Altas Capacidades: identificación tardía en adultos

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Uno de los temas que más me ha llamado la atención los últimos años en este microcosmos de las altas capacidades es el de la identificación tardía en adultos. Identificación que puede ser formal/objetiva (con pruebas psicométricas) o informal/subjetiva (sospechas en base a índices externos). Personas que han pasado buena parte de su vida sin ser capaces de «descubrirse», de encontrar su «verdad» más íntima. Verdad en un sentido clásico representada por esa maravillosa palabra que es A-letheia (de la que proviene el nombre de Alicia), que significaba literalmente des-velar, des-cubrir o des-ocultar. Sacar a la luz lo oculto: «verse».

Me llama poderosamente la atención porque yo tuve la fortuna de saberlo desde muy pequeñito, de modo que aunque no supiera qué significaba realmente aquello sí que pude integrar la información de un modo natural, sin procesos abruptos de asimilación cuando ya los esquemas mentales propios son más rígidos y hay que romperlos, con todo lo que implica a nivel emocional. Muchos con una visión utilitarista me han preguntado para qué me sirvió eso, ya que mi vida personal no está jalonada por el éxito, la fama o el reconocimiento externo por un trabajo excelente o por destacar a nivel social en ninguna faceta especial. Claro, ¿ante eso qué se puede responder? Pues simple y llanamente que no me sirvió de nada especial, solo para tratar de comprender mejor el mundo que me rodea. Quizás no es necesario subir a las más altas cumbres para entender que tener ciertas habilidades cognitivas pueden ser muy útiles en una meseta o incluso cuando entras en un valle. Quién sabe…

El caso es que en los últimos años se ha producido una pequeña explosión de identificaciones tardías en adultos con altas capacidades derivada, entre otras cosas, de que se habla y se escribe mucho más sobre este complejo fenómeno que hace una década. Hay más información disponible y gracias al empuje de las familias en tiempos pasados se ha ido evolucionando irregularmente en ese aspecto clave que es la identificación de alumnos. La lógica nos dice que si hay más niños y niñas identificados, hay más familias (bien o mal) informadas sobre esta realidad. Y cuando esos progenitores que, por diversas razones, no han sido capaces de «conocerse» de pequeños descubren con datos objetivos que sus hijos tienen altas capacidades comienzan a atar cabos, a «re-conocerse». Empiezan a sospechar, por los indicios conductuales de sus vástagos, que ellos quizás también pueden tener ese tipo de habilidades cognitivas y jamás han sido conscientes de ello. Un tremendo impacto. Y si además leen libros donde alguien es capaz de describir algunas de las cosas que les ocurren, como pasó con el de «¿Demasiado inteligente para ser feliz» de Jeanne Siaud-Facchin, las sospechas pueden convertirse en certezas. La identificación informal se ha multiplicado gracias a toda esta movida. No tanto la formal, porque todavía subsiste cierto pánico en el adulto que le impide dar el paso a una evaluación objetiva que le saque de dudas, miedo que se traduce en las más variopintas excusas que podamos imaginar. Se aferran a su identificación informal y solo la expresan en entornos controlados. Es muy curioso este comportamiento. No lo juzgo, tan solo lo describo. Cada uno gestiona la información como mejor sabe o puede.

¿Y por qué tantos adultos no se han reconocido de pequeños y ahora sí lo hacen?

La respuesta, compleja, tiene un fondo muy sencillo: por las mismas razones que llevan a la mayoría de profesionales educativos a sostener el ya mítico «no lo veo» que nos saca de nuestras casillas como familias. Cuando mantienes en tu mente una imagen distorsionada de «cómo son» las personas con altas capacidades se te hace un mundo «verlas». Y esto es válido tanto para la imagen de otros como para la imagen de nosotros mismos: «¿cómo voy a ser superdotado? No, qué va, a lo sumo algo despabilado o listo para algunas cosas, nada del otro mundo». A saber qué pensamos que «son» los «superdotados»…

Qué difícil es todo esto, en serio, cuando no hay modo de desactivar estos mitos (relatos) y estereotipos (imágenes) aberrados, ni siquiera cuando se aterriza en este mundillo y la información disponible es más realista, aunque esté desperdigada entre montones de basura que solo sirve para deformar la imagen que se proyecta en la sociedad. Solo hay que leer los comentarios en las noticias sobre niños que destacan mucho de pequeños para darse cuenta de lo complicado que es subir este Everest. Y los medios de comunicación no son nuestros aliados en esta batalla, qué va, al contrario. Los anclan con una facilidad pasmosa, haciendo inútil a efectos de concienciación social la mejor de las conferencias que se pueda impartir. Pero hay que ser autocríticos y pensar que esos medios se apoyan en entidades que están ahí para defender los intereses de estos niños pero que cuando les ponen un micro por delante se olvidan de la naturalidad y de la diversidad para mostrar solo los casos más llamativos, cuando no directamente manejan algunos de los mitos más consolidados que existen. En los últimos tiempos parece que hay más personas que tienen que decir algo que personas que tienen algo que decir. Como decía mi amiga Belén Ros el otro día en la charla sobre legislación que le dio a las familias gallegas de ASAC: «ahora das una patada y te salen expertos en altas capacidades por todos lados».

En cualquier caso, muchos de estos adultos identificados -formal o informalmente- manejan una visión incompleta del fenómeno. Transitan entre una visión unidimensional desnuda o adornada basada en el CI, dividiendo a la sociedad entre los que «son superdotados» y los que «no son». Los de la visión desnuda hablan solo de CI y se comparan entre ellos creando sutiles guetos ideológicos cuando las diferencias alcanzan cierto grado. Pero no sé si es peor la visión adornada, donde al CI le suman una serie de características presuntamente «propias» de las personas que «son» basadas en estereotipos positivos. Incluso las menos favorecedoras se describen en clave positiva, como una «marca distintiva» que los hacen aún mejor. Algunos de estos proponen una fragmentación más elitista (no por la distinción sino por la actitud asociada a la misma): dividir el mundo entre los que «son superdotados profundos» y los que «no son». La locura… Todo un disparate pero que tiene su nicho de mercado.

 

Visión tetradimensional del potencial humano

Para entender mejor a qué me refiero con la visión unidimensional haré un pequeño resumen sin elaborar sobre una de las ideas que tenía en mente desde hace mucho tiempo. Considero que el fenómeno de las altas capacidades es tan complejo que no puede reducirse a una o dos dimensiones, ni siquiera a una tercera. Habría que contemplar también la cuarta dimensión del «tiempo» que, a estos efectos, sería similar a la evolución del fenómeno.

Con otras palabras, lo que quiero transmitir es que es muy positivo tener una visión tetradimensional de un paisaje mayor, el potencial humano, y desde ahí discernir los paisajes menores denominados genéricamente «altos potenciales». Este sería un marco referencial rico y complejo, sin preferencias o privilegios de ninguno frente (y a veces en contra) a otros. Cada dimensión sería un marco menor que, por sí mismo, no explicaría al completo el fenómeno ni de cerca. Y cuando entran en juego las emociones, los marcos referenciales se convierten, por desgracia, en marcos preferenciales. Claro, contra las preferencias es difícil luchar o argumentar nada. Se aferran fuertemente.

A lo que voy. Groseramente, y con un grafismo pobre, podemos observar cómo quedaría una visión unidimensional del potencial humano con esta imagen. Se basaría simple y llanamente de la ya superada diferenciación y clasificación de personas en función de un único parámetro, el CI.

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Esta visión es tremendamente reduccionista, pero ha sido la más utilizada a lo largo del último siglo. Por suerte, desde los colectivos de la parte «baja» de la imagen se ha luchado para desacreditarla con argumentos sólidos, como que una cifra (que estima una pequeña parte de lo que tenemos) no puede definirnos al completo como personas, que no puede definir quiénes somos. Ni define todo lo que podemos hacer.

Para ampliar un poco la visión, introduciremos una segunda dimensión que serían aquellas áreas cognitivas donde una persona puede poseer fortalezas o debilidades relativas, creando lo que se conoce como un perfil cognitivo donde, a modo de ecualizador, se vean de un tirón las zonas más potentes y las que hay que potenciar.

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Esto ya mejora un poco más la comprensión. Si combinas una o varias de las áreas cognitivas puedes obtener un perfil de talento simple o de talento complejo, y si son todas el perfil sería de superdotación, siempre que supere un determinado percentil. Esta es la esencia del modelo de Castelló. Hablaríamos entonces de las estructuras cognitivas, que obviamente derivarán en funciones cognitivas y aparecería el nombre de Sternberg con su teoría triádica.

Pero claro, también comprobamos que nos falta algo, así que añadimos una tercera dimensión, la denominada área personal donde podemos examinar otras facetas no puramente cognitivas que influyen en ese paisaje del potencial humano de manera decisiva.

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Con esta visión tridimensional ya tenemos información sobre cada persona de un modo más detallado, lo que nos permitirá cultivar sus potenciales para que, con el tiempo, puedan desarrollarse.

Y ahí entra en juego la última dimensión, la evolutiva, que no puede representarse gráficamente en una imagen pero que es tan importante como las demás. Ya no nos centramos en lo que tenemos solamente, también entra en juego lo que hacemos con ese potencial. Es lo que suelo denominar como la «inteligencia en acción».

Aquí es donde entran en juego modelos tan complejos como el de Francoys Gagné, que se representa con esta imagen recogida del blog de Javier Tourón.

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Donde las capacidades naturales se PUEDEN (de ahí lo de potencial) desarrollar sistemáticamente hasta alcanzar determinado nivel de competencia en uno o varios de los campos del saber humano. Teniendo en cuenta los catalizadores tanto externos como internos que favorecen o entorpecen el proceso. Entonces, si nos fijamos en la imagen tridimensional veremos representadas las áreas cognitivas y las áreas personales en la zona de capacidades naturales y de catalizadores intrapersonales, respectivamente.

Como conclusión, solo quiero señalar que el fenómeno es tan complejo que las identificaciones simplificadas son de ayuda en una primera fase de ese proceso interno al que acceden tardíamente muchos adultos, pero que ahí no se acaba la historia, sino más bien es dónde comienza. Y que ampliar la visión siempre redundará positivamente en la integración de esa nueva información que nos sacude el interior, rompiendo todos nuestros esquemas previos.

Sinceramente, le recomendaría a todos que se formaran, que leyeran, que entendieran todas estas cuestiones para poder asimilar del mejor modo posible ese Tsunami. Porque merece la pena vivirlo. Si no se experimenta, es difícil explicar lo que se va sintiendo en el trayecto. Por supuesto, esto no se logra en un día o dos, leyendo cuatro tesis, artículos o blogs. Se necesitan años de implicación para que estas ideas cobren forma.


6 respuestas a “Altas Capacidades: identificación tardía en adultos

  1. El mundo complejo de las AACC es mucho más complejo cuando se trata de identificación tardía en los adultos. Lo dijo por experiencia propia. Para los padres y madres de niños AACC, hay un intenso camino por recorrer, minado de contradicciones con los sistemas sociales, educativos y de salud, con sus propios paradigmas de paternidad-infancia. Para los adultos recientemente identificados, sobreviene un aluvión de desencuentros, consigo mismo y su balance de logros o fracasos personales, con el autoestima -que no sale ilesa de la incomprensión familiar y social-, con la impronta familiar que es un rasgo definitorio. Claro, obviamente, cada caso es propio a su proceso personal, aunque existan rasgos comunes. Es decir, no todos los adultos no identificados, en el término exacto, fueron sujetos de negligencia familiar o escolar, algunos probablemente tuvieron el soporte o protección del entorno que -aún sin saberlo con exactitud- fue capaz de valorar y potenciar la diferencia. Otros no tuvieron tanta suerte.
    Lo que es un hecho es que, más allá de la impronta, la identificación y más que saberlo, entenderlo, es tan deslumbrante y necesaria como tener un nombre.
    Gracias!

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  2. Recientemente he vivido ese proceso de sospecha en los adultos que comentas, pero a pesar de poder llevarme un posible decepción he acabado confirmando mis sospechas de manera profesional.

    Me ha encantado tu post y la manera tan natural y clara de expresarte

    Saludos

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