Covid-19. El sesgo de normalidad o por qué tardamos tanto en reaccionar a los desastres

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Vivimos tiempos de difícil digestión. Época que nos está poniendo a prueba como humanos, sin distinción de clases. Y en estos momentos, a pesar de todo, la letanía que más se escucha es «cuando esto acabe…». Runrún que puede inspirar los mejores deseos para ese instante, con bellas palabras como las de José Miguel Redondo (Seles) en su artículo Cuando todo esto termine

Cuando todo esto termine volveremos a brindar, a saltar, a abrazarnos, a contarnos los chistes a la cara y secarnos las lágrimas con manos ajenas desprovistas de guantes. Cuando todo esto termine volveremos a besar otros labios, a correr sin rumbo, a contemplar las maravillas de la naturaleza. Cuando todo esto termine nos esperan horas de juegos, de terrazas en la calle, de sol y la brisa acariciando la piel, de música a deshoras y olor a lavanda. De acunar la mirada con las olas del mar y sumergirnos en el agua fresca sin medir las horas.

Cuando todo esto termine los sueños estarán más cerca. Y habremos aprendido de una experiencia que, de manera inevitable, nos acompañará para siempre.

Nunca se está preparado para vivir algo así. Pero…. ¡Ay cuando todo esto termine!

No podemos evitarlo. El pensamiento nos traslada a la mayoría a ese futuro en el que todo vuelva a la normalidad. Pero, ¿y si no lo que encontramos no se asemeja en nada a lo que entendemos por vida normal? ¿Cómo nos prepararemos para un escenario completamente desconocido? ¿Afrontaremos la realidad o seguiremos proyectando el lógico anhelo de normalidad?

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar, integrar y reaccionar ante los acontecimientos que rompen bruscamente nuestra amada normalidad?

 

El sesgo de normalidad

Laura Ruiz Mitjana describe este sesgo en su artículo Sesgo de la normalidad: qué es y cómo nos afecta: «El sesgo de la normalidad es un sesgo cognitivo que hace que creamos, irracionalmente, que nunca nos ocurrirá nada malo porque nunca nos ha ocurrido. Es decir, que todo siempre será “normal” y nada romperá con esa normalidad. Este sesgo se activa ante situaciones de emergencia o desastres, como veremos a continuación.

Básicamente, las personas con el sesgo de la normalidad manifiestan dificultades (o incluso la incapacidad) para reaccionar a situaciones que no han experimentado nunca antes (las cuales suelen ser traumáticas, peligrosas o de emergencia). Esto se produce porque subestiman la posibilidad de que tal desastre ocurra, y una vez ocurre, subestiman sus posibles efectos.

En otras palabras, sería esa tendencia a creer que todo funcionará como lo hace normalmente, es decir, con la normalidad cotidiana, sin imprevistos. Se estima que alrededor de un 70% de las personas presenta el sesgo de la normalidad en situaciones de emergencia o desastre.»

[…]

«El sesgo de la normalidad puede aparecer en situaciones de emergencia o desastres; pongámonos en situación para entenderlo mejor: imaginemos que nunca hemos vivido nada demasiado traumático, o que no hemos estado nunca expuestos a una situación de emergencia.

¿Qué ocurrirá cuando nos encontramos con una de ellas y manifestemos el sesgo de normalidad? Que probablemente nos costará creer que se trate realmente de una emergencia, y la situación no nos parecerá “real”. Nuestro cerebro habrá activado este sesgo, a través del cuál analizará la situación novedosa y estresante como si no lo fuera realmente, y como si fuera algo normal.

Así, este sesgo puede resultar contraproducente en situaciones de emergencia, ya que si en una situación así, nuestra mente nos hace creer que la emergencia no es real (o que “no hay para tanto”), no pondremos en marcha los recursos necesarios para hacer frente a esta situación, no podremos ayudar y estaremos también en peligro.

En este sentido, pues, el sesgo de normalidad no es muy adaptativo que digamos, ni efectivo para la supervivencia.»

«Así, ante situaciones de emergencia (por ejemplo un incendio, una llamada de auxilio por parte de alguien, un atraco…), si nuestra mente activa el sesgo de la normalidad, subestimaremos esa situación, creyendo que no es tan grave, que no es real o que no conducirá a efectos perjudiciales.

Además, el sesgo de la normalidad impide que nos preparemos (tanto físicamente como mentalmente) ante la posibilidad de sufrir una catástrofe.

Otra de las consecuencias del sesgo de la normalidad, como ya mencionábamos, es la incapacidad para afrontar la situación de forma adaptativa, lo que hace que no pongamos en marcha los recursos necesarios para afrontarla; que no nos movilicemos, no pidamos ayuda, no socorramos, etc.

A través de este sesgo, nuestra mente, inconscientemente, nos está enviando el siguiente mensaje: “si nunca antes ha ocurrido un desastre aquí, ahora no tiene por qué ocurrir”.

Por otro lado, las personas con este sesgo, ante la situación novedosa y/o de peligro, interpretan las señales de aviso que indican tal peligro, de una forma totalmente optimista, restándoles importancia y además, aprovechando cualquier ambigüedad del contexto para entender que la situación “no es tan grave como parece”.

Esto es un error y puede ponernos en peligro; recordemos que los sesgos suelen conllevar un procesamiento inadecuado, inefectivo o irracional de la información, y que acaban originando en nosotros/as juicios o creencias desviadas, erróneas o disfuncionales. Es lo que ocurre también, pues, con el sesgo de la normalidad.»

Este sesgo, además, nos impide tomar en consideración cualquier mensaje que contenga alguna distorsión del campo de la realidad «normal» que se espera tener cuando esto finalice.

Cómo se combate este sesgo

A nivel interno, tomando conciencia realmente de la situación con la que estamos lidiando y con cualquier posible escenario futuro que pueda romper nuestros esquemas mentales previos, aunque resulte doloroso.

A nivel externo, la respuesta puede estructurarse en cuatro fases:

  1. Preparación
  2. Advertencia
  3. Impacto
  4. Consecuencias

Lo primero que podemos hacer es prepararnos para afrontar la situación presente o futura del modo más realista posible. Sin caer en alarmismos o su opuesto, el pasotismo.

Una vez asumida la realidad, recopilar la información objetiva que nos permita seguir el curso de los acontecimientos. Un milagro en los tiempos de bulos y desinformación que sufrimos, pero hay que intentarlo con todas nuestras fuerzas.

Posteriormente nos ponemos manos a la obra, a nivel individual o colectivo. Dejamos atrás las palabras y nos ponemos en marcha, toca hacer más y hablar menos. Los desastres no se palian solos, con rezos, anhelos heróicos o cualquier otro escape irreal que proyectemos en nuestra mente.

Para finalizar, se actúa sobre los efectos de la catástrofe, tratando de recuperar parte de lo perdido. Y replantearse los nuevos escenarios, aprendiendo de la experiencia por si ocurre después algo similar.

La dificultad de anticipar desastres sin información precisa

Ayer hablábamos con nuestros amigos Sara y César. Cómo no, surgió este tema y les recordé cómo ellos sí habían previsto este escenario, mientras nosotros no lo hicimos (caímos en ese sesgo, como la mayoría). Habíamos quedado el día 1 de marzo y ellos, con buen criterio, lo aplazaron. Sinceramente, en ese momento pensamos que exageraban un poco la situación. Pero no era así, se habían informado de fuentes solventes durante semanas y habían decidido confinarse un mes antes de que se decretara el estado de alarma.

Y el caso es que recuerdo haber leído este titular del El Mundo el  día 12 de febrero, un mes antes del decreto, y pensado que algo raro estaba pasando para que se cancelara, pero fue algo fugaz, sin solidez: El Mobile World Congress de Barcelona, cancelado por el coronavirus.  Ahí ya se vislumbraban cosas: «Desde la Organización Mundial de la Salud (OMS) se ha elevado el tono en las últimas horas, al describir el coronavirus como «una amenaza muy grave» «el enemigo público número 1 de la Humanidad«.»

A pesar de ello, confiamos más en lo que se iba publicando oficialmente que en la intuición o en quienes se habían informado con mayor profundidad. No pasa nada, caímos como la inmensa mayoría en ese sesgo. Por suerte, una vez dentro de la sacudida, nuestras experiencias previas de roturas completas de esquemas mentales nos están sirviendo de ayuda. Las dificultades vividas y superadas suelen ser buenas herramientas de gestión emocional aunque la situación actual no tenga parangón alguno con lo previo, más allá de la abstracta «pérdida» que supone y supondrá. Algo para lo que hay que prepararse más pronto que tarde. Las medidas que se están poniendo en marcha contienen información subliminal contradictoria. Por un lado, se nos dice que esto es temporal y pronto se volverá a la normalidad; por otro lado, las insinuaciones nos hablan de que el tiempo se dilatará ostensiblemente y las estructuras que creíamos fijas están en fase de resquebrajo, empezando por la economía, las relaciones sociales, las comunicaciones y todos los entornos «normales» que conocemos. Por eso ahora toca tomar conciencia y prepararse para lo que viene, aunque la poesía nos ayude a endulzar la espera. Afortunadamente, la inmensa mayoría de la población ha disipado el sesgo de normalidad en el presente, cumpliendo a rajatabla con las medidas de confinamiento. Queda por tanto trabajar ese sesgo de cara al futuro. Esto supondrá un reto quizás mayor y mostrará las hechuras de nuestra conciencia, tanto a nivel individual como colectivo.

Para finalizar, el profesor Sergio A. Henao del Grupo de Normas, Conducta, Cognición y Cambio Social del programa de Filosofía de la Universidad el Bosque nos lo explica en este vídeo, invitando a generar conciencia sobre el Covid-19


2 respuestas a “Covid-19. El sesgo de normalidad o por qué tardamos tanto en reaccionar a los desastres

  1. Estamos pagando las consecuencias de un «sesgo de la normalidad» que la población en general ha tenido, debido a una desinformación completa por parte de quienes tenían la responsabilidad de facilitarla, porque ya tenían datos para poderlo hacer y no quisieron: El Gobierno. Y este doble lenguaje,desastrosa gestión, poca claridad, chivos expiatorios de bulos y echar responsabilidades fuera, es lo que está alimentando toda la incertidumbre, para en cuanto a la crisis sanitaria nos dirigimos. De lo que no hay que ser ningún Nostradamus, es que la crisis económica va a rebajar nuestro nivel de vida de forma sustancial y se tardará mucho tiempo en recuperar los niveles que hemos tenido, y todo ello, agravado por las decisiones de la gente que dice «gobernarnos».

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