Empatía sana e insana

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Hace más de una década fui a una psicóloga peculiar y le conté lo mal que me sentía y otras cosas que no vienen al caso sobre relaciones personales. Me miró fijamente y dijo: “tu único problema es que quieres contentar a todo el mundo y eso es imposible. Sé tú mismo, a unos les gustará y a otros no, pero debes aprender a vivir con eso”.

El núcleo de mi problema era que practicaba la empatía en exceso y, visto los resultados emocionales propios, de manera insana. Su consejo de “sé tú mismo” fue tan sencillo como revelador. Terapéutico. Y es que cuando queremos contentar a todos al final no contentamos a nadie, incluyéndonos a nosotros mismos, los más perjudicados por ese modo de proceder.

Existen múltiples definiciones de empatía, si bien la más aceptada y práctica es saber ponerse en el lugar del otro, poseer un sentimiento de participación afectiva en la realidad que afecta a otra persona, saber “leer” al otro.

La clave que nos permite discernir por nosotros mismos cuándo practicamos una empatía sana o insana reside en ese “ponerse en el lugar del otro”. Si te pones en su lugar sin perder tu sitio o, por el contrario, si te pones en su lugar y abandonas el tuyo.

La empatía sana se da entre dos sujetos que mantienen su identidad individual.

La empatía insana se produce cuando uno de los sujetos pierde su identidad en favor del otro.

La empatía deja de ser sana justo en el momento en que nos deslizamos por la pendiente provocada por una reclamación de atención más allá de lo estrictamente necesario por parte de la otra persona. Reclamaciones muy frecuentes en personas emocionalmente absorbentes (egoístas, narcisistas, manipuladores, etc).

El vampirismo emocional se produce porque una persona confunde un gesto de generosidad ajeno con una obligación. Y sus víctimas predilectas son los sujetos más empáticos. Observan la ‘vena’ y van a por ella sin descanso, produciendo relaciones dañinas que jamás satisfacen a nadie.

Los sujetos a los que nos cuesta un mundo gestionar el exceso de empatía somos presas fáciles porque al anular nuestra identidad nos debilitamos y nos posicionamos en una balanza desequilibrada que nos lanza al abismo y nos produce un enorme sufrimiento, acompañado de sentimientos tóxicos de culpa o incluso vergüenza. Un torbellino del que es muy difícil escapar…

Difícil, pero no imposible. Para lograrlo es imprescincible cultivar la asertividad, saber decir no con firmeza y amabilidad. Mantenernos en nuestra posición. Participar afectivamente de los problemas ajenos no implica hacerlos tuyos, asumirlos como propios, y tratar de darles respuesta. Se puede ayudar a alguien sin convertirte en un ‘esclavo’ de sus necesidades emocionales por no ser capaz de poner freno a sus exigencias.

Además, cuando consigues poner esa necesaria distancia entre dos seres distintos se producen efectos beneficiosos no solo en ti sino en el otro. La relación deja de ser turbia y se reequilibran las necesidades de ambos. Se salda la deuda simbólica y todo comienza a fluir de manera natural. Esto requiere una enorme valentía por nuestra parte. No es fácil decir no a quien siempre le dijimos . Pero hay que intentarlo con todas nuestras fuerzas, sin descanso. El beneficio de conseguirlo es mutuo (si la otra persona no es un psicópata, claro).

Esto no solo es válido para relaciones personales sino también para las profesionales, sobre todo en trabajos donde el sufrimiento ajeno es el pan nuestro de cada día (p.e hospitales, servicios sociales, etc). Ahí es más necesario aún reducir el exceso de empatía para poder trabajar en un entorno tan cargado de necesidades.

Os dejo un pequeño artículo sobre este tema:


Empatía: virtud si no es en exceso

Enlace

Las personas que saben ponerse en el lugar de los demás desarrollan mejores relaciones sociales, pero corren el riesgo de asumir los problemas de otros como propios y sufren más

El ser humano está programado para entrar en relación con los demás y sentir lo que ellos sienten. Los bebés se sincronizan con las emociones de sus padres. ¿Ha jugado alguna vez con un pequeñín a quedarse como una estatua? Al principio, los niños miran sorprendidos, luego intentan que el adulto se reactive y, si no lo consiguen, rompen a llorar. Es la empatía emocional. A partir de los 18 meses se desarrolla la capacidad de comprender e inferir lo que piensan los demás. Es la empatía cognitiva. La vida mental es fruto del diálogo continuo entre nuestra mente y la de los otros.

El proceso empático que regula esta interacción se produce en tres pasos: primero percibimos las emociones del otro, luego las reconocemos y, finalmente, proporcionamos las respuestas adecuadas.

La empatía está íntimamente ligada con la forma en la que cada uno regula las propias emociones. Aquellos que saben manejar mejor su estado de ánimo tienen más facilidad para empatizar y responder de manera equilibrada. Piense en un bebé llorando en mitad de la noche, la madre siente el malestar de su hijo, al levantarse tiene que manejar su propio cansancio. Sin empatía y sin autorregulación emocional no podría proporcionar el cuidado adecuado.

Existen diferencias entre hombres y mujeres a la hora de sentir compasión. En un experimento de la Universidad de Londres constataron que tanto los hombres como las mujeres reaccionan con empatía si la persona que sufre el daño se había comportado correctamente. Pero si saben que se ha comportado incorrectamente la situación cambia: las mujeres disminuían un poco su empatía mientras que los hombres eliminaban completamente la compasión. Los varones activan en su lugar el área cerebral que diferencia el «yo» del otro y se asientan con más firmeza en su propia perspectiva.

Los límites

La empatía está modulada por factores como la relación que existe entre las personas, la personalidad, la historia emocional de cada uno y el contexto cultural de referencia. Las personas empáticas tienden a gustar más porque enseguida comprenden lo que les pasa a los otros, tienen más capacidad de escucha y compasión, actúan de manera más eficaz y son más persuasivas.

Sin embargo, hay sujetos que tienen una total falta de empatía. No consiguen ponerse en los zapatos de los demás y los tratan con distancia. Éste es el caso de la personalidad narcisista, antisocial, obsesiva o límite que se inclinan hacia el egocentrismo. Y, por supuesto, los psicópatas que interactúan con los demás sin importar el sufrimiento. Otras personas sufren exceso de empatía. Son demasiado influenciables. Acaban agotadas, sobre todo, si están en la posición de cuidadores; es la fatiga por compasión. Corren el riesgo de desconectarse emocionalmente de sí mismos o asumir los problemas de los demás como propios, el trauma vicario.

Cómo desarrollarla

La empatía es una potente herramienta de socialización. Se puede aprender y modular.

Escucha activa. Pregunte y muestre interés. Resuma lo que el otro diga.

Ejercicios de sintonía. Sonría si le sonríen, permanezca serio si el otro lo está, sincronice su emoción con la del otro.

Póngase en sus zapatos. Imagine cómo sería un día en la vida de otra persona. Sin juicios.

Sea amable. Pregunte a los demás cómo están y qué les sucede.

Identifique la emoción. Por los gestos y luego verifique: “¿Te sientes triste?”».

Aprenda a consolar. Basta decir “te comprendo”, ¡sin dar consejos!

Preste ayuda. Utilice un día a la semana para apoyar a otra persona que lo necesita.

Cómo controlarla

¡Ojo con ser excesivamente empático!

Deje de escuchar. Concédase tiempo a solas.

Burbuja. Imagínese dentro de una burbuja donde las palabras no se oyen y nada de lo que digan o hagan fuera le afectará.

Deje que le ayuden. Permita que los demás también le apoyen.

Desconecte. Si ve que sigue demasiado la mirada del otro respire, cambie de postura y distraiga su atención unos minutos.

La tecnología y las redes tienden a empobrecer este impulso natural hacia los demás. Podemos sentirnos muy solos delante del teclado, conectados al mundo y desconectados de las relaciones vis a vis. Necesitamos la empatía para orientarnos hacia los demás, de manera que mejore la calidad de nuestras relaciones.


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