Sobre las discrepancias

La discrepancia racional puede acercarnos al diálogo ya que fija su atención en las ideas.

La discrepancia emocional puede acercarnos al conflicto ya que fija su atención en las personas.

La posibilidad no es sinónimo de necesidad o de obligación, ya que se trata de indicios de hacia dónde puede derivar ese desacuerdo.

Lo cierto es que cuando confundimos las ideas con las personas en la esfera abstracta o los pensamientos con los sentimientos en la esfera concreta ponemos sobre la mesa más componentes emocionales que racionales. Y en ese escenario es materialmente imposible dialogar. Se puede discutir o, si ampliamos el arco de discrepancia emocional, pelearnos.

En mi experiencia personal me he encontrado muchísimos más escenarios donde dominaba la discrepancia emocional que la racional. Donde el ego incomodado actúa de modo irracional, ampliando inconscientemente la distancia sana provocada por la discrepancia racional hasta quebrar su resistencia. El resultado suele ser desolador: en lugar de acercar posturas las aleja definitivamente.

Como es lo más frecuente, lo normalizamos y las opciones de llegar a acuerdos se reducen drásticamente. Las discrepancias emocionales los convierten en “derrotas personales” y eso el ego no lo suele consentir. Es más, a los pocos que abogamos por el diálogo, por intentar alcanzar acuerdos o acercar posturas, nos suelen considerar “blandos”, “confundidos” o “aborregados”, términos cargados de dolorosa emocionalidad mal gestionada.

En situaciones de conflicto abierto siempre tenemos las de perder porque no estamos en ningún bando ya que tratamos de analizar las situaciones a través de la razón y no de los cojones o el coño. Cada bando se considera parte de la solución, única, por descontado, y los que no ejercemos de forofos pasamos de inmediato a ser considerados parte del problema.

Ahora vivimos de lleno esa espiral y parece que no somos capaces de salir de ese círculo vicioso. Queremos encontrar soluciones claras en medio del barro de un conflicto soterrado que llevamos arrastrando demasiado tiempo. Así es imposible. El tiempo pasa mientras nos preguntamos por qué estamos así, por qué a pesar de los esfuerzos no salimos de estas aguas movedizas. Y no encontramos respuestas porque no buscamos en el lugar adecuado.

La emoción desbordada nos ciega, secuestra nuestra capacidad de discernimiento. La naturaleza de las emociones es como la del fuego, que en intensidad moderada calienta y en alta intensidad quema. Pero no queremos o no sabemos verlo.


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