Altas Capacidades: tener fortaleza o estar en forma

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En esta entrada reflexionaré sobre la diferencia que existe entre las condiciones intelectuales naturales de un individuo (capacidades) y las competencias cognitivas desarrolladas (habilidades) utilizando una analogía fácil de entender por cualquiera: el deporte en general o el fútbol en particular. Los paralelismos entre las habilidades intelectuales y las habilidades sensomotoras nos permitirán capturar las distinciones que pondré sobre la mesa.

También me apoyaré ligeramente en uno de los modelos más potentes y complejos que hay sobre el desarrollo intelectual, el Modelo Integral de Desarrollo del Talento (CMTD) de Françoys Gagné. Recogeré antes de empezar una aclaración importante de su autor para evitar equívocos:

«Las capacidades naturales no son innatas, ni aparecen de repente en algún momento durante las primeras o posteriores etapas de desarrollo de una persona. Al igual que cualquier otro tipo de capacidades, las naturales necesitan desarrollarse progresivamente, en gran parte durante los años más jóvenes de una persona; pero lo harán de forma espontánea, sin un aprendizaje estructurado y actividades formativas típicas del proceso de desarrollo del talento»

Tener fortaleza. Condiciones iniciales

Pensemos en los bebés o en los críos muy pequeños (0-3 años). Al observarlos en acción distinguimos fácilmente las criaturas fuertes de las débiles. Las más resistentes de las más flojas. Las que son más ágiles en sus movimientos de las que les cuesta coordinarse. Las más rápidas de las más lentas. Y las que parecen gomas elásticas por su enorme flexibilidad de las que parecen troncos. Todas esas diferencias naturales son visibles y fácilmente capturables. La ventaja de las capacidades sensomotoras respectos a las intelectuales es que aquellas son visibles a simple vista y éstas pueden ser inferidas a partir de determinados patrones de conducta.

Como todas esas condiciones naturales admiten grados, podríamos distinguir cinco tipos generales de fortalezas físicas:

  • Fuerza
  • Velocidad
  • Agilidad
  • Resistencia
  • Flexibilidad

Este es nuestro punto de partida. Cada persona posee unas condiciones naturales (físicas, emocionales e intelectuales) diferente a las demás. Luego podemos agruparlas por tipos y por grados para facilitar la comprensión, pero el arranque es necesariamente diverso.

Para entender mejor esta etapa inicial recojo otro pasaje de Gagné:

«Intelectualmente los niños precoces no manifiestan de repente un vocabulario excepcional, o procesos de razonamiento lógicos; desarrollan estas capacidades cognitivas pasando a través de las mismas etapas de desarrollo que las de cualquier otro niño. La diferencia reside en la facilidad y rapidez con la que avanzan a través de estas etapas sucesivas. El término ‘precoz’ lo dice todo: que alcanzan un determinado nivel de conocimiento y razonamiento antes de la gran mayoría de sus compañeros de aprendizaje. Y cuanto mayor sea su dotación intelectual, más rápidamente pasarán a través de estas etapas»

Con esta idea volvemos a fijarnos en los pequeños, esos que todavía no van al gimnasio, al estadio o a la sala de baile. Cuanto mayor sea su fuerza, antes desarrollará su musculatura; cuanto mayor sea su agilidad, antes adquirirá las habilidades de regatear, saltar o esprintar; cuanto mayor sea su flexibilidad, antes logrará adoptar posturas complicadas o desplegar las piernas al completo. Esto es muy obvio en el ámbito sensomotor, así que debemos comprender que también lo es en la esfera intelectual. Hay criaturas que aprenden con mayor solidez (con conocimientos más firmes y consolidados, fácilmente recuperables a través de la memoria), pequeños que aprenden más rápido y personitas que pasan más fácilmente de un contenido a otro sin mostrar especial predilección por alguno en concreto.

Estar en forma. Competencias alcanzadas

Las condiciones naturales desarrolladas espontáneamente sin entrenamiento o instrucción formal pueden verse como algo necesario pero no suficiente para alcanzar un “buen estado de forma” o un determinado nivel de habilidades sensomotrices.

Con el ejemplo del fútbol se ve muy claramente. Los niños y niñas comienzan a jugar en la calle o en el patio del colegio. Ahí comienzan a notarse las diferencias entre unos y otros. Suelen destacar los que poseen unas condiciones naturales más poderosas: los más fuertes, los más técnicos y los más ágiles. Y cuando se destaca mucho normalmente alguien suele animar a la criatura a que dé el siguiente paso: ir al club de fútbol de su barrio. Ahí jugará con otros niños o niñas de similares habilidades y aprenderá a jugar al fútbol de modo más formal. Entrenará tanto la forma física como los aspectos técnicos y tácticos. Mejorará su capacidad para regatear, controlar, pasar o chutar. Adquirirá los conocimientos necesarios para desplegarse en el campo sin perder la posición, o para apoyar al compañero que sale de una determinada zona del campo. En definitiva, que desarrollará sistemáticamente sus capacidades naturales en un contexto específico.

Lo mismo pasa con la inteligencia y/o los intelectos. El desarrollo espontáneo de los primeros años nos permite observar adquisiciones tempranas de contenidos curriculares. Hay niños y niñas muy precoces a la hora de aprender a leer, escribir o sumar. También, fuera de la escuela, a comprender temas tan profundos como la muerte, la vida o la propia existencia de nuestro universo. Y todo esto sin el “entrenamiento” de ningún adulto. Esta idea tan sencilla cuesta hacerla entender. Uno de los mitos más resistentes y falaces que existe es el de achacar este desarrollo temprano de habilidades generales a la sobreestimulación del menor: “esta niña ha aprendido a leer tan pronto porque está sobreestimulada”. Nada más lejos de la realidad. Esa niña ha aprendido sola a hacerlo, porque en cuanto empezó a comprender las palabras y sus significados se lanzó como una posesa a la lectura, adquiriendo rápidamente esa habilidad porque tenía las condiciones naturales necesarias para hacerlo. Por más que le pongamos un balón a un crío y nos pongamos a entrenarlo todos los días a todas horas, si no tiene unas condiciones naturales suficientes para desplegar ese potencial no llegará a ser Messi. Ni metiéndoles en vena libros de física llegará a ser Einstein. La estimulación adecuada a cada persona permite desarrollar sus potenciales hasta el máximo de sus posibilidades, mientras que el exceso de estimulación lo que hace es quemarlo. Entender que cada persona tienen su propio nivel de estimulación óptimo es fundamental para no usar ese cliché de la sobreestimulación. Igual que hay niños más comilones, hay pequeños que necesitan más estímulos intelectuales que otros. Por ellos, no por sus progenitores, porque lo demandan y si no se lo dan se buscan el modo de proveerse de esos contenidos por sí mismos.

Inteligir, inteligencia e intelecto

Una vez expuesta la diferencia entre tener fortaleza (o “ser fuerte”) y estar en forma, quisiera introducir otra distinción más para completar el cuadro, la que existe originariamente entre inteligir, inteligencia e intelecto.

Inteligencia proviene de intelligentia y esta a su vez del verbo inteligir (intellegere). Inteligencia sería la capacidad del agente que realiza la acción de inteligir. La inteligencia es una atribución que se le hace al individuo a partir de una serie de acciones intelectivas. Y lógicamente admite grados y tipos.

Inteligir define la acción de escoger (legere) entre (inter) varias opciones dentro de un contexto para quedarse con la correcta o la mejor. También la acción de discernir la diferencia que le permita elegir.

Intelecto proviente de intellectus y define la habilidad para inteligir o define lo que ya ha sido recogido (adquirido).

Para entender fácilmente todo esto utilizo una imagen muy precisa: un río. El río es una entidad fluente y a ese flujo lo denominamos “manantial del río” o fuente (source). Nosotros seremos el agente que está en la orilla del río y puede realizar la acción de recoger un cubo de agua. El resultado de esa recogida, “lo recogido” toma el nombre de “recurso” (resource).

Es evidente que todo está interrelacionado en la imagen, pero también lo es que existen sutiles diferencias entre la fuente, el agente recogedor y el recurso recogido.

¿Capacidad única o capacidades múltiples?

Cuando Howard Gardner propuso su teoría de las inteligencias múltiples en 1983 hizo un movimiento calculadamente provocativo. Utilizó el término “inteligencia” en lugar de usar otros con menos carga como “talento” o “habilidad”. Es decir, planteó la idea de que existen diversos tipos de intelectos (recursos intelectivos) que tienen cierta independencia funcional. Se basó para su teoría en muchos años de estudio y en ejemplos claros de personas que habían alcanzado la eminencia en varios campos. Es decir, que habían puesto su inteligencia en acción (intellegere) en determinados dominios.

Esta idea chocó frontalmente con la de la existencia de una inteligencia general o única atribuible a una persona. Pero los estudios que se han ido presentando a lo largo de más de tres décadas parecen apuntar a que no existirían “ocho inteligencias independientes”. Toda esta discusión tienen un enorme trasfondo ideológico y filosófico que aquí no voy a abordar. Dejo ahí la reflexión como acompañamiento a esa distinción entre inteligir, inteligencia e intelecto. A veces todo es más sencillo de lo que se presupone viendo los tensos debates que se establecen sobre determinadas cuestiones.

La lucha entre presuponer “recursos múltiples” o “recurso único” será encarnizada, pero se establecen en el terreno del intelecto, de lo recogido, de lo desarrollado, de lo manifiesto. No se roza siquiera la fuente de la que emanan los recursos o el recurso.

Nadie discute sobre si hay “energía” o “energías”. Convive la noción general con las diferentes manifestaciones energéticas: energía eléctrica, energía estática, energía nuclear, energía electromagnética, energía cinética, etc. La fuente con sus diferentes formas. Pero claro, con la inteligencia sí se discute porque es una atribución y no un fundamento de la realidad.

No es lo mismo ser fuerte que estar en forma

Para concluir esta entrada fijaré de nuevo esta obviedad. Una persona puede tener unas condiciones naturales estupendas y estar en baja forma. Es decir, como no las ha desarrollado sistemáticamente ahora solo tiene la ‘estructura muscular’ sin afinar. Las habilidades que podría haber llegado a desplegar se han perdido, y aunque sea capaz de alcanzar cierto nivel de desarrollo entrenando, ya no llegará a su óptimo. Tal vez no sea necesario hacerlo, naturalmente, pero la idea de que “la inteligencia no se pierde” es bastante confusa. Si no tienes contacto con los contenidos que determinaron que alguien considerara que “eres muy inteligente” (p.e. test), la siguiente vez que pases las pruebas los resultados van a ser inferiores sí o sí. Es lógico, no has ‘entrenado’ durante años y no estás en forma para poder responder como lo hiciste de pequeño. O puedes haber adquirido otras musculaturas diferentes que esa misma prueba no mide, que todo es posible.

La idea general que quiero transmitir es que no tiene nada de especial nacer fuerte, que lo que se valora es el estado de forma que presentes en un momento dado o a lo largo de tu trayectoria vital. Y eso depende de lo que hagas con esa estructura que posees.

Es como si fueras un futbolista frustrado que no llegó a despuntar a pesar de contar con unas especiales condiciones naturales. Casi nadie te considerará especial por eso, ni tú puedes esperar que lo hagan. Puede que un buen amigo te escuche, comprenda, y te diga que espabiles que la vida sigue (los buenos amigos son los que no te dicen lo que quieres oír). O que encuentres a otros futbolistas frustrados en un grupo y os deis consuelo mutuo. También puedes acudir a un profesional que te oriente a la hora de gestionar tus emociones, tolerar la frustración y avanzar hacia una vida más equilibrada dejando atrás “lo que pudiste ser y no fuiste”. En cualquiera de los casos, finalmente eliges tú entre esas opciones. Dependiendo de si la elección es adecuada o no, podrás decir que tomaste una decisión poco o bastante inteligente.

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