Al grano: en la piel de un adolescente

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Estimado adulto, muy buenos días.

Si estás leyendo esto, puedo aventurarme a afirmar que fuiste adolescente hace más o menos tiempo. Pues bien, durante estos minutos te pido que recuerdes esa maraña de pelo y cóctel de hormonas e incoherencias que fuiste y los observes con la curiosidad y respeto con la que lo haría un niño. O un científico. También me vale como un fotógrafo. Pero, por favor, hazlo sin juicios y con la única actitud de aprender y comprender mejor esta etapa tan dura y a la vez tan maravillosamente estimulante.

Antes de continuar, me gustaría dejarte claro que cada adolescente es único, por mil motivos: biológicos, neurológicos, personales, sociales, educativos, contextuales, etc. Así que puede que lo que leas a continuación no termine de ajustarse a las criaturas que están creciendo a tu lado. Tampoco puedo pretender que este texto te sirva de principio a final; puede, incluso, que quede muy lejos de tu realidad. Mi intención es mucho más humilde que esa, y consiste en hacerte llegar algunas generalidades que se suelen repetir en esta etapa, apoyándome en lo que la Ciencia, y mi experiencia amparada en ella, puedan aportar. Además, compartiré contigo algunos consejos que he tenido que repetir en más de una ocasión a lo largo de mi carrera. Espero que alguna de ellas te pueda ser útil o, al menos, clarificadora.

Fíjate que apenas he empezado y ya he mencionado los factores biológicos y neurológicos. Si te parece, comencemos por ahí. Nos servirá para comprender los límites que la naturaleza humana nos permite en esta etapa.

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¿Por qué damos tanta relevancia a la inteligencia?

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Hace unos días varios medios de desinformación de tirada nacional publicaban la “noticia” de que una niña de tres años era la persona más joven en formar parte del club social Mensa, con varios titulares estrangulables en los que se destacaba que poseía un coeficiente (sic) intelectual superior a Einstein. No hablaré en esta entrada sobre este caso ni sobre el perjuicio que provoca en nuestra lucha diaria por hacer entender el fenómeno de las altas capacidades intelectuales la generación de una imagen aberrada del colectivo que invita a la mayoría de profesionales que han de tratar con nosotros desde pequeños a ponerse las gafas con visión de túnel del “yo no lo veo”. Claro, ¿cómo vas a ver el estereotipo con patas que te venden los medios? Imposible. Pero bueno, digamos que esta deficiencia se cura con formación y con información veraz sobre el asunto. No me entretendré más en esto.

La idea que subyace a todo esto es tratar de entender superficialmente por qué razón el ser humano da tanta relevancia a la inteligencia, lo que genera tanto una viva atracción como un profundo rechazo en función de cómo se interprete y de cómo nos afecte el asunto.

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Potenciar el talento

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La verdadera educación es aquella que se enfoca en desarrollar el talento de las personas desde muy temprano

Hugo Landolfi

 

Talento es una de esas palabras fetiche que estimula todo tipo de estereotipos (esquemas mentales simplificados) y de mitos (relatos que exageran o deforman la realidad) positivos en nuestra sociedad actual. O que genera indisimuladas muestras de rechazo en la sobreabundancia.

Si haces un pequeño rastreo en internet verás decenas de definiciones de talento, y miles de frases impactantes que lo incluyen en su seno. Todos sabemos intuitivamente qué es “tener talento” en una actividad humana cualquiera, ya sea la ciencia, la papiroflexia o la procrastinación.

No hay límites para nuestra imaginación. El talento es toda aquella fortaleza o recurso del ser humano que le posibilita para desarrollar una determinada acción con cierto grado de destreza. Algunos lo sitúan en el espacio de la dotación natural y otros lo localizan en el ámbito de la competencia o habilidad desarrollada.

El talento es relativo

Todo el mundo desea tener talento para algo. Y en ese deseo, confesado o inconfesado, se articulan frases que borran el carácter esencial del talento: es una cuestión de grado, como la estatura o la temperatura. “Todos tenemos talento”, borrando la noción de grado, tiene el mismo sentido -ninguno- que “todos tenemos altura” o “todos tenemos temperatura”. Es obvio que todos tenemos altura, pero también es evidente que no todos tenemos la misma altura… Ni falta que hace. En la variedad está el gusto.

El caso es que el talento, traducido como fortaleza del ser humano, es también una cuestión relativa.

¿Qué quiere decir exactamente que el talento es relativo?

Pues simple y llanamente que se define (se mide, se evalúa o se estima) siempre en relación a un determinado marco de referencia.

Si el marco de referencia somos nosotros mismos, sabemos o intuimos que todos tenemos fortalezas y debilidades relativas (relativas a este marco que soy yo mismo). Con otras palabras, si se me da mejor las matemáticas que el deporte, afirmo que mi fuerte son los números y mi debilidad es la actividad física.

Si el marco de referencia se amplía a nuestro círculo de amistades o de personas conocidas, esas mismas fortalezas y debilidades se “relativizan”, se disponen en función del nuevo marco. Así, puede ser que mi fortaleza con las matemáticas, puesta en relación con un grupo grande de compañeros de estudio, se convierta en algo normal o incluso por debajo de la media de ese grupo. O puede que no, que destaque aún más dentro de ese grupo. Incluso puede darse el caso que mi debilidad relativa (a mí mismo) del deporte sea una fortaleza en el seno de ese mismo grupo. Que yo sea mejor deportista que la mayoría de mis compañeros aunque dentro de mí mismo no sea el talento más destacado.

 

Minar o mirar las fortalezas

Esta confusión de la relatividad del talento produce esperpentos cuando no se comprende en su propio marco de relaciones. Y sirve de excusa para no hacer nada para potenciar el talento de una persona. “Sí, se le da bien los números, pero no destaca tanto como sus compañeros”, o “sí, parece que comprende las matemáticas pero debería hacer más deporte para socializar con sus compañeros”. El eje de cada excusa se sitúa siempre fuera del foco importante: las fortalezas o los talentos de cada uno.

A ver, si a la chica se le da de muerte la música, centra tu energía en proporcionarles oportunidades para desarrollar ese talento. No te preocupes tanto en tratar de paliar otros aspectos en los que ella misma no destaca o no se siente en su “elemento”. Si al final lo que se le da bien de manera natural será lo que le permita volar, lo que le aporte la autoestima para trabajar sus debilidades relativas -si lo desea- o para aceptarlas como parte de un ser complejo e imperfecto que vive con sus contradicciones internas, con sus luces y sus sombras, y no pasa nada malo con eso.

Y esto es válido para aquellos que tienen niveles de fortaleza relativamente altos dentro de un amplio grupo o dentro de una métrica estadística general (medido en percentiles) y para los que poseen un nivel de fortaleza por debajo de la media general. Todas las personas tienen el derecho reconocido internacionalmente de desarrollar sus talentos hasta el máximo de sus posibilidades. A veces, con la simple acción de no entorpecer o torpedear su desarrollo natural bastaría. Otras, con la puesta en marcha de técnicas, tácticas o estrategias para potenciar el talento, ya sea en empresas, en equipos deportivos, en clubes sociales o en cualquier tipo de organización humana.

El talento es un capital humano, social y simbólico de primer nivel que toda sociedad avanzada y concienciada trata de cultivar, cuidar, retener o captar para progresar. Todo talento suma, desde el más pequeño al más grande, desde el más evidente al más escondido. La cuestión es amarlo, dejarlo ser. Como esas flores que no las cortamos porque las amamos como son.

Y esto que es tan sencillo de ver, parece una auténtica quimera en países como el nuestro, que lo despilfarra a manos llenas salvo en los casos de determinados talentos deportivos que, sintiéndolo mucho y valorando algunas de sus aportaciones destacadas (aprender a trabajar en equipo, solidaridad, fair play, etc), no van a lograr impulsar una sociedad más justa, más coherente, más sabia, mejor preparada y con mejores ideas para que la sociedad en la que viven de un salto adelante. No se puede avanzar cultivando el complejo de enfermera de la Cruz Roja, como dijo una vez el actor Juan Echanove. Pablo Bujalance: “La postura oficial del carácter español hacia el talento es la de la viva sospecha. Cualquiera que no sea susceptible de merecer nuestra caridad cristiana es, como mínimo, ínclito a lo pecaminoso”.

La educación es el mejor instrumento para fomentar el talento en todas las actividades humanas. Pero un mal uso de ese instrumento sirve para frenarlo. La misma herramienta es parte de la solución o parte del problema. Y viendo cómo estamos en la actualidad creo que la respuesta es clara.

El talento requiere visión de largo alcance y mucho esfuerzo para llegar a desplegarse hasta el máximo de sus posibilidades, como suelen recordar algunas personas relevantes:

  • El talento es más barato que la sal de mesa. Lo que separa el individuo talentoso del éxito es un montón de trabajo duro.-Stephen King
  • El genio es talento incendiado por coraje.-Henry Van Dyke
  • Puede haber personas que tengan más talento que tú, pero no hay excusa para que cualquiera pueda trabajar más que tú.-Derek Jeter
  • No hay tal cosa como un gran talento sin gran fuerza de voluntad.-Honoré de Balzac
  • Cada talento debe desplegarse en la lucha.-Friedrich Nietzsche
  • El talento gana partidos, pero el trabajo en equipo y la inteligencia ganan campeonatos.-Michael Jordan
  • El éxito es lo que haces con tu habilidad. Es la forma en que utiliza tu talento.-George Allen, Sr
  • El artista no es nada sin el don, pero el don no es nada sin el trabajo.-Émile Zola
  • El talento es un multiplicador, mientras más esfuerzo inviertas en desarrollarlo, mayores serán los resultados que obtendrás.-Marcus Buckingham
  • El genio está conformado de dos por ciento de talento y del 98 por ciento de perseverante aplicación.-Beethoven
  • Los que presumen de su coeficiente intelectual son unos perdedores.- Stephen Hawking

Entrada inspirada en un vídeo que ha tenido la gentileza de compartir con algunas personas Johana B. Argüeso. Gracias.

Síndrome de la amapola alta: detestar al que destaca

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Todos somos únicos en algo, pero la presión social nos empuja hacia el conformismo o la mediocridad. Conformarnos con no salir de los límites socialmente impuestos o resignarnos a no salir de los límites autoimpuestos.

 

La sociedad emite mensajes contradictorios. Explícitamente se nos invita a destacar, a ser genuinos o a diferenciarnos del resto. De modo implícito se nos recomienda no sacar la cabeza, ser hipócritas o seguir la corriente mayoritaria de pensamiento, palabra u obra.

Vivimos en un entorno social altamente competitivo dentro de unos límites. Esto significa, por ejemplo, que se fomenta la lucha deportiva pero se desactiva la lucha colectiva en defensa de los derechos humanos. No se permiten desvíos de la norma que supongan una amenaza real al sistema. Por ese motivo, las estructuras de poder real favorecen las actividades de entretenimiento en las que las personas realizan simulacros de luchas dentro de un entorno controlado: pan y circo para calmar a las masas. O para canalizar la insatisfacción producida por la presión social. Es un mecanismo muy simple pero altamente efectivo: se nos cortan las alas pero se nos permite pelear en el suelo con los demás, generando una falsa sensación de logro cuando los vencemos. El resultado es el sostenimiento de un sistema que beneficia a unos pocos en detrimento de la inmensa mayoría. Sistema que se encarga de recordarnos que nosotros somos responsables de no destacar, ser genuinos o diferenciarnos del resto.

Este trasfondo trae consecuencias en nuestro modo de tratar a aquellas personas que, a pesar de la presión social, logran destacar en algo socialmente valioso, ser ellas mismas o diferenciarse del resto en su manera de pensar, decir y hacer.

Una de ellas es confundir la humildad con la mediocridad o con el conformismo. Y ese estado de confusión genera fuertes críticas hacia las personas que hablan de sus habilidades con naturalidad. Se les tacha de soberbias, prepotentes, petulantes, egocéntricas o cualquier otro adjetivo que se nos ocurra. Evidentemente, estos adjetivos hablan más del emisor que del receptor, pero la realidad es que este caldo genera una toxicidad en el ambiente que puede llegar a ser irrespirable si se transmite entre una masa suficiente de individuos frustrados por su propio conformismo o mediocridad.

Este patrón de comportamiento se acentúa con la cercanía. La persona mediocre puede soportar o incluso admirar a la persona que destaca en otro ámbito diferente al suyo. Pero le costará mucho más hacerlo si esa persona actúa en su mismo entorno. Lo más probable es que se le activen una serie de pensamientos destructivos: ¿hasta dónde estoy dispuesto a llegar para librarme de su amenaza? ¿Le ataco sin descanso?. ¿Intento por todos los medios buscar sus defectos? ¿Me rodeo de mediocres que me bailen el agua y me apoyen en esta pequeña lucha personal?

A esta conducta se le conoce como el síndrome de la amapola alta (Tall Poppy Syndrome) o como el síndrome de la alta exposición, un término acuñado y utilizado fundamentalmente en Reino Unido, Irlanda, Australia, y Nueva Zelanda para describir un “fenómeno social por el cual personas con méritos genuinos son odiadas, criticadas o atacadas a causa de que sus habilidades o logros las colocan por encima de sus colegas o las distinguen de ellos” (Wikipedia).

Este fenómeno no se circunscribe a la relación entre personas con diferencias nítidas en cuanto a habilidades cognitivas o personales sino también, y quizás de un modo más incruento, entre personas con niveles de habilidad similares que ‘compiten’ en un mismo espacio social (grupo, trabajo, amigos, etc).

En el siguiente artículo de La Mente es Maravillosa podéis entenderlo mejor.

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¿Influye Realmente la Inteligencia en el Razonamiento Moral y las Emociones Morales de los Niños?

Hoy tengo el placer de compartir la primera entrada de un nuevo blog, creado por @ActualidadAACC,  para acercar al público hispano artículos en inglés sobre inteligencia que nos ayuden a cultivar el pensamiento crítico, marca de la casa.

https://inteliciencia.tumblr.com/

Si título ya nos invita a cuestionar uno de los mitos que pululan en el mundillo de las altas capacidades: la supuesta superioridad moral de los niños con alta dotación intelectual.

El artículo es extenso pero merece la pena leerlo de cabo a rabo. Desmonta el mito con precisión quirúrgica.

Para hacerlo se apoya en la distinción de diferentes dimensiones de la moral: cognición, emoción y comportamiento. La medición de la moral o el desarrollo moral no debe limitarse a los  juicios morales y el razonamiento. Sin embargo, la investigación sobre las relaciones entre la inteligencia y la moralidad se limita principalmente a las medidas del juicio moral o el razonamiento moral y hay una falta de investigación que estudie el papel de la inteligencia en las emociones morales.

Los resultados del presente estudio proporcionan algunas primeras evidencias de que el desarrollo moral – medido en una manera que está estrechamente relacionada con la vida cotidiana y a través de una gama de diferentes escenarios de transgresión moral – no se ve afectado por la inteligencia general de los niños en el sentido de razonamiento inductivo medido con material figurativo. Por supuesto que es innegable que los niños necesitan una cierta cantidad de habilidades cognitivas en situaciones moralmente relevantes para coordinar perspectivas, seleccionar y procesar información relevante, anticipar consecuencias e interpretar la situación por completo (Dentici y Pagnin, 1992; Derryberry et al., 2005). Pero teniendo en cuenta nuestros resultados, se puede suponer que los niños pequeños tienen ya un nivel mínimo suficiente de habilidades cognitivas para manejar con éxito situaciones moralmente relevantes. Así, las diferencias individuales en el desarrollo moral de los niños tienen que ser explicadas por otros factores que no sean la inteligencia. No obstante, los hallazgos actuales aún deben ser replicados en estudios adicionales.

 

El mito del mindfulness

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Original: https://umairhaque.com/the-myth-of-mindfulness-9d06c9e0a0bc

Traducción: https://dokushovillalba.com/el-mito-del-mindfulness/

Heroína espiritual para soportar un capitalismo que colapsa

por Umair Haque (*)

Una locura recorre el mundo. Tan vieja como el tiempo. No puedes ir a ningún sitio sin escuchar la proclamación de los gloriosos beneficios del mindfulness y la meditación.

Y aún así …

Aquí estamos, en las ruinas de la modernidad. El fascismo emerge mientras la economía global se estanca. Esto significa un dolor muy real para millones, miles de millones de seres humanos reales. Y ¿qué hacemos?  ¿Meditar?

Si el Buda estuviera hoy vivo, probablemente no diría: ve a meditar. Diría: arregla tu sociedad para que haya menos sufrimiento en ella.

La meditación no debería sustituir al compromiso social. El objetivo no es darle la espalda a nuestros vecinos y compañeros. Si solo fuera eso, entonces es  mejor no meditar en absoluto. Porque si hacemos eso, no estamos realmente meditando.

Todos los grandes maestros espirituales dicen: todo es meditación. Ver un atardecer, trabajar con esmero, ser amable con la gente. Todo esto es meditación. Si concebimos la meditación como algo que hacemos de vez en cuando, realmente no estamos meditando en absoluto. ¿Entonces qué estamos haciendo?

Se están usando las técnicas de meditación para fines equivocados: para escapar, huir, embotar el dolor. Esto es como meterse heroína espiritual.

Pero nadie necesita heroína espiritual si no está hecho polvo.  Entonces, ¿qué es lo que nos está haciendo polvo? ¿Es una coincidencia que el auge del mindfulness coincida con un capitalismo que colapsa?

No lo creo.

La meditación pasiva y el capitalismo agresivo y salvaje son compañeros de cama perfectos. La pasividad de la meditación es el antídoto perfecto, la máxima respuesta estadounidense al capitalismo agresivamente cruel.

¿Por qué? Porque carga todo el peso de la situación en la responsabilidad personal. ¿No es cierto? Estás siendo profundamente herido por instituciones rotas y líderes fracasados. ¿Qué deberías hacer? ¿Desafiarlos? ¿Rebelarte? No, ve a meditar. Tu dolor es tu responsabilidad. No deberías sentir dolor. Pero si aún así lo sientes, adormécelo, escapa de él, sepúltalo.

Por todo lo dicho, el mindfulness es el último producto, el más refinado, del capitalismo. Este necesita una droga para sedar a los soldados que se rompen en sus frentes de batalla, y para paliar los daños humanos colaterales, cuando el fragor de la batalla haya terminado. Podemos meditar en el olvido hasta regresar a la Edad de Piedra. Pero ningún maestro espiritual digno de su comprensión diría que vale la pena.

¿Cuál es el medicamento más barato y efectivo que existe? La terapia real cuesta dinero. Las drogas reales tienen efectos secundarios. El capital quiere eficiencia pura. Máximo beneficio sin costo alguno. La meditación es la droga perfecta para que el capitalismo termine la mórbida tarea de devorase a sí mismo.

Después de todo, alguien tiene que hacer el trabajo sucio del capitalismo. Y te ha tocado a ti. Y lo harás aunque te rompa el corazón. ¿Qué haces, después, con un corazón roto? Encuentra el medicamento más barato que puedas.

Pero eso contradice el verdadero propósito de la verdadera meditación. El propósito de la meditación no es enterrar el dolor, la injusticia, la crueldad, sino prevenirlos.

El mindfulness, tal y como se está practicando en este momento, no previene la crueldad. Más bien la excusa, la justifica, la sanciona. La heroína espiritual solo es realmente necesaria cuando se lucha en una guerra tan salvaje que el horror cotidiano debe ser anestesiado.

Eres vicepresidente de Crueldad S.A. Todos los días te piden que hagas cosas moralmente repulsivas, aborrecibles y profundamente dañinas para la sociedad en la que vives. Tus decisiones causan angustia a los ancianos, explotas a los jóvenes, descartas a los débiles. Y eso te duele. ¿Cómo lidias con el dolor?

Por suerte para ti, tu departamento de Recursos Humanos organiza meditaciones diarias obligatorias. Así que vete. Y aprende a adormecer un poco el dolor. Despega. Déjate flotar …  “Oye, si no hay un yo, no puedo hacerme responsable de mis lacras morales, ¿verdad?”

Entonces, al aprender a desprenderte de tus lacras morales, adormeces tu dolor. Lo que en realidad está sucediendo es que la crueldad que estás produciendo está siendo excusada, justificada, alentada, maximizada.

Esto no es meditación verdadera. Esto es como usar una cruz para golpear a un niño. Es una violencia enorme contra la verdadera meditación. La verdadera meditación no consiste en desentenderte de la crueldad que has generado sino, antes que nada, en aprender a no hacer daño. Es por eso que la meditación es un camino humilde y constante, no una “actividad” desconectada de tu vida.

Si realmente quieres meditar y ser realmente consciente, ¿qué deberías hacer?

El objetivo de la verdadera meditación es entrar en contacto con el verdadero yo. El yo en ti y el tú en mí. Este es el puro ser. La materia prima de la existencia.

Para llegar ahí, debes desarrollar la conciencia de la conciencia. Verte a ti mismo viendo. Esto significa que tu ojo interno se vuelve hacia adentro y entonces ves el universo reflejado en tu alma. Una vez que tienes un atisbo de este giro, de repente te das cuenta de que tú eres la primera víctima de toda la crueldad y la violencia que has generado. A esto se le llama karma. Y entonces te das cuenta de por qué la felicidad surge cuando te encuentras a ti mismo en los demás, y a los demás en ti mismo. Así es como es la realidad. La felicidad consiste en vivir esto aunque sea un solo instante. En este punto es cuando entiendes la que es realmente la más grande de todas las leyes universales: estoy en ti, tú estás en mí. Por lo tanto, nunca debes hacer daño a los demás. Tu acción solo debería aportar luz. Entonces, y solo entonces, puedes sentirte satisfecho, porque estás en armonía con la verdadera existencia.

Es ahora cuando te encuentras realmente en el aquí y ahora. Antes estabas perdido en la ilusión, el engaño, la autodestrucción, la ignorancia.

Solo el momento en el que amas es el instante en el que realmente existes.

(*) Umair Haque es director del Havas Media Labs, un instituto de investigación del sector de la industria de los medios de comunicación con oficinas en Londres, Nueva York, Madrid y Barcelona, y fundador de Bubblegeneration, una consultora boutique que desarrolla programas para inversores, emprendedores y empresas. También colabora como bloguero en Harvard Business Review, y ha sido incluido como uno de los cincuenta pensadores más influyentes de la actualidad en la reputada lista Thinkers50.

Washington DC

Septiembre 2016

Traducción: Equipo de Traductores de la Escuela de Atención Plena (EAP)