Covid-19. La pandemia de la radicalidad

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Un enemigo invisible amenaza, sin distinciones, nuestra salud y nuestra economía. La mayoría lo tiene claro, solo unos pocos no lo tienen y ahí los vemos, saltándose a la torera todas las directrices. Porque yo lo valgo.

Una de las frases que mejor resumen el narcisismo es “a mí nadie me dice lo que tengo que hacer”. Ni siquiera tu propio sentido común, si no lo tienes atrofiado.

Sin embargo, otro enemigo invisible amenaza nuestro pensamiento y, en consecuencia, nuestras opiniones: la radicalidad, en su sentido de extremismo e intransigencia. El blanco o el negro. El conmigo o contra mí. El bueno o el malo. El listo o el tonto. El experto o el inútil. El salvador o el asesino.

La radicalidad es un virus que se contagia rápidamente en momentos de zozobra, cuando las dudas silencian las opiniones de la mayoría. El campo de la incertidumbre es el terreno abonado para este tipo de contagio. Además, tiene la ventaja de que se siembra una pequeña semilla y simplemente hay que esperar a que dé sus frutos.

Hemos cumplido un mes de confinamiento y la evolución de la pandemia de la radicalidad es muy similar a la del coronavirus. Con la diferencia de que nadie ha decretado un confinamiento mental para protegerse de la misma. Campa a sus anchas, contaminando todo a su paso, creando un caldo de cultivo apropiado para que estalle en cualquier momento.

Cada día se nota con mayor nitidez sus síntomas, especialmente en las redes sociales. Los elementos más radicales están consiguiendo que más personas utilicen los mismos adjetivos calificativos hacia “los que están contra mi -idea-.

Así, si defiendes la gestión del gobierno, tanto si lo haces de manera general o alguna en concreto, eres un “comunista asesino”. Pero es que si te da por criticar, general o específicamente, la labor del gobierno, eres tildado de “facha hijodeputa”. Sin términos medios. Sin paños calientes. Sin sesera.

¿Por qué picamos una y otra vez en el mismo anzuelo? ¿Por qué nos dejamos vencer y convencer por estos elementos que no conciben los matices, el diálogo, el consenso, la relativización, la comparación con otras situaciones, la excepcionalidad del momento? ¿Por qué permitimos que esta pandemia avance sin freno mientras millones de personas intentan hacer algo por minimizar los efectos de la pandemia real, la que afecta a nuestras vidas y nuestros sustentos? ¿Por qué no nos damos cuenta de que así no vamos a poder superar el reto que se nos ha venido encima a todos? ¿Por qué, por una vez y sin que sirva de precedente, no estamos a la altura de las circunstancias? ¿Por qué no utilizamos la cabeza para pensar en lugar de para embestirnos?

La inmensa mayoría no queremos sufrir un doble contagio y tratamos de confinarnos en cuerpo y mente para poder afrontar lo que se avecina. Pero como la dictadura de la radicalidad no nos permite expresar nuestra opinión bajo amenaza del improperio gratuito, preferimos callarnos y aguantar. Sinceramente, pienso que es un error. Hay que hablar más, manifestar nuestra disconformidad con el triunfo del puto ombliguismo del “estás conmigo o estás contra mí”. ¡Basta ya de tanta gilipollez!

Que sí, que hay muchas acciones criticables, que se cometen innumerables errores, que se improvisa constantemente y que esto es un desastre para el que no estamos preparados. Pero de ahí a convertir todo esto en otra puta guerra civil entre bandos irreconciliables media un abismo. El que hay entre la sufrida sensatez y la colérica memez. El que hay entre buscar sin descanso (y esto es importante, CONS-TAN-TE-MEN-TE) soluciones y buscar culpables. En ese abismo hay lugar para criticar honestamente y sin saña lo que se está haciendo, lo que se ha hecho y lo que no se ha hecho. Como hay espacio para defender lo que se está intentando hacer con los medios y las manos disponibles.


4 respuestas a “Covid-19. La pandemia de la radicalidad

  1. Lo que advierten las redes o cloacas sociales como se les nombró…. es la conciencia de la sociedad … que expresa sin tapujos lo que se es detrás de máscara de la “realidad”

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  2. Afortunadamente la España de la calle, la España del “mundo real” no se parece en nada la “España on-line”, la “España de las redes sociales”, España no es twitter. Ese enfrentamiento, esa radicalidad no existe en el supermercado, ni con los vecinos o al menos yo no la detecto en ninguna parte. Hay que alejarse de la cloaca de las redes, que son una proyección del mundo periodístico (en general) y qué decir del mundo político; ambos se retro alimentan y encuentran su eco en las redes.

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