¿Por qué convertí las altas capacidades en mi causa?

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Para entender lo que haces y para qué lo haces es importante conocer las causas que te han llevado a hacer lo que haces. Es muy difícil comprender algo sin tener un contexto explicativo adecuado. Sin tener una historia personal previa que lo justifique. Y sobre este asunto tan delicado irá esta entrada.

No es fácil hablar de uno mismo, ni recordar con detalle tantos años y anécdotas que hay detrás de todo esto. La idea no es contar una vida sino recoger algunos pasajes relevantes para responder a la pregunta inicial.

Un niño feliz

Nací en el seno de una familia humilde, y viví en una de las barriadas más ‘chungas’ de la Málaga de finales de los sesenta del siglo pasado, Portada Alta. ‘Chunga’ para muchos paisanos que no la conocían por dentro, naturalmente. Para nosotros ‘los portaleños’ era un barrio con los bolsillos vacíos y el corazón lleno.

Uso la palabra humilde en lugar de pobre porque el nivel de pobreza es siempre relativo y existen otros muchos tipos de pobreza además de la material. Es más, tampoco éramos pobres en sentido estricto. Jamás nos faltó un plato en la mesa y ropa decente que ponernos. Tampoco le faltó ayuda a los vecinos con menos recursos que acudían a mi madre. De hecho, estos pensaban que teníamos dinero porque nuestra madre nos tenía siempre impecablemente vestidos y poseíamos algo que no se compra con dinero: educación. Buenos modeles como se decía entonces. Estábamos bien educados. Y no fue por un estilo parental autoritario sino por el ejemplo que nos daban nuestros progenitores.

Éramos una familia común de la época. Mi madre se desvivió toda su vida por sus cuatro hijos -y luego por sus nietos hasta que se apagó su luz- trabajando en casa. Mi padre se dejó la vida, como muchísimos otros, en un trabajo mal pagado que lo mantenía de sol a sol ocupado. Tengo poquísimos recuerdos de mi padre acompañándonos en casa. Pero los que tengo son siempre alegres… Éramos, y somos, una familia alegre. En casa siempre andamos de broma, riéndonos de nosotros mismos. Mis padres se querían con locura y vivían por y para nosotros. Ese era su objetivo vital. Toda la sensatez y la paciencia con los golpes que te da la vida que he ido adquiriendo de adulto se lo debo a su ejemplo, sin ningún género de duda. También el saber mantener el equilibrio estando por debajo del halago y por encima de la crítica. Ninguna huella es duradera en la orilla de la mar…

En esa época no teníamos tantos cacharros materiales como tienen nuestros niños de hoy en día. Valorábamos cualquier regalo con un nivel de agradecimiento inimaginable en la actualidad. Conseguir el juguete de moda se convertía en una odisea, pero no vivíamos pendientes de todo eso. La calle era nuestro lugar de divertimento. El campo fue nuestra escuela de vida. Vivíamos el momento sin pensar más allá. Bueno, tampoco tenía referentes intelectuales que pudieran desviarme de ese camino de la vivencia instantánea.

De pequeño era extraordinariamente retraído. Me gustaba mirar el mundo desde la ventana de mi casa (esto me da que no ha cambiado mucho), y aunque mi madre me animaba a bajar a jugar con otros niños yo prefería estar ahí, observando. Era mi espacio de seguridad. No comprendía a los otros niños y ellos parecían no comprenderme a mí.

El primer día de escuela (preescolar) fue un impacto insoportable. Me sentí tan fuera de lugar que decidí salir al pasillo. Algún profesor avisó a mi madre y ella me ‘convenció’ con firmeza de que esa no era la actitud de debía mantener en el colegio. No se me ocurrió volver a salir al pasillo…

Por fortuna, di con un MAESTRO -en mayúscula y resaltado- que nos cogió en preescolar y nos llevó hasta 5º de la EGB. Consiguió hacer una piña y que todos llegáramos preparados a esa etapa. Todos, no unos pocos…

Nos enseñó a aprender haciendo. Construíamos los mapas nosotros mismos. La memoria era escasamente valorada, más allá de un complemento útil del aprendizaje. Nos proponía retos intelectuales. Y aunque era estricto nos tenía un enorme cariño. Éramos sus niños y sus niñas.

Una anécdota relevante se produjo el día en que nos invitó a jugar al Master Mind, un juego de ingenio y reflexión clásico:

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Para los pocos que no lo conozcan, se juega en un tablero con fichas blancas y negras pequeñas y de otros colores, de un tamaño algo superior. Uno de los jugadores escoge un número de fichas de colores, 4 en el juego original, y pone un código secreto oculto del otro jugador. Este, tomando fichas de colores del mismo conjunto, aventura una posibilidad contestada con negras (fichas de color bien colocadas) o blancas (fichas de color con el color correcto, pero mal colocadas). Termina al averiguarse la combinación (es decir, se consigue una combinación con cuatro negras), o bien se agota el tablero (depende del tamaño, aunque generalmente son 15 combinaciones).

Desde lejos, en la musaraña mental habitual, detecté que era un juego basado en patrones y me llamó mucho la atención. Era un reto que me estimulaba y cuando llegó mi turno puse todos los sentidos, logrando averiguar la combinación con muy pocos movimientos. Eso le llamó tanto la atención que llamó a mi madre para decirle que tenía un genio despistado en casa. Que estaba todo el día mirando el vuelo de las moscas pero que casi siempre sabía la respuesta y de qué estaba hablando en clase. Al parecer me hicieron unas pruebas que corroboraron su idea. Eso facilitó mucho las cosas en casa, ya que mis tres hermanos no habían presentado esta peculiaridad intelectual ni había precedentes familiares. Se aceptó de manera natural y no se le dio mayor importancia. Era un niño normal al que se le daba bien calcular y sacaba buenas notas por tener una gran memoria. Nada más.

En segundo de EGB aprendí lo que eran las «tutorías entre iguales». Nuestro maestro organizaba los deberes semanales para todos. Como tenía la «insana» costumbre de acabarlos en el segundo día y, para no aburrirme, incordiaba a mis compañeros, se le ocurrió la idea de aprovechar el potencial desperdiciado ayudando a otro compañero que le costaba un mundo comprender esos contenidos (con el martirio en forma de malas notas que le suponía). Empecé a ayudar a un chico y al finalizar el curso sus notas se elevaron de los habituales «deficientes» y «muy deficientes» a unos magníficos «notables». En ese momento lo celebramos ambos: él, por lograr superarse; yo, por verle hacerlo. Con esta prueba aprendí a acercarme y comprender que no todo el mundo tenía facilidad para aprender. Y que merecía la pena ayudarles a entender conceptos difíciles. Se despertó un espíritu pedagógico que desconocía poseer. Posteriormente me ha resultado muy útil en diversos contextos de enseñanzaprendizaje. Ver en los ojos de alguien la alegría de capturar una noción compleja que hasta entonces le resultaba incomprensible no tiene precio. Todo esto sin contar la bondad de mantenerte con los pies en el suelo.

Un joven perdido

Toda la alegría académica desapareció cuando empezó 6º de EGB y nuestro maestro dejó de guiarnos. Ese cambio supuso la progresiva desmotivación por el aprendizaje que condujo al hoyo de las malas calificaciones en el instituto. Toda inquietud intelectual se perdió en el camino. Comencé a odiar las lecturas que nos obligaban a hacer. Tanto que abandoné el hábito de leer por placer o para aprender hasta meses antes de nacer mi primer hijo, con 33 años, en el que me obligué a hacerlo y recuperé la alegría perdida sin esperarlo.

También le cogí tirria a las matemáticas que me enseñaban, las veía poco prácticas. El único tema que logró sacarme del estado ‘vegetativo’ fue la contabilidad, que la descubrí el primer año de la carrera de empresariales y me enamoró. Veía una operatividad, un sentido a los números. Y me zambullí con tal pasión que incluso cuando estudiaba otra asignatura me dedicaba a hacer asientos contables en los periodos de descanso que tomaba. Logré la mejor nota de toda la facultad y, aún así, fui a la revisión del examen porque sabía dónde había errado, un pequeño desliz que me costó unas décimas. Quería el diez y ese fallito me dolió. Eso sí, toda esa pasión me sirvió posteriormente.

El lento despertar

Durante años consumí la vida con una actitud pasota. Sin objetivos y sin ningún sentido. Parecía una ‘ameba’. Hasta que con 27 años algo se despertó en mi interior. Y la furia produjo una serie de reflexiones que plasmé por escrito. Necesitaba contarlo, dejarlo reflejado, y aunque no lo compartiera con nadie más me servía de autoterapia. Intentaba comprender qué estaba viviendo. O, mejor, qué no estaba viviendo. Los años habían volado y apenas los había experimentado de verdad. Y como no tenía habilidades sociales, me encerré en mí mismo, ocultando las emociones. De hecho, una de mis novias decía que era una planta por mi incapacidad para sentir y expresar esos sentimientos. Posteriormente descubrí que a eso le llamaban alexitimia. Y mucho más tarde, que no era mi caso.

Con 30 años conocí a mí mujer. Conectamos de inmediato a unos niveles de profundidad desconocidos hasta entonces, primero como amigos y luego como pareja. En poco tiempo comenzamos a vivir juntos y apenas tres años después recibimos la alegría de saber que estaba embarazada a pesar del mal augurio de un médico por sus problemas con cuatro piedras de calcio que la tenían doblada. Nuestro hijo se encargó de curarla de ese mal. Ese embarazo le disolvió las piedras.

Todo iba bien a nivel familiar pero algo faltaba en el interior. Seguía perdido, pero al menos ahora sabía que estaba perdido. Era capaz de analizarlo y de ponerle nombre: alma en pena. Con 37 entré en una profunda crisis existencial. Me quejaba de mi vida, de lo que no había hecho, de tal y de cual. Pero todo hacia afuera. Como exculpándome. Y ese autoengaño me hacía un enorme daño. Un dolor emocional profundo. Nada de lo que hacía lograba llenar ese vacío existencial. Y no tenía problemas objetivos que lo explicaran: no fallaban los aspectos familiares, económicos ni laborales.

Por suerte tuve el suficiente coraje para afrontar de cara el problema y aprendí con mis propios medios a superarlo. Los primeros pasos son los más difíciles de dar pero son absolutamente necesarios para poder hacerlo: i) darme cuenta de que tenía un problema muy serio y ii) asumir la responsabilidad de lo que me pasaba. En pocos meses no solo logré salir de ese pozo sino que se produjo un vuelco brutal en toda mi personalidad. Incluso con efectos visibles en el organismo, como fue la recuperación de la vista. Una tremenda energía propositiva emergió del fondo y sacudió todos los cimientos. Empecé a notar una suerte de rejuvenecimiento intelectual insospechado y lo aproveché para leer como un poseso cientos de textos. Primero para comprender lo que había pasado y luego para comprender la realidad en general. Volví a sentir el placer de aprender con la facilidad del niño que abandoné durante años. Y me interesaba casi todo: filosofía, psiología, neurociencia, biología, física, espiritualidad, sociología, etc… No encontraba límites.

Tengo que hacer algo

El asunto de la sobredotación, que se había quedado en el recuerdo de la primera época escolar, regresó con el nacimiento de mi hijo mayor en 2001. Tenía gestos inusuales para su edad y tuvo que ser la pediatra quien se lo advirtiera a mi mujer cuando trataba de quitarle trascendencia.

Ella no quería saber nada del asunto, pero a mí se me encendió una bombillita. Busqué en internet «superdotados málaga» y me alegró comprobar que había una asociación en mi tierra (ASA – Asociación de Superdotados de Andalucía). Llamé por teléfono varias veces pero nadie lo cogió. Sentí una enorme tristeza. Pensé que tal vez había dejado de funcionar por falta de socios. No perdí el tiempo y lo dejé correr.

A finales de 2007 ocurrió un hecho intrascendente en sí mismo pero crucial en el devenir posterior. Mis suegros nos invitaron a una gala del voluntariado. Ellos llevaban unos años colaborando en una asociación cultural de renombre en nuestra ciudad, la Asociación Zegrí. Y como les iban a reconocer su trabajo -junto a otras muchas personas del voluntariado-, querían estar bien acompañados.

En esa gala fui descubriendo la fantástica labor desinteresada que hacían esas personas que eran reconocidas, y otras muchas más que, sin reconocimiento explícito, luchaban día a día en ese campo. Comencé a emocionarme. Los pelos se me pusieron de punta… En un momento dado me giré hacia mi mujer y le dije: «Tengo que hacer algo. No sé qué ni dónde, pero sé que tengo que hacer algo». Había surgido el impulso a la acción, pero aún faltaba «el elemento» donde pudiera concretarse.

Descubrir tu pasión lo cambia todo

“El mundo cambia a una velocidad vertiginosa. Es imposible adivinar cómo viviremos en el futuro: lo único que sabemos es que hará falta mucha imaginación y creatividad para transformarnos y afrontar los nuevos retos. Descubrir el Elemento es recuperar capacidades sorprendentes en nuestro interior, y desarrollarlo dará un giro radical no sólo a tu entorno laboral, sino también a tus relaciones y, en definitiva, a tu vida”, Ken Robinson

Por esas mismas fechas confluyeron dos hechos relevantes: la enfermedad de mi mujer y el tremendo impacto que supuso en nuestro hijo mayor. Su comportamiento comenzó a cambiar y en el colegio no recibió apoyo alguno, al contrario. Se convirtió en un problema que con el tiempo fue a más.

En esa tesitura había que tomar una decisión, y buscamos ayuda profesional para el pequeño. Busqué alguien con experiencia en superdotación y encontré un gabinete privado donde se le realizó una valoración. Acudimos a varias sesiones pero no podíamos soportar el gasto que suponía, así que dejamos de ir. Eso sí, sirvió para retomar el tema de ASA. Ella tenía un cartel en su despacho y me comentó que había colaborado con la asociación en el pasado, pero ahora ya no lo hacía. Pero confirmó que ASA seguía existiendo aunque apenas tuviera actividad.

Pocos meses después entré en el foro de «El Mundo del Superdotado» para buscar información sobre altas capacidades. Lo que encontré fue un mar de lágrimas. Eso sí, una persona respondió en privado diciéndome que era la secretaria de ASA y que nos invitaba a ir a la sede a conocernos. Fuimos el siguiente sábado y de inmediato nos asociamos. El pequeño le comentó a su madre que allí no se sentía tonto. No hizo falta nada más… El resto es historia.

¿Por qué convertí las altas capacidades en mi causa?

El hecho de no haber encontrado apoyo, recursos ni estímulos intelectuales adecuados cuando era joven marcó claramente los inicios en ASA. Cuando en 2009 asumí la presidencia de una asociación a punto de morir tenía claras algunas ideas, dentro de un mar de ignorancia generalizado respecto a todas las cuestiones relevantes de la labor que iba a hacer: i) había una enorme confusión respecto al tema, ii) no había difusión, iii) las familias estaban perdidas y desesperadas, iv) no había apoyos entre asociaciones, v) no había recursos disponibles, vi) no había interés en la universidad u otras entidades relevantes, vii) la sociedad no nos conocía.

Con respecto a los recursos, proyecté mi experiencia previa y pensé que era bueno trabajar para que «los niños con altas capacidades» (en abstracto) pudieran tener los recursos que yo no tuve de joven, o al menos la oportunidad de tenerlos en un futuro. Esa idea-guía es la que mantiene viva la llama en estos momentos de ‘retiro espiritual’. Y cuando veo en la distancia que en Málaga se están proporcionando esos recursos desde diversos agentes (asociación, eoe especializado, universidad, etc) no puedo dejar de sentir una enorme alegría por todos esos pequeñajos. Valió la pena el esfuerzo en la oscuridad de los inicios, cuando nadie nos quería ni nos creía. Cuando nadie nos conocía ni nos apoyaba. Cuando no interesábamos a la sociedad malagueña.

Con respecto a los apoyos y a la comprensión, proyecté también lo que había experimentado al aterrizar en este ámbito. En Málaga no teníamos ningún apoyo externo, y el poco que encontramos fue en las maravillosas personas que encontré en la FASI al presentarme. Gracias a su generosidad pude aprender muchísimo sobre este campo. Y un modo de agradecimiento indirecto consistió en compartir con otras personas lo que iba conociendo, convirtiéndolo en una especie de «cadena de favores». Esa fue otra idea-guía que cobró forma mientras estuve activo en la asociación, federación, plataforma y confederación. Y fue la que me animó a crear este blog, con el esfuerzo personal que supone porque no existen miles de temas interesantes sobre los que hablar. Pero creo que merece la pena ese esfuerzo porque muchas personas encuentran aquí información útil o, en su defecto, información provocativa que les invita a reflexionar con sentido crítico aunque sea para mostrar su desacuerdo con lo que opino. Siempre con el deseo de que el lector se empodere y pase a la acción en su terreno propio. Este no es un blog para complacerse y relajarse. Ni para quedarse en el consuelo sino para activar la vena peleona que todos tenemos.

Seguramente acabaré mis días sin ver este sueño hecho realidad. La fuerza de los intereses que no desean un cambio son muy poderosas. El poder de transmisión de los mitos y estereotipos es enorme, tanto fuera como dentro del colectivo. Y los pocos elementos que sacuden el árbol acaban agotados por falta de apoyo. O se les censura por ser demasiado ‘activos’. Aún sabiéndolo no dejaré de intentarlo. Es mi causa y las causas no se abandonan jamás. Con descansos y desconexiones para recuperar fuerzas. Mis padres (qepd) y mi mujer me enseñaron a resistir y la vida me enseñó a persistir.

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4 respuestas a “¿Por qué convertí las altas capacidades en mi causa?

  1. Yo tengo un niño de 14 años con sobredotación y también vivo en Málaga. Me encantaría saber más sobre los recursos que existen fuera del aula aquí en Málaga. A mis 40 y tanto años me he puesto a estudiar un grado de educación y como optativa, como no, he escogido “altas capacidades” para mejor comprender este mundo del cual pienso que también pertenezco porque en mi época, no nos diagnosticaban…. saludos, Susana

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  2. Agradezco enormemente tu inspiración, empeño e interés, que tu causa se convierta en la.de.muchos más, soy mamá de una niña sd de nueve años y gracias a tu blog he aclarado muchas cosas, he entendido otras tantas y me he interesado por averiguar muchas más. Se agradece el.interés genuino en promover el conocimiento de la sd y las aacc. En México nos falta un eterno camino por recorrer al respecto, es por ello que mi hija y yo hemos encontrado luz en.nuestro camino al hallarte. GRACIAS

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    1. ¡Hola! Te agradezco enormemente tus palabras. Y más viniendo de un país tan lejano como hermano.

      Estamos en el mismo barco y compartir lo que a ti te resulta útil da la oportunidad de que otros puedan beneficiarse de esta gran red que nos conecta allá donde estemos.

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