Altas capacidades. Sobre la intensidad emocional

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Hace unos días encontré uno de esos textos repletos de tonteorías que rulan dentro del colectivo donde se explican con todo detalle y con ejemplos anecdóticos algunas de las supuestas características inherentes a los superdotados. Había varias que podrían desmontarse fácilmente, pero me detuve en una no excesivamente disparatada que se da por sentada por parte de la mayoría de personas que frecuentan estas lecturas: la alta intensidad emocional.

Inherente no está escrito para adornar el texto, su significado no deja lugar a dudas: Que por su naturaleza está de tal manera unido a algo, que no se puede separar de ello. Es un elemento fundamental para entender determinados procesos de adherencia e identificación que se van desarrollando por fases:

  1. Fase generalizadora.”Una de las características habituales en las personas superdotadas es la alta intensidad emocional”. Se encuentra en bastantes casos y se añade al listado para orientar en el proceso de identificación.
  2. Fase universalizadora. “Todos los superdotados tienen una alta intensidad emocional”. A pesar de las advertencias de la fase inicial, se pasa con facilidad a la falacia de generalización excesiva, considerando que todos han de cumplir esa característica.
  3. Fase excluyente. “Solo los superdotados tienen una alta intensidad emocional”. Cuando la mente corre demasiado y la identificación es plena, el paso de la universalización a la exclusvidad es sencillo.

Para comprobar el anclaje de esta idea lancé en un grupo una pregunta que debía leerse con suma atención para responderla sin caer en la trampa de la fase excluyente.

¿Diríais que hay una relación directa entre el nivel de inteligencia medido en función del CI y la intensidad emocional? Es decir, ¿cuanto más CI, más intensidad?

Sin embargo, la mayoría respondió afirmativamente. Es decir, se tiende a pensar que cuanto mayor es el cociente intelectual, el grado de intensidad de la emociones irá directamente relacionado, precisamente por haber interiorizado la idea de que la alta intensidad emocional se dará solo en el grupo con mayor cociente intelectual.

En principio, cabe pensar que muchos respondieron sin pensar bien en las implicaciones de tal afirmación, basándose en la experiencia propia y en la de otras personas del colectivo con la que hablan. Todo muy normal, dentro de lo que es esperable. Pero claro, responder “sí” a la pregunta de que la intensidad emocional aumenta en relación directa con el CI te lleva a una conclusión cuanto menos preocupante: las personas con un CI inferior o muy inferior a la media serían poco menos que amebas o plantas. Algo que no se corresponde con la realidad.

Basta realizar algún rastreo de artículos no excesivamente técnicos que relacionen la intensidad emocional con el cociente intelectual o la discapacidad para encontrar ejemplos que contradicen esta idea tan firmemente consolidada en el colectivo, producto de un potente sesgo que nos dice que lo que vivimos de cerca debe ser algo inherente y no meramente circunstancial.

Para muestra, dos botones, que podrían ser varios más:

Ejemplo 1. Trastorno límite de la personalidad

¿Cómo responden a las emociones las personas con TLP? Intensidad y sensibilidad emocional extrema

Las personas con trastorno límite de personalidad son muy sensibles a las experiencias externas porque tienen miedo al abandono. Por eso, responden con mucha intensidad ante cualquier emoción, ya sea enfado o alegría. Sufren una inestabilidad emocional muy acentuada que les cuesta controlar. Por ejemplo, es común que presenten episodios de ansiedad y frustración intensos que proyecten sobre otras personas mediante comportamientos poco respetuosos.

Ejemplo 2. Síndrome de Down

2. El mundo emocional de las personas con síndrome de Down

La experiencia vital de tener un hijo con síndrome de Down es de una enorme intensidad emocional y se vive desde el momento en que a los padres se les comunica el diagnóstico (Skotko y Canal, 2004). A partir de ese instante y durante toda su existencia, las personas con síndrome de Down enriquecen a quienes les rodean con todo tipo de vivencias sentimentales. Mas no es ese el mundo emocional al que se refiere este punto, sino al de las propias personas con síndrome de Down.

Después de haber afirmado con anterioridad que las emociones son personales e intransferibles, intentar teorizar sobre la forma en que viven sus experiencias afectivas las personas con síndrome de Down puede parecer temerario, especialmente si tenemos en cuenta sus dificultades expresivas. No obstante, utilizando como base sus características neurobiológicas y de desarrollo (Troncoso y col., 1999), se pueden hacer algunas deducciones sobre su vivencia sentimental.

Si las emociones son estados del sujeto, las personas con síndrome de Down tienen una vida emocional tan rica como los demás, por cuanto los sentimientos nos invaden, se hacen dueños de nosotros y ellas viven esos afectos con igual o mayor intensidad que los demás. Más aún, en ese bloque cognitivoemocional en el que actuamos, en ocasiones la intervención del intelecto intenta “explicar” lo que sentimos, “racionalizar” el sentimiento, algo por definición imposible. Podemos suponer que las personas con síndrome de Down, menos influidas por cribas intelectuales, distorsionarán en menor medida sus emociones y en muchos casos las experimentarán en toda su riqueza, con mayor intensidad que muchas otras personas.


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