Ser o tener. Las etiquetas en las altas capacidades

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La imagen que ilustra esta entrada revela el efecto que puede causar el uso indebido de una etiqueta con una enorme carga negativa. Para tratar de entender este asunto reflexionaré sucintamente sobre el carácter de una etiqueta y cómo el uso del lenguaje común determina tanto el peso como el grado en el que nos identificamos con ella.

Para arrancar, recojo unos pasajes de la entrada El peso de una etiqueta en los que preciso qué es una etiqueta y qué define. También distingo el peso que tiene cuando lo que pretende definir es una cosa (o situación) o una persona (o sus atributos).

El peso de una etiqueta

Utilizaré la palabra etiqueta con un sentido muy preciso, la quinta acepción que tiene en el diccionario de la RAE: Calificación estereotipada y simplificadora.

Una etiqueta es un nombre corto que nos sirve para identificar fácilmente cosas, personas o sus partes. Cuando vemos un edificio, por ejemplo, y nos preguntamos “¿qué es?”, lo normal es buscar una respuesta simplificadora: “es una biblioteca”. Y no nos complicamos más. Lo damos por bueno. Así funcionamos mecánicamente la mayoría del tiempo. Y como es tan mecánico (nesciente), no le prestamos atención al proceso de etiquetar que activamos constantemente sin darnos cuenta.

Cuando queremos definir o identificar algo solemos utilizar el verbo “ser” acompañado de un nombre o un sustantivo: “este señor es el jefe”, “ese animal es una cobra”, etc. Este mecanismo de identificación tan común no genera ninguna controversia. Simplificamos la realidad y la hacemos más llevadera. Nos permite liberar energías para lo realmente importante.

Otro uso de la etiqueta, bastante más controvertido al introducir cierta carga subjetiva, lo encontramos a la hora de atribuir cualidades físicas o de carácter a alguien. Para este proceso se utiliza el verbo “ser” acompañado de un adjetivo calificativo: “Pepe es alto”, “Lorena es muy simpática”, etc.

Toda etiqueta contiene expectativas de cumplimiento que suponen un peso añadido a la etiqueta. Se espera del jefe que sea alguien que mande, de la cobra se espera que amenace, de alguien alto se espera que no tenga dificultades para coger cosas elevadas o se espera que alguien simpático tenga una sonrisa permanente. Y cuando no se cumplen las expectativas, reaccionamos de modo diferente en función de cómo nos implicamos personalmente en las mismas. Si decimos de Lorena que es muy simpática y un día se levanta con mal pie, respondiéndonos mal, nos sentimos especialmente desconcertados: “no esperaba esto de ti, lo mismo no eres tan simpática como creía”. La gestión de las expectativas es un asunto crucial que pasa desapercibido cuando actuamos nescientemente. Creamos expectativas sobre algo y todo lo que se aleje de esa idea nos va a afectar, positiva o negativamente.

¿Qué ocurre cuando la carga de la etiqueta es negativa? ¿Qué pasa cuando atribuimos cualidades socialmente negativas? ¿Y qué pasa cuando convertimos una cualidad -algo que se tiene o no se tiene- en un modo de ser? ¿Qué diferencia sutil existe entre decir de alguien que “es muy borde” (adjetivo calificativo que alude a la cualidad del carácter) o decirle que “es un borde” (sustantivo)?

El peso de la etiqueta variará en función del valor que se le dé al sustantivo o al adjetivo que acompaña al verbo “ser”. Las expectativas asociadas a la etiqueta serán enormes en el caso de cualidades que consideramos más intrínsecas y permanentes de la personas (para las que usamos los sustantivos), e irán reduciéndose a medida que esas cualidades se vean como algo más externo y efímero (con adjetivos).

Etiquetar personas o atributos personales

Como comento más arriba, no es lo mismo definir cosas (o situaciones) que definir personas o atributos personales. La primera definición tiene escaso peso y la segunda puede tener un enorme peso. Tú no tienes vínculos emocionales con las cosas -en general, luego cada uno puede identificarse con “sus cosas” en diversos grados-.

Para continuar con la reflexión obvio la definición de cosas y me centro en la definición de personas y sus atributos. En este cuadro condenso las ideas más relevantes de lo que deseo transmitir:

Etiqueta

 

Normalmente es el GRADO DE IDENTIFICACIÓN con determinados ATRIBUTOS DE UNA PERSONA el que marca el uso de SER (máxima identificación) o TENER (mínima identificación). Y dentro del segmento del SER, podemos observar que el mayor grado de identificación se suele producir con los SUSTANTIVOS y, en menor grado, con los ADJETIVOS CALIFICATIVOS.

Esto con independencia de que la etiqueta sea considerada como positiva o negativa. Por ejemplo, la expresión “soy UN inútil” (verbo+sustantivo) estaría en el grado máximo de identificación, con la máxima carga y con el sentido negativo de lo que presupone la etiqueta “ser un inútil”. “Soy inútil” (verbo+adjetivo calificativo) parece que tiene una menor carga derivada de un grado menor de identificación pero mantiene su máximo sentido negativo.

El nombre “tonto” también tiene sentido negativo, aunque parece que algo menos que inútil, y pueden observarse expresiones contundentes como “soy un tonto” o “soy tonto”. El uso de “estamos tontos” (“estamos haciendo tonterías”) no tiene peso porque alude a un estado que entendemos que es transitorio.

SER tiene naturaleza estructural o esencial TENER presenta un carácter coyuntural o accidental y ESTAR es simplemente un estado fugaz que tiende a desaparecer.

Regresando a la imagen que ilustra la entrada, comprobamos cómo la etiqueta “eres UN fracaso” (enorme peso, carga negativa) penetra fácilmente en la estructura cognitiva de esa persona, instalándose en la habitación de la psique llamada IDENTIDAD. Cuando lo hace y se mimetiza la persona actuará en función de las expectativas negativas asociadas a esa etiqueta (un fracaso, un fracasado). Generará muchas profecías autocumplidas (“no puedo, no puedo… no he podido… soy un fracaso, lo sabía”) que se retroalimentan. No es fácil salir de ese hoyo.

 

Ser algo

Hablaba antes del grado de identificación con una etiqueta. Ahora toca fijar la idea de que la identificación es un asunto de nuestro ego. Desde que somos pequeños nos enseñan que es muy importante llegar a “SER algo” o a “SER alguien”. Y con esa idea-guía viajamos. Es una mochila que nos acompaña durante todo el trayecto vital, salvo que en algún momento lo advirtamos y la dejemos en alguna estación. Pero no es fácil hacerlo ya que hay muchos “algo” en nuestra vida como para no agarrarla y llevárnosla.

Aquí es bueno distinguir “ser por esencia” de “ser por accidente”. Yo “soy hombre” durante toda mi vida -bueno, puedo operarme o no sentirme así, pero en principio eso es lo que soy en esencia-. Y en ese trayecto vital, puedo ser muchas otras cosas más. Puedo “ser padre”, “ser hermano”, “ser asesor”, etc. Cuando alguien nos pregunta “¿Qué eres?” o “¿Quién eres?” solemos articular respuestas de nuestros distintos seres por accidente.

Una persona puede sentirse muy identificada o poco identificada con alguna de sus circunstancias vitales (profesión, estatus económico, posición social, etc). Dependerá del nivel de apego que tenga. Alguien que estudió y ejerce la medicina podrá sentirse muy identificado con la etiqueta “soy médico”, mientras que otros apenas le darán relevancia, sienten que son algo más que esa etiqueta.

Cuando a nuestros ojos una circunstancia se convierte en un atributo, el grado de identificación se eleva. Si tenemos la habilidad y la suerte de acumular riquezas materiales durante nuestra vida, esa circunstancia podemos considerarla como una suerte de ‘atributo’ o propiedad. Podemos empezar a responder “soy rico” en lugar de decir “tengo mucho dinero”. El nombre rico no parece tener el carácter de atributo de una persona sino más bien se trata de un accidente, así que apenas habría diferencias entre usar una expresión o la otra. Parece que te identificas más cuando dices “soy rico” que cuando dices “tengo mucho dinero”.

 

Altas capacidades. ¿Ser o tener?

Como decía en la entrada del peso de la etiqueta, existen una serie de atributos personales a los que le damos, consciente o inconscientemente, un valor máximo en nuestra escala social. En ese sentido, la inteligencia es un ATRIBUTO ESTRUCTURAL con un ENORME PESO de carácter POSITIVO.

Según el GRADO DE IDENTIFICACIÓN que cada persona maneje, existe una gran diferencia -a nivel de apego y vinculación con la etiqueta- entre decir de uno mismo (o que digan de uno mismo) soy inteligente” (con la noción de grado ‘altamente’ o ‘especialmente’ implícita en la expresión) o decir de uno mismo “tengo inteligencia”.

Por debajo de ese atributo hay otros que se le asocian sin tener tanto peso ni tanto grado de identificación potencial: capacidad, habilidad, talento, maestría, destreza, etc. Ahí las expresiones comunes llevan el TENER por delante. Tienes capacidad, no ERES esa capacidad. O no te limitas a ser esa capacidad, eres algo más. La capacidad es una parte de tu ser, por eso tu identificación no es máxima.

Por la forma de la expresión, soy superdotado” presenta mayor peso y mayor grado de identificación que tengo altas capacidades”. Y las actitudes derivadas de ese grado de identificación y de las expectativas asociadas a esas etiquetas varían sustancialmente. Cuando le añades el grado máximo a la dotación la vinculación e identificación acompasa: “soy superdotado profundo” (usado como sustantivo) es la máxima expresión de esto que comento.

En el caso que nos ocupa, el de colectivo de las altas capacidades intelectuales, se produce con frecuencia un fenómeno curioso denominado síndrome del impostor. Quienes lo sufren tienen la sensación de no estar nunca a la altura; de no ser lo suficientemente buenos, competentes o capaces; de ser impostores, un fraude. Su origen se encuentra precisamente en el peso asociado a la etiqueta “soy superdotado” gracias a la acumulación de mitos y estereotipos que la acompañan. Cuando una persona cree que esa etiqueta alude poco menos que a un “superman” o una “superwoman”, su respuesta normal será el rechazo:  “No, yo no soy superdotado/a”.

 

Gestión de las etiquetas

Para finalizar, animaré a reflexionar sobre el uso de las etiquetas. Leyendo y comprendiendo todo lo anterior se entenderá fácilmente que un mal uso de una etiqueta puede generar un daño importante en una persona o en sus relaciones con los demás. Y es aquí donde debemos pensar seriamente qué tipo de expresiones vamos a usar cuando tratamos con personas que TIENEN ciertas habilidades cognitivas destacadas.

Parece poco recomendable decirle a un hijo “eres superdotado” si tú, como progenitor, manejas una noción de superdotado plagada de mitos. El niño tiene derecho a saber los atributos que tiene, es evidente, pero en el momento adecuado y del modo adecuado. Todo lo que exceda esa medida le hará daño. Si tienes unas expectativas demasiado elevadas respecto a esa etiqueta y eso se lo transmites directa o indirectamente a tu criatura con toda seguridad le estarás haciendo un flaco favor.

Es muy importante conocer qué son las altas capacidades y su carácter de atributo personal que NO define por completo a la persona y que NO le obliga a cubrir las expectativas que se generan en torno a esas etiquetas que flotan en nuestro entorno.

Cuando leo determinadas descripciones genéricas sobre las personas con altas capacidades me asalta una fuerte sensación de estar visualizando un gigantesco ESTEREOTIPO CON PATAS. Cuando leo lo que SON, lo que TIENEN, lo que SIENTEN, y lo que HACEN como si todos fuéramos iguales o similares todas las alertas se disparan. Y cuando algún seguidor responde con un “estoy completamente identificado con lo que dices” se me ponen los pelos como escarpias.

Nos hacemos un flaco favor buscando solo aquella información con la que nos identificamos, con la que nos sentimos seguros (como en un refugio) y no cotejándola con otras que puedan relativizarla o incluso rebatirla con argumentos tan o más poderosos. El pensamiento crítico aquí es clave. Nuestros hijos merecen todo el esfuerzo intelectual que podamos ofrecer para conocer y comprender las diferentes aristas, visiones, modelos y formas de entender este fenómeno tan complejo. Toda simplificación para calmar nuestras ansias nos hará daño a nosotros (seremos fácilmente manipulables por los muchos aprovechados que pululan por aquí) y a nuestros seres queridos.

Las etiquetas pueden ser importantes solo como un MEDIO para conseguir una adecuada atención educativa DENTRO DEL AULA, o para una adecuada atención psicosocial FUERA DEL AULA. Las etiquetas no son un FIN.  Y nunca serán capaces de definirnos al completo como personas. Somos mucho más que una simple etiqueta.

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