El lado oscuro de la normalización social

Clavo

Ahora que se ha puesto de moda en España la expresión de nueva normalidad (del inglés new normal), aplicada en origen a la economía y las finanzas, como un escenario inédito en el que nos encontraremos tras pasar todas las fases de la desescalada (del inglés de-escalate), con un mayor distanciamiento social y unas medidas de seguridad sanitarias diferentes a todo lo conocido, es buen momento para reflexionar sobre uno de los significados de la normalización: la acción que promueve el establecimiento de la normalidad.

Para afinar el análisis, tomemos algunos de los sentidos que toma el adjetivo normal en nuestro idioma:

  1. Cosa que se halla en su estado natural
  2. Algo habitual u ordinario
  3. Elemento que sirve de norma o regla
  4. Objeto o situación que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a determinadas normas fijadas de antemano

En principio, estos sentidos no contienen en sí mismos peligrosidad alguna. Por ejemplo, es normal que un organismo esté saludable y lo anormal es estar enfermo, salvo casos puntuales de enfermedades crónicas que cambian el sentido de lo que es normal. Nos basamos en la habitualidad para considerar que ese es su estado natural. También nos sirve para establecer una norma y para comprobar si esta cosa o situación se ajusta a la misma. A través de la observación de la realidad natural establecemos lo que es normal, esperable o deseable. De ese modo, la normalización sana consistiría grosso modo en restablecer los parámetros naturales temporalmente perdidos: si estás enfermo, restablecer la salud.

Pero como suele pasar en todo fenómeno natural, cuando se sobrepasan determinados límites lo sano se vuelve insano. Por ejemplo, si tenemos una estufa entre los pies y la temperatura es adecuada, sentimos un agradable calor. Pero a medida que sube la temperatura la sensación varía, llegando un momento en que ese calorcito se convierte en quemazón.

En el caso concreto de la normalización, analizaré dos manifestaciones insanas, tanto a nivel individual como a nivel social: i) la normalización como degradación y ii) la presión social normalizante.

La normalización como degradación

No descubro nada nuevo si afirmo que padecemos el síndrome de la rana hervida, fenómeno social que describe cómo las personas vamos aceptando situaciones cada vez más degradantes siempre que esas condiciones vayan introduciéndose de modo gradual. Este fenómeno no se ciñe a un ámbito concreto sino que es transversal. Puede producirse tanto en la esfera privada como en la pública, en el entorno laboral o en el familiar. Tiene relación con una sutil manifestación de conformidad, de normalización de situaciones previamente impensables o inaceptables.

Reflexiones del síndrome de la rana hervida

Por ejemplo, hace años era impensable que algunos padres o alumnos trataran con falta de respecto al profesorado. Sin embargo hoy día está más normalizada esa situación. Son los efectos normales del incremento de derechos y la reducción de responsabilidades que van interiorizando las nuevas generaciones como algo natural. También podemos ver normalizaciones por degradación en asuntos de violencia (p.e. acoso escolar), solidaridad, comunicación, relaciones personales, salud mental, etc.

La política económica no se libra de este efecto pernicioso de la normalización por degradación. Hace décadas, antes de la entrada de España en la zona euro, habrían sido inaceptables las condiciones de precarización (sueldos casi congelados con fuertes subidas de los gastos corrientes en la mayoría de familias, contratos a tiempo parcial, inestabilidad del mercado laboral, etc) y polarización de riquezas que hemos sufrido desde entonces:

Sin embargo hoy día la consideramos normal, inevitable y algunos hasta deseable.

Podría seguir poniendo ejemplos de normalización por degradación, pero creo que se entiende bien con estos dos tipos.

El martillo pilón de la normalidad

Abraham Maslow escribió en 1966 (The Psychology of Science) una de las frases más recordadas, la que dio nombre a su famoso Martillo de Maslow:

“I remember seeing an elaborate and complicated automatic washing machine for automobiles that did a beautiful job of washing them. But it could do only that, and everything else that got into its clutches was treated as if it were an automobile to be washed. I suppose it is tempting, if the only tool you have is a hammer, to treat everything as if it were a nail.”

Supongo que es tentador, si la única herramienta que tienes es un martillo, tratarlo todo como si fuera un clavo.

Posteriormente se parafraseó y quedó así:

Abraham Maslow: Si tu única herramienta es un martillo, tiendes a ...

Aunque esa metáfora critica determinadas metodologías científicas que tuvieron enorme éxito tratando objetos inanimados pero escaso afrontando los animados, con el tiempo se amplió su horizonte hacia cualquier herramienta, tecnología, paradigma o similar, ensalzadas de manera exagerada, que afirman resolver múltiples problemas, incluso aquellos para los que no resultan adecuadas. Lo que se conoce como Martillo de Oro.

Aplicándola a esta reflexión, la normalidad asumida por la sociedad sería ese martillo y los seres humanos serían esos clavos aparentes a los que hay que golpear para que se ajusten al patrón.

En educación se la conoce como normalizar y gráficamente podría simplificarse con esta imagen:

Educación VENTURA a Twitter: "La #educación no debe moldear a los ...

En muchos empresas el martillo son las costumbres laborales consolidadas que pueden dar al traste con cualquier intento de mejora por parte de alguno de sus trabajadores. Este martilleo se puede producir tanto en las relaciones jefe-empleado como entre los propios compañeros, de manera que se desalientan las ideas que se salen de la norma, llegando a padecer algunos de los síntomas del síndrome de Solomon:

  • Les cuesta expresar sus opiniones y si lo hacen, es en conformidad con las opiniones de sus compañeros.
  • Su autoestima es baja porque son inseguros y no tienen confianza en sus habilidades.
  • Dependen de la aprobación de los demás, para efectuar alguna labor.
  • Evitan tomar decisiones importantes.
  • Siempre están en el  anonimato y pasan desapercibidos la mayoría del tiempo.
  • Son tímidos y se dejan influenciar por los demás.
  • Sobrevaloran a las demás personas.
  • Evaden sobresalir y ser diferentes a las personas del grupo.

En un artículo de El País titulado La envidia y el síndrome de Sólomon leemos esta reflexión: “El síndrome de Solomon pone de manifiesto el lado oscuro de nuestra condición humana. Por una parte, revela nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, creyendo que nuestro valor como personas depende de lo mucho o lo poco que la gente nos valore. Y por otra, constata una verdad incómoda: que seguimos formando parte de una sociedad en la que se tiende a condenar el talento y el éxito ajenos. Aunque nadie hable de ello, en un plano más profundo está mal visto que nos vayan bien las cosas. Y más ahora, en plena crisis económica, con la precaria situación que padecen millones de ciudadanos.

Detrás de este tipo de conductas se esconde un virus tan escurridizo como letal, que no solo nos enferma, sino que paraliza el progreso de la sociedad: la envidia.”

Pero el martillo no solo se alimenta de envidias sino también de odios indisimulados hacia quienes sobresalen en cualquier ámbito, ya sea por personalidad, aspecto físico, inteligencia, ideales, habilidades o conocimientos… Aquí no se salva ni el apuntador. Este patrón se conoce como el Síndrome de la amapola alta: detestar al que destaca.

Esta modalidad de normalización por la presión social hacia la conformidad produce efectos muy nocivos tanto en los individuos como en la sociedad misma. Sin embargo, tiene un carácter casi invisible porque generalmente caemos en el error de atribución que nos dicta (otra normalización insana) que los factores individuales tienen mayor peso que los factores situacionales. A pesar de los numerosos estudios de la psicología social sobre el comportamiento gregario humano que desmontan esa idea, seguimos negando su potente influencia en nuestras vidas.

Los efectos insanos sociales se cristalizan en una creciente mediocrización social donde se penaliza todo lo que se salga de la norma (por arriba o por abajo, por un lado o por el otro, etc). Norma no escrita pero igualmente influyente. En unos entornos sociales cada vez más cerrados y autorreferenciales (la plaga de sectarismo en las cámaras de eco), la presión grupal contra toda idea, opinión o ‘aspecto’ diferente a lo ‘deseable’ o ‘esperable’ en esos entornos aumenta sin parar, hasta lograr lo que Byung Chul-Hang llamó La expulsión de lo distinto. El resultado es dicotómico: conformidad -aceptación social- o proscripción -exclusión social-. Aterrador pero real.

Los efectos insalubres individuales se concretan en la alienación, en el alejamiento de lo que somos por miedo a la exclusión que nos condene a la soledad no deseada. También en la debilitación de nuestra identidad por la privatización de nuestros sufrimientos y miedos, impidiendo su socialización y, en consecuencia, politización. Para anestesiarnos de esta situación nos ceban con toneladas de entretenimientos que no dejan rendijas para algo tan saludable como el aburrimiento creativo y crítico. Sin tiempo de calidad para pensar -o incluso para respirar-, transitamos aceleradamente por nuestras vidas sin capacidad para reaccionar ante este atropello, pergeñado a fuego lento para normalizarlo con naturalidad.

Por fortuna, siempre existe la posibilidad de que aparezca un cisne negro que nos permita abrir los ojos y darnos cuenta de hacia dónde vamos como pollos sin cabeza. Esta pandemia es una pausa milagrosa que algunos han aprovechado para poner en orden lo que estaba desorganizado. No todos, no la mayoría que sigue bramando por su adicción normalizada, no suficientes para producir cambios de calado, pero sí algunos. Pero como comentó el último gran político tristemente fallecido, Julio Anguita, en uno de sus últimos mensajes a los jóvenes de hoy, las nuevas generaciones están criadas entre algodones, no están acostumbradas a la lucha. No obstante, son los únicos que pueden revertir esta situación. Y la esperanza es lo último que se pierde.


2 respuestas a “El lado oscuro de la normalización social

  1. Mira, estoy tan de acuerdo que he soltado la lágrima al final, con lo de la esperanza. Tengo que decirte que esta pandemia (haya sido creada adrede o no, eso da igual) es un quiebre que separa más claramente aun de lo que ya estaban muchísimas cosas. Esta pandemia es Morfeo, que viene a ofrecernos la pastilla roja.

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