Convivir con el dolor

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“Señor, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo y sabiduría para conocer la diferencia”

 

Todos sabemos que en la escala de dolores, el parto ocupa uno de los primeros lugares. Es de tal intensidad que provoca diversas manifestaciones en las parturientas, dependiendo del umbral de dolor que manejen y de la capacidad de aguante que manifiesten. Solo comparable con algunos dolores masculinos…

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Bromas aparte (la vida sin humor sí que es insoportable), es cierto que las personas que tenemos un umbral del dolor muy bajo solemos usar expresiones exageradas cuando describimos nuestros dolores. Así, cuando te arañas dices que te has rajado, y cuando te golpeas que te has destrozado. Siempre digo que yo sería incapaz de soportar el nivel de dolor que mi mujer aguanta día sí y día también. Me volvería loco o me desesperaría en poco tiempo. Por eso admiro su capacidad para resistir algo tan inaguantable. Además, como todos los que la conocen saben, con una sonrisa en la boca y un aspecto saludable que no da pista de lo que arde por dentro. Insisto, algo asombroso, aunque ella diga que le gustaría sentir menos dolor que admiración.

Una anécdota ilustra el nivel de aguante de Yoli. Horas antes de nacer mi primer hijo, con el hospital materno en plenas obras tuve que colarme en la sala de parto porque no había manera de poder darle ánimos a mi mujer en esos momentos. Cogí una bata de enfermero que encontré en el trayecto y allí me planté. El panorama era complejo (por usar un eufemismo común): cinco o seis premamás gritando a todo pulmón y una sola, mi mujer, callada y sonriéndome al verme entrar.

¿Qué haces aquí?.- Me dijo.

Pues que me he colado para verte y desearte suerte. ¿Cómo vas?

Bien, aquí esperando…

Oye, una cosa, ¿por qué eres la única que no gritas como una posesa?

Pues no sé. Tampoco se me va a quitar el dolor gritando, ¿no te parece?

No, está claro.

Por desgracia, en los últimos 13 años ha sufrido (entre otras enfermedades) tres operaciones de espalda en las que se le ha ido fijando varias vértebras -primero dos, luego tres, y vamos esperando a la cuarta- mediante una placa con clavos que ha limitado, sin impedir, su movilidad normal. El dolor constante lo produce un nervio pinzado que no tiene reparación. Nervio que en ocasiones se rebela aún más y provoca intensos dolores que no pueden remitir ni con los medicamentos más potentes.

Esa limitación es un handicap importante en su vida, pero no tanto como para impedirle hacer deporte. En su clase de Body Balance siempre procura hacer todos los movimientos y nadie que no conozca su caso se puede imaginar ni de lejos lo que ella tiene dentro de su cuerpo. Por eso los monitores la ponen de ejemplo cuando algún alumno dice que no puede ejecutar algún movimiento porque le duele la espalda, porque tiene una hernia discal  o por cualquier otra dolencia similar.

Para hacernos una idea gráfica del nivel de dolor que experimenta todos los días pondré una escala del 1 al 10, en el que un extremo es la ausencia de dolor y en el otro es la muerte. Una persona normal sentiría un gran dolor en el nivel 3, siendo el 5 un nivel insoportable. Ella, en los días más tranquilos y felices, mantiene un nivel de dolor 4. Eso es lo mínimo de dolor con el que lidia a todas horas. Este nivel aumenta por la noche a un 6 ó 7 por la distensión de la musculatura. Y cuando le sobreviene una crisis como la de estos días, alcanza niveles de 8 ó 9. En esos momentos su capacidad de aguante está al limite y el llanto se impone. No le deseo a nadie en este mundo ese nivel de sufrimiento. Ni al peor de mis enemigos.

Cuando vives con un dolor crónico de ese nivel, no te queda otra alternativa que cultivar el arte de la aceptación radical de lo que no podemos cambiar. Y cuando convives con esa persona sientes un nivel de impotencia acorde a su dolor. Una impotencia que se clava en tu estómago como un puñal y solo puedes aflojar con un quejío suspirante. Es muy difícil observar impasible cómo su rostro se apaga, sus facciones se afilan por el dolor y su sonrisa desaparece por completo. Por suerte, he aprendido a apoyarla emocionalmente en su sufrimiento y eso nos permite sobrellevarlo mejor. No podemos cambiar el dolor, pero sí mediar en el sufrimiento en la medida de nuestras posibilidades. Quienes viven y conviven con esto podrán entender perfectamente lo que estoy contando. Y puede que valoren estas palabras, que les sirvan para intentar mejorar la gestión emocional de estos duros momentos si se encuentran de bajón, algo por desgracia muy habitual en determinados umbrales.

Si ella es capaz de aguantar esto y no caer en la locura o algo peor, tú has de ser igualmente fuerte para apoyarla en su dolor y de ayudarla en su sufrimiento. Al final aprendes sí o sí a hacerlo si tu amor por esa persona es grande. No lo haces por lástima o compasión, lo haces porque te sale de dentro, porque quieres ser útil en ese calvario y como no puedes hacer nada con el dolor físico, te queda al menos ese espacio emocional para poder ayudar. Sobre todo cuando ambos sois conscientes de que esto es para toda la vida.

Quizás por este motivo tenga tan poca paciencia con las personas que están todo el día quejándose de cualquier nimiedad.


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