Posverdad. El truco de las torceduras del lenguaje

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Hace muchos años un grupo de amigos alquilamos una casa rural con la intención de desconectar del ruido habitual. No teníamos ni televisión. Cuando finalizamos de cenar alguien propuso un juego: el diccionario.

El juego era muy sencillo. Una persona elegía una palabra rebuscada en el diccionario y la decía en voz alta. Cada participante, incluyendo el buscador, escribía una definición en un papel y lo entregaba a la que la había buscado. En ese momento leía todas las definiciones y cada miembro elegía la que creía que era verdadera. La definición que tuviera más votos ganaba la mano.

Este juego tan simple fue todo un descubrimiento porque las risas dominaron la velada. Sobre todo cuando se proponían definiciones absurdas o muy alejadas de la verdad que eran elegidas por unanimidad como “la correcta”.

Todavía hoy recordamos una de las palabras que salió a la palestra: acantopterigio. Todos sin excepción (menos el buscador, evidentemente) eligieron como verdadera la ‘definición’ que propuse: “intersticio entre dos paredes escarpadas”.

El inicio de la palabra, “acant…”, te llevaba inconscientemente a un acantilado. Y desde ahí a pensar que aludía al hueco entre dos paredes de roca iba un solo paso.

La verdad es que acantopterigio aludía a una modalidad de peces. Pero ganó el intersticio entre dos paredes escarpadas. Este absurdo provocó muchas risas por el modo más simple de “colársela” a los demás simplemente torciendo el lenguaje.

Pues bien, básicamente la posverdad consiste en eso. Como todo el mundo sabe a estas alturas, este neologismo alude a la distorsión deliberada de una realidad, con el fin de crear y modelar opinión pública e influir en las actitudes sociales,​ en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

La idea fundamental se resume en “que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad”.

El triunfo de la posverdad en política y en redes sociales

La facilidad para manipular a las personas es directamente proporcional a su nivel de ignorancia sobre el asunto tergiversado. Y, en ese contexto, las redes sociales (sobre todo Twitter) es un auténtico caladero de pececillos lo suficientemente ignorantes y reactivos como para convertir bulos en verdades con una facilidad pasmosa.

Pongo un ejemplo reciente para ilustrar este despropósito constante.

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El presidente de Ciudadanos fue Trending Topic el viernes 9 de marzo por declararse “líder del movimiento transversal” feminista, y el sábado volvió a ser criticado por bloquear en Twitter a feministas tras esas palabras.

Pero nunca las dijo. Provienen de un titular incorrecto a partir de un encuentro con periodistas en el que habló de “exigencias” a Rajoy tras el 8M y de “liderar” el debate del segregacionismo en colegios, pero no el feminismo.

Aquí tenéis la historia al completo: https://www.eldiario.es/rastreador/Albert-Rivera-autoproclamado-movimiento-feminista_6_748985095.html

¿Qué ocurre con todo esto que parece anecdótico? Pues que con este paisaje reinante la verdad se resiente. Ya casi nadie parece interesado en los hechos objetivos. Nos remueve mucho más las especulaciones e interpretaciones de hechos. Las conjeturas o las simples chaladuras. Y si están escritas en un lenguaje seductor, caemos como moscas en esa red. De inmediato juzgamos y condenamos supuestos hechos sin pararnos a pensar un poco.

Algo o mucho de esto está ocurriendo con el luctuoso suceso del pequeño Gabriel. Todavía no se ha resuelto el caso y ya hay hogueras o guillotinas esperando. Por fortuna, fue la propia madre de la criatura asesinada la que ha puesto algo de cordura: “En memoria del Pescaíto pido que no se extienda la rabia, que no se hable de la mujer detenida, y que queden las buenas personas, las buenas acciones y la imagen de Gabriel”.

Una lección de humanidad y sentido común por parte de quien más motivos tiene para mostrar su rabia. Hay que esperar a que se aclaren los hechos y se sustancien las responsabilidades que correspondan.

Finalizo con una pregunta para reflexionar.

¿Hacia dónde vamos con este modo de actuar tan irracional, con este hooliganismo incontrolable? ¿Qué futuro nos espera si caemos en la tentación de dar crédito a todo lo que nos “parezca” verdadero?

 


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