El poder de disuasión de un estereotipo

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A Manuel lo conocí hace una década y desde el primer instante conectamos. Su modo de enseñarnos en aquel curso sobre la reforma contable me enganchó. Volví a sentir amor por esa herramienta tan imprescindible como minusvalorada llamada Contabilidad. Con posterioridad volvimos a coincidir en varias ocasiones y comprobé la enorme talla humana e intelectual de esta persona. Según me contó este viernes, una vez nos cruzamos cerca de la sede de ASA en ese momento (Centro Ciudadano Valle Inclán) y le invité a participar en una charla que hacíamos allí. La verdad es que no lo recuerdo, pero está claro que él sí, aunque las fechas se le hayan mezclado en la memoria porque yo entré en ASA en octubre de 2008 y no empecé a activarme hasta finales de 2009, así que calculo que sería en 2010 cuando se produjo ese encuentro casual.

En esta entrada de su blog sobre consultoría estratégica (aunque está abierto a otros muchos temas de su interés) Manuel reflexiona sobre qué podría haber pasado si hubiera aceptado la invitación en lugar de dejarse llevar por el poder de disuasión del estereotipo que ellos manejaban en ese momento sobre este colectivo. Estereotipo que salió a relucir cuando charlamos en la nueva y espectacular sede de talleres de la asociación, cuando Milagros, su mujer, comentaba que ellos pensaban que su hija era lista pero que no llegaba a “eso”. Y le insistí en que “eso” era precisamente el estereotipo que les disuadió de actuar en su momento. No creían que su hija “llegara a ser”, y con esa idea en la cabeza dejaron correr el tiempo. “No podía ser porque ella tenía amigos, aunque fuera tímida, y estaba perfectamente adaptada en el aula”.

El viernes pasado, en el inicio de los talleres de ASA Málaga, donde estamos asociados, me encontré con mi exalumno y caí en la cuenta y, en cierto modo, me arrepentí de no haber aceptado su envite hace una década, porque muy probablemente se le hubiera detectado mucho antes a mi ya angelote sus reales capacidades, no se hubiera aburrido tanto en el colegio y la dinámica relacional, con casi toda seguridad, habría sido distinta y más favorable a sus necesidades pedagógicas

Nunca se sabrá qué habría pasado, eso es evidente. Pero con esta historia deseo provocar una reflexión sobre la responsabilidad que tenemos todos los que formamos parte de esta realidad en el sostenimiento de estos estereotipos que tanto daño hacen y que tantas barreras ponen a la naturalización del fenómeno.

¿Cuántos “manueles” hay que tardan en darse cuenta de su error conceptual?

¿Cuántos más habrá que nunca saldrán de ese error?

Y, por último, pero no menos importante:

¿Cuándo nos vamos a tomar en serio la erradicación o al menos la reducción de mitos y estereotipos?

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