Dedicado a los pitonisos del “yo no lo veo”

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¿Cuántos niños y niñas ven rotos sus sueños porque algunos pitonisos dedicados a la docencia les vaticinaron un negro futuro al salir de la escuela? No todos los pequeños tienen la fuerza, el coraje ni el carácter para ir contra esa corriente tan perniciosa que en el mundillo de las altas capacidades conocemos como el “yo no lo veo”, el mantra más repetido con mucha diferencia en el ámbito escolar. “No trabaja”, “no tiene buenas notas”, “no se está quieto”, “no es tan listo”, “no llegará a nada”, etc. Como si el genuino talento se encontrara en aquellos que simplemente siguen las reglas de ese rodillo alejado de la realidad que llamamos “sistema educativo”.

Por suerte, de vez en cuando algunos no hacen caso y logran salir del cerco de esos mensajes tan motivadores que les dedican con todo el cariño del mundo. Este es el caso de Iraitz Cordero, joven estudiante de Ingeniería en Tecnología de Telecomunicación que ha sido premiado con un viaje a Silicon Valley como vencedor del programa Explorer Bizkaia con su Startup Totalcheck.

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Antes de viajar, recordó a aquella profesora que veía con claridad su negro futuro:

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Tras la experiencia, el joven comenta en Linkedin el impulso que ha recibido para continuar su labor:

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El coraje de convertir el “no puedes” en “¿cómo que no puedo?”


Otros ejemplos

 

Sergio Arce García Con 13 años los tutores llamaron a los padres: “nunca sacará nada”, “no trabaja”, “que haga una FP media sencilla para que al menos tenga algo” pero en casa era capaz de programar en basic sus deberes y saber la atmósfera de Venus o Marte. Sus padres le dieron al menos la oportunidad de ir a BUP. Con 15 años el tutor dijo que no valía, que estudiara otra cosa. Con 17 años la profesora de física y química dijo a los padres que no fuera a la Universidad, que nunca sacaría nada. Con 23 años terminó Químicas y fue a contárselo a todos los profesores que no creyeron en él. Actualmente es doctor con premio extraordinario, profesor e investigador de Universidad. Gracias a tod@s los que me dijeron que yo no valía todos estos años, me pude hacer a mi mismo como dice el blog. No pienso dejar que a mis hijos les pase lo mismo.

Vicente Rodriguez Fernandez Con 12 años fui diagnosticado como superdotado.Era tarde, mi experiencia educativa fue un infierno, con 13 dejé el colegio después incluso de conseguir una adaptación curricular. El día que dejé el colegio pensé que mi vida estaría abocada al fracaso y la mediocridad. Siguieron años trabajando en la obra, en el mercadillo, años donde fui rechazado incluso en Mcdonalds por falta del graduado escolar, siguieron años de depresión donde no salia de casa durante meses, un día sin embargo desperté de alguna manera. Pues bien, en los últimos 10 años viaje a 65 países, me convertí en activista por los derechos humanos y profe de universidad en Seattle en UW, salí en Forbes, escribí un par de pelis, encontré la paz en Berlin y soy muy feliz. Escribí mas de 100 artículos académicos, me convertí en asesor político e investigador y sigo sin el dichoso graduado, que para la gente como yo, es solo un palo con el que una sociedad mediocre nos pega en la cabeza para convertirnos en “normales”, hay esperanza fuera del sistema educativo. Si todo falla seguid apoyando siempre a vuestros hijos e hijas, os sorprenderán.

 

Altas Capacidades. Salir de la queja constante

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Se suele decir que la tristeza compartida se divide y que la alegría compartida se multiplica. Como simplificación emocional puede ser válida, siempre que hablemos de gestos o actos esporádicos, pero la realidad nos muestra que cuando la tristeza compartida cobra forma de hábito o acto repetitivo (frecuente y duradero) cambia el sentido de la operación: se multiplica la tristeza. El contagio está asegurado. El ambiente se enrarece y resulta complicado cambiar el tono emocional del lugar.

CLAVE FID (Frecuencia, Implicación y Duración)

La diferencia entre un gesto y un hábito se comprende en función de la frecuencia con la que se ejecuta algo. Si alguien toca un día un instrumento no tiene mucho sentido decir de esa persona que “es músico”. Tendrá que hacerlo con cierta frecuencia para poder afirmarlo fehacientemente.

En política y asociacionismo se suelen confundir con demasiada frecuencia los hábitos con los meros gestos. Nadie “es un buen gestor” o “es un gran trabajador” si apenas ejecuta gestiones o no da un palo al agua. Pero de este mar revuelto salen ganando los pescadores habituales: los figurantes o los del postureo. Los que se llenan la boca hablando de “todo lo que hacen” por los demás.

Pero siendo importante, no es suficiente con la frecuencia. Hay que aplicar también el filtro de la duración. Porque uno puede empezar a ir al gimnasio los primeros días con mucha frecuencia y a las pocas semanas aburrirse y dejarlo. El espacio temporal en el que se ejecutan esas acciones marcará también el carácter de habitualidad. Así, si alguien escribe con mucha frecuencia durante meses podrá escribir un libro,  y que se diga de él que “es escritor”. Pero se entiende fácilmente que cuanto más tiempo dure escribiendo con frecuencia más sólida será esa etiqueta. “Será más escritor” que alguien que solo hizo una obra en su vida.

Paola Graziano nos cuenta en este pequeño artículo qué es la queja constante y cómo se puede salir de ese bucle. Algo absolutamente necesario en estos momentos en el ámbito de las altas capacidades, donde la queja está dominando a las acciones, creando un ambiente realmente desolador del que se necesita salir con urgencia antes de que sea demasiado tarde.

Hace más de 11 años encontré ambientes similares en el foro que tenía esa lástima hecha negocio llamada El Mundo del Superdotado. Cien mensajes de quejas, miles de respuestas de refuerzo de las quejas. Ni una sola propuesta de solución a todos esos problemas. Y cuando preguntas, como novato, si alguien quiere hablar sobre AACC para aprender obtienes un atronador silencio. Dos días duré ahí. Porque una cosa es quejarse puntualmente por algo, que es lo normal, y otra diferente convertir un espacio en una queja constante sin darse cuenta de los efectos que eso produce en los participantes. La moral por los suelos, incapaces de salir del bucle, incapaces de proponer una sola acción colectiva. La nada…

Distinción entre la acción individual y la acción colectiva

Aunque en los dos párrafos anteriores (señalados en verde) lo expongo de modo explícito, creo que es importante resaltar que esta entrada, como la mayoría de las que escribo en este blog, está inspirada en los efectos que este mecanismo tiene en la acción colectiva, aunque lógicamente se active desde la esfera individual que es donde se puede trabajar y de ahí que añada el artículo que viene a continuación.

Pienso que la acción colectiva es mucho más sensible a los efectos inmovilizadores de la queja que la acción individual. El bloqueo individual necesita una mayor presencia de la queja para activarse. Con otras palabras, que sea más constante. Sin embargo, la acción colectiva se desactiva o se desalienta con muchísima mayor facilidad porque no suele estar en nuestro eje de acción habitual. No es necesario que todos los miembros de un grupo se quejen con continuidad para que el ambiente emocional se contagie y se desaliente la acción conjunta. Transita por debajo del radar de nuestra conciencia y cuando nos damos cuenta “la tropa está desmoralizada” sin saber muy bien por qué.

La lucha o la acción individual es loable en sí misma, pero su impacto se ciñe a lo personal. Cuando se unen 5, 10 ó 50 luchas individuales entramos en otra dimensión, la dimensión política. Política entendida en su sentido fuerte de acción con incidencia colectiva, no el politiqueo al que llamamos con la misma palabra.

Cuando la acción política brilla por su ausencia sus efectos se notan no solo a nivel del colectivo sino también en todas y cada una de las luchas individuales. La acción (o inacción) colectiva condiciona la acción individual. La “situación general” es el producto de esas acciones (o inacciones) conjuntas, y la “situación general” nos afecta a todos y cada uno. Por eso siempre abogo por acciones colectivas para poder cambiar la “situación general”, aunque sea un discurso que hoy día no parece tener mucho recorrido ni impacto. Dejamos en manos de otros esas acciones, con las nefastas consecuencias que eso conlleva y que motivan tantas quejas individuales, consoladas y animadas por otros individuos que también nos vemos afectados por ese trasfondo llamado “situación general”. Quejas que jamás han revertido la “situación general” aunque al compartirlas se liberen emociones contenidas, pequeñas descargas que alivian las luchas individuales aunque sean de corto alcance.


Cómo salir del bucle de quejarse por todo.

Quejarnos por todo nos hace infelices.

Probablemente todos conocemos a alguna persona “quejica” ¿Qué es lo que nos lleva a convertirnos en uno?

La queja surge a raíz de una frustración, malestar o daño percibido: centramos nuestra atención en lo negativo y buscamos una forma de amortiguar el malestar: la queja es un método para ello.

Nos quejamos como forma de liberar la tensión, paliar frustración generada.. pero paradógicamente esta “solución” ante el malester, suele generar más malestar.. por lo que nuestro foco permanece en lo negativo y nos quejamos más y más. Si repetimos este patrón, en poco tiempo acabamos por convertirnos en unos quejicas profesionales.

Nos quejamos para buscar apoyo en los demás, consuelo, empatía.. cuando nos quejamos transmitimos nuestro malestar al otro buscando su comprensión y empatía, esto nos consuela de alguna manera, pero no ayuda a superar la frustración ni a pasar a la acción. 

Una persona que se queja, es una persona que está sufriendo.

Podemos pensar que los “Quejicas” son personas egoístas, que buscan llamar la atención, o que son personas “tóxicas” que sólo transmiten negatividad.

Es verdad que a nadie le gusta la compañía de alguien que se queja por todo, es agotador, pero hemos de entender que una persona que se queja es una persona que está sufriendo. Es una persona que no sabe lidiar con la frustración de otro modo.

El quejica no quiere amargarnos la vida, realmente lo que quiere es ser feliz… pero está atrapado en un bucle negativo y sufre. No escapaz de superar la frustración, aceptar y pasar a la acción: se ha quedado bloqueado en la queja alimentando su malestar sin darse cuenta. Lamentablemente los demás no podemos hacerle cambiar de estrategia, es el propio quejica el que debe hacerlo.

La queja no puede ser la única estrategia ante la frustración.

Cuando algo nos frustra, duele, o nos incomoda, la primera reacción suele ser la rabia, el enfado o la tristeza: es normal sentirnos mal, y es aquí cuando surge la queja. Pero hemos de trascender esta fase y no quedarnos en la frustración, quejándonos alimentamos más y más nuestro sufrimiento. Hemos de llegar al punto de aceptación y de acción.

  • Os pongo un ejemplo:

Imaginad que tengo una cita importante al otro lado de la ciudad, y conduciendo de camino a ella me encuentro con un atasco. Realmente es una situación frustrante, el atasco me retrasa y no sé si llegaré a tiempo. Es entonces cuando:

  1. Me frustro: siento rabia y malestar, puede que diga alguna palabrota o me queje de la situación.
  2. Valoro si hay alguna acción a llevar a cabo: Acepto que estoy en una situación que no me gusta y pienso ¿qué puedo hacer frente a esta situación/problema? ¿hay alguna acción que pueda llevar a cabo? En este caso el atasco no depende de mi, así que no puedo hacer nada más que esperar y tener paciencia. Puedo sacar una conclusión como “la próxima vez saldré más temprano o iré por otro camino” y llamar a quien me esté esperando para que sepa que estoy en un atasco y puede que llegue tarde.
  3. Acepto lo que no puedo cambiar y cambio mi foco de atención a otra cosa. A esto yo le llamo el punto “hay que fastidiarse!”, acepto lo que me ha tocado, entiendo que probablemente llegaré tarde y que no puedo hacer nada ahora al respecto, y acto seguido cambio el foco de mi atención a otra cosa (por ejemplo pongo la radio, aprovecho para pensar en la lista de la compra, lo que sea)

Sin embargo si soy un buen quejica lo más probable es que no salga de la frustración inicial y no consiga pensar en la acción ni en la aceptación, me quedaré en el coche quejándome de mi mala suerte, del ayuntamiento, de las obras, de las consecuencias negativas de llegar tarde, y de mil cosas más.. durante todo el tiempo que dure el atasco. Esa queja constante alimentará mi frustración y mi rabia, me generaré más sufrimiento  y me amargaré todo el día por ese acontecimiento. 

De la frustración hemos de pasar a la aceptación y a la acción.

No te quedes en la queja: saca una conclusión de aquello que te desagrada ¿lo puedes cambiar? ¿Si/No? si la respuesta es SI centrate en qué vas a hacer, si la respuesta es NO acepta esta situación, saca una conclusión, y concentra tu atención en cosas que si te aporten, en lo que sí puedes hacer.

Puedes elegir dejar de quejarte y pasar a la acción. Revisa tus quejas mas comunes y conviértelas en acciones:

  • Me quejo de la situación política ——- realizo la acción de manifestarme, militar en un partido afín a mis ideas, ir a votar..
  • Me quejo de mi situación laboral ——   Buscar mejorarla o cambiar de empleo
  • Me quejo de mi mala salud ————-  Busco mejorar mi calidad de vida, cuidarme, y tener hábitos saudables.
  • Me quejo de mi mala suerte (por ejemplo alguna fatalidad) — he de aceptar lo que no puedo cambiar y centrarme en estar agradecido por lo que sí tengo y potenciar esos recursos.

La queja puede surgir como primera reacción ante algo que nos frustra o nos disgusta.. pero no podemos quedarnos ahí, hemos de  aceptar que las cosas no son como nos gustaría y centrarnos en la acción, en qué podemos hacer al respecto, en cómo llevarlo lo mejor posible, o en cómo voy a elegir vivir ese camino.

Te propongo un par de retos:

  • Hay un reto que surgió hace un tiempo en el que se proponía un mes sin quejas. Yo te lo pongo más fácil: no quejarte durante dos días. Proponte conscientemente no exteriorizar tus quejas durante 48hs. Dos días enteros sin quejarse en voz alta sobre las cosas que no podemos cambiar: perder el tren, el perro del vecino que ladra, que llueva cuando ibas a ir a la playa, la actitud del jefe, el cansancio que tengo.. (es más difícil de lo que parece) Si aparece una queja has de poner el contador a cero y empezar otra vez hasta conseguir llegar a 48hs libres de queja.
  • Practica la gratitud: Piensa cada día en al menos tres cosas por las que estás agradecido y apúntalas: tener agua corriente, la sonrisa de mi hijo, tener buenos amigos.. puedes tener una libreta de agradecimientos, y apuntar 3 cosas cada día hasta llenar la libreta.

Recuerda: Puedes elegir salir de la queja, pasar a la acción, aceptar lo que no puedes cambiar y disfrutar del camino.

El problema no es la queja, el problema es quejarse y quejarse sin hacer nada respecto al malestar que sentimos.

No seas de los que se la pasan quejándose y no hacen nada, elige no quejarte inútilmente, elige ser de los que actúan, elige ser de los que trascienden la queja, los que cambian lo que está en su mano, los que aceptan lo que no pueden cambiar y se adaptan, intentando siempre sacar lo mejor y disfrutar del camino.

 

FUENTE: https://psicologia-estrategica.com/salir-del-bucle-quejarse/

Altas Capacidades. ¿Se lo digo o no se lo digo?

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Es un asunto delicado que levanta ampollas cuando se plantea directamente. En principio, existe el derecho inalienable del menor a saber que tiene altas capacidades intelectuales. Pero todo derecho suele llevar una obligación, en este caso de los progenitores: informarle correctamente.

El patrón suele ser el mismo: familias recién aterrizadas que desconocen por completo qué significan las altas capacidades y que manejan los habituales prejuicios, mitos y estereotipos que pululan en nuestra sociedad.

En ese escenario de ignorancia, cuando preguntan ¿se lo digo o no se lo digo? suelo ser bastante seco y cortante: no se lo digas.

– ¿Por qué no?

– Pues básicamente porque lo que le vas a transmitir en lugar de ayudarle le va a perjudicar. No hay peor consejo que el que emana desde la ignorancia, aunque tenga la mejor intención del mundo.

– Son mis hijos y deben saberlo.

– Sí, deben saberlo. Pero para saberlo en condiciones el primer paso que tienes que dar es formarte tú. Si no lo haces, le harás un flaco favor.

La formación es básica para no cargar a tu criatura con una etiqueta extremadamente pesada, cargada de mitos y estereotipos que obviamente no conocen los recién llegados y, por desgracia, muchos de los que llevan años pero se niegan a formarse en esto. Este patrón es una constante salvo gloriosas excepciones. Son muy pocos los que llegan y se ponen a formarse antes de informar a sus criaturas. Y ese pasotismo obviamente redunda en lo que sus criaturas van a recibir, que es una acumulación de mitos y estereotipos difíciles de sobrellevar.

Toda etiqueta contiene expectativas de cumplimiento que suponen una carga añadida a la misma.

¿Qué ocurre cuando la carga de la etiqueta es negativa? ¿Qué pasa cuando atribuimos cualidades socialmente negativas? ¿Y qué pasa cuando convertimos una cualidad -algo que se tiene o no se tiene- en un modo de ser? ¿Qué diferencia sutil existe entre decir de alguien que “es muy borde” (adjetivo calificativo que alude a la cualidad del carácter) o decirle que “es un borde” (sustantivo)?

Muchas veces sostenemos un pensamiento contradictorio. Por lo general, rechazamos virulentamente el uso indiscriminado de etiquetas para definir o atribuir cualidades a las personas. Entendemos fácilmente que todas son algo más complejo que las posibles atribuciones que puedan hacerse. Sin embargo, y como comento más arriba, nuestro modo normal de funcionamiento es ese que rechazamos. Estamos todo el día etiquetando cosas y personas. Vigilamos poco ese proceso y casi nada las implicaciones que tiene el mismo. No valoramos qué consecuencias trae, por ejemplo, el identificarse fuertemente con una etiqueta. Si tú te identificas con una cualidad como la simpatía, dirás de ti que “soy simpático”. Eso, por lo general, no tiene mayor importancia si no vas enseñándola en cualquier situación, sea o no pertinente hacerlo. Y tampoco tiene mayor trascendencia porque la cualidad de ser simpático -tener simpatía- no tiene una consideración elevada dentro de nuestra escala de valores. El ser humano suele darle mayor trascendencia a cualidades como la inteligencia, la bondad, la habilidad y, en estos tiempos modernos, a la belleza, la riqueza o la posición social que a los rasgos de carácter de una persona. 

El peso de la etiqueta variará en función del valor que se le dé al sustantivo o al adjetivo que acompaña al verbo “ser”. Las expectativas asociadas a la etiqueta serán enormes en el caso de cualidades que consideramos más intrínsecas y permanentes de la personas (para las que usamos los sustantivos), e irán reduciéndose a medida que esas cualidades se vean como algo más externo y efímero (con adjetivos).

Así, se entiende fácilmente el enorme peso que tiene la etiqueta mal formulada “ser AACC”/”ser de AACC” frente a la etiqueta “tener AACC”.

Conclusión

– Se lo digo o no se lo digo?

– Fórmate y se lo dices. Lo agradecerá doblemente.

Altas capacidades. Sobre la intensidad emocional

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Hace unos días encontré uno de esos textos repletos de tonteorías que rulan dentro del colectivo donde se explican con todo detalle y con ejemplos anecdóticos algunas de las supuestas características inherentes a los superdotados. Había varias que podrían desmontarse fácilmente, pero me detuve en una no excesivamente disparatada que se da por sentada por parte de la mayoría de personas que frecuentan estas lecturas: la alta intensidad emocional.

Inherente no está escrito para adornar el texto, su significado no deja lugar a dudas: Que por su naturaleza está de tal manera unido a algo, que no se puede separar de ello. Es un elemento fundamental para entender determinados procesos de adherencia e identificación que se van desarrollando por fases:

  1. Fase generalizadora.”Una de las características habituales en las personas superdotadas es la alta intensidad emocional”. Se encuentra en bastantes casos y se añade al listado para orientar en el proceso de identificación.
  2. Fase universalizadora. “Todos los superdotados tienen una alta intensidad emocional”. A pesar de las advertencias de la fase inicial, se pasa con facilidad a la falacia de generalización excesiva, considerando que todos han de cumplir esa característica.
  3. Fase excluyente. “Solo los superdotados tienen una alta intensidad emocional”. Cuando la mente corre demasiado y la identificación es plena, el paso de la universalización a la exclusvidad es sencillo.

Para comprobar el anclaje de esta idea lancé en un grupo una pregunta que debía leerse con suma atención para responderla sin caer en la trampa de la fase excluyente.

¿Diríais que hay una relación directa entre el nivel de inteligencia medido en función del CI y la intensidad emocional? Es decir, ¿cuanto más CI, más intensidad?

Sin embargo, la mayoría respondió afirmativamente. Es decir, se tiende a pensar que cuanto mayor es el cociente intelectual, el grado de intensidad de la emociones irá directamente relacionado, precisamente por haber interiorizado la idea de que la alta intensidad emocional se dará solo en el grupo con mayor cociente intelectual.

En principio, cabe pensar que muchos respondieron sin pensar bien en las implicaciones de tal afirmación, basándose en la experiencia propia y en la de otras personas del colectivo con la que hablan. Todo muy normal, dentro de lo que es esperable. Pero claro, responder “sí” a la pregunta de que la intensidad emocional aumenta en relación directa con el CI te lleva a una conclusión cuanto menos preocupante: las personas con un CI inferior o muy inferior a la media serían poco menos que amebas o plantas. Algo que no se corresponde con la realidad.

Basta realizar algún rastreo de artículos no excesivamente técnicos que relacionen la intensidad emocional con el cociente intelectual o la discapacidad para encontrar ejemplos que contradicen esta idea tan firmemente consolidada en el colectivo, producto de un potente sesgo que nos dice que lo que vivimos de cerca debe ser algo inherente y no meramente circunstancial.

Para muestra, dos botones, que podrían ser varios más:

Ejemplo 1. Trastorno límite de la personalidad

¿Cómo responden a las emociones las personas con TLP? Intensidad y sensibilidad emocional extrema

Las personas con trastorno límite de personalidad son muy sensibles a las experiencias externas porque tienen miedo al abandono. Por eso, responden con mucha intensidad ante cualquier emoción, ya sea enfado o alegría. Sufren una inestabilidad emocional muy acentuada que les cuesta controlar. Por ejemplo, es común que presenten episodios de ansiedad y frustración intensos que proyecten sobre otras personas mediante comportamientos poco respetuosos.

Ejemplo 2. Síndrome de Down

2. El mundo emocional de las personas con síndrome de Down

La experiencia vital de tener un hijo con síndrome de Down es de una enorme intensidad emocional y se vive desde el momento en que a los padres se les comunica el diagnóstico (Skotko y Canal, 2004). A partir de ese instante y durante toda su existencia, las personas con síndrome de Down enriquecen a quienes les rodean con todo tipo de vivencias sentimentales. Mas no es ese el mundo emocional al que se refiere este punto, sino al de las propias personas con síndrome de Down.

Después de haber afirmado con anterioridad que las emociones son personales e intransferibles, intentar teorizar sobre la forma en que viven sus experiencias afectivas las personas con síndrome de Down puede parecer temerario, especialmente si tenemos en cuenta sus dificultades expresivas. No obstante, utilizando como base sus características neurobiológicas y de desarrollo (Troncoso y col., 1999), se pueden hacer algunas deducciones sobre su vivencia sentimental.

Si las emociones son estados del sujeto, las personas con síndrome de Down tienen una vida emocional tan rica como los demás, por cuanto los sentimientos nos invaden, se hacen dueños de nosotros y ellas viven esos afectos con igual o mayor intensidad que los demás. Más aún, en ese bloque cognitivoemocional en el que actuamos, en ocasiones la intervención del intelecto intenta “explicar” lo que sentimos, “racionalizar” el sentimiento, algo por definición imposible. Podemos suponer que las personas con síndrome de Down, menos influidas por cribas intelectuales, distorsionarán en menor medida sus emociones y en muchos casos las experimentarán en toda su riqueza, con mayor intensidad que muchas otras personas.

Altas capacidades. Pensar y comunicar diferentes

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Hace algo más de cinco años Antonio Ortín, amigo y redactor jefe de Diario Sur me dio un regalo inolvidable e inmerecido: un espacio en la contraportada del diario un día tan señalado como el domingo. Obviamente yo no sabía nada de esto cuando me llamó para quedar y hacerme una pequeña entrevista de unos 45 minutos.

Antes de comenzar me dijo que le hablara como si él no tuviera ni idea de qué son las altas capacidades. Sabía perfectamente que la sociedad en general no iba a comprender las ideas si las elaboraba demasiado o utilizaba un vocabulario técnico, así que tomé conciencia del público al que iría destinado el artículo y utilicé varias simplificaciones.

Entre las más destacadas, “ser” en lugar de “tener”, con todo lo que implicaría poco tiempo después, con las nuevas corrientes que han distorsionado la imagen del colectivo espero que no de modo irreversible. En concreto:

¿Qué es un superdotado?

Básicamente, una persona que piensa y siente de manera diferente. Para que usted me entienda, es como si un superdotado viera el mundo en 3D mientras los demás lo vemos en 2D.

Es curioso leerse en retrospectiva. Adviertes detalles que entonces pasaron desapercibidos, como ese “los demás lo vemos…” o el lenguaje colectivista que usaba. Está claro que lo que comunicamos varía sustancialemente en función de qué vivencias tengas en cada instante y de la perspectiva que tomes para hacerlo. Esa autoexclusión resulta ahora muy llamativa. Pero bueno, son meros detalles… Al lío que me disperso.

La simplificación “piensa y siente diferente”, o pensar-sentir en 3D, tiene un trasfondo de realidad aunque con muchas matizaciones. Para empezar, añadiría “comunicar diferente” a la coctelera, un elemento clave para entender el habitual sentimiento de incomprensión del entorno que solemos contar los adultos con altas capacidades cuando nos permitimos hablar de nosotros mismos en contextos seguros. Y quitaría lo de “sentir diferente”, porque el sentimiento es una emoción preñada de cognición, como descubrió Antonio Damasio hace años, lo que implica que el primero tiene pinta de derivar del segundo.

Así, nos quedamos con pensar y comunicar de modo diferente. De aquí surge una pregunta inevitable. Si todos somos diferentes y, en consecuencia, pensamos y comunicamos…

¿En qué se concreta esa diferencia?

La simplificación del pensamiento en 3D permite aflorar un elemento distintivo crucial: la profundidad.

Coges un tema, el que sea que te llame la atención (esto es fundamental, no todo te interesa, no somos seres omniapasionados). En una primera mirada superficial percibes los detalles gráficos o verbales que te presentan. Y una vez los tienes todos en la cabeza comienza la cocción interna: “Vale, esto es así por esto y aquello. Lo dice ahí. Pero….”

Y ese “pero” es el chispazo que prende la llama de las preguntas sin fin. De pequeños, todos se preguntamos sin cesar el por qué de todas las cosas que están descubriendo. Algunos son realmente agotadores, como mi hijo pequeño que era una metralleta de cuestiones. El mayor se hacía las preguntas hacia adentro y se las respondía él mismo con sus propias elucubraciones mentales.

Pero detrás de ese por qué hay diferencias notables entre aquellos que se quedan con la respuesta superficial que reciben y los que no nos quedamos satisfechos, empezando solos o acompañados una investigación informal sobre el asunto. La intuición nos dice que “hay algo más”, alguna dimensión oculta que no está aflorando en estos primeros rastreos. Entonces comienzas una aventura autodidacta que te permite reorganizar la información disponible del tema. Surgen nuevas visualizaciones o discursos sobre el asunto. Y si penetras mucho te vas dando cuenta de que las palabras (o las imágenes) que tratan de describirlos se quedan terriblemente cortas. Además, tampoco tienes acceso a todas las fuentes, de modo que tiras por la calle de en medio: creas o reelaboras conceptos (rígidos) o nociones (flexibles). Creas tu propio y genuino marco conceptual, manejas tus propios marcos de referencia, utilizas tu propio lenguaje y visualizas tus propias estructuras sobre el tema en cuestión. Esto puede llevarte por los Cerros de Úbeda (pensamiento divergente) o aterrizar ideas productivas novedosas (creatividad débil o fuerte, para ti o para la sociedad) o no.

Sales de los marcos conocidos y consensuados. Generas unos espacios de significación diferentes a los de las personas/libros con las que has ido dialogando durante el proceso en los que algunas palabras cobran vida y significados propios. Todo eso dificulta enormemente la comunicación con otros. No depende tanto de que su nivel de comprensión sea pequeño, ya que la mayor parte de las conversaciones las tienes con personas experimentadas, con cierto nivel intelectual o erudición. Se trata más bien de que no hay modo de hacerte comprender por el resto si no acercas tus espacios de significación con los suyos, si no os preguntáis mutuamente ¿qué quieres decir exactamente con esto? Se trata del método más sencillo y eficaz de salir del cerco de las nueve formas de no entenderse. Si te dedicas a responder sin preguntar, el choque entre significados diferentes es inevitable. Pensáis equivocadamente que el otro está entendiendo lo que digo por el mero hecho de usar las mismas palabras, pero la realidad es otra.

Algunas personas con “pensamiento tridimensional” consideran poco menos que imposible comunicarse eficazmente con otras simplemente porque “no llegan” al nivel de comprensión mínimo. Y esto creo que es un error. Podéis comunicaros a nivel “bidimensional”, acercándote tú a sus espacios y usando un lenguaje apropiado para que se entienda, aunque sea superficialmente, un asunto. Otra cosa es que eso te ocurra con tanta frecuencia que termines por desistir, pero eso depende más del carácter de cada uno. De hecho, en diálogos con otras personas de pensamiento más profundo se producen más incomprensiones precisamente por esa poca voluntad de acercar espacios de significación. Que el hecho de que los dos pensemos en 3D no implica que tengamos exactamente los mismos paisajes tridimensionales dentro de la chota. Nada más lejos de la realidad. Aquí apoyo totalmente el dicho popular de que solo has comprendido realmente un asunto cuando eres capaz de explicárselo a tu abuela… y que lo entienda.

Comunicarse con otros que no pueden comprenderte al cien por cien es un reto que merece la pena afrontar. Hacerlo con quien no quiere comprenderte es una pérdida de tiempo. Y como somos generalmente muy apasionados con nuestros paisajes tridimensionales, a veces no advertimos de que el interlocutor ha “desconectado” y seguimos describiéndolos como si estuvieran enchufados. También en esto hay que aprender a interpretar las señales. No siempre es que les falta interés, en ocasiones aunque lo intenten no llegan a comprender lo que quieres decir o, yendo más allá, lo que implica todo eso que con tanta pasión estás contando.

En cualquier caso, la idea general sencilla de todo esto es que es muy importante fomentar el pensar, esa actividad que estamos dejando de lado en una sociedad cada vez más manipulada a través de los clichés que los medios nos introducen en vena desde pequeños, impidiéndonos adentrarnos en esos paisajes ignotos que no quieren contarnos para “protegernos”… Menos condescendencia y más realidad es lo que necesitamos. Lo que necesitan nuestros pequeños, que son el futuro. Sin pensamiento propio y, trabajado, sin pensamiento crítico nos vamos al carajo.

Para terminar, os dejo esta poderosa reflexión del profesor Ramón Besonías basada en la cruda realidad:

El curso pasado tuve un alumno que votó a VOX en las pasadas elecciones. Solía charlar con él de política. Sin mediar indignación ni paternalismos; a pelo, incluso se terció una pizca de ironía. No es habitual que los alumnos de Bachillerato, tanto aquellos que tienen edad para votar como los que ya pueden hacerlo, hablen de política sin poner cara de asco o hastío. Cuando en mis clases de Filosofía abordamos el asunto, antes ya de empezar se santiguan. Les incomoda solo nombrarlo. Por eso, que un alumno entre decenas abra boca es de agradecer, venga con el armario ideológico que venga de casa. Ayer lo volví a ver y nada más acercarme me dijo sonriendo: ¿Has visto lo de Vistalegre? Lo petamos. ¿Qué partido ha llenado así últimamente?

La formación política del adolescente -y no pocos adultos- es escasa, superficial, susceptible al fake, deshilachada, sin referencias ni argumentos, carente de memoria ni experiencia. Su primera aproximación suele estar acompañada de una arrogante indignación e indiferencia, tejida de opiniones dispares, provenientes de las redes, la charla familiar de mesa camilla y la letanía inaguantable de los medios, bombardeando hasta la saciedad de ideas fuerza que duran lo que un tuit. Su predisposición a ser manipulados es muy alta. Más aún cuando les presentan el producto en frascos vistosos, aparentemente inocuos y cotidianos.

Hay dos temas en la escuela que aún siguen siendo tabú: el sexo y la política. El docente cree que de meterse en ese coso saldrá sin duda pitoneado. Ergo no te metas. Da tus clases como vienen en el libro y listo. Mejor seguir vendiendo en las aulas la versión saneada, complaciente. Hacer el vídeo colectivo el día de… y quedar como reyes. Falta sin duda en la escuela pública más política, más debate, más confrontación de argumentos, más distorsión cognitiva, más disenso sin ira pero también sin placebos. Menos auto censura, menos miedo, menos comodidad, menos… menos. ¿Cuándo empezó a ser la escuela un cementerio mental, un correccional, un dispensador de títulos? ¿Cuándo dejará de serlo?

El paso de Abascal por el Hormiguero fue éxito de audiencia. Lo vieron y oyeron más de 4 millones de espectadores; solo la Pantoja y Bertín Osborne superaron la hazaña mediática. Luego dirán que no hay que hablar más de política en las escuelas. Ojalá quemáramos los libros y empezáramos a hacer aquello para lo que realmente debe servir la educación: pensar. Y, por favor, no me digan que los alumnos no quieren pensar, que solo piensan en sus móviles y la pleiesteision. Heredaron lo que sembramos sobre su infancia. Es hora -no tarde, espero- de remediarlo.

Altas Capacidades: el ruido mental

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Como advertirá cualquier lector habitual de este blog, en estas últimas entradas estoy realizando un giro sutil en el enfoque bastante más intimista. El motivo es muy fácil de entender cuando se expone el contexto desde el que emerge.

Hace casi once años aterricé en el mundo asociativo y antes de cumplir un año tomé la responsabilidad de llevar a buen puerto un proyecto que moría. Todo eso es conocido y no voy a contarlo otra vez, cualquiera puede consultarlo en algunas de las entradas que he publicado durante estos tres años de vida del blog. El caso es que hace casi una década afronté el reto de hablar por primera vez en público (y qué público) en la reunión anual de Mensa que se celebró aquí al lado, en Marbella. Y escribí un texto en el que propuse una idea rectora para la asociación que, huelga decir, no era compartida por casi nadie aunque suele pasar que cuando alguien realiza un trabajo es fácil asumirlo como propio si no es un disparate. Esa idea era, visto con la experiencia de una década, tan potente como utópica. O, más bien, quimérica. Una pura entelequia. Demasiados intereses externos centrados en otros asuntos para que pudiera siquiera coger carrerilla, no digamos vuelo.

La idea rectora se resume en este objetivo: “la comprensión integral del fenómeno de las altas capacidades intelectuales”.

Para hacerla asequible es necesario esbozar al menos qué queremos decir con “comprensión”, qué queremos decir con “integral” y a qué apuntamos con la palabra “capacidad”.

Vayamos primero a lo sencillo.

Comprender no es meramente entender. Aunque ambas palabras sean sinónimas en el lenguaje coloquial, sus raíces semánticas son distintas: apuntan a realidades muy diferentes. Para llegar a captarlas tenemos que rastrear su origen desgajando los términos y cambiándolos de orden.

Comprender es originariamente “prender con”. Entender, en cambio, es originariamente “tender en”.

Si nos imaginamos una metafórica barbacoa intelectual, entender sería “desplegar las viandas” en el mantel intelectual y comprender sería la acción de “coger las viandas” para llevárnoslas a la boca experiencial. Una vez allí se produciría la ingestión (gestión interna) y más adelante la digestión (gestión a través) para llegar finalmente a la nutrición.

Lo que nos indica todo esto, sin metáforas de por medio, es que no basta con ENTENDER el fenómeno sino que hay que hacer todo lo posible por COMPRENDERLO. Hay que adentrarse en esa realidad “hasta las trancas”.

¿De qué nos sirve observar y analizar los chuletones si no nos los comemos?

Observar el fenómeno desde la distancia intelectual para luego teorizar o reflexionar sobre él no es suficiente, aunque sí es necesario. Sobre todo para no coger alimentos decorativos de plástico.

Una madre o un padre al que le comunican que tiene un pequeño con posibles ACs lo primero que hace, si realmente quiere ayudar a su vástago, es informarse lo máximo posible. Leerá todo lo concerniente a las ACs o escuchará las sabias palabras de los expertos. Pero ese es sólo el primer paso. No debería en modo alguno quedarse ahí. Debería, si realmente quiere comprender el fenómeno, formarse adecuadamente. Sólo así podría al menos estar en disposición de comprender qué tiene entre manos. No es baladí esta cuestión precisamente.

Pero todo este proceso, necesario, no aborda siquiera tangencialmente la pregunta que el propio niño con AC se podría formular cuando crezca: ¿Qué significa ser una persona con AC?, o, ¿qué significan las AC intelectuales? Digamos claramente que ese progenitor comprometido no puede “comprender” qué significa ser una persona con AC. En este contexto es fundamental la figura del adulto con AC.

El fenómeno de las AC se sitúa en un estadio de incomprensión estructural debido a la tendencia que tenemos de prestar atención casi exclusiva al aspecto externo o extrínseco del fenómeno (p.e. prestando atención a la conducta). El aspecto interno o intrínseco (p.e. sus valores o sus creencias, etc) queda en un oscuro y confuso segundo plano de nuestra atención, con la consiguiente pérdida o deterioro de una información crucial que ayude a “comprender” el fenómeno de una forma genuinamente integral.

He dedicado muchos años a tratar de aclararme (y aclarar a otros) dentro del paisaje extrínseco del fenómeno. Paisaje formado por toda aquella información de terceros en los que se discuten diferentes temas relacionados con las altas capacidades intelectuales: artículos periodísticos, artículos científicos, entradas de blogs de profesionales o de personas activas, formación específica en este campo, diálogos en grupos o individuales, legislación y, cómo no, la esfera asociativa que es donde mejor me he manejado cuando he estado realmente activo. En este último campo realmente tampoco ha sido tanto tiempo, apenas tres años y medio, pero fueron de tal intensidad y compromiso que valen por veinte. Tengo el serio problema de que cuando entro en un asunto que me apasiona pierdo completamente el control emocional y me dejo la piel. Posteriormente he estado en otros proyectos colectivos pero jamás con la misma implicación. Ni de lejos. Realmente hace más de tres años que no despliego ni un diez por ciento de todo lo que podría dar de sí. Y hace más de seis meses que tampoco estoy en el ámbito asociativo, con lo que tampoco tiene mucho sentido continuar hablando sobre este asunto, salvo que alguien necesite alguna información concreta y pueda dársela basándome en la experiencia acumulada. En el blog está lo relevante y tampoco hay cambios trascendentes.

Ahora, en este momento, soy literalmente un verso suelto en el mundillo AACC. Esto tiene sus ventajas e inconvenientes, claro, como todo en esta vida. Si desconectas de un hilo comunicativo notas cómo la información y las relaciones dejan de fluir como antes. Es lógico, ya no estás “ahí” y dejas de ser interesante para la mayoría. Quedan los que tienen que quedar, los que están por lo que eres y no por lo que supuestamente representas. Nada nuevo bajo el sol. Son procesos normales. La ventaja es que puedes escribir y reflexionar sobre lo que te dé la real gana porque no debes pensar en nadie más. Cuando representaba al colectivo me tenía que callar muchas cosas porque no estaban “consensuadas” y eso limitaba mucho la capacidad de expresar ideas incómodas. Por suerte eso desapareció y ahora puedo expresarme con mayor libertad. A unos les gustará y a otros les disgustará, como debe ser. Hay personas que afirman que no pueden leer lo que escribo simplemente porque en un momento dado no cumplí sus expectativas y les produce rechazo el simple hecho de ver un contenido mío en la red. Bueno, hay que aceptarlo, cada uno se monta su propia película y cuando no tiene el final esperado puede reaccionar de modos muy curiosos. A mis amigos siempre les digo que no soy experto (ni profesional) en este campo y a mis enemigos, cada día menos por suerte, tengo que recordarles que no voy de experto. Hay para todos.

Y algunos pensarán, con toda la razón del mundo, ¿qué cojones tiene todo esto que ver con el ruido mental que titula la entrada? Pues desgraciadamente mucho. Muchísimo.

Llevo meses enredado en un ruido mental incesante. Básicamente porque percibo cosas que no me invitan al optimismo dentro de la esfera extrínseca del fenómeno. Y la mente no para de dar vueltas sin parar. El aspersor mental sigue su funcionamiento, pero ahora sin enfocarse en un lugar concreto dentro de ese paisaje. El blog ya cumplió uno de sus objetivos: tratar los temas relevantes que podían orientar a las familias en este proceloso mar. Y gracias a varias colaboraciones desinteresadas los temas han ido variando a lo largo del tiempo. Pero ahora toca entrar en el aspecto intrínseco del fenómeno, ese del que tanto hablan otros y que tan poco comprenden realmente.

Las personas con altas capacidades no somos estereotipos con patas. Cada vez que lees descripciones de cómo son, cómo piensan y cómo funcionan, se me abren las carnes. Parecemos cortados por el mismo patrón. Nada más lejos de la realidad. Un buen amigo, Carlos Rodríguez, con el que suelo discrepar mucho y me da mucha caña, lo dice con suma claridad: cada persona con aacc se parece a otra como un huevo a una castaña. ¿Acaso diríamos que los gays o las lesbianas son, piensan y funcionan de una manera que puedas hacer listas de características comunes, más allá de la preferencia en sus relaciones personales? No, ¿verdad? Pues eso.

Toda las personas sabemos lo que es ser poseído por el exceso de ruido mental. Y cuando piensas mucho (no quiere decir bien), el ruido es ensordecedor. A veces insoportable. Otras bloqueante. En ocasiones te da hasta miedo. O lo rechazas, o pides un interruptor para frenarlo. Mientras escribo este texto el ruido de fondo es increíble, así que hago un enorme esfuerzo por enfocarme en lo que estoy comunicando. Esto generará una natural confusión en el lector, que ya habrá desconectado del hilo. O no, lo mismo alguien se siente identificado con esta confusión.

El caso es que ayer andábamos en casa de unos amigos sobre los que ya he hablado alguna que otra vez. Dos personas extraordinariamente creativas y espirituales (nada religiosas). César, un artista que no es de este siglo, nos presentó una de sus últimas creaciones en 3D. Durante varios minutos observamos la obra, arte puro en movimiento, abstracción y simbolismo a unos niveles imposibles de describir. Llevaba un par de horas tremendamente cansado con el puñetero ruido mental y aquella visualización, sorprendentemente, me activó. Otro se hubiera quedado dormido porque las formas evolucionaban con una fluidez que inducía el sueño. Sin embargo, a mí me calmó el ruido, que poco a poco desapareció. Sentí una extraña sensación, algo que experimentaba de pequeño, el vértigo del fondo creador de toda forma, esa negrura solo aparente que posibilitaba todo lo que emergía. Fue un momento tan revelador como terapéutico. Casi tanto como una meditación profunda. El puñetero ruido egoico mental dejó de estar presente y martillear. Las ideas profundas emergieron y sentimos una conexión inmediata. Le pregunté a César cómo surgió esa obra. Ni él lo sabía. Trataba en vano de explicar que de pronto empezó a fluir y su ego diseñó cada uno de esos procesos en el ordenador, sin poder imaginar cómo quedarían luego en 3D. Sus obras son profundamente simbólicas y abstractas, difíciles de catalogar e imposibles de describirlas con palabras. Hay que verlas. Son realmente impactantes. Y surgen desde el fondo. Por eso le regalé un resumen de lo que trataba de expresar con palabras, sin éxito. Su habilidad está en otro lugar:

INSPIRACIÓN

La consciencia -insight, intuori- instruye

El ego construye

Algunas personas con altas capacidades, dentro del perfil “aspersor” (superdotación), ya que el perfil “manguera” (talentos simples) parece funcionar de modo diferente aunque sea superficialmente, narran los beneficios que les han aportado la práctica sistemática de yoga, meditación o mindfulness. Técnicas que permiten, al menos momentáneamente, reducir bastante el molesto ruido mental. Mecanismos que, en cierto sentido, resetean nuestra mente para recomenzarla con nuevas energías. Y nosotros tenemos la fortuna de no necesitar estas técnicas, tenemos esos amigos que cada vez que quedamos para charlar producen el mismo efecto. Son terepéuticos y no hay ocasión que no se lo recuerde. Personas como ellas, inteligentes y sensibles, son un lujo en tu vida y desde luego los cuidamos para que todo continúe igual. Porque ellos dicen lo mismo. Son confluencias sanadoras que, desde luego, recomiendo a todos aquellos que se ven completamente desbordados por su mente egoica. No quedar con estos amigos, obviamente, sino buscar estas técnicas de desconexión del ruido mental.

Cuando mi nación es lo importante, surge el nacionalismo.

Cuando mi provincia es lo importante, surge el provincialismo.

Cuando mi bando es lo importante, surge el bandismo.

Cuando yo soy lo importante, surge el “migomismo”.

Ruido y más ruido. Elementos desgastantes cuando impregnan todo el discurso vital de una persona. ¿Hay algo más agotador que el egotismo? Personas que solo hablan de sí mismas y de lo suyo. Personas que cuando hablas de un asunto diferente o general, se lo llevan a lo suyo constantemente, sin solución de continuidad. La energía vital se disipa con tanto ruido.

Altas Capacidades. Aislamiento vs soledad

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“Mamá, si me muestro como soy no cuentan conmigo para jugar”. Esta frase me taladró la cabeza durante largo rato. De repente, parte de mi infancia resurgió con toda su crudeza. Aquellos juegos inocentes de niños en los que si querías participar te adaptabas al gusto mayoritario de los otros o te quedabas aislado. Por suerte para mí, el fútbol era un juego que me encantaba porque admiraba la habilidad con los pies, algo que no tenía y veía como un mérito tremendo lograr que la diabólica pelota te hiciera caso cuando la pateabas. Y gracias a eso evité largos momentos de aislamiento del enorme grupo de niños que jugaban en la calle (algo casi anecdótico hoy día). Me adapté a dinámicas que no entendía bien y acabé disfrutándolas sin pensar en si me llenaban o no. Evité, sin perder la esencia ni el eje emocional, un aislamiento social prolongado que seguramente me habría dejado marcado de por vida. Además, el aprendizaje de las reglas sociales me lo tomé como un auténtico reto. Al ser extremadamente introvertido (no tímido), el alimento intelectual y emocional me llegaba desde el mundo interior. El mundo exterior era tan fascinante como extraño y decidí conocerlo mejor. Es cierto que podría haber elegido aislarme del mundanal ruido por temor a que me hicieran daño, pero por suerte para mi salud mental no lo hice. Y aprendí muchas claves a base de palos, porque la realidad no es un cuadro de color rosa ni el buenismo es la actitud prevalente en nuestra sociedad. Si te perciben débil, por el motivo que sea, siempre hay alguien dispuesto a recordártelo con crudeza y, en ocasiones, con violencia. Claro, que eso también depende del ambiente en el que te muevas. No es lo mismo vivir en una barriada marginal que en la de las personas más pudientes de tu ciudad. El contexto tan radicalmente opuesto determina muchos de tus aprendizajes y no te queda otra que aprender estrategias de supervivencia intentando no perder tu norte.

Personalmente amo la soledad voluntaria. Esos momentos más o menos largos donde el ruido exterior no perturba y pueden surgir ideas, replantear situaciones, buscar soluciones a asuntos que dan vueltas sin parar, etc. Otras personas no la soportan porque necesitan estímulos exteriores constantes y, desde luego, lo pasan mal en soledad. Se sienten aislados y buscan desesperadamente espacios colectivos donde poder alimentarse. Cada uno es como es y necesita lo que necesita. Ninguna predisposición es mejor que la otra. Introversión y extraversión son tan opuestas como válidas. Pero claro, cada una tiene sus propias estrategias para alcanzar cierto grado de equilibrio mental que es el que te permite afirmar que eres feliz.

¿Por qué cuento todo esto? Pues porque conozco bastantes casos de niños y de hombres que ante estas situaciones donde hay que elegir optan por estar integrados en grupos antes que quedarse aislados por ser como son, por pensar como piensan y por tener los gustos que tienen… Por ser ligeramente diferentes al grupo. O, con mayor precisión, a los gustos implícitamente aceptados en ese grupo, que seguramente no coincidan con ningún miembro individual pero todos aceptan esas concesiones para calmar el instinto de pertenencia, especialmente poderoso en la infancia tardía y la adolescencia. Generalmente se suele hacer mucho hincapié en que muchas niñas y mujeres con altas capacidades privilegian las relaciones sociales a mostrar sus talentos, lo que es cierto, pero hoy quería también añadir que en los niños y hombres ocurre con más frecuencia de lo que se suele contar. Desconozco los motivos pero suelo teorizar que esto puede darse con mayor frecuencia en personas con una sensibilidad superior al promedio. Sensibilidad que cuando se traslada al terreno emocional desde el intelectual puede ser malinterpretada en contextos poco tolerantes con esta manifestación en el hombre. Por suerte esto está cambiando, pero esas frases añejas de “los niños no lloran” no ayudaban mucho a los que sentíamos que llorar era terapéutico en determinados momentos, o que contar lo que sentíamos nos ayudaba no solo a entendernos sino a mejorar nuestra salud mental.

Por último, solo recordaré que la mejor estrategia para evitar el aislamiento o la soledad no buscada es hablar con alguien sensible, con algún alma afín que pueda comprender lo que sientes. Y, desde ahí, armar las estrategias que te permitan equilibrar tu necesaria soledad con la necesaria socialización. Forzar lo uno o lo otro nos tensa y siempre acaba mal.

Así que si eres una persona sensible te aconsejo que cuando estés aislado llores tu soledad no elegida. Y cuando sueltes lastre sécate las lágrimas y continúa tu camino. La sensibilidad no es una debilidad sino una enorme fortaleza y hay contextos donde se valorará como merece. No desesperes porque la vida da muchas vueltas y lo que hoy está negro mañana se pinta de colores. A por ello. Y si percibes que alguien pretende hundirte recuerda que eres un corcho: siempre sales a flote.


Edito la entrada para añadir un comentario que merece la pena incluirse aquí por ser una excelente síntesis. Es de la asociación Absac de Mallorca:

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Se puede superar con ganas, fuerza y amigos. Busca iguales con los que compartir. Cuando caigas, llora, observa, respira, levántate y sigue siempre hacia delante. La sensibilidad, la intensidad emocional y la inteligencia son características positivas. Que nadie te haga creer lo contrario.