia.”

“La hipótesis [propuesta por W. Byrne y Andrew Whiten] de la inteligencia maquiavélica fue el motor que empujó a nuestros antepasados a ir adquiriendo cada vez mayor inteligencia y hacerse cada vez más aficionados a mudar de opinión, cerrar tratos, farolear y confabularse con otros. Lo cual significa que los seres humanos son mentirosos natos.”

“En el quehacer diario, la compleja coreografía de la interacción social ocupa el centro de la escena. Los falsarios más diestros continúan cosechando ventajas y beneficios que les son negados a sus semejantes más honrados o menos competentes. La mentira nos facilita las interacciones sociales, la manipulación del prójimo y la amistad ajena.

Existe incluso una correlación entre popularidad social y destreza para el engaño. Falseamos nuestros currículos al solicitar trabajo, plagiamos trabajos ajenos para mejorar nuestra nota media e inventamos toda clase de fábulas ante deseables (partenaires) sexuales para seducirlos. Las investigaciones revelan que los mentirosos son, a menudo, más capaces de conseguir puestos de trabajo o de seducir a individuos de sexo opuesto y establecer relaciones.”

Engañarse a sí mismo

“Por paradójico que parezca, la razón primordial de que seamos tan hábiles engañando a otros estriba en nuestra capacidad para engañarnos a nosotros mismos. Existe una curiosa asimetría en la forma en que distribuimos la insinceridad. Aunque dispuestos a menudo a acusar a los demás de falsedad ante nosotros, somos asombrosamente tolerantes en lo que atañe a nuestra propia doblez. Las experiencias de cuando fuimos víctimas de un engaño quedan grabadas indeleblemente en nuestra memoria, mientras que nuestras propias falacias se escapan de nuestras lenguas con tal facilidad que con frecuencia ni nos damos cuenta de que lo son.”

“Si se desea (comprender el autoengaño), es necesario partir de una concepción más sólida sobre la forma en que opera la mente. El cerebro consta de cierto número de sistemas funcionales. El sistema responsable de la cognición –la parte pensante del cerebro- difiere bastante del sistema que produce experiencias conscientes. La relación entre ambos sistemas puede compararse con la relación entre la unidad de proceso [CPU] y la pantalla de un ordenador personal. El trabajo se realiza en la CPU, la pantalla se limita a exhibir la información que le es transferida desde el procesador. Por lo mismo, los sistemas cognitivos del cerebro llevan a cabo el pensamiento, mientras que la consciencia presenta la información que ha recibido. La consciencia desempeña en la cognición un papel mucho menos importante de lo que se había esperado […] Por extraño que parezca, es posible que la consciencia no haga nada, excepto exhibir los resultados de la cognición inconsciente.

Este modelo general de la mente nos proporciona exactamente lo que necesitamos para resolver la paradoja del autoengaño, al menos, en teoría. Somos capaces de engañarnos a nosotros mismos invocando el equivalente de un filtro cognitivo entre la cognición inconsciente y la alerta consciente. El filtro adelanta información antes de que ésta alcance el nivel de la consciencia, impidiendo la proliferación de pensamientos seleccionados a lo largo de las sendas neuronales que conducen a la consciencia.

Pero, ¿por qué habríamos de filtrar la información? […] Resulta ventajoso engañarse a uno mismo, porque nos ayuda a mentir a otros más convincentemente. La ocultación de la verdad a nosotros mismos sirve para ocultársela a otros.”

“Esta capacidad para creernos nuestras propias mentiras nos permite manipular egoístamente a otros, manteniéndonos al mismo tiempo adecuadamente inocentes sobre nuestros turbios propósitos.

De ser así, el autoengaño arraigó en la mente humana como instrumento de manipulación social. […] La capacidad de creer nuestras mentiras nos ayuda a embaucar más eficazmente a los demás. Nos permite (mentir con sinceridad), mentir sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo. Ya no es necesario un montaje teatral, fingir que estamos diciendo la verdad. De hecho, la persona que se autoengaño se halla realmente diciendo la verdad hasta donde se le alcanza, y esa credulidad en su propio cuento lo hace tanto más convincente.”

“El autoengaño, obviamente, no es siempre tan absoluto. A veces tenemos conciencia de que estamos siendo engañados voluntariamente por nuestro propio juego de timador, y nos negamos a confesarnos lo que pretendemos hacer. Sabemos que los cuentos que nos contamos a nosotros mismos no casan con nuestra conducta, o que no cuadran con las indicaciones de tipo corporal, como el alboroto del corazón o la sudoración palmar, que delatan nuestro estado emotivo.”

“En otras ocasiones, sin embargo, nos mantenemos en la feliz ignorancia de que estamos engañándonos a nosotros mismos. La perspectiva biológica nos ayuda a comprender la razón de que los engranajes cognitivos del autoengaño actúen con tanta suavidad y silencio. Imperceptiblemente y con gran sagacidad nos enredan en actuaciones teatrales trazadas con una destreza tal, que la actuación ofrece todos los indicios de sinceridad completa, incluso para los propios actuantes.”

LA MENTIRA QUE DA FELICIDAD

Tal vez mentirnos a nosotros mismos ayude a conservar la salud mental. Diversos estudios, ya clásicos, indican que las personas moderadamente deprimidas se engañan a sí mismos en menor medida que los individuos “normales”. Lauren B. Alloy y Lyn Y. Abramson sacaron a la luz esa tendencia manipulando clandestinamente el resultado de una serie de juegos. Los individuos sanos se inclinaban a creer en su superioridad cuando ganaban la partida trucada, y también, por lo general, tendían a subestimar su contribuciones al resultado cuando éste era malo.

Los individuos deprimidos, en cambio, evaluaban sus contribuciones con una precisión mucho mayor. En otro estudio, Peter M. Lewinsohn, demostró que los depresivos juzgan las actitudes que tienen hacia ellos otras personas con mayor exactitud que los no deprimidos. Además, esta capacidad se va perdiendo conforme resultan aliviados los síntomas psicológicos de la depresión a causa del tratamiento.

Es posible que la salud mental se base en el autoengaño y que la caída en la depresión se deba a una deficiencia en la capacidad de engañarse a uno mismo.

Fuente: extractos del artículo Mentirosos natos (revista Mente y Cerebro)

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Acerca de José Luis

Adulto superdotado con perfil "aspersor". Padre de dos hijos superdotados. Diletante de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Activista social en el ámbito de las altas capacidades intelectuales (2009-2016) y en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013). Escéptico con mente ecléctica. Amante del conocimiento en todas sus variedades y facetas, sin ideologizaciones políticas, religiosas ni éticas. Sin deudas simbólicas...
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