Guerra bacterideológica

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Estamos siendo infectados por un virus y la mayoría no es consciente. Y la minoría que es consciente y lo denuncia públicamente está siendo sistemáticamente atacada tanto por quienes lo inoculan como por quienes lo sufren.

Cualquier “bacteridea”, ckonvenientemente empaquetada, puede intoxicar un canal de comunicación o de información. Y, por contagio, otros canales adyacentes. Con la ayuda de potentes difusores, esas armas “bioilógicas” penetran en esas aguas y las envenenan. En consecuencia, quienes las beben sin probar otras -sin contrastar- se ven afectados, causando un profundo daño en sus sistemas de percepción de la realidad. Cuanto más potente sea el tóxico y cuantos más canales sean envenenados, mayor es la enfermedad que provoca. Una enfermedad calculadamente silenciosa, cínica. Perfectamente soterrada. Sus armas son invisibles pero sus efectos son devastadores. Gracias a la confluencia de todos los ríos en el amplio océano de las redes sociales advertimos el horror. Si abrimos los ojos comprobamos cómo algunas “bacterideas” han calado en la psique de un individuo o de muchos, produciendo una tendencia -corriente o fuerte oleaje-. Y si lo denunciamos, el sistema inmediatamente reacciona enviando nuevas “bacterideas” dirigidas hacia estas contracorrientes -antisistémicas- afeándoles la conducta.

La primera batería de “bacterideas” provocan el caldo de cultivo adecuado: la indignación, la crispación, el malestar estructural. Es un caldo poderoso pero en determinados momentos necesita una buena olla a presión para calentarlo al máximo. Y las RRSS ejercen ese papel como ninguna otra herramienta en la actualidad. Si observas desde la distancia los intercambios sin involucrarte emocionalmente vas notando poco a poco cómo te sientes intoxicado, cómo tu cuerpo comienza a padecer nauseas, mareos, agobio o síntomas similares de enfermedad. Y si no sales de esa corriente pronto, termina por cambiarte el humor y, en consecuencia, por hacerte responder mal, agriado o con formas no habituales a temas sin la menor importancia en tu vida.

La segunda batería de “bacterideas” se inoculan en los canales de comunicación tras producirse algún hecho emocionalmente duro. Algo que nos toque cerca, algo que realmente nos duela y nos haga sentir genuino miedo. En ese momento, la introducción de estas toxinas produce la peor de las enfermedades: el odio al “otro”. El odio a lo que no soy yo, no piensa como yo, no actúa como yo, no vive como yo, no tiene mi apariencia, no habla como yo, etc. Ese odio se mezcla en el océano y aparece la guerra “bacterideológica”. Se crean bandos por afinidades y entre ellos se disparan virtualmente -y, si pudieran, realmente- sin cesar. Entramos en una modalidad de violencia más sofisticada en la que no es necesario tener armas de verdad para producir enormes daños sociales.

Este virus es especialmente activo en las personas cuyo comportamiento podría catalogarse de fracasado. Personas que exhalan amargura en la mayoría de sus intervenciones públicas, hablando mal de otras personas, criticándolo todo a todas horas y culpando a los demás o al “empedrado” de todos sus males.

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Personas, en definitiva, que no han madurado. Incapaces de asumir sus responsabilidades, siempre encuentra el “chivo expiatorio” en su exterior. Y como conté en esta entrada sobre la Neotenia social, es un fenómeno en expansión, de modo que podría catalogarse como auténtica era neoténica.

España está viviendo estos últimos días el inicio de esta guerra, y me da que esto no ha hecho más que empezar. Aquí se une nuestra secular costumbre de creernos expertos en cualquier tema a los cinco minutos: en seguridad ciudadana, en islamismo, en lucha antiterrorista, en comunicación y coordinación de equipos. Y en opinar con la ligereza propia del ignorante. Es un lujo contar con ese bagaje experiencial que surge espontáneamente de la nada. Todo español tiene alma de entrenador y sabe perfectamente cómo actuar con posterioridad.

Frente a toda esta locura, queda la firmeza de no dejarse envenenar y no caer presa del odio al “otro”. Es urgente crear una “redsistencia” que poco a poco calme las aguas y contrarreste estos efectos. Si no es así, tendremos un futuro muy negro. Negrísimo.

Vivimos en la era neoténica de la búsqueda de los focos, de la atención, del impacto de la imagen, de la forma sin fondo.

Vivimos mostrando en lugar de demostrando.

Vivimos respondiendo en lugar de comprendiendo. Vivimos bajo la gobernanza del insulto en lugar de la razón.

Vivimos cerrando los ojos a lo objetivo, a lo lejano, a lo que “no me afecta”. Vivimos abriendo los ojos a lo subjetivo, a lo cercano, a lo que “me afecta”. Los griegos llamaban idiotas a quienes se despreocupan de lo publico.

Vivimos en la era de la interpretación frente o contra los hechos. Vivimos en la era en la que todas las opiniones tienen el mismo valor por el mero hecho de ser una opinión. Si estás enfermo vale lo mismo el consejo de tu cuñadismo que el de un médico.

Vivimos esperando, vivimos exigiendo, vivimos quejándonos de nuestra mala suerte.

Vivimos siendo pasivos o reactivos. Qué inventen o hagan otros, pero que lo hagan como yo lo haría si tuviera cojones de hacerlo, claro.

Vivimos en la era de la nadería, del ruido mediático, de los zascas virtuales, del impacto súbito sin continuidad.

Vivimos en la búsqueda de la píldora de la felicidad sin esfuerzo. Vivimos en la búsqueda del aspecto juvenil, fuente de energía y poder. No es la era de los viejos ni de los sabios, ni de los calmos ni de la serenidad.

Vivimos en la era de la crispación y del odio a quien no piensa, actúa o aparenta lo mismo que yo, centro único del universo y merecedor de todos los derechos sin obligación alguna.

Vivimos en una corriente autodestructiva de la que es necesario huir. Hacer de salmón aunque te cueste la propia vida. Y hacerlo tú, sin esperar o exigir que otros te saquen de la corriente.

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