¿Por qué damos tanta relevancia a la inteligencia?

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Hace unos días varios medios de desinformación de tirada nacional publicaban la “noticia” de que una niña de tres años era la persona más joven en formar parte del club social Mensa, con varios titulares estrangulables en los que se destacaba que poseía un coeficiente (sic) intelectual superior a Einstein. No hablaré en esta entrada sobre este caso ni sobre el perjuicio que provoca en nuestra lucha diaria por hacer entender el fenómeno de las altas capacidades intelectuales la generación de una imagen aberrada del colectivo que invita a la mayoría de profesionales que han de tratar con nosotros desde pequeños a ponerse las gafas con visión de túnel del “yo no lo veo”. Claro, ¿cómo vas a ver el estereotipo con patas que te venden los medios? Imposible. Pero bueno, digamos que esta deficiencia se cura con formación y con información veraz sobre el asunto. No me entretendré más en esto.

La idea que subyace a todo esto es tratar de entender superficialmente por qué razón el ser humano da tanta relevancia a la inteligencia, lo que genera tanto una viva atracción como un profundo rechazo en función de cómo se interprete y de cómo nos afecte el asunto.

Diferencia entre noción y definición

Para entrar en harina, considero necesario establecer una distinción básica entre noción y definición, lo que nos permitirá comprender dinámicamente la parte final de la entrada sin aferrarse a determinados supuestos.

Una definición es una proposición (o conjunto de proposiciones) mediante la cual trata de exponer de manera unívoca y con precisión la comprensión de un concepto o término o dicción o –si consta de dos o más palabras– de una expresión o locución.

Desde un punto de vista lógico, una “definición” bien construida debería ser una “determinación o delimitación conceptual de lo que es esencial en un ente”.

Definir, delimitar o determinar es poner fin, límites o término a una duda sobre una cosa. Nos permite cerrar el campo perceptivo, obtener la seguridad de una respuesta precisa y ganar en operatividad. Podemos “hacer algo” con esa definición: medir, cuantificar, evaluar, promover, etc.

Para adquirir conocimientos rigurosos necesitamos definiciones, que serían los ladrillos del edificio de conocimiento que queremos construir. La ciencia -o las ciencias- se basa en unas buenas definiciones que nos permiten avanzar en el conocimiento de la realidad. De ahí su especial relevancia.

Una noción, en cambio, es un instrumento mental mucho más sencillo. Se trata básicamente de una idea general que se tiene sobre algo. La noción nos permite abrir el campo perceptivo y liberar la mente para imaginar escenarios de preguntas/respuestas múltiples. Podemos comprender la dinámica de un asunto sin necesidad de conocer todos los detalles y procesos involucrados.

Definición de inteligencia vs noción de inteligencia

Personalmente no me decanto por una de las dos opciones sino que trato de manejar ambas porque permite ampliar las posibilidades de explicar o describir un fenómeno tan complejo como sería en este caso la inteligencia.

Por lo general, cuando dialogo con personas vinculadas al mundo de las altas capacidades intelectuales, suelo utilizar una o varias definiciones de inteligencia formalmente establecidas a lo largo de la historia reciente de este constructo. Y especialmente cuando se trata de obtener respuestas del sistema. Has de escoger la definición que entiendas más operativa (práctica) y defender sus fortalezas. Eso sí, tratando a su vez de no usar definiciones extraordinariamente complejas porque el interlocutor que ha de aplicar las medidas adecuadas no va a verse preparado para ponerlas en marcha. A un docente, a un orientador o a una familia le puedes explicar con extraordinario detalle el qué de las AACC y, cuando finalizas, inmediatamente te pregunta por el cómo. “Sí, sí, la teoría está muy bien, pero necesito saber cómo tengo que ponerla en práctica en mi día a día”. Lógico.

Ahora bien, para dialogar con personas simplemente interesadas en este asunto (tengan o no relación con las AACC) en un ambiente distendido utilizo las nociones.

En el correo de consultas del blog recibí hace unos días una seria de preguntas especialmente interesantes sobre las diferencias reales (o, cómo el decía, cualitativas) en inteligencia entre distintas personas, tomando como referencia el CI. Y cuando fui a responderle se me cruzaron los dos instrumentos en la cabeza. Aunque en la respuesta utilizo solo la palabra definición, luego advertí que la primera de ellas era en realidad una noción. Una de las nociones que manejo y que se encuentra dentro de los límites del conocimiento común sobre este tema. Luego tengo otras nociones de más profundidad que se verán en el diálogo final de la entrada.

“Esa cuestión es complicada, porque depende de la definición de inteligencia que se tome como referencia.

Tomando solo dos de ellas, podemos ver diferencias notables.

[NOCIÓN] Si pensamos la inteligencia de modo general (y laxo) como la capacidad para tomar decisiones ‘acertadas’, resolver problemas, crear productos o adaptarse al medio, el contexto determina quién es cualitativamente más inteligente que otros: el que tome las mejores decisiones en una determinada situación. ¿Qué ocurre con esto? Pues que podemos ser muy hábiles tomando decisiones en situaciones complejas y ser muy torpes en situaciones simples; hábiles para trepar y torpes para nadar; diestros para navegar y torpes para la música, etc. ¿Eso nos hace ser más o menos inteligentes que otros a nivel global, como persona? Entiendo que no, basándonos en esta perspectiva.

[DEFINICIÓN] En cambio, si pensamos la inteligencia como una facultad general de razonar, comprender ideas complejas, pensar en abstracto, etc, que es la que suele querer estimarse con los tests de inteligencia habituales (y que emana de la noción de intelecto clásica), sí podemos estimar cuándo una persona es más inteligente que otras. Si aislamos todas las demás cosas, se puede medir la habilidad para responder a estas cuestiones. En la escuela, además, se suele considerar “más inteligente” a quienes están más atentos en clase, quienes más preguntan y quienes mejores notas sacan, básicamente porque el eje perceptivo es el rendimiento académico y el comportamiento socialmente ‘adaptativo’. Todo lo que se salga de ese estrecho margen es ignorado o minusvalorado.

Es una cuestión muy compleja, como te comento arriba, y yo no soy capaz de afirmar categóricamente que alguien pueda ser globalmente “más inteligente” que otro, aunque sí sea capaz de discernir quién es particularmente “más inteligente” en un contexto o en varios.”

La inteligencia como seña de identidad

El caso de la niña trajo una interesante reflexión de esa mente inquieta llamada Inma Unzueta:

– “¿Por qué esa fijación de los medios de dar brillo a la “cara” del asunto y jamás mentar la “cruz”? Normal que luego surjan envidias y malos rollos. Porque esta “moneda” tiene disincronías, sobreexcitabilidades y jamadas de coco además de la “cara” (precocidad, rapidez de entendimiento, capacidad mayor de abstracción, etc). Si la información que se da en los medios fuera VERAZ y COMPLETA no habría cabida para sandeces imaginarias e irreales. Pero no sé si habrá algo de complejo colectivo con el tema de la inteligencia, porque yo no veo noticias en medios de comunicación sobre niños con el pelo “dorado como rayos de sol” o con una fuerza titánica de “adulto”, que seguro hay, dada la biodiversidad humana. ¿Por qué esas u otras características diferenciales no tienen la fuerza atractiva que tiene el tema de la precocidad intelectual?

– “Porque no forman parte de nuestra identidad más profunda”, respondí. Y, como suele, indagó más sobre esto.

– “Todos tenemos pelo de algún color, todos tenemos algún grado de fuerza, igual que tenemos algún grado de inteligencia. ¿Por qué calificas esa característica como más profunda que las demás? ¿Por qué no el canto o la capacidad del habla?”

– “La identidad más profunda es la conciencia (ser=conciencia). Es lo que somos y lo que responde a la pregunta de quiénes somos. A partir de ahí, las señas de identidad se adquieren por sus funciones y sus productos. Y la inteligencia es una de sus funciones fundamentales, así que está en lo más hondo de nuestro ser.”

“A ver si te entiendo. Dices que “las señas de identidad se adquieren por sus funciones y sus productos. Y la inteligencia es una de sus funciones fundamentales”. Se me plantean varias preguntas: 1- ¿Por qué la distinción entre funciones y productos? ¿No sería la inteligencia un producto de la conciencia? O sea, ¿Por qué calificar a la inteligencia de “función”? 2- ¿Cuales serían las otras funciones fundamentales, según tu explicación?”

– “La idea es sencilla: Función es equivalente a proceso (o acción) y producto es igual a resultado (o efecto). Generalmente usamos verbos para las acciones y sustantivos para los productos. Ejemplo: pensar y pensamiento. Aunque en el segundo caso significa tanto la acción como el efecto de pensar.

La inteligencia podría verse como acción (inteligir), que es como suelo entenderla para diferenciarla de su sentido habitual de producto, remarcado por la influencia del artículo “la”, y que suelo llamar intelecto o “lo inteligido”.

Conciencia es acción pura (ser) y sus contenidos son productos de esa acción (entes).

En la cultura occidental solemos confundir la acción con la reacción y le quitamos el carácter activo a la conciencia, denominandola “contemplativa” o mero producto de la reactividad cerebral. Este es un debate largo y complejo que no se resuelve con cuatro líneas.

Entiendo como función de conciencia toda acción subjetiva o de nuestra interioridad. Algunas son de la base profunda misma y otras más superficiales o derivadas de las acciones básicas. La más profundas, directas y cercanas a la conciencia son la consciencia (función de conocer) y la inteligencia (función de inteligir).

Luego hay otros procesos derivados como imaginar, pensar, resolver, plantear, distinguir, intuir, etc. Todas acciones más superficiales y evidentemente más fáciles de comprender porque se acercan a nuestras nociones más reconocibles de función.

La identidad emana de la interioridad llamada conciencia, no de la exterioridad llamada cuerpo (organismo o sus partes)”

Con este diálogo trato de ilustrar la idea de que a la inteligencia se le da una especial relevancia porque forma parte de nuestra seña de identidad más profunda como una función principal de nuestro ser. La que nos permite gestionar los contenidos de conciencia con mejor o peor fortuna. Todo ello desde la perspectiva amplia de una noción y no desde la perspectiva estricta de una definición.

Y esa relevancia, según se enfoque, genera fuertes sentimientos de atracción o repulsión. Por eso es tan difícil sensibilizar realmente sobre el fenómeno de las naturales diferencias en las habilidades cognitivas que tienen las personas. Se le da demasiada importancia y, en el caso de sociedades poco concienciadas sobre la importancia y el valor social que tiene fomentar el talento, se sospecha por principio de todo aquel que destaca poco o mucho en este aspecto. Se trata por todos los medios de buscarle las debilidades que lo ‘humanicen’ o lo ‘normalicen’, para que las diferencias se acorten o anulen. La presión social es constante y solo algunos logran salir de ese cerco, advirtiendo claramente la pérdida de capital humano, material y simbólico que acarrea esa actitud acomplejada para todos. Presión incrementada por la asunción tácita de las desinformaciones que los medios no paran de publicar, sin tener el más mínimo sentido de la responsabilidad que sus actos conllevan, llevados por la inmediatez de publicar noticias “llamativas” que enganchen al lector medio, ese que apenas pasa del titular y opina sin conocimiento de causa. El recurso facilón de la exageración o de tomar ejemplos extremos para explicar realidades complejas produce un daño indecible que no hay modo de frenar, sobre todo porque su tendencia habitual es buscar a las personas que tienen que decir algo en lugar de buscar a las que tienen algo que decir.

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3 comentarios sobre “¿Por qué damos tanta relevancia a la inteligencia?

  1. De todo el material que ha caído en mis manos y ojos, a través de mi proceso de indagar y conocer sobre las altas capacidades intelectuales, este blog es uno de los más interesantes, porque creo que he ido madurando algunas nociones del enfoque que le damos a esta diferencia, tanto personal, como social, como institucionalmente.

    Resalto dos frases que me atraen:

    “la importancia y el valor social que tiene fomentar el talento” En mi país existió desde la década de los `70 un programa dependiente del Ministerio de Educación, llamado programa Talento. Este programa enfocaba, ya desde entonces el tema de superdotación (la verdad no me gusta este término), desde la perspectiva del talento, como una condición natural del ser humano. Ser inteligente no es saberlo todo o más que los demás, y por supuesto que no te hace sobresaliente en TODO, existe el talento; quizá el mayor fracaso educativo es que no es capaz de entender esta realidad -y eso aplica para toda la población- en el camino, perdemos valiosísimas personas, que tienen mucho para aportar o decir, en esa cabeza hecha un torbellino de ideas, pero que no tuvieron las condiciones para desarrollar su talento… y ahí se quedan, entre la mediocridad y el fracaso. Sin sobrevalorarme en lo intelectual, puedo sentirme una de ellas. Cuando empezamos a enfocar la inteligencia desde el talento, comprendemos que una persona ACI no puede ser encasillada en la reducción de “eres un genio -otra palabra que me da urticaria- o un fraude” y sin duda entendemos que una persona de altas capacidades no es un recurso capitalizable, sino alguien que requiere construir su propia felicidad plena. La noción de inteligencia es, en mi opinión muy personal, una capa de lo que puede ser una persona, lo que nace con ella, pero no es lo único que es. Comprender esto servirá para dejar de hacer noticias amarillistas y falsas sobre ellos, comprender esto es también destruir las barreras que atraviesa la otra cara de la moneda.

    “Se trata por todos los medios de buscarle las debilidades que lo ‘humanicen’ o lo ‘normalicen’, para que las diferencias se acorten o anulen.” Creo que hay mucho miedo, así como antes eran marginadas las personas con algún compromiso cognitivo. Simplemente, no entran en la norma, y hay que buscar normalizarlos, porque hay complejo detrás de eso. Me es difícil expresarlo sin duras analogías, pero cuando vemos maravillados y nos hacemos partícipes de noticias como los logros de una niña con síndrome de down, un niño con autismo, hacemos una validación de “la excepción que confirma la regla” y sin siquiera notarlo, como sociedad nos dejamos ver las costuras de nuestros complejos y discriminación. Ellos y nosotros. -Mira como ellos casi pueden parecerse a nosotros, porque somos nosotros “los normales” los correctos-

    Rosa Luxemburgo escribió por ahí: “por un mundo donde seamos socialmente iguales, naturalmente diferentes, y totalmente libres” creo que por ahí es por donde hay que apostar.

    Para ello hay mucho que todavía hay que decir, y me llama mucho la atención darme cuenta que en la mayoría de los casos, quienes dicen más no son los que realmente tienen que decirlo. Conseguir blogs escritos por personas ACI, es un alivio

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  2. “La más profundas, directas y cercanas a la conciencia son la consciencia (función de conocer) y la inteligencia (función de inteligir).”

    “la inteligencia … función principal de nuestro ser … que nos permite gestionar los contenidos de conciencia …”

    “… en el caso de sociedades poco concienciadas sobre la importancia y el valor social que tiene fomentar el talento …”

    El quid está, por tanto, en la conciencia. La cuestión clave es cómo podemos activar la conciencia social para lograr una visión completa, realista y normalizada de esa faceta humana denominada inteligencia.

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