Gabriel Finnegan: “Ahora el del espejo soy yo”

Por acción u omisión, somos nuestros padres

Esa frase la tiro cuando me pega de psicólogo amateur, filósofo de cabotaje o en la charla trasnochada con algún amigo.

¿Y de donde viene ? Desde donde me sale decir algo así? Pues tengo casi medio siglo en mis espaldas, así que deben ser experiencias de vida, propias y ajenas. Lo que vi y lo que viví, lo propio y lo ajeno.

Vos, ¿cuántas veces te viste repitiendo un gesto? ¿Cuántas otras tantas te dijiste “En eso no quiero ser igual”? ¿A quién te parecés en el espejo?

Consciente o inconscientemente, los caminos que hicieron nuestros viejos se presentan como senderos a recorrer, o a esquivar.

¡Vamos! Que si hasta sus ausencias nos hacen elegir caminos. Si tenemos suerte, algo aprenderemos de esas experiencias ajenas, pero a la vez propias.

Como dije, no mucho mas que reflexiones de cabotaje. Pero…(siempre hay peros), ¿qué nos pasa cuando se da vuelta? ¿Qué pasa cuando el camino lo marcan tus hijos?

Si no me conocés, te cuento que soy papá de dos niños con altas capacidades, y desde que lo supe, he intentado difundir, con dispar resultado, acerca de la temática y la problemática asociadas a la no atención de las características particulares de los alumnos de este colectivo.

En el momento mismo en que tuve el diagnostico de mi hijo mayor, tomé conciencia de que él seguía siendo el mismo, pero que ya no podía ser el mismo papá. Ahí fue cuando empecé a andar por caminos nuevos. Empecé a juntarme con otras familias, con docentes, con profesionales, con políticos. Leí. Fui a charlas. Vi horas y horas de jornadas. Empecé a aprender.

Con el tiempo, pude ver también lo que pasa con los adultos con altas capacidades que no han sido diagnosticados de chicos, e inclusive detectar amigos míos de hace muchos muchos años, que a las claras tenían altas capacidades y habían pasado por toda la problemática en su infancia. Casos de manual.

Pude hablarlo con ellos. Pude contarles de este paradigma que los comprendía y quizás, espero, acercarles alguna respuesta, o haberles creado dudas nuevas, igual o mas válidas que esas respuestas. Y desde el mas sincero cariño, los llamo mis amigos rotos.

Ahora bien, ¿qué pasó con mis espejos ahora que el norte lo ponían mis hijos? ¿A dónde me llevaron estos caminos nuevos marcados por las pequeñas pisadas de mis hijos gigantes? ¿Qué cosas hago igual?¿Qué cosas ya no hago? ¿A quién me trae el espejo? Resultó que a partir de un momento mi espejo se llenó de imágenes nuevas. Y volvieron imagenes viejas. Y la gente que me quiere me dijo “Vos sos igual”. Y mis viejos me dijeron “Vos hacías lo mismo”. Y en un momento me dije “Es ahora”.

Hace dos meses, después de una crisis personal, decidí hacerme una evaluación en altas capacidades y hace pocos días me dieron el resultado: soy un adulto superdotado. Ahora puedo ver esas imágenes viejas y reentenderlas. Puedo ver las cosas de mis hijos que me hicieron darme cuenta de que algo estaba pasando con ellos mas allá de lo que yo sabía. Puedo recordar que hacía lo mismo. Ahora se. Ahora entiendo. Ahora puedo. Ahora el del espejo soy yo. Lo fue siempre.

Me largo a contarlo a todo aquel que tenga ganas de leerlo, por varias razones. Aviso: ya me preguntaron si me iba a hacer una remera que diga y la respuesta es no. También tengo razones por las que podría no haberlo hecho (esas malditas etiquetas). Pero cuando decidí que iba a hacer público las altas capacidades de mi hijos, fue con la convicción de que eso iba a servir para que ninguna familia pasara por lo que pasamos nosotros antes de saber, y para que otros niños no sufrieran lo que sufrieron los míos. Hoy creo que este testimonio, modesto, personal, que en parte me hace vulnerable, me expone, y acepto, puede servir a otros adultos para encontrar su real esencia y animarse a buscar las invaluables herramientas del autoconocimiento. Tengo la esperanza de que si llego a esos niños perdidos, puedan empezar a entender que no fueron chicos problema, sino que parafreseando a Eduardo Galeano, “fueron fueguitos, con otros colores, de esos fueguitos que arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear”. Y en un punto (o en varios) para derribar mitos. Estoy lejos, lejísimo, del ‘modelo’ de superdotado que tenemos en el inconciente colectivo.

En un par de días cumplo 48. Ya estoy grande. Tengo trucos aprendidos, mañas que jamás se me ocurriría dejar, y como les conté al arrancar este relato, ya hay mucho camino hecho, nortes a los que ya llegué y retornos que ya no están como para pegar la vuelta. Para mi, esto no es tanto como un renacer. Tampoco estoy seguro de que tener tantas cosas que curar, aunque me reconozco un poco roto.

A diferencia de mi rol de papá, soy el mismo Gabriel que hace dos días atrás, sabiendo que nunca más voy a ser el mismo. Empezaré a aprender otra vez. Me amigaré con los recuerdos. Abrazaré a ese Gabriel chiquito y le voy a hacer upa. Cargaré el termo y el mate. Pondré primera, largaré el embrague despacito, y de nuevo a la ruta, con mapa nuevo.


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Gabriel Finnegan

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