El halago debilita

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Vivimos en la época del “like”, de la aprobación fácil e instantánea de nuestras publicaciones en redes sociales. Tanto a nivel personal como a nivel profesional. Las empresas buscan incrementar los “me gusta” para ser una marca conocida y reconocida. Se compran los seguidores como si fueran naranjas, por “kilos”. Si llegas a la cifra de 100k de seguidores en Youtube o de Instagram ya te bautizas como “influencer”, cuando esta etiqueta se reserva a las personas que influyen en la vida real, que son relevantes en su sector. Que tienen una carrera detrás y saben de qué están hablando.

Hemos entrado de lleno en la era del vacío. De las posturas forzadas (postureo) y de las frases sin contenido real. De los zascas y los chascarrillos. Y la vacuidad, como la vanidad, busca aprobación ajena. Busca reforzar su patrón con el halago fácil, con el aplauso, el me gusta, con el número de visitas y con los seguidores. No quieres tener compañeros que viajen a tu lado (y puedan hacerte sombra) sino meros penitentes que están a la cola de la imagen que deseas dar al mundo.

En este contexto, el halago debilita la personalidad. Cuando tenemos la piel muy fina, todo nos molesta. Nos reblandece de tal modo que nos convierte en “blandiblups” que nos amoldamos a cualquier forma con tal de agradar, y que nos encolerizamos con la menor crítica, con un “dislike”. Es más, tendemos a dar mucha más importancia a un desacuerdo que a un acuerdo. Mostramos un deseo irrefrenable de responder a la crítica, que pensamos injusta por el mero hecho de serlo, sin pararnos a pensar si tienen un fondo de verdad que nos pueda ayudar a reforzar nuestra personalidad. Nadie se curtió en el mar sin que éste le diera unos cuantos zarpazos. Nadie se hace experto sin dificultades, sin fracasar.

Nos hemos vuelto muy blandos. No aceptamos un “no” por respuesta, y nos enfadamos si lo que mostramos al mundo “no le gusta”.

Es tan sencillo caer en la red del halago como en la trampa de la crítica feroz, su polo opuesto. La horda de “haters” que pulula en las redes sociales, principalmente Twitter, genera un ambiente irrespirable. Y han creado la Dictadura del Disgusto. En ella ya no se puede hablar con naturalidad porque siempre hay un grupo de elementos tóxicos acechando para lanzar sus pullas, zascas o simples odios producto de unas vidas vacías de contenido que se proyectan en estos espacios democráticos en los que parece que toda opinión “vale lo mismo” por el mero hecho de serla, sepas o no de lo que estás hablando.

Para salir de estos remolinos hay que sanearse de vez en cuando. Tomar distancia física y emocional tanto con el foco del halago como con el de la crítica. Respirar, evaluar nuestras acciones, mirar en nuestro interior y responder a la pregunta de si realmente somos nosotros mismos o estamos creando un personaje amoldado al ambiente en el que nos desenvolvemos.

La libertad de expresión (que no de agresión) conlleva halagos y críticas, pero no son éstos los elementos que poseen el mando de las operaciones. No existe libertad en complacer a otros siempre. Tú has de expresar lo que piensas y sientes con plena libertad, pero también a sabiendas de que todos no le van a dar un “like” a lo que dices, ni falta que hace. Los “me gusta” y “no me gusta” son simples expresiones ajenas que te dicen que no eres indiferente, el peor de los males de nuestro tiempo. Preferimos una crítica al silencio o a que nos ignoren. Somos seres sociales y no podemos evitar buscar la interacción con otros seres sociales. Por eso hay que fortalecer el propio carácter para no caer en las dictaduras del gusto y del disgusto.

 

Para mantener un sano equilibrio hay que intentar estar por encima de la crítica y por debajo del halago.

 

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