“Ponga aquí lo que quiera” y Altas Capacidades

Una de las tendencias más curiosas que se dan en este colectivo es la de asociar las Altas Capacidades (AACC) con casi cualquier cosa. La pregunta suele tener la forma… ¿tienen relación las altas capacidades con…?

Dormir poco + aacc

Respirar mal + aacc

Escribir raro + aacc

Gusto por los dinosaurios + aacc

Moverse mucho + aacc

Replicar mucho + aacc

Comportarse mal + aacc

Saberlo todo + aacc

Amigo invisible + aacc

Dermatitis + aacc

Morder lápices + aacc

Etc + aacc

Es muy llamativa, y bastante habitual entre personas que acaban de aterrizar. Es lo normal, llegan completamente despistados y necesitan ir probando cosas. El problema surge cuando llevas más tiempo en esto y sigues manteniendo asociaciones peregrinas que no se soportan ni en el sentido común, ni en la razón ni en estudios serios sobre cada una de ellas.

Seguro que has visto muchas de estas. Te animo a que las expongas.

Añado esta reflexión porque me parece extraordinariamente sensata.

Eva Enamorado García (Liebre – asociación de apoyo a las altas capacidades de Guadalajara)

“Uno de las principales motivos por los que las asociaciones deben existir, es por dar la oportunidad de juntar a niños que tienen ( no que son) altas capacidades para que dejen de sentirse diferentes, pero que son tan diferentes entre sí que no encontraremos dos iguales.”

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La conciencia es simple y llanamente su límite

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En un entorno cultural como el nuestro resulta especialmente difícil explicar la conciencia en su sentido más radical y profundo. Un sentido alejado de las múltiples acepciones que cobra el término y con la que podemos identificarnos cuando un interlocutor la nombra en un diálogo o cuando escribimos sobre ella.

En este intento no habrá excepción, siendo plenamente consciente de la dificultad y de las dinámicas de pensamiento que la interpretarán como lo que no es: una forma, un contenido, una estructura, una función, un estado mental, una propiedad, un atributo, una facultad, etc.

A esta identificación occidental con la forma contribuye notablemente algo tan aparentemente simple como es el artículo definido femenino singular “la”. Parece una cuestión baladí pero no lo es en absoluto. De hecho, la función principal del artículo definido es determinar al sustantivo, dándole una forma definida y reconocible. Y nuestro pensamiento, tanto en el texto escrito como en el diálogo, se puede ver atrapado en esa red imposibilitando ver más allá de esa delimitación semántica.

Pondré un par de ejemplos que ilustran esta dificultad: i) ser y ii) más allá. El verbo ser, en su sentido más radical y puro, alude a un proceso o acción sin conclusión. Cuando se concreta, formaliza o finaliza hablaríamos de ente (ser en acto); mientras no lo haga podríamos hablar de “devenir ser”. Nuestro pensamiento occidental tiende a cosificar para entender mejor las cosas y en este caso no es una excepción. Pasamos en un salto de “ser” a “el ser”. Heidegger lo ilustraba con el ejemplo de una piedra. Decía, si no recuerdo mal, algo así: “la piedra es, pero por más que investigues no encontrarás el ser de la piedra”. Este modo de cosificar sin darnos cuenta es el que luego nos permite jugar intelectualmente con el objeto creado. Así, podemos empezar a especular sobre los diferentes atributos que pueda tener, por ejemplo, “el ser supremo”. O a plantear incluso su existencia, generando la eterna -y aburrida- lucha entre quienes creen que existe este objeto generado y quienes creen que no existe.

Cuando animamos a alguien a explorar sus límites solemos decirle que debe ir “más allá” de su zona de confort, de sus espacios conocidos, etc. Es una clara alusión a un proceso sin concreción alguna y sin atributos. Nada que ver con “el más allá”, ese objeto de culto de determinados personajes sobre los que no hace falta hablar ahora mismo.

En resumen, que para arrancar esta pequeña reflexión es necesario evitar la tentación de cosificar “la conciencia”, convirtiéndola en un objeto mental susceptible de ser medido, ‘pesado’, visto o localizado. Si se consigue salir de esa cárcel de la forma, esta entrada puede tener algún sentido para ti. Si no, será una mera acumulación de palabras.

La conciencia es simple y llanamente su límite

¿Qué quiere indicar esta expresión tan enigmática y aparentemente tan falta de sentido?

Para calentar motores, recojo un pequeño pasaje de esta tesis doctoral de una de las mayores expertas nacionales en pensamiento oriental: Mónica Cavallé.

“…no somos en esencia la persona individual, sostiene el Advaita, pues ésta puede ser conocida, y el Sí Mismo nunca es lo conocido, sino el conocedor. No somos nada objetivo u objetivable; somos la Apertura en la que todo se hace presente o se ausenta y la Luz en virtud de la cual todo puede ser visto y conocido”

Mónica utiliza el par sat/cit (ser/conciencia) como una unidad esencial. En el fondo (más allá o más acá de la forma), ser y conciencia es lo mismo.

Haciendo un enorme esfuerzo de abstracción, “conciencia” y “ser” pueden verse como “apertura”  (vista en horizontal; vista en vertical la podemos imaginar como “profundidad”). Esa apertura es el límite de lo que somos. Usando la imagen que ilustra la entrada: el paisaje como contexto experiencial o vital. Contexto o paisaje cambiante e indeterminado. Y cada elemento del paisaje sería un objeto o contenido de conciencia.

Así visualizado, toda forma, estado, función, atributo, facultad, etc…, puede ser visto esencialmente como contenido de conciencia. Por ejemplo, “el yo” o incluso su indeterminado, “yo”. El pensamiento es otro elemento de ese paisaje. Los estados mentales. La imaginería mental. Las sensaciones corporales.

Esto simplemente no lo entendemos en nuestro entorno cultural, así que necesitamos un elemento activo que vincule ese paisaje (esa apertura experiencial indeterminada, fluida y flexible) con sus contenidos. No entendemos conciencia pero sí “conciencia de algo”. Así nace la función de conocer, la consciencia. Nissargadatta comprende perfectamente esta dificultad y explica la distinción entre conciencia (awareness) y consciencia (consciousness) desde ese punto de vista tan radical:

Awareness is primordial; it is the original state, beginningless, endless, uncaused, unsupported, without parts, without change. Consciousness is on contact, a reflection against a surface, a state of duality. Ther can be no consciousness without awareness, but there can be awareness without consciousness, as in deep sleep. Awareness is absolute, consciousness is relative to its content; consciousness is always of something. Consciousness is partial and changeful, awareness is total, changeless, calm and silent. And it is the common matrix of every experience.

Toda pregunta espera una respuesta formal, concreta, determinada. Toda pregunta por “conciencia” espera una respuesta sobre la función “consciencia” o sobre cualquier otro “objeto de conciencia”. Toda pregunta obtendrá una respuesta superficial. Y todo lo que se diga que es, no es. Incluyendo la afirmación que titula esta entrada.

Las Altas Capacidades en la encrucijada

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“Ninguna gota de lluvia cree haber causado el diluvio” (refrán inglés)

Hace poco leía una entrada, Pues yo no lo veo, preñada de realismo de un profesor, padre de una niña con altas capacidades y adulto identificado como tal. En ella confesaba que:

Ese argumento, el del “pues yo no lo veo”, puede ser consecuencia de una falta de formación, cierto, de aquel que no tiene el conocimiento necesario sobre el tema. Y aquí me detengo para manifestar, en un ejercicio de honestidad, que yo tampoco lo veía, que tampoco conocía qué era aquello que tenía que reconocer en el alumnado con altas capacidades, como no fui capaz nunca de verme a mi mismo. Esa parte de profesorado, con formación los acabará viendo, porqué no los veía igual como el miope no ve lo que pasa a su alrededor si no usa las gafas.

Mi preocupación está en el profesorado que atribuye a su visión la omnipotencia de verlo todo y que, por tanto, cuando dice “pues yo no lo veo” no da lugar a que pueda pasar y él no lo vea, sino que da por descontado que si él no lo ve es porque no es y punto.

¿Se puede decir ya que a esa gente no la cambiamos con formación, ni recursos, ni más horas de exclusiva? ¿Se puede uno preguntar ya a qué se dedica la inspección educativa? ¿Se puede decir ya que no deberían ser maestros?

También podemos rescatar esta reflexión Alicia Antúnez, profesora y madre de dos niños con altas capacidades, miembro de la Plataforma de Apoyo a las Altas Capacidades, en una entrada titulada Vacaciones de altas capacidades:

Para las familias el verano es un respiro, respiro de reuniones, solicitudes, entrevistas con tutor, con orientador, respiro de de leer leyes, de hacer escritos y de ponerse delante de un toro que creían que venia resuelto por el sistema: la educación formal de sus hijos. Mientras hacemos esto durante el curso, muchos lidiamos, además, con estados de ánimo alterados de estos mismos niños que son obligados por ley a estar en los centros educativos y, por ley también, deberían estar atendidos en la escuela, cuando esta última parte se olvida y se omite sistemáticamente, salvo honrosas excepciones.

Parece que en verano las altas capacidades se disuelven porque aparecen menos en redes, los foros paran, las dudas paran, los ejemplos paran y con el calor todo se atenúa.

Pero hurgando un poco descubres que a partir de agosto algunos niños (más de uno, dos y hasta de quince…) empiezan a tener morriña inversa de la escuela, y aun quedando más de un mes para entrar, empiezan las pesadillas, a hacer alguna referencia suelta al colegio, cuando no una queja clara de que ya queda poco para empezar, y aquí sí, solo las familias que pasamos por esto entendemos la angustia que encierran estos detalles. Aquí es donde escuchamos el manido comentario: “A todos los niños les pasa lo mismo”. Y no es cierto. Y si lo fuera, todas las familias deberíamos hacer algo porque TODAS tendríamos un problema.

Se acerca septiembre y con él las mismas historias de siempre, como si nada hubiera cambiado, como si viviéramos una y otra vez el día de la marmota que decía Belén Ros en una de sus entradas más duras y directas que se le recuerda, publicada hace dos años y medio pero lamentablemente tan vigente hoy como ese año 2017. La realidad es lo que tiene, que por más que la pintes de colores para aparentar otra cosa llega un momento en que se manifiesta en toda su crudeza. En el texto Belén identifica con claridad los espacios de responsabilidad de los diversos agentes implicados: medios de comunicación, políticos, personal de la administración educativa, familias y asociaciones de familias. También se podrían añadir los profesionales que actúan fuera del sistema educativo. Sin embargo, como cualquiera con los ojos abiertos advierte fácilmente, en el campo de las altas capacidades se da el fenómeno social de la difusión de la responsabilidad, que tiende a ocurrir en grupos de personas superiores a un cierto tamaño crítico cuando la responsabilidad no se asigna de forma explícita.

La difusión de la responsabilidad puede manifestarse de dos maneras:

  • En un grupo de pares que, por acción o inacción, dejan suceder hechos que nunca permitirían si estuviesen solos (se suele llamar a la acción “mentalidad de masa” y a la inacción “efecto espectador”.
  • En una organización jerárquica, donde, por ejemplo, los eslabones inferiores afirman que sólo seguían órdenes, mientras los supervisores afirman que sólo emitían órdenes, sin hacer realmente nada per se.

Esta óptica es ilustrada por el refrán que abre esta entrada. Nadie a nivel individual se siente responsable del estado actual de cosas.

Sin embargo, sí que todos somos responsables (cada uno en su parcela o espacio de responsabilidad, que es donde PUEDE y debe responder) del marasmo en el que nos encontramos hoy día.

La inmovilidad ciudadana permite la inacción política y educativa. Y es que la voluntad de no hacer nada solo se puede torcer con la lucha colectiva, con la unión de las familias, que son las que tienen el poder de forzar cambios a los políticos (que hemos votado, no vienen de otro planeta) que permitan mejorar la situación en la que nos encontramos. Pero a día de hoy esa unión de familias brilla por su ausencia, tanto a nivel local como a nivel nacional. Parece que sobre esta realidad no se puede escribir porque los diferentes egos se ofenden y se defienden ridículamente matando al mensajero, como si ocultando el botón rojo de alarma el avión no se pudiera caer.

La ausencia de voluntad política y la escasísima voluntad educativa viene de lejos. Algunas de las miles de excusas que se utilizan para no actuar están reflejadas en esta entrada, que solo recoge 353 pseudoargumentos que solo denotan dejadez pero que describen perfectamente la realidad que, día sí y día también, relatan las nuevas familias cuando aterrizan a este mundillo, lo que refleja ese marasmo.

En el último lustro apenas ha habido cambios normativos, lo que denota la falta de fuerza colectiva de la que hablaba más arriba. No sé para qué sirve tener “asesores del Ministerio” si éste no se ha movido un centímetro de su postura en años. Tampoco las cada vez más numerosas jornadas, congresos y seminarios que se organizan para mejorar la visibilidad del fenómeno logran provocar esos cambios normativos, que son los resultados tangibles de esta lucha, aunque tampoco es su objetivo principal. Ni tampoco generan esos cambios las diferentes reuniones con fotos que se han ido publicando para parecer que se hace algo. Cuando negociamos el plan para Andalucía no hubo ninguna foto hasta que se consiguió, el día de su presentación. Antes solo sirve para el postureo, digámoslo claramente. Pero hoy parece que si no te has hecho una foto de cualquier cosa es que realmente no has hecho nada…

Pero aunque la descripción del panorama es desalentador, siempre hay que guardar algo de esperanza y depositarla en las nuevas familias, que son las que por lógica deben recoger el testigo y rebelarse (de verdad, no solo con el nombre) contra el estado actual de cosas. Exigir en sus asociaciones responsabilidades, o entrar ellos a asumirlas para volver a conducirlas a la senda de la que nunca debieron desviarse: la de ser instrumentos políticos que provoquen cambios en beneficio de todos. No depositar la responsabilidad en agentes sin implicación directa en esta lucha, que bien pueden ayudar pero jamás sustituir ni, en modo alguno, desalentar la lucha porque sus intereses sean otros. Alejarse de algunos que solo viven de crear alarmas innecesarias o de las iniciativas poco claras o directamente dañinas que sobrevuelan este sabroso nicho de mercado en el que se ha convertido las altas capacidades en los últimos años, debido al crecimiento de los espacios donde las familias piden ayuda (grupos, asociaciones, etc).

Las altas capacidades se encuentran en una encrucijada y el tiempo dirá si se ha afrontado el reto o simplemente nos hemos dejado llevar por ese efecto espectador que parece presidir ahora la estancia.

Recordad que nadie va a hacer vuestro trabajo, que nadie alineará sus intereses con los vuestros y que hay que encontrar el modo de colaborar sin que los egos se pongan por delante de las manos. Es difícil, lo comprobamos día a día en cuanto se quiere mover algo, pero no es imposible. Solo hay que cambiar la mentalidad y remangarse.

Altas Capacidades. Los beneficios de “salir del armario”

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Hace un par de años publiqué una entrada sobre la visibilización de las altas capacidades desde un punto de vista muy general o abstracto. Hoy retomo el tema y lo aterrizo a lo particular. Como indica el título, hablaré de los beneficios de “salir del armario” tirando de ejemplo concreto, el mío.

Antes de nada pondré en contexto al lector, porque obviamente un caso particular es exactamente eso: un caso. No es extrapolable a otros casos porque cada persona tiene su trazado vital, sus estructuras y funciones cognitivas, sus circunstancias familiares, etc.

Cuando era muy pequeño, según los relatos de mi madre (qepd), era un niño muy tímido y retraído. Con frecuencia me asomaba a la ventana y me quedaba horas observando el mundo desde lejos, algo que me sigue gustando hacer hoy día. Me costaba un mundo interactuar cono otros, y cuando lo hacía era muy pesado porque no sabía qué decir ni entendía las claves sociales implícitas en esos intercambios. Una anécdota que ilustra esto se produjo cuando un primo de mi madre vino una mañana a hacer una “chapuza” en casa. Según parece, me tiré tooooda la jornada de esta guisa:

JL.- Hola Manolo, ¿cómo te llamas?

M.- Yo me llamo Manolo

JL.- Ah, estupendo. Pues yo me llamo José Luis

Así una y otra vez, sin descanso. La incapacidad para retener un nombre ya se manifestaba de pequeño, aunque ahora la cosa no va mucho mejor. Puedo no olvidar una cara, pero es complicadísimo que se me quede un nombre en los primeros diálogos con cualquier persona en el mundo real (en el virtual está la ventaja de que lo ves escrito y se queda grabado sí o sí). Podéis haceros una ligera idea de la infinita paciencia que tuvo el primo de mi madre, que según parece en ningún momento torció el gesto o me dio una mala contestación, a pesar de lo pesado que fui. Lástima que no lo pude ver más de mayor, murió joven.

Bueno, anécdotas aparte, todo esto viene a colación de que en esa época fue cuando me identificaron en el colegio, un maestro que estuvo con nosotros desde parvulario (infantil) hasta quinto de EGB. Él fue quien alertó a mi madre de todo esto y trató de darme retos durante los años que estuvo dándome clases. También esto lo conté en otra entrada.

El caso es que todo aquello lo vivimos en casa y en el colegio con absoluta naturalidad. A esto me refiero cuando insisto tanto en la importancia de “naturalizar” el fenómeno. Lo natural es que haya diferencias entre las personas. La diversidad enriquece, no es motivo que justifique los enfrentamientos o los aislamientos cuando es una diversidad que nos disgusta o nos amenaza.

Viví toda la infancia sabiendo que tenía más facilidad que el resto de hermanos, compañeros y amigos de mi edad o similar para comprender ideas complejas, una habilidad como otra cualquiera. Otros niños eran máquinas jugando al fútbol y yo el más torpe de todos, ese que siempre se quedaba el último cuando había que elegir equipos en el colegio. Siempre he admirado a los que tenían esa habilidad y no me sentía mal por no tenerla yo. La asumí poco a poco, dándome cuenta de que no había nacido para darle patadas a un balón. Tampoco para ser el relaciones públicas del colegio, o el líder o el más popular. Era otro espacio vedado para mí. Soy una persona introvertida con el añadido de la timidez (no son sinónimos timidez e introversión), lo que me dejaba en fuera de juego cuando se trataba de grupos humanos. Y otras habilidades tampoco las tenía muy destacadas. Pero las de comprender ideas complejas sí, ahí sí me sentía en mi “elemento” y me encantaba aprender de todo, no solo las asignaturas del cole sino también lo que emitían en televisión, en radio o en cualquier otro medio. Eso sí, no le daba ninguna importancia porque no tenía que esforzarme sino que fluía de modo natural. Debido a esto también desarrollé una admiración por las personas que se esforzaban mucho por conseguir sus objetivos vitales o escolares, algo que sigo manteniendo en la actualidad.

En resumen, ni de pequeño ni de adulto me he considero alguien “especial” (una palabra cargadita de connotaciones). Por eso muchas veces cuando veo a alguien presumir de esto, ya sea de él mismo o de sus hijos, empiezo a sentirme incómodo o simplemente desconecto. Nadie es “mejor persona” por el simple hecho de tener algunas habilidades, del tipo que sean, por encima de la media. Esa falaz generalización me pone de los nervios aunque por desgracia es más frecuente de lo que debería y de lo que serviría para naturalizar el fenómeno. De todos modos, tengo que decir que en los primeros años que estuve en la asociación, cuando éramos muy poquitos, no había familias que se pavonearan de sus hijos -salvo gloriosas excepciones que ya tengo casi olvidadas-. Eran personas normales preocupadas por sus hijos y no veían la “especialidad” por ningún lado. Tenían pensamientos similares y así se lo transmitían a ellos. Luego eso fue cambiando porque las dificultades de tener una identificación en Málaga se disminuyeron sustancialmente con la consecución del plan de actuación. Nosotros que vivimos la época pre-plan y la del plan notábamos la diferencia entre las familias “con hambre” (de conocimiento, de lucha, de actividad, etc) y las que llegaban con todo “frito y cosío” que decimos por aquí abajo. Con una identificación que no tuvieron que pelear, sin tener ni idea de esto ni motivación para aprender, y exigiendo que se les atendiera sin aportar manos a la causa. Esa es una realidad que no esperábamos que se diera en Andalucía cuando peleamos por la implantación de este plan, que mejoró muchas cosas pero también desalentó la lucha… Así estamos como estamos ahora, claro. Pero bueno, esa es otra historia.

Total, que cuando a finales de 2009 asumí la presidencia de la asociación tuve que dar un paso adelante dentro del armario y, de repente, me vi fuera. Debido al cargo, tuve que dar la cara en varias entrevistas de radio y en prensa escrita. Eso hizo que personas que no sabían que tenía esta habilidad soltaran algunos comentarios cuanto menos curiosos, como un director de un banco que me llamó al día siguiente de aparecer en el diario de mayor tirada de Málaga (Diario Sur) porque fuimos a una gala y pusieron en el título de la foto “asociación de personas superdotadas”.

– José Luis, macho, esta mañana miré el Sur y me asusté al verte allí. No sabía esto de ti

– Salva, soy exactamente la misma persona de ayer.

O amigos de toda la vida que tampoco lo sabían y lo vieron en esos medios. Pero luego se hablaba con naturalidad, les explicaba lo obvio, que era exactamente la misma persona que ellos conocían, solo que con una peculiaridad cognitiva, y se terminaba todo. Nadie se sintió inferior, ni amenazado, ni me señalaron o estigmatizaron. Seguía siendo el mismo torpe social -bueno, algo aprendí gracias a estar ahí relacionándome con muchas personas- y físico que tenía facilidad para entender y aplicar las ideas más difíciles. Y al que le gustaban algunos temas “raros” (filosofía, ciencia, etimología, etc) con tendencia a evadirse a su mundo.

Y es que los beneficios de salir del armario sin forzar y sin fardar, conociendo las fortalezas y debilidades propias, desmontando los estereotipos que puedan tener las personas que te leen o escuchan, son incontables:

  1. Puedes hablar en público de las altas capacidades sin que te miren raro o te suelten una fresca.
  2. No te obsesionas con determinados asuntos ni le das una importancia que no tienen
  3. Descubres que hay algunas personas como tú que, en cierto sentido, también se animan a sacar un pie fuera del armario.
  4. Adquieres la autoridad moral para poder discrepar crítica y sanamente con todas las ideas aberradas que se asocian al fenómeno sin que se te tilde de fanático.
  5. Puedes ayudar a muchas personas a orientarse en la navegación que le ha traído este proceloso mar de las altas capacidades, tan lleno de absurdos, contradicciones, personajillos (o sinvergüenzas) que se aprovechan de otros y demás fauna perfectamente prescindible.
  6. Adquieres serenidad, poso. El proceso de integración te permite no solo comprenderte sino acercarte a otros que, por sus características, les cuesta entenderte.
  7. No te aíslas sino que te abres al mundo, sin complejos, mostrándote como eres sin necesidad de crear un caparazón o un personaje que te “proteja”.
  8. Adviertes que fuera del armario se respira mejor.
  9. Etc…

Conciencia. Antonio Damasio, el neurólogo de las emociones.

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Hace más de tres lustros inicié un viaje a través del inmenso océano del conocimiento humano. Una travesía apasionante en la que cada etapa vas advirtiendo con mayor nitidez que se trata de una historia interminable, que no tienes vida suficiente para navegar en todas esas aguas. Esa toma de conciencia permite a unos relativizar mientras que a otros les hace sentir impostores porque su conocimiento, enorme comparado con sus coetáneos, es diminuto comparado con la vastedad del océano. Los diletantes no tenemos ese problema, naturalmente, porque simplemente disfrutamos de la navegación sin atormentarnos por lo mucho que nos falta por recorrer.

Pero hoy no quería hablar de eso sino del asunto más común, íntimo y, paradójicamente, desconocido que encontré durante esta travesía: la conciencia.

Todo comenzó con una pregunta aparentemente sencilla: ¿Qué es la conciencia? Acompañada de una coletilla que desvelaba una visión emergentista notablemente ignorante: ¿Cómo surgió?

No contaré aquí todo lo que sucedió después porque es imposible condensarlo en una entrada. Solo diré que ha sido, con mucha diferencia, el viaje intelectual más impactante y nutritivo que he realizado y que jamás realizaré. Lo de las altas capacidades se queda en un juego de niños comparado con esto.

Todo esto viene a colación de un artículo que leí sobre Antonio Damasio, el célebre neurólogo que me encandiló hace  más de una década con sus libros El Error de Descartes (con la historia de Phineas Gage) y En busca de Spinoza (con la sugerente distinción entre sentimientos y emociones).

El artículo en cuestión, publicado en la web de la mente es maravillosa, se titulaba como esta entrada: Antonio Damasio, el neurólogo de las emociones.

Para los que disfrutamos de las distinciones cualitativas (aspecto clave para discernir el grano de la paja), la vena filosófica de Antonio era un filón, así que era lógico esperar que me llamara la atención un pequeño pasaje del artículo:

Antonio Damasio, un neurocientífico diferente

Neurocientíficos los hay de muchas clases. Sin embargo, hasta no hace mucho abundaban en exceso aquellos marcados por un enfoque mecánico y reduccionista. Nos decían, por ejemplo, que nuestros pensamientos, reflexiones y decisiones eran el resultado de una simple conexión de un conjunto de neuronas.

Ahora bien… ¿dónde queda entonces nuestra conciencia? ¿Existe una región específica para la misma? ¿Y las emociones y los sentimientos, dónde se producen? Muchos de esos científicos, en un pasado no tan lejano, sonreían con ironía ante dichas ideas. En la actualidad, disponemos ya de figuras inspiradoras como la de Antonio Damasio, quienes dejan a un lado esa perspectiva reduccionista para abrirnos perspectivas y hacernos entender la importancia que tienen conceptos como la conciencia y el mundo de las emociones.

En primer lugar, la conciencia no está en ningún lugar en concreto del cerebro. La conciencia es un proceso y una entidad que está presente en todas las especies. De hecho, según explica él mismo, incluso los organismos unicelulares, como las bacterias o las amebas, tienen un sentido mínimo de conciencia. Trabajan para preservar su integridad, para sobrevivir. Así, cada organismo, cada ser vivo dispone de un nivel más o menos sofisticado de conciencia con el que adaptarse a su entorno y desarrollarse.

Este último párrafo me recordó a la distinción que realiza David J. Chalmers entre conciencia fenoménica (experiencial, subjetiva) y conciencia psicológica (funcional, objetiva), también desde esa perspectiva emergentista que se pregunta sin obtener respuestas plausibles de cómo surgió la conciencia fenoménica, lo que denominó el “problema fuerte de la conciencia” y que ha sido apoyado y denostado por otros investigadores a lo largo de estos años.

Para entender superficialmente el problema de fondo de esta visión que, insisto, fue la mía cuando empecé el viaje, reside en la imposibilidad de explicar ese surgimiento en función de las propiedades que presentan los sistemas desde los que debería emerger.

Pensando mucho en este asunto surgió una metáfora que me iluminó un poco el camino. Imaginaba un lago helado y, en medio del mismo, una pequeña grieta por la que salía un hilillo de agua. Todo esto lo veía desde la orilla, como un observador desimplicado del fenómeno. En ese momento me planteé dos preguntas, suponiendo mi ignorancia sobre el origen de esto y la imposibilidad de comprenderlo ya que no me puedo mover de mi lugar:

1) ¿El agua surge desde la capa de hielo?

2) ¿El agua emerge a través de la capa de hielo?

Evidentemente, las preguntas de la metáfora pierden su sentido si se literalizan y el observador se acerca a la grieta y lo comprueba, que suele ser la respuesta absurda que recibo cada vez que lo planteo.

La idea es simplemente provocadora. Tú no puedes moverte de sitio, no puedes experimentar esa distinción que responda a cuál de las dos preguntas es la correcta. Solo puedes inferir, desde tu posición, cuál de las dos te parece la más correcta.

La visión emergentista de la conciencia se centra exclusivamente en intentar responder a la primera pregunta. No se plantea bajo ningún concepto la idea de que su pregunta sea esencialmente incorrecta, incompleta o que esté mal planteada.

Cualquiera que haya leído y reflexionado sobre la conciencia desde muchos puntos de vista diferentes advierte fácilmente este problema de fondo. Y lo que hice con este ejercicio de imaginación es simplemente abrirme a la posibilidad de estar profundamente equivocado en mi visión inicial del asunto. Que pensar que la conciencia emerge desde el funcionamiento cerebral es creer en milagros o en magia, ya que no hay nada que sustente objetivamente esta visión. Sin embargo, plantear el asunto desde otra perspectiva en la que no exista una producción sino una simple expresión disipa la mayoría de los problemas de fondo, aunque lógicamente no se pueda explicar tampoco cómo es posible esa expresión en los seres vivos, ya sea a través de la funcional “percatación” o de la fenoménica “conciencia”. Pero entiendo las reticencias y la acusación de que esta sería una visión pampsiquista, simple y llanamente porque entiendo la perspectiva desde la que se le acusa. El pampsquisimo es esencialmente una visión equivocada que vendría a afirmar que “todo es conciencia” (con distintas variantes), y eso no tiene sentido (una roca no tiene conciencia, ni una nube, ni la Luna, etc), como no lo tiene “todo es materia”. Son fragmentos dualistas que se enfrentan entre sí y que se lanzan al adversario cuando no se comprende su visión ampliada del asunto.

Lichtung

Imagen relacionada

El claro del bosque (apertura) es la condición de posibilidad de que la luz pueda expresarse. El claro no produce la luz sino que la permite.

El problema de los usos comunes de la palabra conciencia

A mi modesto entender, la mayor dificultad para enfrentarnos con este morlaco de la conciencia reside en que nuestro modo de pensar es generalmente fragmentario. Necesitamos trozos operativos, manejables intelectualmente que nos permitan avanzar en el conocimiento de las cosas.

Por este motivo casi siempre se le pone “apellidos” (adjetivos o adverbios) a la conciencia. Y cuando dialogamos necesitamos ponerlos para entendernos en nuestro contexto cultural, lo que nos lleva a constantes aporías en este asunto. Lo he comprobado cientos de veces y jamás se encuentra una solución, aunque los interlocutores sean honestos intelectualmente hablando y traten de acercar sus espacios de significación (qué espacio semántico señala para ti el vocablo o expresión que estás usando), algo por desgracia infrecuente en las discusiones sobre el tema. Se tiende más a la dialéctica erística.

Esto se nota mucho en los usos comunes de la palabra conciencia. Por ejemplo, con los estados de conciencia y sus funciones dentro del campo semántico de la “conciencia humana”. Siguiendo a Chalmers:

1) Vigilia. A veces decimos que “estamos conscientes” como una forma de decir que no estamos dormidos.

2) Introspección. Proceso mediante el cual podemos hacernos “conscientes” del contenido de nuestros estados internos.

3) Informatividad. Nuestra capacidad para informar sobre el contenido de nuestros estados mentales, presupone la capacidad de instrospección pero está constreñida al uso del lenguaje.

4) Autoconciencia. La capacidad para pensar sobre nosotros mismos, la “conciencia” de nuestra existencia como individuos y de nuestras diferencias y similitudes con otros.

5) Atención. Con frecuencia decimos que alguien es “consciente de algo” precisamente cuando presta atención a ello, cuando una porción significativa de nuestros recursos cognitivos está dedicada a tratar con la información que a nosotros nos parece relevante.

6) Control voluntario. Decimos que una conducta es “consciente” cuando la realizamos deliberadamente.

7) Conocimiento. En otro sentido cotidiano, cercano a su origen etimológico, decimos que alguien es “consciente” de un hecho cuando conoce el hecho, o cuando nos acercamos a ese hecho. Esta noción raramente se trata en las discusiones técnicas de la conciencia, pero es la base de todas, como la masa lo es de todas las pizzas.

 

El tema es tan complejo y sutil que cuando lees cosas como esta se te queda cara de “¿lo qué?”…

Científicos descubren donde está ubicada la conciencia humana

“Se trata de la corteza prefrontal lateral del cerebro, el lugar donde, según ellos, se aloja la voz de la conciencia.

“Hemos establecido un área en el lóbulo frontal humano, un área del cerebro que se sabe que está íntimamente involucrada en la organización y en los procesos de toma de decisiones”, ha afirmado Franz- Xaver Neubert, director del estudio en la Universidad de Oxford.

Los científicos creen que esta región es la fuente de la voz interior que nos azuza cuando nos inclinamos a tomar decisiones que nosotros mismos consideramos malas o buenas.”

Esto suena tan absurdo como querer saber desde dónde salen las imágenes en un televisor revisando su cableado. Claro que sin esos cables las imágenes no se ven, y claro que esos cables están involucrados en la emisión de las imágenes. Pero también parece obvio señalar que no son los cables la “fuente” que las produce o reproduce.

Pues de estas, miles… Y ahí habla solo de la conciencia humana. Cuando entran otras formas de conciencia biológicas el lío está servido. La tensión intelectual crece y el rigor se convierte en rigidez, apagando cualquier intento de diálogo.

Adultos con altas capacidades. Convivir con la complejidad cognitiva

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Estoy en un tejado. Observo la calle con atención. Me fijo en todos los patrones de comportamiento que se repiten.

Por ejemplo, veo a una persona coger una moto todas las mañanas e irse. Puedo describir todo lo que hace con precisión. Puedo describirle a el y su moto, la calle y la ruta… Pero jamás podré saber qué significa todo eso para él sí no se lo pregunto.

Un patrón puede visualizarse como una abstracción (elevación a nuestra conciencia de formas o elementos recurrentes). Un modelo, en ese sentido, sería una estructura hecha de patrones. Todo externo. Todo se establece desde el punto de vista del observador del fenómeno.

Puedo ser un extraordinario observador de la realidad y extraer cientos de patrones. Con ellos puedo generar modelos complejos que ayuden a describir esa realidad. Modelos que se validan o se descartan gracias a muchas investigaciones desde el mismo punto de vista del observador desimplicado del fenómeno.

Simplificando mucho la dinámica, este es el modo científico de generar conocimiento que permite aplicaciones de extraordinaria fiabilidad. En nuestro día a día comprobamos cómo cientos de aparatos funcionan y nos hacen la vida más sencilla gracias al conocimiento científico que el hombre ha ido acumulando durante siglos. Aviones, ordenadores, casas inteligentes, infraestructuras, edificios, medicamentos, aparatos eléctricos, comunicaciones, etc.

David Bohm decía que “Los modelos son representaciones simbólicas que describen los principales rasgos o dimensiones de los fenómenos que representan. Como tales, son sumamente útiles para descomponer fenómenos complejos en representaciones más simples y más fácilmente comprensibles.

Sin embargo, por los modelos se paga cierto precio. En los últimos años se ha empezado a tomar cada vez más conciencia del poder de modelos y creencias sobre la configuración de la percepción. Especialmente cuando son implícitos, se dan por supuestos o se aceptan sin cuestionarlos, los modelos llegan a funcionar como organizadores de la experiencia que modifican la percepción, sugieren ámbitos a la investigación, le dan forma y determinan la interpretación de datos y experiencias de modo tal que se vayan obteniendo los resultados que los mismos modelos profetizan. La naturaleza autorrealizadora y autoprofética de este proceso indica que los modelos se autovalidan, es decir, que sus efectos sobre la percepción y la interpretación se convierten en argumentos a favor de su propia validez, que configuran la percepción de manera congruente consigo mismos. En otras palabras, que todo lo que percibimos tiende a decirnos que nuestros modelos y creencias son correctos. Pero el mayor peligro de este efecto reside en el hecho de que el proceso opera principalmente a nivel inconsciente.

Todo punto de vista depende de ciertos supuestos referentes a la naturaleza de la realidad. Si se reconoce así, los supuestos funcionan como hipótesis; si se olvida, funcionan como creencias. Los conjuntos de hipótesis forman los modelos o teorías y los conjuntos de teorías constituyen los paradigmas.”

Todo modelo explicativo (en realidad, descriptivo) se establece cuando es capaz de dar respuesta a dos preguntas claves en la ciencia:

  1. ¿Qué es? Pregunta que apunta a las formas y estructuras
  2. ¿Cómo funciona? Cuestión que señala a las acciones y funciones

Es evidente que para estudiar fenómenos atmosféricos, geográficos o astronómicos basta con dar respuesta a estas dos preguntas fundamentales. Sin embargo, cuando se trata de estudiar al ser humano, con toda su complejidad interior, estas dos preguntas se quedan terriblemente cortas, en la superficie. No basta con dar respuesta a qué es y cómo funciona el ser humano para comprender al ser humano y sus íntimas razones para tener un determinado comportamiento o pensamiento. En fenómenos donde la primera persona tiene un papel principal no puedes ignorar la pregunta clave: qué significa.

¿Qué significa tener altas capacidades?

Pues bien, el preámbulo anterior, realmente abstracto y difícil de comprender, sirve para entender por qué razón la mayoría de adultos con altas capacidades que he conocido estos años siente (sentimos), en el fondo de su ser, una profunda incomprensión del entorno. Los niños y jóvenes también tienen esa sensación, pero su capacidad de verbalizarlo y encontrar razones de fondo no son las mismas. Le falta bagaje experiencial, vivirlo. Como le pasaba a Will Hunting en esta mítica escena:

Casi toda la literatura científica sobre las altas capacidades, mucho más numerosa para estudiar niños que adultos por razones obvias, se ciñe a dar respuesta a las dos preguntas superficiales. No va más allá. No le interesa ir más allá. No es su competencia.

En este contexto, es normal que los adultos que leemos este tipo de publicaciones sintamos un enorme vacío explicativo en todas ellas. Su poder descriptivo, cuando están bien trabajadas, es enorme, pero no va más allá. No podrían explicar qué significa convivir con la complejidad cognitiva.

Ni siquiera los libros de psicólogos que utilizan sus casos clínicos como ejemplos que ilustran determinados comportamientos llegan al fondo de la cuestión. Solo pueden patronizar determinadas conductas y describirlas de un modo tal que terminan por elaborar auténticos estereotipos con patas, como le pasaba el famoso libro de Jean Siaud-Facchin “¿Demasiado inteligente para ser feliz?”. Y es curioso, porque cuando se analiza desde el punto de vista científico recibe muchas críticas por falta de “rigor”, mientras que si se analiza desde el punto de vista humano recibe más halagos. Muchos adultos que no se re-conocían lo hicieron gracias a ese libro, ese fue su gran poder catártico.

Sin embargo, como digo, una mirada algo más “vieja” es capaz de ver que, a pesar de todo, se sigue quedando en la superficie. Y la sensación de incomprensión continúa. Por ese motivo solo queda el recurso del diálogo entre personas que conviven con esa complejidad cognitiva. Mediante este sencillo mecanismo se logran enormes resonancias cognitivas y emocionales que permiten aliviar esa sensación. Pero claro, generalmente estos diálogos no se producen en abierto o en público, básicamente porque el entorno no lo entiende y se producirían comentarios preñados de ignorancia que impedirían el flujo dialógico.

Si le dices a alguien que piensas en 3D mientras que la mayoría de tu entorno lo hace en 2D lo más probable es que te mire con cara rara, cuando no directamente te diga que eres gilipollas, prepotente, o cualquier otro apelativo cariñoso. Es muy difícil explicar todo lo que pasa aquí dentro y por ese motivo generalmente no lo hacemos. No existe un terreno abonado y fértil para hacerlo. Con el consiguiente perjuicio a uno de mis objetivos idealistas: la comprensión integral del fenómeno de las altas capacidades. Integral porque el aspecto interior es tanto o más importante que el exterior.

¿Qué significa entonces tener altas capacidades? Leído y entendido lo anterior, la respuesta es sencilla: lo que cada persona, en su íntima comprensión vital, entienda que implica esa pregunta. No se puede establecer un patrón común de respuesta a todas las personas con altas capacidades. Lo que significa para mí no tiene por qué parecerse a lo que señala simbólicamente a otros. De ahí la importancia del diálogo, donde se pueden acercar los espacios de significación y nos permiten comprender las distintas representaciones simbólicas internas de otros sin juzgarlas.

Así que cuando leas descripciones de cómo eres y cómo funcionas, no les hagas mucho caso. Siempre se quedarán en la superficie de tu ser. No están escritas para ti sino para que otros sepan cómo actuar cuando ciertos comportamientos tuyos se ajusten a sus modelos.

La medida del éxito

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¿Qué entendemos por éxito?

Éxito viene del latín exitus, que significaba literalmente salida (adoptado con ese sentido por los ingleses como exit), pero también  término, resultado o fin. Con estos últimos sentidos llegó a nuestro castellano actual, para definir el fin o terminación de un negocio o asunto de un modo feliz. Llevar algo a buen término es éxito.

También hay una acepción de éxito, buena aceptación que tiene alguien o algo, que apunta más al impacto externo que a la propia acción u obra. Obviaremos este sentido porque está mucho más cargado de otro tipo de connotaciones que no vienen al caso aqui y ahora.

¿Cómo podemos medirlo?

Para medir un resultado debemos tener en cuenta dos dimensiones: interna y externa. No utilizo el par subjetiva y objetiva porque estos dos términos están cargados semánticamente y nos puede nublar el entendimiento claro del asunto.

 

La Medida Externa

La medida externa del éxito es algo sobradamente conocido. Puede establecerse mediante estándares consensuados socialmente, con independencia de que pueda discutirse su establecimiento, su alcance o su propia funcionalidad.

Tú haces una cosa y al terminarla alguien o algo la valora como éxito (o de otro modo si no se ajusta al estándar).

En un ambiente colaborativo, el éxito señala la consecución satisfactoria de un determinado objetivo (p.e. un trabajo, un proyecto, una instrucción, etc). Cada acción exitosa es valorada en su propio contexto como parte de un proceso grupal que también puede llevar a buen término una acción más compleja, lo que supondría otro éxito, esta vez de rango superior en la escala de valores cooperativos. El éxito de todos es el de cada uno. El éxito de cada uno es el éxito de todos. El éxito se multiplica cuando se comparte.

En un ambiente competitivo, el éxito se vincula más con la acción feliz de “ganar”. Los individuos y los equipos ganan competiciones, ganan medallas, ganan reconocimiento, ganan premios varios, ganan notoriedad, etc. El éxito de un individuo es de ese individuo, no de los demás competidores. Lo mismo pasa con los equipos en competición: solo puede ganar uno. Ahora bien, hay que matizar que para un equipo con objetivos más modestos ganar no es su éxito. Puede ser quedar en buena posición, competir al máximo, etc. Pero como hablamos de medidas externas del éxito, siempre serán otros los que catalogen como tal los resultados obtenidos. Puedes estar orgulloso de tu trabajo y que otros no lo valoren como éxito “objetivo”.

Para comprender mejor por qué debemos considerar éxito también las acciones acometidas que terminan bien, aún sin reconocimiento externo de las mismas, es importante reflexionar sobre el sentido de la medida interna de las cosas.

Si soy extraordinariamente tímido y logro superar ese miedo para exponerme públicamente, habré sin duda logrado un éxito que solo podrá ser medido internamente. Puede que nadie más lo haga, ni falta que hace. He logrado completar con éxito una acción y debo ser coherente conmigo mismo, valorándola intrínsecamente como se merece. Más allá de lo que piensen otros. Ejemplos hay miles en nuestro día a día.

La Medida Interna según David Bohm

(Pasaje extraído del artículo de Gustavo Victor Casillas Lavin)

A la entrada del templo de Apolo, en Delfos, se podían leer dos inscripciones que han sido consideradas, a lo largo de los siglos, como el non plus ultra de la sabiduría. Estas inscripciones se complementaban mutuamente, y su comprensión y puesta en práctica se consideraba de enorme valor para la persona.

Una de ellas, tal vez la más famosa hasta nuestros días, rezaba Gnothi Seauton (Γνώθι Σεαυτόν): “conócete a ti mismo”. Diferentes autores coinciden en que el  auto-conocimiento es una verdadera prueba de sabiduría que implica la sensatez del juicio ante las propias acciones y las acciones de otros, ya que sólo conociéndose a uno mismo es posible valorar a los demás.

El reconocimiento de los propios límites físicos, intelectuales o emocionales, así como de las propias capacidades, permite a la persona una acción más efectiva y  una vida más plena. El auto-conocimiento permite valorar las propias virtudes y debilidades, facilitando de esta forma la superación del individuo.

Por otro lado, en la segunda inscripción se podía leer Meden Agan (Μηδέν Άγαν): “todo con medida”. A diferencia de la primera inscripción, que fue exaltada por el  propio Sócrates, esta última frase permaneció prácticamente ignorada en occidente, hasta que las autoridades sanitarias impusieron restricciones a la mercadotecnia de las bebidas alcohólicas, a fines del siglo XX.

Para comprender la importancia de esta frase, más allá de la recomendación publicitaria que compite con los ya clásicos “aliméntate sanamente” o “come frutas y verduras”, es importante tener en cuenta que, como certeramente señala David Bohm en La totalidad y el orden implicado, el concepto de medida entre los griegos antiguos no se refería a la comparación de un objeto con un patrón externo o unidad… “este último procedimiento se consideraba más bien como una forma de exteriorizar una ‘medida interna’ más profunda, que tenía un papel esencial en todas las cosas.” (Bohm, 1980:44).

Siguiendo con el mismo autor: “Podemos asomarnos un poco a este modo de pensar cuando consideramos los significados primitivos de ciertas palabras. Así, la palabra latina mederi, que significaba ‘curar’ (raíz de la moderna ‘medicina’), se basa en una raíz que significa ‘medir’. Esto refleja el concepto de que se consideraba la salud física como el resultado de un estado de orden y medida interiores en todas las partes y procesos del cuerpo. También la palabra ‘moderación’, que describe una de las más importantes nociones antiguas de virtud, tiene la misma raíz, y muestra que se consideraba esta virtud como el resultado de una medida interna subyacente a las acciones sociales y al comportamiento del hombre. La palabra ‘meditación’, que también tiene la misma raíz, supone una especie de ponderación (pesaje) o medida de todo en el proceso del pensar, que llevará a las actividades internas de la mente a un estado de armoniosa medida.

Así, física, social y mentalmente, la conciencia de la medida interna de las cosas fue considerada como la clave esencial de una vida saludable, feliz y armoniosa.” (Bohm, 1980:45)

De esta forma, para los antiguos visitantes del oráculo en Delfos, si algo iba más allá de su medida propia se encontraba fuera de armonía y estaba destinado a  perder su integridad.

Es por esta razón que el reconocimiento de que todo tiene una medida y la valoración de la justa dimensión de cada cosa es una prueba de sabiduría similar o equivalente al auto-conocimiento. Y es, al mismo tiempo, su complemento, ya que no es posible conocer o conocerse si se ignora la medida interna de aquello que concierne a la propia persona.

La medida así entendida supone una expresión de sabiduría, “una forma de penetrar en la esencia de todas las cosas, y que la percepción del hombre, al seguir los caminos que le señala, será clara y, por consiguiente, producirá una acción generalmente ordenada y una vida armoniosa.” (Bohm, 1980:46)

Lograr darle su justa dimensión a cada cosa es producto de “una forma de observar que tiene que adecuarse al conjunto de la realidad en la cual se vive…” (Bohm, 1980:47-48)