Altas Capacidades. ¿Se lo digo o no se lo digo?

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Es un asunto delicado que levanta ampollas cuando se plantea directamente. En principio, existe el derecho inalienable del menor a saber que tiene altas capacidades intelectuales. Pero todo derecho suele llevar una obligación, en este caso de los progenitores: informarle correctamente.

El patrón suele ser el mismo: familias recién aterrizadas que desconocen por completo qué significan las altas capacidades y que manejan los habituales prejuicios, mitos y estereotipos que pululan en nuestra sociedad.

En ese escenario de ignorancia, cuando preguntan ¿se lo digo o no se lo digo? suelo ser bastante seco y cortante: no se lo digas.

– ¿Por qué no?

– Pues básicamente porque lo que le vas a transmitir en lugar de ayudarle le va a perjudicar. No hay peor consejo que el que emana desde la ignorancia, aunque tenga la mejor intención del mundo.

– Son mis hijos y deben saberlo.

– Sí, deben saberlo. Pero para saberlo en condiciones el primer paso que tienes que dar es formarte tú. Si no lo haces, le harás un flaco favor.

La formación es básica para no cargar a tu criatura con una etiqueta extremadamente pesada, cargada de mitos y estereotipos que obviamente no conocen los recién llegados y, por desgracia, muchos de los que llevan años pero se niegan a formarse en esto. Este patrón es una constante salvo gloriosas excepciones. Son muy pocos los que llegan y se ponen a formarse antes de informar a sus criaturas. Y ese pasotismo obviamente redunda en lo que sus criaturas van a recibir, que es una acumulación de mitos y estereotipos difíciles de sobrellevar.

Toda etiqueta contiene expectativas de cumplimiento que suponen una carga añadida a la misma.

¿Qué ocurre cuando la carga de la etiqueta es negativa? ¿Qué pasa cuando atribuimos cualidades socialmente negativas? ¿Y qué pasa cuando convertimos una cualidad -algo que se tiene o no se tiene- en un modo de ser? ¿Qué diferencia sutil existe entre decir de alguien que “es muy borde” (adjetivo calificativo que alude a la cualidad del carácter) o decirle que “es un borde” (sustantivo)?

Muchas veces sostenemos un pensamiento contradictorio. Por lo general, rechazamos virulentamente el uso indiscriminado de etiquetas para definir o atribuir cualidades a las personas. Entendemos fácilmente que todas son algo más complejo que las posibles atribuciones que puedan hacerse. Sin embargo, y como comento más arriba, nuestro modo normal de funcionamiento es ese que rechazamos. Estamos todo el día etiquetando cosas y personas. Vigilamos poco ese proceso y casi nada las implicaciones que tiene el mismo. No valoramos qué consecuencias trae, por ejemplo, el identificarse fuertemente con una etiqueta. Si tú te identificas con una cualidad como la simpatía, dirás de ti que “soy simpático”. Eso, por lo general, no tiene mayor importancia si no vas enseñándola en cualquier situación, sea o no pertinente hacerlo. Y tampoco tiene mayor trascendencia porque la cualidad de ser simpático -tener simpatía- no tiene una consideración elevada dentro de nuestra escala de valores. El ser humano suele darle mayor trascendencia a cualidades como la inteligencia, la bondad, la habilidad y, en estos tiempos modernos, a la belleza, la riqueza o la posición social que a los rasgos de carácter de una persona. 

El peso de la etiqueta variará en función del valor que se le dé al sustantivo o al adjetivo que acompaña al verbo “ser”. Las expectativas asociadas a la etiqueta serán enormes en el caso de cualidades que consideramos más intrínsecas y permanentes de la personas (para las que usamos los sustantivos), e irán reduciéndose a medida que esas cualidades se vean como algo más externo y efímero (con adjetivos).

Así, se entiende fácilmente el enorme peso que tiene la etiqueta mal formulada “ser AACC”/”ser de AACC” frente a la etiqueta “tener AACC”.

Conclusión

– Se lo digo o no se lo digo?

– Fórmate y se lo dices. Lo agradecerá doblemente.


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