El valor de la autocrítica

self-knowledge-2817857_1920

La RAE define al verbo criticar, en un sentido general y sin connotaciones, como la acción de analizar pormenorizadamente algo y valorarlo según criterios propios, de la materia que se trate. También lo define, en un sentido más específico y cargado de connotaciones negativas, como el acto de hablar mal de alguien o de algo, o señalar un defecto o unas tachas suyas. Se desprende fácilmente que la acción de criticar puede transitar por un continuo que va desde la crítica constructiva a la crítica destructiva pasando por la crítica neutra.

Sin embargo, la inmensa mayoría de nosotros ha adoptado la segunda acepción como la única válida y criticar ha quedado marcada como una acción intrínsecamente perversa, destructiva o inútil, que no busca otra cosa que la desacreditación de lo criticado.

Para salir del cerco de esa polarización negativa del acto haremos un pequeño recorrido que nos permitirá poner en valor la crítica sana y constructiva, de modo que aprendamos a valorar los beneficios de activar el mecanismo de la autocrítica en su justa medida.

Todos somos conscientes de que criticar algo o a alguien es un ejercicio que no compromete nuestra identidad, nuestras estructura cognitiva o, en menor medida, nuestras ideas. No incomoda del mismo modo que cuando lo hacemos hacia adentro. Por lo tanto, la comodidad nos lleva a practicar preponderantemente la crítica y ejercer infrecuentemente la autocrítica, salvo contadas excepciones.

Diferencia entre crítica constructiva y destructiva

Para calentar motores tomo un texto de Ana Couñago en el que describe con sencillas palabras esta diferencia:

Para poder diferenciar entre la crítica constructiva y la destructiva, hay que fijarse en tres factores:

  • La intención y la actitud del emisor
  • El modo de formular el mensaje
  • Las palabras que se utilizan

De forma que, realizar una crítica constructiva tiene como objetivo principal resolver un problema o ayudar a las personas a mejorar. En cambio, la crítica destructiva tiene como única finalidad hacer daño y herir a la persona criticada.

En líneas generales, la crítica constructiva se caracteriza por una serie de aspectos, entre ellos cabría mencionar los siguientes:

  • Se transmite con educación, asertividad y respeto.
  • Es recíproca.
  • Promueve una comunicación positiva.
  • Potencia las habilidades sociales.
  • Refuerza las relaciones y la confianza.
  • Fomenta el desarrollo personal.
  • Evita los conflictos.
  • Favorece la empatía.
  • Reduce el estrés y la ansiedad.

Nada que ver con su polo opuesto. Por otro lado, la crítica destructiva se caracteriza por los siguientes matices:

  • Se transmite con agresividad, apatía y resentimiento.
  • Resalta aspectos negativos.
  • Destruye las relaciones interpersonales.
  • Dificulta el desarrollo personal.
  • Causa conflictos.

Cultivar la sana autocrítica

Es obvio que la forma de tu crítica hacia los demás habla más de ti que de ellos. Por eso se suele recomendar que para aprender a realizar críticas constructivas lo primero es ensayar con uno mismo. Cuando adquieres la habilidad de criticarte sanamente es mucho más sencillo que proyectes críticas constructivas en los demás. Algunas personas lo percibirán y agradecerán, mientras otras lo rechazarán de plano.

La autocrítica es un instrumento que puede afectar a sus «primos hermanos»: autoestima, autoimagen, autoconcepto, autocuidado, autocontrol, autoexamen, etc. Por eso hay que usarla con la debida atención, en su justa medida. Y su virtud (máximo potencial, sin condicionamientos morales) estará en el término medio, como es lógico esperar. Tan insana es la autocrítica feroz como la ausencia de autocrítica. Ajustar el mecanismo te permitirá evolucionar en aquellos aspectos donde mejor funcione. Vigilar especialmente el grado de perfeccionismo que practiquemos porque cuando es excesivo tiende a cargar las tintas demasiado y puede derivar en una autocrítica insana.

Aquí comparto otro sencillo texto donde se dan ideas para practicarla de manera positiva:

Hay una serie de actitudes sanas con las que puedes evaluar tu comportamiento de una manera provechosa, sin necesidad de sentirte mal contigo mismo.

Entre ellas, podemos apuntar las siguientes:

1. Critica comportamientos específicos que puedas cambiar

Para que no suene a sermón, permite que me ponga en el lugar hacia donde apunta el dedo.

Haciendo autocrítica, no tiene sentido que yo me culpe por aprender de manera más lenta que otras personas; por ser mayor; por mi estatura, ni por cualquier otro aspecto de mi persona.

La autocrítica constructiva, más que en rasgos, se centra en comportamientos. Concretamente, en acciones en las que sí hay margen de mejora.

Puedo criticarme por haberme quedado viendo la tele por la tarde, en lugar de haber estado estudiando. Y, a partir de ahí, proponerme un cambio: “Hoy voy a ver la tele después de terminar con esto.”

Puedo criticarme por haber perdido los estribos en una discusión. Y, después, ver la manera de arreglarlo (pidiendo disculpas, por ejemplo) o para evitarlo en lo sucesivo (contando hasta diez antes de dejarme llevar por el coraje).

Pero criticarme por lo que no puedo cambiar de mí misma, ¿qué utilidad tiene?

2. Asume tu parte de responsabilidad en las circunstancias

Como escribí en una entrada sobre la responsabilidad, yo no tengo la culpa de desconcentrarme si, cuando estoy trabajando, la vecina pone la música a todo volumen.

No puedo criticarme a mí misma por no haber podido prever o controlar eso. Pero tampoco puedo usarlo como una excusa para dejar de trabajar en cuanto ponga la música alta la próxima vez.

Lo que sí puedo hacer es prever una alternativa para cuando vuelva a ocurrir. Por ejemplo, trabajar en otra habitación.

Hay circunstancias externas que nos empujan en una dirección o en otra, como la presión social, por ejemplo.

No podemos evitar que nos afecten. Pero tampoco podemos quedarnos totalmente a su merced, cuando tenemos el poder de tomar otras decisiones. Somos responsables de hacerlo. Y asumir esa responsabilidad es positivo para la autoestima.

3. Observa las consecuencias de tus acciones en los demás

Hay errores que no afectan solo a quien los comete. Si yo me equivoco en un informe en el trabajo o te tengo una mala contestación, hay más personas involucradas.

Una manera de usar la autocrítica de manera muy positiva es cambiar el foco de atención.

En lugar de fijarme solo en mí, en mi error y en mi posibilidad de mejora, puedo orientar esa atención hacia la gente que me importa: Me equivoqué. Ahora, ¿qué puedo hacer por esta persona?

Así, además de aprender y mejorar (que es para lo que sirve la autocrítica), estoy cultivando buenas relaciones. Es un giro muy beneficioso, según las investigaciones.

4. Sé un amigo para ti mismo

La mayoría tenemos partes de nosotros que no nos gustan, tomamos decisiones espantosas y cometemos errores de todos los colores.

Para evitar que la crítica se convierta en un instrumento que te suma en la culpa y la vergüenza, has de aceptar que, pese a todas las equivocaciones y defectos, eres una persona valiosa.

Un buen amigo te diría: Sí, la has pifiado totalmente, pero tú puedes salir de ahí y hacerlo mejor. Y yo estaré a tu lado para ayudarte.

Esa es la diferencia entre juzgarte a ti mismo como lo haría un tribunal de la Inquisición o como una persona que te respeta y que te quiere: un amigo.

Lo segundo es mucho más saludable.

Para finalizar, os dejo un video corto en el que se explica con sencillas palabras el valor de la autocrítica sana.


Gracias por su comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.