Asociaciones familiares de AACC. Socios y usuarios

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Toda asociación, sin excepciones de ningún tipo, necesita dotarse de unos Estatutos. Los Estatutos son las reglas fundamentales del funcionamiento de una Asociación y, pese a no poseer el carácter de norma jurídica, son vinculantes para los socios, pues se sometieron a ellos de forma voluntaria al ingresar en la Asociación.

Dentro de los Estatutos hay una serie de contenidos obligatorios recogidos, en el caso de las asociaciones que no son de utilidad pública, en el artículo 7 de la Ley Orgánica 1/2002, de 22 de marzo, reguladora del Derecho de Asociación. Entre ellos destacamos uno que se relaciona directamente con esta entrada: Los derechos y obligaciones de los asociados y, en su caso, de cada una de sus distintas modalidades.

En resumidas cuentas, toda asociación ha de contemplar obligatoriamente en el conjunto de reglas fundamentales vinculantes para todos los socios llamado Estatutos una serie de DEBERES que son de obligado cumplimiento.

Esta es al menos la teoría. La práctica suele distar bastante de este escenario de asunción de responsabilidades por parte de TODOS Y CADA UNO de los socios de una asociación. Y es curioso comprobar cómo la inmensa mayoría no suele tener conflictos internos cuando combina la exigencia del cumplimiento de la ley por parte de diversos agentes educativos con la dejación de sus propias obligaciones estatutarias.

DEBERES DE LOS SOCIOS

Basta hacer una pequeña búsqueda en internet para encontrar modelos orientativos de estatutos en los que podemos encontrar siempre textos similares a este:

Artículo XX. Obligaciones.

Son deberes de todos los socios:

  1. Compartir las finalidades de la asociación y colaborar para la consecución de las mismas.
  2. Pagar las cuotas, derramas y otras aportaciones que, con arreglo a los Estatutos, puedan corresponder a cada socio.
  3. Cumplir el resto de obligaciones que resulten de las disposiciones estatutarias.
  4. Acatar y cumplir los acuerdos válidamente adoptados por la Junta Directiva y la Asamblea General.

Destaco el pasaje y lo subrayo para enfatizar la relevancia de lo que se comunica. Ahí se lee, sin ningún género de dudas, que es obligación de todos y cada uno de los socios de una asociación COLABORAR para la consecución de sus fines.

Por lo general, la mayoría de los socios que no cumplen sus obligaciones usan las mismas excusas (dando por sentado que los demás no tienen esas circunstancias o llegaron sabiendo hacer cosas) para eludir sus responsabilidades:

  • “No tengo tiempo”
  • “Trabajo”
  • “No tengo habilidad para hacer X”
  • “No he venido aquí a trabajar”
  • “No sé qué puedo hacer”
  • “Desconozco cómo funciona la asociación”
  • “Eso es obligación de la junta directiva que es la que se ha ofrecido”
  • “Pago para traer a mis hijos a talleres, no para trabajar”
  • “Estas gestiones tendría que hacerla la delegación de educación”

También se puede encontrar otra excusa recurrente, que consiste en confundir pagar cuota con colaborar: “No, si yo colaboro pagando las cuotas”. Como si un billete de diez euros puesto en el suelo fuera capaz de hacer cosas por sí mismo.

SOCIOS Y USUARIOS

En este escenario cabe preguntarse si los socios que asumen sus responsabilidades (en la medida de sus posibilidades: no todos han de hacer de todo sino cada uno una pequeña labor) deben equipararse con aquellos que no las asumen (ni tienen intención de hacerlo en el futuro). Con otras palabras

¿Quien incumple sus obligaciones estatutarias puede denominarse SOCIO? ¿Está en pie de igualdad con quién sí las asume o se está produciendo una situación de flagrante injusticia que ha de ser solucionada?

Mi opinión es clara: no, no debería llamarse SOCIO. Está beneficiándose de todos los derechos de serlo y no está respondiendo a sus obligaciones. Está generando una situación de desigualdad respecto a quien sí las asume. 

Si queremos llamar a cada cosa por su nombre, a aquellas personas que se apuntan a una asociación y no asumen ninguna responsabilidad deberíamos denominarlas USUARIOS. 

Y, en consecuencia, deberían articularse medidas para que unos y otros no disfrutaran de los mismos derechos por el mismo precio. La argumentación es simple: el socio genera capital simbólico a la asociación. Genera valor a la misma. En definitiva, suma al proyecto. Sin las manos de los socios una asociación sencillamente no existiría.

ASOCIACIÓN O ‘EMPRESA’

En toda asociación podemos encontrar una particular ratio dinámica entre socios y usuarios. Cuando arranca, lo normal es que la totalidad de los socios fundadores sean socios y no existan usuarios. Esa ratio va reduciéndose a medida que la asociación se desarrolla. Suele ser lo normal.

En las asociaciones de cierto tamaño y complejidad la ratio ya es lo suficientemente pequeña como para que la idea de asociación teórica que hemos planteado se diluya y aparezca en el horizonte la noción de empresa, con casi todas las connotaciones que esto conlleva. El peso relativo de los usuarios es tan grande que toda la organización se inclina hacia sus intereses particulares, y aunque siempre hay un grupúsculo de “locos idealistas” que continúa con el alma asociacionista a cuestas, sus anhelos no se ven recompensados con un aumento de la ratio que permita recuperar la esencia con la que se nació. Han de destinar la inmensa mayoría de sus recursos a la satisfacción de las demandas de los usuarios. Llegados a cierto punto, la organización ha de asumir la realidad y empezar a profesionalizar determinadas funciones que nadie o casi nadie quiere hacer de manera voluntaria. El alma reivindicativa queda aplastada por el alma paliativa o sustitutiva. La asociación comienza a asumir labores que no le competen por el simple hecho de que no se ve capacitada ni estimulada a exigirlas a quien le corresponde hacerlas. La administración suele sentirse muy cómoda en este escenario, ya que una asociación va a realizar gestiones (incluso mejor que la propia administración) sin exigírselo a ella.

En el caso del colectivo de las altas capacidades podemos encontrar diversos ejemplos. La administración tiene obligación de informar, visibilizar, concienciar, formar y atender en el aula a los alumnos con altas capacidades intelectuales a través de diversas normativas y protocolos de actuación. La ley así lo exige. Las asociaciones que surgen para luchar por los derechos de estos niños han de velar por el cumplimiento de esas obligaciones. Esa es su esencia reivindicativa. Sin embargo, con la presión del aumento de usuarios se produce el efecto contrario. Las asociaciones más activas dedican enormes esfuerzos en informar, visibilizar, concienciar, formar y, como no pueden en el aula, a atender extraescolarmente a estos alumnos. Se produce una suerte de “subcontratación”, con la ventaja para la administración de que no ha de pagar por la prestación de esos servicios ya que estos recursos salen de la propia asociación. Un auténtico disparate.

Se matan dos pájaros de un tiro: la administración deja de sentir el aliento de las familias en el cogote y deja de destinar recursos a la atención. Todo muy cómodo.

POSIBLES SOLUCIONES

En este escenario, las soluciones son siempre complicadas. Para empezar, las propias asociaciones deberían tomar conciencia del camino que han tomado, muy a su pesar. Tomar las riendas de la situación y establecer una distinción clara entre socios y usuarios para poder funcionar asociativamente en la parte reivindicativa y empresarialmente en la parte asistencialista. Como esto es muy difícil de llevar a cabo porque este tipo de acciones han de ser propuestas y aprobadas en una Asamblea General a la que pueden acudir todos los socios, basta con que haya más usuarios que socios reales para que no salga adelante esta medida correctora.

Otra opción es la creación de grupos especiales dentro de las asociaciones que se dediquen exclusivamente a estos asuntos. Y si eso no termina de funcionar, crear otras entidades nuevas en las que se reflejen claramente las diferencias entre ser socio o usuario, actuando preponderantemente en el ámbito reivindicativo sin tanta necesidad de cubrir las necesidades personales de tantos y tantos usuarios como les llegan desde las aulas en las que no son atendidos. Sería un primer paso para recuperar todo el terreno que se ha ido perdiendo y que redunda en que cada día haya menos derechos reconocidos, menos voluntad de actuar y menos capacidad para actuar colectivamente como un conjunto fuerte y unido con las cosas claras.

El futuro está en las manos de las familias, y tener claras determinadas cuestiones puede ayudarles a reconducir una situación que, en la actualidad, va en sentido contrario a lo que se suponía cuando se inició este camino.

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