Reconciliarse con uno mismo

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Ningún hombre puede sentirse cómodo sin tener su propia aprobación

-Mark Twain-

Perdonar es soltar. Pero soltar de verdad, dejando ir lo que nos pesa. Dejándolo real y completamente, con todas sus consecuencias.

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A veces pensamos que dejamos ir porque nos alejamos del foco del dolor, pero eso es autoengaño. Cuando te vas de viaje tu realidad cotidiana se aleja, pero al finalizar vuelves y todo continúa igual.

Perdonar no es olvidar. El olvido puede hacerte repetir la misma situación que te dañó, o una similar. “No sé qué me pasa, que soy un desgraciado en el amor, siempre elijo a la persona que me daña, que me engaña, que no me respeta”. No es necesario olvidar. Es más importante aprender de la experiencia para no repetir errores. Hay que arriesgarse a cometer errores nuevos.

Si quieres volar, no puedes mantener en la mente tanta carga. Hay que soltar lastre para elevarse. No es fácil. Al contrario, es un ejercicio tremendamente complicado, sobre todo si hay rutinas que ya tenías asimiladas y ves que, de repente, ya no están. Tu mente tiende la trampa y nosotros hacemos el resto. Le damos vidilla pensando en ese pasado mejor que ya no volverá o que costará reconquistar.

No sé por qué motivos esta sociedad es tan poco dada al perdón, a soltar. Intuyo que tiene mucho que ver con esa obsesión interiorizada por “poseer” que nos enseñan desde pequeños. La propiedad es casi un vínculo sagrado con nuestro mejor yo, creándonos una enorme carga de ansiedad por lograr “posesiones” de todo tipo durante nuestra existencia para agrandarlo. Asociamos falazmente poseer con poder. Algo ridículo, porque eres más libre (y “rico”) cuanto menos deseas tener. No hemos nacido asociados a posesiones, a derechos, a cosas materiales o “cosas” humanas que satisfagan nuestros caprichos (no confundir con nuestras necesidades reales). Pero nos enseñan que ese es nuestro yo ideal, y todo lo que se aleje de eso te convierte en perdedor. La abracadabrante cultura del looser vs winner, como si la victoria no viniera precedida de muchísimas derrotas.

Pedro Delgado, uno de nuestros ciclistas favoritos en la época previa al apabullante domino de Miguel Indurain, lo dejó claro en esta reflexión:

‘Estamos enseñando a GANAR, cuando deberíamos enseñar a PERDER. Porque, sencillamente, ocurre más. Yo corrí 11 TOURS y solo gané uno. 

El deportista a lo que está acostumbrado es a convivir con la derrota. Pero estamos creando una sociedad de iconos victoriosos y nos olvidamos de la cantidad de trabajo y de derrotas que son necesarias para lograr una sola victoria. La de veces que antes de ser primero, has sido segundo, tercero, último o has abandonado.

Ganar es el objetivo, pero no es lo que define al deportista. Lo que le define es todo el trabajo que hace para intentar ganar. Lo logre o no. 

Cuando yo era segundo o tercero en el Tour, se vivía como un auténtico éxito. Ahora eres segundo y te dicen que sí, que bien, pero que has perdido. Me da pena que estemos creando una sociedad donde solo vale ser el número 1′. 

Imaginaos lo que tiene que ser para alguien “de ahora” saberse incapaz de gestionar las derrotas, integrándolas como algo natural y sano para avanzar. Incapaces de soltar lastre, de perdonarse a sí mismos el fracaso, conviviendo con él como parte necesaria de su aprendizaje vital. Criaturas con escasa o nula tolerancia a la frustración, producto de una educación completamente equivocada que les enseñó que solo tenían derechos y que solo valían las victorias, costaran lo que costaran, y se llevaran por delante lo que se llevaran. La hiperprotección nos hace seres muy débiles y manipulables, víctimas propicias de cualquier tipo de ideología donde no se asume jamás una duda, una derrota o una negociación como algo sano.

Con esta carga es muy difícil perdonar a otros sus afrentas (reales o imaginadas). Cuantos más derechos imaginemos tener, más daño potencial vamos a recibir. Nos volveremos completamente susceptibles y no permitiremos fallos ajenos. Ni propios. El enorme ejército de ofendiditos es uno de los síntomas de una sociedad enferma de egoísmo, de individualismo pueril que se aísla de los demás y de la propia realidad. Incapaz de perdonar a otros y, sobre todo, a sí mismos.

Es tremendamente dolorosa esta realidad porque la hemos normalizado y todo el que se atreve a señalarla es tildado de loco: la realidad se impone. Sí, pero es una realidad enfermiza. O, mejor dicho, enfermante. Nos impide sanar y nos mantiene atados a esta desquiciada rueda que cada día se mueve más rápido hacia ningún lugar.

Por todo lo anterior, hoy se hace más necesario que nunca reconciliarse con uno mismo. Es el principio de todo. Muchas veces ni siquiera nos miramos, nos limitamos a compararnos con un ideal mental inexistente. Y tenemos que aprender a hacerlo. Vernos al completo, con nuestras virtudes y defectos, con nuestras fortalezas y debilidades. Las que nos definen y nos hacen ser lo que realmente somos. No lo que otros piensan que somos. No lo que nosotros, sobrecargados de idealizaciones impostadas, pensamos que somos.

Perdonar es soltar. Perdonar es aligerar. Perdonar es ganar paz interior, salud. Porque cuando te perdonas y sueltas lastre liberas energía. Y el resultado lógico es que eres más fuerte. Aunque caigas mil veces.

caer mil veces


6 respuestas a “Reconciliarse con uno mismo

  1. Tiempo sin ver tu blog Jose Luis, por dificultades técnicas, pero siempre es un placer volver, leer, comentar y sobre todo reflexionar.
    A pesar de lo que dices, en las redes continuamente surgen todo tipo de invocaciones al perdón. Perdonar a todos, como si fuera un comodín, lleno además de poderes metafísicos o de indulgencia (y autoindulgencia) y como sucede con una palabra cuando la repites sin cesar, pierde sustancia. Entonces, cómo construir una relación saludable con el perdón cuando pareciera que éste atropella a la justicia? Cómo “reparto” perdones, cuando el agresor -incluso cuando somos nosotr@s mism@s- ni siquiera reconocemos la herida que hemos causado? Se hace un desafío que nos confronta. A mi me confronta. No soy dada a perdonar a quien no ha admitido su falla, a quién aún sabiendo su acción, no tiene la humildad para decir: lo hice, lo siento, me perdonas?… Entonces esto me ha ido llevando a una reflexión más profunda:… Y si al otro no le importa mi perdón, entonces para qué sirve?… Pues bien, sirve para mí. Pero no es una barajita. Es un proceso.
    Si alguien falló y pide perdón, puede tenerlo, pero no necesariamente olvidar. Si no me han pedido perdón, entonces quiza el perdón es para mi misma, por el poder que di a otro; y cuando voy por mí, por uno o una misma, debo dialogar: por qué me pido perdón? Y cómo enderezo eso que dañe?…
    Entonces si soy capaz de reflexionar y afrontar mi herida, entonces el perdón, sin importar al agresor, me sirvió para soltar, para crecer…
    Pero como dices, necesita trabajo… Aunque si que vale la pena.
    Abrazo

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    1. Gracias Carlita por tu reflexión.

      Con este texto pretendo abrir un melón generalmente indigesto, porque asociamos el perdón no solo al daño sino al agente que lo causó. Y ahí es dónde radica la dificultad de gestionarlo, porque daños recibimos constantemente y no lo “guardamos” en nuestro saquito.

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  2. Preciosa entrada; enhorabuena. La necesidad de dejar atrás las vivencias que nos perjudican por lo que tiene de negativo es innegable. Y lo es aún más a medida que se cumplen años. De lo contrario, es como un lastre que se acumula y hace más pesado el trayecto. Viajemos ligeros de equipaje, como dijo el poeta; sobre todo de equipaje que, lejos de enriquecernos, nos empobrece y llena de culpa y resentimiento.

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