La conciencia es simple y llanamente su límite

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En un entorno cultural como el nuestro resulta especialmente difícil explicar la conciencia en su sentido más radical y profundo. Un sentido alejado de las múltiples acepciones que cobra el término y con la que podemos identificarnos cuando un interlocutor la nombra en un diálogo o cuando escribimos sobre ella.

En este intento no habrá excepción, siendo plenamente consciente de la dificultad y de las dinámicas de pensamiento que la interpretarán como lo que no es: una forma, un contenido, una estructura, una función, un estado mental, una propiedad, un atributo, una facultad, etc.

A esta identificación occidental con la forma contribuye notablemente algo tan aparentemente simple como es el artículo definido femenino singular “la”. Parece una cuestión baladí pero no lo es en absoluto. De hecho, la función principal del artículo definido es determinar al sustantivo, dándole una forma definida y reconocible. Y nuestro pensamiento, tanto en el texto escrito como en el diálogo, se puede ver atrapado en esa red imposibilitando ver más allá de esa delimitación semántica.

Pondré un par de ejemplos que ilustran esta dificultad: i) ser y ii) más allá. El verbo ser, en su sentido más radical y puro, alude a un proceso o acción sin conclusión. Cuando se concreta, formaliza o finaliza hablaríamos de ente (ser en acto); mientras no lo haga podríamos hablar de “devenir ser”. Nuestro pensamiento occidental tiende a cosificar para entender mejor las cosas y en este caso no es una excepción. Pasamos en un salto de “ser” a “el ser”. Heidegger lo ilustraba con el ejemplo de una piedra. Decía, si no recuerdo mal, algo así: “la piedra es, pero por más que investigues no encontrarás el ser de la piedra”. Este modo de cosificar sin darnos cuenta es el que luego nos permite jugar intelectualmente con el objeto creado. Así, podemos empezar a especular sobre los diferentes atributos que pueda tener, por ejemplo, “el ser supremo”. O a plantear incluso su existencia, generando la eterna -y aburrida- lucha entre quienes creen que existe este objeto generado y quienes creen que no existe.

Cuando animamos a alguien a explorar sus límites solemos decirle que debe ir “más allá” de su zona de confort, de sus espacios conocidos, etc. Es una clara alusión a un proceso sin concreción alguna y sin atributos. Nada que ver con “el más allá”, ese objeto de culto de determinados personajes sobre los que no hace falta hablar ahora mismo.

En resumen, que para arrancar esta pequeña reflexión es necesario evitar la tentación de cosificar “la conciencia”, convirtiéndola en un objeto mental susceptible de ser medido, ‘pesado’, visto o localizado. Si se consigue salir de esa cárcel de la forma, esta entrada puede tener algún sentido para ti. Si no, será una mera acumulación de palabras.

La conciencia es simple y llanamente su límite

¿Qué quiere indicar esta expresión tan enigmática y aparentemente tan falta de sentido?

Para calentar motores, recojo un pequeño pasaje de esta tesis doctoral de una de las mayores expertas nacionales en pensamiento oriental: Mónica Cavallé.

“…no somos en esencia la persona individual, sostiene el Advaita, pues ésta puede ser conocida, y el Sí Mismo nunca es lo conocido, sino el conocedor. No somos nada objetivo u objetivable; somos la Apertura en la que todo se hace presente o se ausenta y la Luz en virtud de la cual todo puede ser visto y conocido”

Mónica utiliza el par sat/cit (ser/conciencia) como una unidad esencial. En el fondo (más allá o más acá de la forma), ser y conciencia es lo mismo.

Haciendo un enorme esfuerzo de abstracción, “conciencia” y “ser” pueden verse como “apertura”  (vista en horizontal; vista en vertical la podemos imaginar como “profundidad”). Esa apertura es el límite de lo que somos. Usando la imagen que ilustra la entrada: el paisaje como contexto experiencial o vital. Contexto o paisaje cambiante e indeterminado. Y cada elemento del paisaje sería un objeto o contenido de conciencia.

Así visualizado, toda forma, estado, función, atributo, facultad, etc…, puede ser visto esencialmente como contenido de conciencia. Por ejemplo, “el yo” o incluso su indeterminado, “yo”. El pensamiento es otro elemento de ese paisaje. Los estados mentales. La imaginería mental. Las sensaciones corporales.

Esto simplemente no lo entendemos en nuestro entorno cultural, así que necesitamos un elemento activo que vincule ese paisaje (esa apertura experiencial indeterminada, fluida y flexible) con sus contenidos. No entendemos conciencia pero sí “conciencia de algo”. Así nace la función de conocer, la consciencia. Nissargadatta comprende perfectamente esta dificultad y explica la distinción entre conciencia (awareness) y consciencia (consciousness) desde ese punto de vista tan radical:

Awareness is primordial; it is the original state, beginningless, endless, uncaused, unsupported, without parts, without change. Consciousness is on contact, a reflection against a surface, a state of duality. Ther can be no consciousness without awareness, but there can be awareness without consciousness, as in deep sleep. Awareness is absolute, consciousness is relative to its content; consciousness is always of something. Consciousness is partial and changeful, awareness is total, changeless, calm and silent. And it is the common matrix of every experience.

Toda pregunta espera una respuesta formal, concreta, determinada. Toda pregunta por “conciencia” espera una respuesta sobre la función “consciencia” o sobre cualquier otro “objeto de conciencia”. Toda pregunta obtendrá una respuesta superficial. Y todo lo que se diga que es, no es. Incluyendo la afirmación que titula esta entrada.

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La medida del éxito

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¿Qué entendemos por éxito?

Éxito viene del latín exitus, que significaba literalmente salida (adoptado con ese sentido por los ingleses como exit), pero también  término, resultado o fin. Con estos últimos sentidos llegó a nuestro castellano actual, para definir el fin o terminación de un negocio o asunto de un modo feliz. Llevar algo a buen término es éxito.

También hay una acepción de éxito, buena aceptación que tiene alguien o algo, que apunta más al impacto externo que a la propia acción u obra. Obviaremos este sentido porque está mucho más cargado de otro tipo de connotaciones que no vienen al caso aqui y ahora.

¿Cómo podemos medirlo?

Para medir un resultado debemos tener en cuenta dos dimensiones: interna y externa. No utilizo el par subjetiva y objetiva porque estos dos términos están cargados semánticamente y nos puede nublar el entendimiento claro del asunto.

 

La Medida Externa

La medida externa del éxito es algo sobradamente conocido. Puede establecerse mediante estándares consensuados socialmente, con independencia de que pueda discutirse su establecimiento, su alcance o su propia funcionalidad.

Tú haces una cosa y al terminarla alguien o algo la valora como éxito (o de otro modo si no se ajusta al estándar).

En un ambiente colaborativo, el éxito señala la consecución satisfactoria de un determinado objetivo (p.e. un trabajo, un proyecto, una instrucción, etc). Cada acción exitosa es valorada en su propio contexto como parte de un proceso grupal que también puede llevar a buen término una acción más compleja, lo que supondría otro éxito, esta vez de rango superior en la escala de valores cooperativos. El éxito de todos es el de cada uno. El éxito de cada uno es el éxito de todos. El éxito se multiplica cuando se comparte.

En un ambiente competitivo, el éxito se vincula más con la acción feliz de “ganar”. Los individuos y los equipos ganan competiciones, ganan medallas, ganan reconocimiento, ganan premios varios, ganan notoriedad, etc. El éxito de un individuo es de ese individuo, no de los demás competidores. Lo mismo pasa con los equipos en competición: solo puede ganar uno. Ahora bien, hay que matizar que para un equipo con objetivos más modestos ganar no es su éxito. Puede ser quedar en buena posición, competir al máximo, etc. Pero como hablamos de medidas externas del éxito, siempre serán otros los que catalogen como tal los resultados obtenidos. Puedes estar orgulloso de tu trabajo y que otros no lo valoren como éxito “objetivo”.

Para comprender mejor por qué debemos considerar éxito también las acciones acometidas que terminan bien, aún sin reconocimiento externo de las mismas, es importante reflexionar sobre el sentido de la medida interna de las cosas.

Si soy extraordinariamente tímido y logro superar ese miedo para exponerme públicamente, habré sin duda logrado un éxito que solo podrá ser medido internamente. Puede que nadie más lo haga, ni falta que hace. He logrado completar con éxito una acción y debo ser coherente conmigo mismo, valorándola intrínsecamente como se merece. Más allá de lo que piensen otros. Ejemplos hay miles en nuestro día a día.

La Medida Interna según David Bohm

(Pasaje extraído del artículo de Gustavo Victor Casillas Lavin)

A la entrada del templo de Apolo, en Delfos, se podían leer dos inscripciones que han sido consideradas, a lo largo de los siglos, como el non plus ultra de la sabiduría. Estas inscripciones se complementaban mutuamente, y su comprensión y puesta en práctica se consideraba de enorme valor para la persona.

Una de ellas, tal vez la más famosa hasta nuestros días, rezaba Gnothi Seauton (Γνώθι Σεαυτόν): “conócete a ti mismo”. Diferentes autores coinciden en que el  auto-conocimiento es una verdadera prueba de sabiduría que implica la sensatez del juicio ante las propias acciones y las acciones de otros, ya que sólo conociéndose a uno mismo es posible valorar a los demás.

El reconocimiento de los propios límites físicos, intelectuales o emocionales, así como de las propias capacidades, permite a la persona una acción más efectiva y  una vida más plena. El auto-conocimiento permite valorar las propias virtudes y debilidades, facilitando de esta forma la superación del individuo.

Por otro lado, en la segunda inscripción se podía leer Meden Agan (Μηδέν Άγαν): “todo con medida”. A diferencia de la primera inscripción, que fue exaltada por el  propio Sócrates, esta última frase permaneció prácticamente ignorada en occidente, hasta que las autoridades sanitarias impusieron restricciones a la mercadotecnia de las bebidas alcohólicas, a fines del siglo XX.

Para comprender la importancia de esta frase, más allá de la recomendación publicitaria que compite con los ya clásicos “aliméntate sanamente” o “come frutas y verduras”, es importante tener en cuenta que, como certeramente señala David Bohm en La totalidad y el orden implicado, el concepto de medida entre los griegos antiguos no se refería a la comparación de un objeto con un patrón externo o unidad… “este último procedimiento se consideraba más bien como una forma de exteriorizar una ‘medida interna’ más profunda, que tenía un papel esencial en todas las cosas.” (Bohm, 1980:44).

Siguiendo con el mismo autor: “Podemos asomarnos un poco a este modo de pensar cuando consideramos los significados primitivos de ciertas palabras. Así, la palabra latina mederi, que significaba ‘curar’ (raíz de la moderna ‘medicina’), se basa en una raíz que significa ‘medir’. Esto refleja el concepto de que se consideraba la salud física como el resultado de un estado de orden y medida interiores en todas las partes y procesos del cuerpo. También la palabra ‘moderación’, que describe una de las más importantes nociones antiguas de virtud, tiene la misma raíz, y muestra que se consideraba esta virtud como el resultado de una medida interna subyacente a las acciones sociales y al comportamiento del hombre. La palabra ‘meditación’, que también tiene la misma raíz, supone una especie de ponderación (pesaje) o medida de todo en el proceso del pensar, que llevará a las actividades internas de la mente a un estado de armoniosa medida.

Así, física, social y mentalmente, la conciencia de la medida interna de las cosas fue considerada como la clave esencial de una vida saludable, feliz y armoniosa.” (Bohm, 1980:45)

De esta forma, para los antiguos visitantes del oráculo en Delfos, si algo iba más allá de su medida propia se encontraba fuera de armonía y estaba destinado a  perder su integridad.

Es por esta razón que el reconocimiento de que todo tiene una medida y la valoración de la justa dimensión de cada cosa es una prueba de sabiduría similar o equivalente al auto-conocimiento. Y es, al mismo tiempo, su complemento, ya que no es posible conocer o conocerse si se ignora la medida interna de aquello que concierne a la propia persona.

La medida así entendida supone una expresión de sabiduría, “una forma de penetrar en la esencia de todas las cosas, y que la percepción del hombre, al seguir los caminos que le señala, será clara y, por consiguiente, producirá una acción generalmente ordenada y una vida armoniosa.” (Bohm, 1980:46)

Lograr darle su justa dimensión a cada cosa es producto de “una forma de observar que tiene que adecuarse al conjunto de la realidad en la cual se vive…” (Bohm, 1980:47-48)

Participación en comunidades sociales

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La participación es como una semilla: vuela, se arraiga en el territorio, crece y da los frutos que alimentan nuestro pensar y sentir. Berta Fernández Caridad

Participar es un verbo que contiene distintas acepciones, desde comunicar algo a alguien a ser socio de un negocio, pasando por recibir una porción de un todo o por tomar parte en algo. En esta entrada me ceñiré a esta última acepción, que es la primera que aparece en el DRAE: tomar parte EN algo.

Destaco la preposición EN porque nos sirve para anclar su carácter interno, íntimo y directo. Esta naturaleza intrínseca será especialmente útil cuando se aluda a los equipos, un sistema de participación activa donde factores como la confianza, el apoyo, la conexión, el refuerzo o la sensación de unidad de acción son nucleares. Es cierto que en la actualidad se utiliza la palabra equipo más para dar ánimos que para describir una realidad conectada, pero a efectos de este somero análisis ignoraremos ese uso laxo.

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Conciencia, consciencia, inteligencia y creatividad

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MAPA

Os propongo un viaje visual para comprender mejor las sutiles diferencias entre conciencia, consciencia, inteligencia y creatividad en sentidos amplios.

Conciencia=Apertura=Ser

Imaginaos un campo abierto. O varios territorios, con diversas formas: un paisaje.

Consciencia=Acción (intencional)

Imaginaos dentro de ese paisaje. Observándolo y experimentándolo. Viviéndolo, en suma.

Inteligencia=Gestión

Imaginaos recogiendo, eligiendo y usando partes de ese paisaje.

Creatividad=Exploración

Imaginaos adentrándoos en otros paisajes diferentes al tuyo habitual.

Con este “mapa” es fácil advertir que la creatividad y la inteligencia pueden (o no) estar íntimamente relacionadas, sobre todo cuando la primera recoge e incorpora en su paisaje los recursos que ha conseguido la segunda con su exploración en otros territorios. La creatividad es más “valiente” (si se despliega) y la inteligencia más “segura” (si se entrena).

Son dos magníficos recursos de nuestro ser.

Sin embargo, tenemos la tendencia a valorar más una o la otra, generalmente la que poseemos en mayor grado se lleva los elogios y la otra las críticas. Y quienes defienden la bondad de la creatividad suele pensar la inteligencia como algo estático, rígido e inamovible, nada más lejos de la realidad porque nuestra capacidad de gestión varía sustancialmente en nuestra vida y en según qué asuntos cognitivos estemos inmersos. Es mucho más dinámica de lo que la mayoría de personas está dispuesto a conceder. Por eso se le considera una “habilidad fuerte” (hard skill), como si fuera el típico “cachas” incapaz de desarrollar movimientos flexibles. Un error de bulto. Por eso invito a abrir un poco la mente e imaginar la inteligencia como lo que es en su sentido originario, la capacidad de “elegir y reunir en medio”. Es decir, la capacidad de gestionar contenidos de conciencia. Capacidad moldeable, entrenable y desplegable. No se trata de un mero contenedor rígido “para toda la vida”.

Hace un año realicé una exploración más amplia sobre la diferencia entre inteligencia y creatividad, por si alguno que no la leyera quiere curiosear.

Inspirar con el ejemplo

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Hace casi tres años dialogaba con el Maestro Luis Anes, un referente en innovación educativa, porque quería contar son su experiencia para el blog de la Plataforma. Una de las frases que le escribí se le quedó tan grabada que desde entonces la usa en todas sus comunicaciones: No hay nada mejor que el ejemplo para inspirar, porque de consejos estamos colapsados.

Vivimos en un mundo acelerado y enloquecido en el que los consejos se regalan con inusual frecuencia. En la mayoría de los casos, son consejos que se ‘venden’ a otros pero no se aplican a uno mismo: haz lo que yo diga pero no lo que yo haga.

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Los expertos en cualquier tema brotan como setas. Es una plaga que no tiene visos de erradicarse. El resultado de esta banalización de la experticia es que cada día cuesta más discernir el genuino profesional del advenedizo con ínfulas. Pero todavía queda algo de esperanza: su ejemplo. Si observas cuidadosamente al típico vendedor de humo comprobarás que sus palabras no son congruentes con sus acciones. Pero hay que hilar fino porque aquellas forman un grueso manto que a la mayoría le resulta impenetrable.

Por todo ello, cuando encuentras ejemplos en cualquier esfera de la vida que te inspiren, vas a por ellos de cabeza. Ya sean ejemplos de cordura, de profesionalidad, de innovación, de liderazgo, de iniciativa personal, de bondad o de cualquier otro asunto al que le otorguemos un valor constructivo. Recalco lo de constructivo porque también podemos sentirnos inspirados por ejemplos destructivos que, obviamente, no nos harán ningún bien.

Y alguien podría preguntar, ¿quién decide lo que me hace bien o no?

La respuesta es obvia: tú.

Si tú mismo no eres capaz de discernir lo que te construye, tienes un serio problema. Nadie más. Esa responsabilidad no se puede cargar en los hombros de otros, exculpándote de no hacer nada para cambiar tus propias dinámicas destructivas. Esto es una obviedad que muchos no desean ver, achacando todos sus males el “entorno”.

Como todos, conozco personas extraordinariamente inspiradoras que, sin mediar muchas palabras o consejos, han logrado sacudir esquemas mentales rígidos que sostenía en ese momento. Y para ellas va mi eterno agradecimiento. Porque parte de lo poco o mucho que haya construído en mi forma de ser ha sido gracias a su ejemplo, empezando por las más cercanas emocionalmente que todo el mundo tiene: su familia y amigos.

Es importante para nosotros mismos dejarnos inundar por esa lluvia fresca de la acción ejemplar. Esos regalos son siempre bienvenidos y, en consecuencia, agradecidos.

Así que gracias por ser como eres y por hacer lo que haces para construir algo mejor.

La revolución de la conciencia: Daimon y ethos

Ethos es nuestra morada interior. Nuestro modo de ser y de relacionarnos con el mundo. Es el rincón de seguridad donde resuena nuestra voz interior, el Daimon. Es la representación simbólica de “lo bueno” que hay en mí, el origen interior del comportamiento ético: si me cuido, cuido; si me amo, amo; si me motivo, motivo; si confío en mí, confío en los demás, etc.

A medida que dejamos de cuidarnos, amarnos, motivarnos, etc…, surge la necesidad de establecer criterios éticos universales exteriores a nosotros mismos para asegurar una convivencia civilizada. Emerge un sistema ético basado en el deber, en la obligación. Ya no se actúa porque es bueno hacerlo (si es bueno para mí, es bueno para los demás) sino porque estamos obligados por otros (personas, entidades, ideas universales, etc) a hacerlo.

La conciencia interior ética se transmuta en conciencia exterior moralizante, con los consecuentes rechazos o resistencias: ¿quién dice que tengo que hacer esto? ¿qué autoridad tiene X sobre mis actos?

La única revolución real consiste en volver a escuchar la voz interior, la genuina, y no el ruido que la sepulta.

Todos queremos cambiar el mundo pero casi nadie quiere cambiarse a sí mismo, el principio de toda acción realmente revolucionaria.

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Encontré este delicioso texto en el que su autor nos desvela los sentidos metafóricos originarios de las palabras griegas Daimon y Ethos a través de Heráclito y de cómo se han ido olvidando o sustituyendo por otros sentidos.


Texto original: http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=019

Daimon y Ethos

2003-06-27


  Tal vez los lectores se extrañen por estas dos palabras griegas. Pero ellas nos permiten acercanos a un tema urgente: el rescate de los fundamentos de la ética, que se contrapone al descontrol ético actual, especialmente cuando jefes de Estado utilizan la mentira para engañar a su pueblo y ganarlo para la perversidad de la guerra.

En primer lugar, cabe decir que «daimon», en griego clásico, no es demonio, sino, al contrario, el ángel bueno, el genio protector. Y «ethos» no es principalmente ética, sino la morada, la casa humana. Heráclito, genial filósofo presocrático (500 a.C.), unió las dos palabras en el aforismo 119: «el ethos es el daimon del ser humano», o sea, «la casa es el ángel protector del ser humano». Esta formulación esconde la clave para toda una construcción ética. Pero expliquémonos, porque eso no es inmediatamente comprensible.

Ethos/casa no son simplemente las cuatro paredes y el techo. Es el conjunto de las relaciones que el ser humano establece: con el medio natural, separando un pedazo de él para que sea su morada; con los que habtitan en la casa, para que sean cooperativos y pacíficos; con un pequeño lugar sagrado, donde guardamos memorias queridas, la vela que arde o los santos de nuestra devoción; y con los vecinos, para que haya mutua ayuda y gentileza. Casa es todo eso; es un modo de ser de las personas y de las cosas.

La casa, para ser tal, debe tener un buen astral. Eso lo proporciona el daimon, el genio bienhechor. El bien que él inspira hace de las cuatro pareces y del conjunto de las relaciones, una morada humana. Ahí nos sentimos bien, amamos y morimos.

El daimon/ángel bueno, ¿qué es? Sócrates, que siempre se dejaba orientar por él, lo llama «voz profética dentro de mí, proveniente de un poder superior», o también «señal de Dios». Es la voz de la interioridad, aquel consejero de la conciencia que disuade o estimula, aquel sentimiento de lo conveniente y de lo justo en las palabras y en los actos, que se anuncia en todas las circunstancias de la vida, pequeñas o grandes. Todos posseen el daimon interior, ese ángel protector que nos aconeseja siempre, un dato tan objetivo como la libido, la inteligencia, el amor o el poder.

Como se comprende, Heráclito, como buen filósofo, deja atrás el sentido convencional de las palabras y capta su significación escondida: la casa (ethos) acaba siendo la ética, y el ángel bueno (daimon), la inspiración para su vivencia.

Ser fieles a ese ángel bueno hace que moremos bien en la casa, la individual, la ciudad, el país y el planeta Tierra, la Casa Común. Todo lo que hagamos para que se pueda morar juntos bien (felicidad) es ético y bueno; lo contrario es antiético y malo.

Hay una especie de tragedia en nuestra historia: el daimon fue olvidado. En su lugar, los filósofos como Platón y Aristóteles, Kant y Habermas, propusieroon sistemas éticos, con normas tenidas por universales. La voz del ángel bueno no deja de hablar, pero es confundida con las mil otras voces, de las religiones, de las Iglesias, de los Estados y de otros maestros…

Si quisiéramos una revolución ética duradera debemos librar el daimon y comenzar a escucharlo de nuevo. En definitiva, ése es el buen sentido ético. Él nos sugerirá cómo ordenar la casa que es la ciudad, el Estado y la Casa Común planetaria. No hay otra salida.

¿Es utopía? Sí, pero es la dirección correcta que apunta al camino verdadero. Escuchar al daimon produce paz general y hace que surja el cuidado para con todas las cosas.

Leonardo Boff

El arte de la aceptación

El primer paso para madurar consiste en despertar del sueño de la propia importancia. El segundo, afirmar la realidad en lugar de negarla. El tercero, conocernos a nosotros mismos. El resultado es la serenidad, el arte de encontrar el equilibrio dinámico en la adversidad. La aceptación radical de lo que no podemos cambiar.


Madurez psicológica: El arte de vivir en paz con lo que no podemos cambiar

Fuente: https://www.rinconpsicologia.com/2018/05/madurez-psicologica-emocional.html

La madurez psicológica se puede definir de muchas formas, pero el escritor escocés M. J. Croan resumió a la perfección este concepto: “La madurez es cuando tu mundo se abre y te das cuenta de que no eres el centro de él”.
Madurar significa salir de nuestra visión egocéntrica para comprender que existe un mundo más amplio y complejo, un mundo que a menudo nos pondrá a prueba y que no siempre satisfará nuestras expectativas, ilusiones y necesidades. Y sin embargo, cuando maduramos somos capaces de vivir en paz en ese mundo, aceptando todo aquello que no nos gusta pero que no podemos cambiar.

Negar la realidad: Un mecanismo de afrontamiento inmaduro e inadaptativo 

La negación es un mecanismo de afrontamiento que implica negar fervientemente la realidad, a pesar de los hechos. Generalmente este mecanismo se pone en marcha por dos motivos: 1. Porque nos aferramos a unas ideas rígidas que no queremos cambiar o, 2. Porque no contamos con los mecanismos psicológicos necesarios para afrontar la situación.
En ambos casos, negar la realidad nos permite reducir la ansiedad ante una situación que nuestro cerebro emocional ya ha catalogado como particularmente inquietante o incluso amenazante. El problema es que la realidad siempre gana.
Si un acosador nos aborda en medio de la calle, no cerramos los ojos repitiéndonos mentalmente: “¡Esto no está ocurriendo!”. Comprendemos que estamos en peligro y escapamos o pedimos ayuda. Sin embargo, no reaccionamos de la misma manera con el resto de las situaciones de nuestra vida. Cuando algo no nos gusta, nos decepciona o entristece, ponemos en marcha el mecanismo de negación.
Negar vehementemente los hechos no hará que cambien. Al contrario, nos conducirá a tomar decisiones poco adaptativas que pueden terminar causándonos más daño. La persona madura, al contrario, acepta la realidad, no con resignación sino con inteligencia. De hecho, el psiquiatra alemán Fritz Kunkel dijo que “ser maduro significa encarar, no evadir, cada nueva crisis que viene”.

El arte de encontrar el equilibrio en la adversidad 

“Érase una vez un hombre a quien le alteraba tanto ver su propia sombra y le disgustaban tanto sus propias pisadas que decidió librarse de ellas.
 
“Se le ocurrió un método: huir. Así que se levantó y echó a correr, pero cada vez que ponía un pie en el suelo había otra pisada, mientras que su sombra le alcanzaba sin la menor dificultad.
 
“Atribuyó el fracaso al hecho de no correr suficientemente deprisa. Corrió más y más rápido, sin parar, hasta caer muerto. 
 
“No comprendió que le habría bastado con ponerse en un lugar sombreado para que su sombra se desvaneciera y que si se sentaba y se quedaba inmóvil, no habría más pisadas”. 
Esta parábola de Zhuangzi nos recuerda una frase de Ralph Waldo Emerson: “La madurez es la edad en que uno ya no se deja engañar por sí mismo”. El escritor se refería a ese momento en el cual somos plenamente conscientes de los mecanismos psicológicos que ponemos en marcha para lidiar con la realidad y proteger nuestro “yo”, a ese momento en el que nos percatamos que la realidad puede ser difícil pero que nuestra actitud y perspectiva son dos variables esenciales en esa ecuación.
Por eso, la madurez psicológica pasa inevitablemente por el autoconocimiento, implica conocer las zancadillas mentales que nos ponemos para no avanzar, los mecanismos que usamos para evadirnos de la realidad y las creencias erróneas que nos mantienen atados.
Ese conocimiento es básico para lidiar con los problemas y obstáculos que nos pone la vida. Por desgracia, hay personas que, como el hombre de la historia, nunca llegan a alcanzar ese nivel de autoconocimiento y terminan creando más confusión y problemas, alimentando la infelicidad y el caos interior.
Alcanzar la madurez psicológica no implica aceptar pasivamente la realidad asumiendo una postura resignada sino ser capaces de mirar con otros ojos lo que sucede, aprovechando ese golpe para consolidar nuestra resiliencia, conocernos mejor e incluso crecer.
William Arthur Ward dijo: “Cometer errores es humano y tropezar es común; la verdadera madurez es ser capaz de reírse de sí mismo”. Ser capaz de reírnos de nuestros antiguos temores porque ahora nos parecen grotescos, de nuestras preocupaciones magnificadas y de esos obstáculos “insalvables” que en realidad no eran, es una enorme muestra de crecimiento. Reirnos de nuestras viejas actitudes y creencias no solo significa que forman parte del pasado, sino que han dejado de tener cualquier influjo emocional sobre nosotros.
La verdadera madurez psicológica llega cuando practicamos la aceptación radical, cuando miramos a los ojos la realidad y, en vez de venirnos abajo, nos preguntamos: “¿Cuál es el próximo paso?”. Eso significa que, aunque la realidad puede ser dolorosa, no nos quedamos atrapados en el papel de víctimas sufriendo inútilmente sino que protegemos nuestro equilibrio emocional adoptando una actitud proactiva.