Cómo apagar el aspersor

Hace más de una década me preguntaron por la diferencia entre la superdotación y el talento desde el punto de vista cognitivo. En lugar de soltar una larga parrafada técnica utilicé una metáfora fácil de visualizar: la diferencia que existe entre un aspersor y una manguera. La manguera era una estructura más cerrada (específica) y el aspersor una más abierta (general), simplificando mucho. Obviamente no se trata de algo dicotómico sino dos extremos de un continuo, desde mayor especifidad a mayor generalidad en el funcionamiento cognitivo.

En ese diálogo precisé que mi modo de funcionamiento mental era el del aspersor y que a veces tenía una energía que parecía inagotable. Ahí nació casualmente lo del incasanble aspersor. Años después lo recogí y bauticé el blog con este nombre tan poco «serio» para tratar temas de este calado, pero lo suficientemente ilustrativo como para superar esas reticencias iniciales.

Las descripciones técnicas de esas diferencias las podéis encontrar en los artículos publicados por la Dra. Sylvia Sastre-Riba, uno de los referentes en este país en las altas capacidades intelectuales. Por ejemplo, y sin ser exhaustivos:

DIFERENCIAS ENTRE ASPERSORES Y MANGUERAS

«La alta capacidad intelectual (high ability) tiene distintas formas de expresión: la superdotación y el talento (simple o múltiple). La superdotación se caracteriza y define por las diferencias en la capacidad intelectual del sujeto y, sobre todo, por su funcionamiento. Su manifestación no es homogénea, no hay un prototipo de superdotado porque su perfil es multidimensional y su expresión es el producto de la continua interacción entre factores neurobiológicos, motivacionales y ambientales. Se identifica como una capacidad intelectual globalmente situada por encima del percentil 75 en todos los ámbitos de la inteligencia, tanto convergente (lógico-deductivo) como divergente (creatividad), lo cual supone que está multidimensionalmente configurada por la combinación de distintas aptitudes intelectuales: lingüística, numérica, espacial, creativa, lógica, etc. El talento supone una muy alta puntuación (percentil 85-95) en una o varias aptitudes intelectuales, pero no todas. Puede ser simple (p. ej., el talento creativo) o múltiple (p. ej., lógico, creativo y verbal).»

«Dado que la superdotación es más que una alta habilidad intelectual lógico-deductiva, el CI no es una medida suficiente para identificarla, porque sólo hace referencia a alguna aptitud dentro de ésta. En cambio, el CI se comporta mejor para identificar el talento (simple o múltiple) lógico-deductivo: lógico, numérico, verbal, espacial, memoria, etc., no el creativo.»

«La investigación muestra que superdotación y talento tienen funcionamientos distintos entre ellos, y respecto de la capacidad intelectual media, no sólo a nivel cuantitativo (mayor número de recursos intelectuales o información) sino también cualitativo (gestión de los recursos y de la información). Especialmente interesante es el funcionamiento de la superdotación, caracterizado por una alta capacidad cognitiva global y una amplia disponibilidad de recursos de gestión e interrelación de la información, más que de cantidad informativa. El funcionamiento intelectual del talento es especí­fico y vertical (mayor disponibilidad de información) condicionado por su configuración.»

«La principal diferencia entre sujetos superdotados y talentosos es la mayor complejidad organizativa de la información ofrecida y su interrelación. El número de ideas vertidas también es significativamente mayor.»


Pero más allá de las descripciones formales podemos entrar en el terreno de las informales, las que se manifiestan por ejemplo en conversaciones entre adultos con altas capacidades con diferentes perfiles. Es frecuente pensar erróneamente que todos tenemos el mismo patrón de pensamiento y de comportamiento, y nada más lejos de la realidad. Lo normal es encontrar sutiles o notables diferencias en aspectos cognitivos, ya sin contar las obvias de personalidad, edad, experiencia, nivel de conocimientos y otros factores que impiden hablar con seriedad de un único perfil de superdotación, como si todo lo que se saliera de ese reducido molde no se viera… Bueno, que de hecho es lo que suele ocurrir con más frecuencia en la escuela, con el famoso mantra del «pues yo no lo veo». Claro, alma cándída, ¿cómo lo vas a ver si estás esperando un cliché con patas que cumpla las a saber qué expectativas tienes de eso? Si no te conformas con algo menos que una mezcla perfecta de Einstein, Messi, Mozart, Jobs y Gandhi por lógica no vas a ver un pimiento. Pero el problema es tuyo, no de la realidad de este fenómeno.

El caso es que, regresando al perfil aspersor, que ya digo que es bastante diverso, pueden encontrarse algunos patrones frecuentes destacados:

  • Tendencia a la dispersión. Todo o casi todo es susceptible de ser interesante y, por tanto, perseguible por un intelecto hambriento de conocimiento.
  • Profusión de ideas aparentemente desconectadas. Lo anterior suele llevar aparejada una recogida, a veces precisa, otras deslavazada, de información de contextos muy diversos. En ocasiones se puede dar una curiosa variante del síndrome de diógenes, pero mental: la acumulación de datos aparentemente inútiles que se quedan ahí flotando y salen cuando menos te lo esperas.
  • Preferencia por el aprendizaje orgánico. El formalismo y la disciplina rigurosa, el aprendizaje mecánico, no se alinea con el modo natural de aprender, más contextual e interconectado.
  • Poderosas resonancias cognitivo-emocionales. Debido a la incesante intelectualización de procesos mentales, las emociones se encuentran «preñadas» de cognición. Se tratan de sentimientos (emociones pasadas por la razón, en palabras del neurocientífico Antonio Damasio) con cierto grado de complejidad y, en muchos casos, de sentido.
  • Acusada divergencia y/o creatividad. Al pensar en muchas direcciones, la mente suele divergir hacia ramas muy alejadas de las zonas de confort intelectual, lo que puede generar nuevas conexiones sustantivas y, de regreso, producir efectos creativos. Un mecanismo de escapada y regreso que se retroalimenta con mucha frecuencia.
  • Apertura. Visitar muchos contextos diferentes produce el efecto de abrir la mente a nuevas experiencias y puntos de vista distintos. Los espacios de incertidumbre se convierten en aliados y no en enemigos, de modo que no existe tanto miedo a probar cosas nuevas.

CÓMO APAGAR EL ASPERSOR

Toda esa energía requiere una adecuada gestión. En caso contrario lo más probable es que se disipe sin resultado alguno para el sujeto, provocándole frustración. O peor aún, que produzcan monumentales atascos en las autovías de su mente, casi siempre repleta de vehículos (pensamientos, ideas sensaciones, etc) a toda velocidad. Y una de las gestiones fundamentales es darle descanso al mecanismo para recuperar fuerzas. Cuando una persona se siente incapaz de apagar el aspersor presentará dificultades para conciliar el sueño y otros desarreglos que le pueden afectar seriamente a su salud, tanto física como mental. Necesita tanta actividad como descanso para recuperar el tono adecuado de trasiego. Y establecer algunas estrategias es imprescindible para no ir siempre con la lengua fuera y por detrás de los propios acontecimientos mentales y vitales. Por ejemplo, y sin agotar opciones:

PRACTICAR DEPORTE

Si la intelectualización es potente, su resonancia trasciende el espacio emocional y se adentra en lo físico. Se generan sutiles tensiones corporales que necesitamos aliviar, y una de las mejores formas de hacerlo es practicar deporte. A unas personas les vendrá de lujo el deporte extremo o darse una caña enorme mientras que otros con deporte moderado ya logran desactivar durante un buen rato el aspersor, sobre todo si hacen algo que les guste y los traiga al «aquí y ahora» necesario para que la mente se distraiga de otros asuntos en los que nada se puede hacer en ese momento.

REDUCIR ESTÍMULOS INTELECTUALES

Otra estrategia eficaz consiste en obligarse a buscar momentos donde los retos intelectuales estén bajo mínimos, para que la maquinaria no se dispare y el cerebro arda en llamas. Puede servir cualquier actividad pasiva, como ver la tele, alguna serie insustancial o fomentar alguna charla intrascendente. De ese modo, el mecanismo, ya cansado del trasiego habitual, va ralentizándose hasta que aparece el sueño. Esto debe convertirse en rutina, aunque las primeras veces te veas incapaz de sostener mucho tiempo esa inactividad. Es importante persistir hasta lograr poco a poco resultados.

MEDITAR

Por último, existen técnicas conocidas para aplacar el ruido de la mente, como puede ser el mindfulness o cualquier otra suerte de «retiro intelectual». Suele ser eficaz en personas capaces de relajarse aunque sea unos minutos y entrar en determinados estados que le permitirán dejar a un lado las nubes de pensamiento que pasan por el cielo de la conciencia. En niños pequeños, con una escasa capacidad para gestionar su propio tráfico interior, puede ser una buena estrategia. O en adultos que no se dedican mucho tiempo a sí mismos por el motivo que sea (exceso de trabajo, de responsabilidades familiares, etc).

ACTIVIDADES LÚDICAS INTERMEDIAS

Francisco Domínguez ha sugerido una idea interesante: incluir actividades lúdicas (hobbies) intermedias. No apagan el aparato pero sí gradúan la intensidad. Por ejemplo, pintar y hacer manualidades. También cocinar, paseos por la playa o por el campo, fotografiar paisajes, etc. Permiten desconectar de las rumias y preocupaciones habituales, aunque requieren concentración suficiente como para no forzar el aspersor a pararse. Se parecen más bien a una meditación activa, tipo «barrer el templo», o la ceremonia del té, pero queriendo hacerlo muy bien. En definitiva, algo intermedio.



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