Técnicas de organización. Iago Fraga

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Si piensas que eres un desastre organizativo, este es tu sitio. Si consideras que no tienes tiempo de organizar tu día a día, este es tu lugar. Si tu mente aprende de modo orgánico, sin un aparente orden, esta es tu web. Si eres perfeccionista hasta decir basta y quieres librarte del yugo, ya sabes..

Hace varios años que sigo el blog de Iago Fraga que se incluye en su web Técnicas de Organización (y sobre la que pongo el logo para reconocerla fácilmente). En él he podido encontrar diferentes entradas que me han resultado muy útiles cuando he necesitado organizar situaciones complejas. Con las simples me cuesta bastante más, porque tiendo a ver complejidad donde no la hay y me bloqueo a la hora de tomar las decisiones más sencillas, como bien sabe mi sufrida esposa.

En esta época de descanso mental aprovecho para recomendaros su lectura y que os suscribáis al blog. Seguro que encontráis información muy útil.

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Para abrir boca, nada mejor que compartir -copiar y pegar, no me deja rebloguear- una entrada que me gusta bastante. Corta y directa, como suele hacerlas.

Cómo liberarte de la obligación de ser ejemplar

Cada uno con su tema, existe una trampa muy peligrosa en la que caemos de manera inconsciente con relativa facilidad.

Esa trampa son las ganas puntuales o durante muchos años de ser ejemplares y son un auténtico engorro para ti y tu productividad (por ejemplo: “tengo que hacer todo bien”).

Ni las necesitas, ni te aportan nada, ni son nada agradables pero como están ahí molestando vamos a ver cómo puedes librarte de ellas y pasar cuanto antes a lo que te interesa de verdad.

Simple pero muy molesto

El tipo de situación que te quiero ayudar a resolver llega de manera bastante involuntaria pero acaba haciendo que tú no emplees tu tiempo y energías en lo que realmente te interesa.

Como prerrequisito, es muy importante que estés de acuerdo conmigo en que la productividad no es cuestión de producir más sino cuestión de ser “más productivo” (de hacer cosas que te llenen más y te hagan sentir que estás avanzando).

Con eso en mente, la ejemplaridad entra en tu vida haciéndote caer en pequeñas trampas y puede escalar a una velocidad vertiginosa.

Piensa en un diseñador de moda que acude constantemente a bodas y eventos y no para de romperse la cabeza más que nadie con cada uno porque tiene esa obligación interna de destacar.

“Para que no me hagan un comentario malo tengo que destacar. Si no voy entre los 10 mejores vestidos es cuestión de tiempo hasta que alguien opine que en realidad no debo ser tan buen diseñador”.

Es imposible vivir así.

Puedes ser un diseñador increíble y serías el máximo prisionero de tu habilidad. A cada ocasión (incluso cuando no te apetezca) deberías hacer un sobreesfuerzo por culpa de lo que crees que los demás opinan de ti.

Más común de lo que parece

En caso de que el último ejemplo te parezca exagerado, he de decirte que en mi experiencia no lo es. Para nada.

Es más la ejemplaridad que nos auto-imponemos es muy común tanto en ejemplos a gran escala (que parecen exagerados, el diseñador obsesionado) como en micro-ejemplaridades que nos imponemos en cosas de lo más estúpidas.

Cuanto más grande, más tóxica para tu productividad. Pero produce el mismo efecto una auto-imposición gigante que 130 pequeñitas.

Ejemplos de ejemplaridad (valga la redundancia) los hay por todos lados:

  • Cuando en tu trabajo te felicitan 3 semanas seguidas por tus reuniones divertidas, se puede crear una ejemplaridad (una obligación involuntaria de agradar).
  • Cuando expresas en voz alta una convicción fuerte (por ejemplo: “¡Qué programa más telebasura! ¿Pero quién ve esto?”) te puedes crear una ejemplaridad.
  • Y cuando se asume de ti una cualidad fuerte (como: “¿Pero tú no eras el experto en finanzas?”) se puede crear una ejemplaridad.

Las ejemplaridades están ahí y todos tenemos muchas. Hay jefes que si no demuestran mandar en cada reunión explotan, personas que por gustarle a todo el mundo hacen diez veces más sacrificios personales y personas que para no sentirse ridículas necesitan que todo esté perfecto.

Por cierto, si el tema te interesa, los ejemplos no son aleatorios sino que esta idea que te traigo tiene una sinergia evidente con la teoría del Análisis Transaccional de Eric Berne (y que he encontrado bien explicada en castellano aquí).

¿Qué hacer cuando detecto que tengo una ejemplaridad?

Realmente no existe solución universal, pero mi intención con este artículo es:

  • primero que descubras el concepto
  • y segundo, que estés atento a ello en el día a día para que puedas tomar decisiones conscientes.

El caso ideal obviamente es que, cuando no quieras hacer algo y sea solo tu ejemplaridad la que te obligue, tengas la valentía o la capacidad de dejar pasar esa sensación de obligación.

El diseñador obsesionado que se autoriza a ir con un traje barato de Zara, el jefe inseguro que deja a sus empleados decidir entre ellos si así funciona, el moralista que puede ver un día telebasura divirtiéndose y el perfeccionista capaz de presentar unos resultados maluchos pero donde está lo esencial (y aunque se exponga a comentarios, ha dormido bien, el trabajo está ahí y no se acaba el mundo).

En productividad, es cierto que las herramientas ayudan mucho pero, a veces, aunque no sea nada fácil, e intentemos primero enterrar el dilema con más herramientas, la solución que realmente nos desbloquearía la hemos intuido desde hace tiempo.

Lo único que falta, cada uno a su ritmo, cada cosa a su tiempo, es plantearnos si estamos listos para dejar partir esa ejemplaridad y recoger las oportunidades que se abren al pasar página.

Fuente: http://www.tecnicasdeorganizacion.com/2017/04/trampa-ejemplaridad/

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Acerca de José Luis

Adulto superdotado con perfil "aspersor". Padre de dos hijos superdotados. Diletante de la inteligencia, la conciencia y la creatividad. Activista social en el ámbito de las altas capacidades intelectuales (2009-2016) y en el ámbito del derecho a la vivienda (2012-2013). Escéptico con mente ecléctica. Amante del conocimiento en todas sus variedades y facetas, sin ideologizaciones políticas, religiosas ni éticas. Sin deudas simbólicas...
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