La conciencia es simple y llanamente su límite

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En un entorno cultural como el nuestro resulta especialmente difícil explicar la conciencia en su sentido más radical y profundo. Un sentido alejado de las múltiples acepciones que cobra el término y con la que podemos identificarnos cuando un interlocutor la nombra en un diálogo o cuando escribimos sobre ella.

En este intento no habrá excepción, siendo plenamente consciente de la dificultad y de las dinámicas de pensamiento que la interpretarán como lo que no es: una forma, un contenido, una estructura, una función, un estado mental, una propiedad, un atributo, una facultad, etc.

A esta identificación occidental con la forma contribuye notablemente algo tan aparentemente simple como es el artículo definido femenino singular «la». Parece una cuestión baladí pero no lo es en absoluto. De hecho, la función principal del artículo definido es determinar al sustantivo, dándole una forma definida y reconocible. Y nuestro pensamiento, tanto en el texto escrito como en el diálogo, se puede ver atrapado en esa red imposibilitando ver más allá de esa delimitación semántica.

Pondré un par de ejemplos que ilustran esta dificultad: i) ser y ii) más allá. El verbo ser, en su sentido más radical y puro, alude a un proceso o acción sin conclusión. Cuando se concreta, formaliza o finaliza hablaríamos de ente (ser en acto); mientras no lo haga podríamos hablar de «devenir ser». Nuestro pensamiento occidental tiende a cosificar para entender mejor las cosas y en este caso no es una excepción. Pasamos en un salto de «ser» a «el ser». Heidegger lo ilustraba con el ejemplo de una piedra. Decía, si no recuerdo mal, algo así: «la piedra es, pero por más que investigues no encontrarás el ser de la piedra». Este modo de cosificar sin darnos cuenta es el que luego nos permite jugar intelectualmente con el objeto creado. Así, podemos empezar a especular sobre los diferentes atributos que pueda tener, por ejemplo, «el ser supremo». O a plantear incluso su existencia, generando la eterna -y aburrida- lucha entre quienes creen que existe este objeto generado y quienes creen que no existe.

Cuando animamos a alguien a explorar sus límites solemos decirle que debe ir «más allá» de su zona de confort, de sus espacios conocidos, etc. Es una clara alusión a un proceso sin concreción alguna y sin atributos. Nada que ver con «el más allá», ese objeto de culto de determinados personajes sobre los que no hace falta hablar ahora mismo.

En resumen, que para arrancar esta pequeña reflexión es necesario evitar la tentación de cosificar «la conciencia», convirtiéndola en un objeto mental susceptible de ser medido, ‘pesado’, visto o localizado. Si se consigue salir de esa cárcel de la forma, esta entrada puede tener algún sentido para ti. Si no, será una mera acumulación de palabras.

La conciencia es simple y llanamente su límite

¿Qué quiere indicar esta expresión tan enigmática y aparentemente tan falta de sentido?

Para calentar motores, recojo un pequeño pasaje de esta tesis doctoral de una de las mayores expertas nacionales en pensamiento oriental: Mónica Cavallé.

«…no somos en esencia la persona individual, sostiene el Advaita, pues ésta puede ser conocida, y el Sí Mismo nunca es lo conocido, sino el conocedor. No somos nada objetivo u objetivable; somos la Apertura en la que todo se hace presente o se ausenta y la Luz en virtud de la cual todo puede ser visto y conocido»

Mónica utiliza el par sat/cit (ser/conciencia) como una unidad esencial. En el fondo (más allá o más acá de la forma), ser y conciencia es lo mismo.

Haciendo un enorme esfuerzo de abstracción, «conciencia» y «ser» pueden verse como «apertura»  (vista en horizontal; vista en vertical la podemos imaginar como «profundidad»). Esa apertura es el límite de lo que somos. Usando la imagen que ilustra la entrada: el paisaje como contexto experiencial o vital. Contexto o paisaje cambiante e indeterminado. Y cada elemento del paisaje sería un objeto o contenido de conciencia.

Así visualizado, toda forma, estado, función, atributo, facultad, etc…, puede ser visto esencialmente como contenido de conciencia. Por ejemplo, «el yo» o incluso su indeterminado, «yo». El pensamiento es otro elemento de ese paisaje. Los estados mentales. La imaginería mental. Las sensaciones corporales.

Esto simplemente no lo entendemos en nuestro entorno cultural, así que necesitamos un elemento activo que vincule ese paisaje (esa apertura experiencial indeterminada, fluida y flexible) con sus contenidos. No entendemos conciencia pero sí «conciencia de algo». Así nace la función de conocer, la consciencia. Nissargadatta comprende perfectamente esta dificultad y explica la distinción entre conciencia (awareness) y consciencia (consciousness) desde ese punto de vista tan radical:

Awareness is primordial; it is the original state, beginningless, endless, uncaused, unsupported, without parts, without change. Consciousness is on contact, a reflection against a surface, a state of duality. Ther can be no consciousness without awareness, but there can be awareness without consciousness, as in deep sleep. Awareness is absolute, consciousness is relative to its content; consciousness is always of something. Consciousness is partial and changeful, awareness is total, changeless, calm and silent. And it is the common matrix of every experience.

Toda pregunta espera una respuesta formal, concreta, determinada. Toda pregunta por «conciencia» espera una respuesta sobre la función «consciencia» o sobre cualquier otro «objeto de conciencia». Toda pregunta obtendrá una respuesta superficial. Y todo lo que se diga que es, no es. Incluyendo la afirmación que titula esta entrada.


6 respuestas a “La conciencia es simple y llanamente su límite

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