El tren de la vida

La vida en ocasiones se asemeja a un tren en marcha. En ciertos momentos te lleva en volandas, en otros se te escapa sin remedio y en el resto de instantes te arrolla si te pones por delante con la intención de frenarla.

En esta analogía podemos encontrar dos procesos interesantes. Por un lado, la resiliencia, que sería la capacidad para ganar fuerza tras cada atropello vital.

Por otro lado, la serendipia, que sería la habilidad de coger trenes en marcha incluso cuando la vista está rastreando otras cosas.

Esta última depende mucho más de la conciencia (apertura del claro del bosque) y de la consciencia (luz que ilumina ese claro) que de la inteligencia (gestión del claro/frondoso y de la luz/oscuridad).

Transita en la zona conocida como intuición en su sentido originario (similar al insight en inglés) no en el actual (máxima velocidad de procesamiento).

Este paisaje es el que permite avanzar hacia zonas de desarrollo próximo (estadios o niveles) y el que nos permite vislumbrar soluciones imprevistas (creatividad) a situaciones sobre las que conscientemente no tenemos respuesta.

En resumen, que aunque la inteligencia es muy útil bien usada, la conciencia y la consciencia son mucho más importantes en nuestra evolución. Nos ayuda a enfrentarnos mejor al tren de la vida.


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