Juzgar a las personas

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Se dice frecuentemente que no hay que juzgar a las personas, ya que todas tenemos fortalezas y debilidades, días buenos y días malos, ideas brillantes e ideas desastrosas, etc.

Es indudable que un ser humano (lo que somos en esencia) es una entidad muy compleja que no se puede reducir a un juicio, generalmente parcial, sobre sus actos, sus aptitudes, sus actitudes, sus estados emocionales o sobre sus opiniones. Con otras palabras, no se puede juzgar el todo por la parte sin caer en algún tipo de falacia lógica.

Pero lo cierto es que sí juzgamos a las personas en su totalidad -incluyéndonos a nosotros mismos- por alguna de sus partes.

En el contexto de los actos, caemos en la falacia del matagatos. Tendemos a etiquetar o catalogar a las personas por una acción puntual, que puede ser intencionada o fortuita. Si pillas a alguien en un mal día y te responde mal, dices que es un borde”; y si le pillas en un buen día y te responde bien, dices que es un amor”. Si alguien presenta un programa en su vida se le cuelga la etiqueta de “presentador” con generosa alegría. Hay miles de ejemplos de gestos (actos esporádicos) que se interpretan como hábitos (actos cotidianos) y que pasan a considerarse indebidamente como modos de ser de una persona. Cría fama y échate a dormir.

En el contexto de las opiniones el etiquetado simplón alcanza niveles superlativos -llegando fácilmente al insulto cuando son radicalmente opuestas-: “es un puto facha (o un rojo)”, “es un culé (o un merengón) de mierda”, “es un machirulo (o una feminazi)”, etc.

Y ahora juzgo yo: es un puto horror.

La clave FID (Frecuencia, Implicación y Duración)

Para intentar salir de este círculo vicioso del etiquetado simplón de la realidad suelo utilizar lo que denominé hace años como la clave FID. Esta clave consiste en aplicar un filtro de calidad a la hora de catalogar y atribuir actos, actitudes u opiniones a las personas.

Cantidad. Frecuencia y duración

En un sentido meramente cuantitativo, tanto la frecuencia como la duración son indispensables para poder hablar con propiedad de que alguna persona “es” algo.

La diferencia entre un gesto y un hábito se comprende en función de la frecuencia con la que se ejecuta algo. Si alguien toca un día un instrumento no tiene mucho sentido decir de esa persona que “es músico”. Tendrá que hacerlo con cierta frecuencia para poder afirmarlo fehacientemente.

En política y asociacionismo se suelen confundir con demasiada frecuencia los hábitos con los meros gestos. Nadie “es un buen gestor” o “es un gran trabajador” si apenas ejecuta gestiones o no da un palo al agua. Pero de este mar revuelto salen ganando los pescadores habituales: los figurantes o los del postureo. Los que se llenan la boca hablando de “todo lo que hacen” por los demás.

Pero siendo importante, no es suficiente con la frecuencia. Hay que aplicar también el filtro de la duración. Porque uno puede empezar a ir al gimnasio los primeros días con mucha frecuencia y a las pocas semanas aburrirse y dejarlo. El espacio temporal en el que se ejecutan esas acciones marcará también el carácter de habitualidad. Así, si alguien escribe con mucha frecuencia durante meses podrá escribir un libro,  y que se diga de él que “es escritor”. Pero se entiende fácilmente que cuanto más tiempo dure escribiendo con frecuencia más sólida será esa etiqueta. “Será más escritor” que alguien que solo hizo una obra en su vida.

Calidad. Implicación

En un sentido cualitativo, la implicación (también la intensidad) es una clave decisiva para categorizar acciones, actitudes u opiniones.

Este factor es un elemento potencialmente cualitativo en el sentido de que cuando alguien se aplica en una labor con muchísima intensidad, implicándose hasta las trancas, el efecto normal es la mejora cualitativa de los productos y de los procesos que acompañarán una obra o un pensamiento. P.ejemplo: Si uno se esfuerza mucho en mejorar sus ideas (productos del pensamiento) o sus razonamientos (procesos del pensamiento), el efecto normal es la mejora sustantiva del pensamiento. En el proceso de aprendizaje es fundamental el factor esfuerzo, implicación y, en cierta medida, la intensidad con la que se vive ese proceso.

En este sentido, una persona “será mejor escritor” cuanto mayor sea su implicación en el hábito frecuente y duradero de escribir. Y si a eso le acompaña una facilidad innata para escribir, el resultado es esplendoroso: “será un gran escritor”. Sin embargo, una escasa implicación llevará normalmente a “ser peor escritor” que cuando empezó con fuerza.

Conclusión

Si quieres juzgar sólidamente a una persona utiliza este filtro para etiquetarla (siempre parcialmente, no al completo) en función de la cantidad y la calidad de sus hábitos de pensamiento y obra.


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