¿Para qué sirve la utopía?

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Cuando tienes en mente iniciar un proyecto, sea el que sea, estás repleto de energía propositiva, motivación, interés y, cómo no, de ideas. Ese conjunto de ideas son tus ideales, esos pensamientos sobre cómo te gustaría, deseas o quieres que llegue a ser ese proyecto. Si ese conjunto de ideas dirigen tus acciones, eres un idealista. Y un idealista es aquella persona que se deja seducir conscientemente por una utopía, un horizonte maravilloso al que quiere llegar.

A ese horizonte utópico lo llamas de diferentes modos: metas, objetivos o fines. Los fines responden a las preguntas de qué quiero hacer y a la de para qué quiero hacerlo. Cuando alguien te pregunta, ¿para qué te metes en esto?, tu sabes qué responder en base a ese conjunto de ideas-guía que tienes en mente.

Incluso si no eres plenamente consciente de lo que quieres conseguir y solo tienes una profunda intuición sin forma, las ideas-guía te sirven de impulso a la acción. Sabes, en lo más profundo de tu ser, que quieres hacer algo, aunque no tengas claro qué.

Huelga decir que esta reflexión sirve para los proyectos individuales y para los colectivos, simplemente cambiando la primera persona del singular por la segunda persona del plural.

Una persona (o un colectivo) sin ideas es un ser sin horizontes, sin un sentido existencial que le guíe. Viktor Frankl en su extraordinario libro El hombre en busca de sentido, reflexiona sobre la pregunta por el sentido de la vida:

Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos y después, enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e incesantemente. Nuestra contestación tiene que estar hecha no de palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y una actuación rectas. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.

 

¿Para qué sirve la utopía?

Eduardo Galeano nos lo explica de forma poética: para caminar. Sin algo que te (re)mueva, no andas. Sin un meta, no actúas de modo propositivo. Sin ideales que te guíen eres un barco perdido en medio de tu océano vital.

Eso sí, a medida que avanzas en ese camino los ideales van transformándose. La influencia de la realidad en ellos es muy potente. Vas deslizándote hacia la zona de equilibrio entre idealismo y realismo. Creces como persona (o como colectivo), te fortaleces, incrementas tu poder, la confianza en lo que haces y tus principios se convierten en tus zapatos para andar. Canalizas mejor las energías, eres más eficiente en lo que haces y puedes ayudar a otros a empezar su camino, aportándoles tu experiencia de caminante. No para que la siga al pie de la letra, no, porque su camino es diferente, sino para que la tenga en cuenta cuando abra su conciencia -sus ojos- en su propio trayecto o proyecto vital. Son semillas que pueden germinar o no.

Y en esta carrera de relevos que es la vida, los que empiezan con humildad suelen buscar guías expertas mientras que lo hacen con prepotencia las desprecian con ciertas dosis de adanismo. Por eso es muy importante la actitud en tu trayecto. Los veteranos son una ayuda inestimable que tú, como persona inteligente que eres, no debes despreciar sino al contrario: aprovechar esa fuente para beber y equiparte para tu propio camino.

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El halago debilita

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Vivimos en la época del “like”, de la aprobación fácil e instantánea de nuestras publicaciones en redes sociales. Tanto a nivel personal como a nivel profesional. Las empresas buscan incrementar los “me gusta” para ser una marca conocida y reconocida. Se compran los seguidores como si fueran naranjas, por “kilos”. Si llegas a la cifra de 100k de seguidores en Youtube o de Instagram ya te bautizas como “influencer”, cuando esta etiqueta se reserva a las personas que influyen en la vida real, que son relevantes en su sector. Que tienen una carrera detrás y saben de qué están hablando.

Hemos entrado de lleno en la era del vacío. De las posturas forzadas (postureo) y de las frases sin contenido real. De los zascas y los chascarrillos. Y la vacuidad, como la vanidad, busca aprobación ajena. Busca reforzar su patrón con el halago fácil, con el aplauso, el me gusta, con el número de visitas y con los seguidores. No quieres tener compañeros que viajen a tu lado (y puedan hacerte sombra) sino meros penitentes que están a la cola de la imagen que deseas dar al mundo.

En este contexto, el halago debilita la personalidad. Cuando tenemos la piel muy fina, todo nos molesta. Nos reblandece de tal modo que nos convierte en “blandiblups” que nos amoldamos a cualquier forma con tal de agradar, y que nos encolerizamos con la menor crítica, con un “dislike”. Es más, tendemos a dar mucha más importancia a un desacuerdo que a un acuerdo. Mostramos un deseo irrefrenable de responder a la crítica, que pensamos injusta por el mero hecho de serlo, sin pararnos a pensar si tienen un fondo de verdad que nos pueda ayudar a reforzar nuestra personalidad. Nadie se curtió en el mar sin que éste le diera unos cuantos zarpazos. Nadie se hace experto sin dificultades, sin fracasar.

Nos hemos vuelto muy blandos. No aceptamos un “no” por respuesta, y nos enfadamos si lo que mostramos al mundo “no le gusta”.

Es tan sencillo caer en la red del halago como en la trampa de la crítica feroz, su polo opuesto. La horda de “haters” que pulula en las redes sociales, principalmente Twitter, genera un ambiente irrespirable. Y han creado la Dictadura del Disgusto. En ella ya no se puede hablar con naturalidad porque siempre hay un grupo de elementos tóxicos acechando para lanzar sus pullas, zascas o simples odios producto de unas vidas vacías de contenido que se proyectan en estos espacios democráticos en los que parece que toda opinión “vale lo mismo” por el mero hecho de serla, sepas o no de lo que estás hablando.

Para salir de estos remolinos hay que sanearse de vez en cuando. Tomar distancia física y emocional tanto con el foco del halago como con el de la crítica. Respirar, evaluar nuestras acciones, mirar en nuestro interior y responder a la pregunta de si realmente somos nosotros mismos o estamos creando un personaje amoldado al ambiente en el que nos desenvolvemos.

La libertad de expresión (que no de agresión) conlleva halagos y críticas, pero no son éstos los elementos que poseen el mando de las operaciones. No existe libertad en complacer a otros siempre. Tú has de expresar lo que piensas y sientes con plena libertad, pero también a sabiendas de que todos no le van a dar un “like” a lo que dices, ni falta que hace. Los “me gusta” y “no me gusta” son simples expresiones ajenas que te dicen que no eres indiferente, el peor de los males de nuestro tiempo. Preferimos una crítica al silencio o a que nos ignoren. Somos seres sociales y no podemos evitar buscar la interacción con otros seres sociales. Por eso hay que fortalecer el propio carácter para no caer en las dictaduras del gusto y del disgusto.

 

Para mantener un sano equilibrio hay que intentar estar por encima de la crítica y por debajo del halago.

 

La ansiedad en las Altas Capacidades

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La ansiedad es una respuesta fisiológica que experimentamos todas las personas. Esta precisión es importante a la hora de abordar una entrada como esta. Las personas con altas capacidades intelectuales no son más ansiosas que el resto. Ni siquiera son ansiosas “de manera diferente”. Sobre esto investigó la Dra. Dolores Valadez en este artículo. No se encontraron diferencias significativas en este componente entre el grupo de control y los individuos identificados con superdotación intelectual.

Esta es una premisa fundamental para no asociar esta manifestación del cuerpo exclusivamente a un determinado colectivo. En todo caso, como una de las características asociadas al colectivo es la de “darle muchas vueltas a los asuntos” [pensando mucho], se le presupone cierto nivel de riesgo potencial de sufrir determinadas respuestas excesivas como pueden ser la ansiedad, el estrés o la depresión. O no, claro, porque siempre dependerá de la habilidad para gestionar este tipo de respuestas, pensando bien.

Quiero agradecer la colaboración de los miembros del grupo de trabajo ERFE y especialmente a María Teresa Pérez por aportar varios de estos enlaces y algunas ideas interesantes para conocer mejor este tema.

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Comprendiendo a Dabrowski con Sal Mendaglio

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En el mundo de las altas capacidades se habla mucho en los últimos años de Dabrowski. Sobre todo de su noción de sobreexcitabilidad (OE). Muchísimo menos de su teoría de la desintegración positiva que es la que incorpora en su seno las OEs como uno de los elementos motores del desarrollo personal.

Se están desarrollando investigaciones serias sobre las implicaciones para este campo que tiene esta teoría, lo que denota su actual relevancia. A pesar de ello, el análisis de la misma reclama miradas críticas de peso, como la que hoy comparto con todos los lectores de este blog. He escogido un texto del psicólogo Sal Mendaglio, profesor asociado en la Facultad de Educación de la Universidad de Calgary, por su implicación en el campo de la giftedness (lo dejo en inglés para no tener que insistir una vez más en lo poco tiene que ver con lo que aquí llamamos superdotación) y por su conocimiento de la teoría dabrowskiana.

La estructura de la entrada recoge varios puntos clave de las reflexiones de este autor:

  1. Uso intencionadamente impreciso de la expresión Gifted students
  2. La TPD no proporciona estrategias o técnicas para el aula
  3. La TPD es una teoría del desarrollo de la personalidad 
  4. La importancia del tercer factor
  5. Las sobreexcitabilidades (OEs) son el motor, no el vehículo
  6. El olvido de los dinamismos en las discusiones de la TPD
  7. Las dificultades de entender la importancia del dolor emocional en el desarrollo
  8. La TPD y la dotación intelectual
  9. Resumen de Mendaglio
  10. Implicaciones para los educadores

Espero que os resulte útil y, sobre todo, ayude a reflexionar con el tono crítico adecuado.

Como padre o educador, ¿estás dispuesto a organizar crisis existenciales dolorosas en tus hijos o alumnos para facilitar la activación del desarrollo de su potencial humano en el sentido dabrowskiano? Dependiendo de la respuesta, esta será para ti una entrada nutritiva o un texto realmente incómodo porque cuestionará las ideas que te están proporcionando sobre Dabrowski en general y sobre las sobreexcitabilidades en particular.

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Aprendiendo a crecer con una sana autoestima

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La primera vez que oí las palabras “la forma en la que  hablamos a nuestros hijos se transforma en su voz interior” de Peggy O´Mara, algo recorrió mi espina dorsal. Creo que no somos conscientes de lo que supone traer una vida al mundo y hacer de esa persona un ser adaptado y capaz de ser feliz. Una sana autoestima se convierte en el mejor factor de protección frente a las dificultades de la vida y la mejor manera de ser más resilientes. La resiliencia es el arte de rehacerse ante las embestidas de la vida.

Soy Psicóloga y, desde hace 14 años, madre de dos hijos ahora adolescentes. Así que el tema de la autoestima es un concepto en el que he pensado muchas veces. En  esta entrada me han pedido que hable sobre cómo trabajar la autoestima en los niños e intentando poner en orden mis ideas, he intentado reflexionar sobre cómo trabajamos la autoestima en consulta y cómo lo podemos hacer en casa.

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Perfección y excelencia

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Explorando la etimología del término excelencia (ex-cellere: “sobresalir”) es posible verla como algo eminentemente intrínseco. Se podría ver como un salir de los límites actuales, o una forma de ampliarlos, de mejorarnos. Algo inherente.

En un contexto evolutivo o desarrollista, la excelencia señalaría el paso al siguiente estadio o nivel evolutivo. El salto cualitativo. Un seguir progresando hacia otros niveles posibles de excelencia posterior.

La perfección, o más bien “lo perfecto” sería el final de un camino, el acabamiento. En un pensamiento evolutivo de actualizaciones constantes de potenciales (siempre podemos mejorar algo), la perfección sería vista como un ideal, un horizonte o, si se quiere, una convención arbitraria establecida extrínsecamente. Incluso si somos nosotros mismos los que consideramos algo de nosotros mismos como perfecto.

También podría verse de modo extrínseco en un continuo de optimización donde lo primero que hallaríamos es la excelencia como el primer tramo que destaca claramente de un grupo promedio y, al final del trayecto, encontraríamos la meta, la perfección. Lo que ocurre es que la realidad no suele ser tan idílica, porque las curvas de optimización llegan a su máximo en un momento y luego siempre bajan. Luego el final de la historia no está nunca arriba del todo…

El perfeccionismo podría verse como un impulso interior que nos hace buscar la excelencia -la mejora constante- en su versión sana (perfeccionismo adaptativo) y “lo perfecto” en su versión insana (perfeccionismo desadaptativo). Se podría imaginar como un fuego, que hasta un determinado nivel de intensidad nos calienta y que pasado ese nivel comienza a quemarnos.

El perfeccionismo sano se asienta en lo que denomino la visión proceso, mientras que el perfeccionismo insano se vincula a la visión meta.

La visión proceso funciona con pensamientos de este tipo: “he avanzado 1, bien… he pasado a 2, estupendo… logré llegar a 3, excelente”. Se sustenta en el disfrute del camino. Cada hito se celebra como único e insustituible. Se suman sensaciones positivas que funcionan como motores para continuar.

La visión meta funciona con pensamientos de este tenor: “me quedan 100, uf… me quedan 99, qué difícil… me quedan 98, esto se hace eterno”. Esta visión produce un enorme desgaste energético basado en la permanente insatisfacción. Las sensaciones son casi siempre negativas y, sobre todo, de meta inalcanzable.

En este enlace podemos conocer un poco más la diferencia entre los distintos modos de perfeccionismo, con sus ventajas e inconvenientes. Espero que os resulte de utilidad.

 

Ventajas y desventajas de ser demasiado perfeccionista

La cara y la cruz de una característica muy común en nuestros días.

Ana Isabel Pérez Morales

 

¿Eres perfeccionista? Cuidado, ¡que no se te vaya de las manos!

Está claro, todos tenemos cierto interés en aprender y mejorar en diferentes áreas o aspectos de nuestra vida. Para personas con un rasgo marcado de perfeccionismo, es la búsqueda de la excelencia lo que les motiva a mejorar. Ser meticuloso, comedido, perseverante, responsable… son características que pueden acompañar las tendencias perfeccionistas del ser humano, pudiendo sacar lo mejor de sí mismo. Sin embargo, la frustración, ansiedad, tozudez y la falta de eficacia pueden ser los peores enemigos de este mismo perfil de comportamiento.

¿Cómo diferenciar un perfeccionismo “bueno” del que no lo es?, ¿En qué momento ser demasiado perfeccionista puede ser contraproducente para uno mismo? Analizamos a continuación los detalles que nos ayudan a extraer lo mejor de este rasgo de personalidad.

Personas con un perfeccionismo adaptativo

Las personas que funcionan a través de un perfeccionismo adaptativo, o bueno , presentan estas características:

  • Se marcan a sí mismos objetivos elevados y motivantes, asumiéndolos como retos, pero estos objetivos son realistas y asumibles según sus condiciones y realizables.
  • La persona tiene una buena expectativa de autoeficacia, es decir, sabe que puede y que conseguirá esos objetivos, pero aceptando el que no se cumplan totalmente o del modo en que lo tiene planificado.
  • En general, son personas exigentes consigo mismas, pero no temen los errores o las equivocaciones, sino que las aceptan como parte de la vida, de modo que no se rinden con facilidad ante la frustración.
  • Son personas con una planificación y organización extraordinarias, pero con la capacidad de flexibilidad suficiente como para atender a los contratiempos o aspectos impredecibles.
  • Las personas perfeccionistas realizadas son capaces de disfrutar y concentrarse en su trabajo, no se centran exclusivamente en el resultado final, sino que son capaces de aprender y atender a los pasos que requiere el proceso.
  • Otra ventaja del perfeccionismo adaptativo es que nos hace capaces de comprender y soportar que hay cierto grado de incontrolabilidad en lo que ocurre en el día a día, de forma que nos hacemos más tolerantes a la incertidumbre.
  • El perfeccionismo adaptativo va acompañado de un importante auto-refuerzo y una buena autoestima. Así, la persona es capaz de valorar sus puntos fuertes, premiarse ante sus logros y cuidarse.
  • La persona con perfeccionismo adaptativo capaz de disfrutar de gran variedad de actividades y de desconectar a pesar de los inconvenientes o las pequeñas imperfecciones a las que se expone día a día en el trabajo, las relaciones personales…

Personas con perfeccionismo desadaptativo

Al final, el perfeccionismo adaptativo se basa en permitirse la libertad de no ser perfecto, y en definitiva, ser de ser humanos. Está claro que el perfil que hemos descrito es muy deseado y muy alabado a nivel social, personal y profesional.

  • Estas personas se marcan a sí mismas demasiados objetivos que no son realistas a la hora de ser cumplidos.
  • Enfatizan mucho el ser excesivamente ordenado y controlador y suele perder mucho tiempo en estos aspectos y en detalles irrelevantes, desconcentrándose de lo verdaderamente importante.
  • Una persona con un perfeccionismo desadaptativo se preocupa mucho por los errores, que no soporta cometer, y teme en exceso las críticas de los demás.
  • No disfruta en su trabajo, se centra solo en el resultado y en el refuerzo que obtendrá de los demás. Cuando no consigue esto, sufre mucho.
  • Piensa que su trabajo nunca es suficientemente bueno y que siempre puede hacerse mejor, de modo que tiene la sensación de que no acaba nunca las tareas o que las deja incompletas.
  • Enfatiza sobre todo lo que está mal, en vez de reconocer lo que está bien hecho. Esto lleva a una autoestima más debilitada al despreciar sus puntos fuertes y se concentrarse en los puntos débiles.
  • La desmedida autoexigencia por el perfeccionismo le lleva a desarrollar altos niveles ansiedad y sufrimiento. No tolera el error propio y a veces el ajeno tampoco.
  • Le cuesta desconectar de los objetivos de perfección, a veces puede entrar en un bucle en el que no puede dejar de pensar en cómo seguir mejorando, corrigiendo errores o en lo que queda por hacer.

Concluyendo

El perfeccionismo desadaptativo supone un modo de tomarse los objetivos vitales que tiene grandes inconvenientes. A pesar de los grandes esfuerzos que realizan quienes adoptan este estilo de perfeccionismo, estas personas siempre están frustradas, cansadas o ansiosas y no siempre rendirán lo bien que podrían si tomaran una actitud algo más flexible.

A todos nos satisface hacer las cosas muy bien, incluso perfectas algunas veces, pero eso no conlleva que no podamos aceptar de nosotros mismos nuestras imperfecciones.

 

No, no, yo no me autocompadezco

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Hace un  tiempo, en uno de mis cursos, decidí dedicar una parte de todo lo que les estaba contando a la compasión. Un concepto realmente importante.

Comencé preguntándoles qué les parecía la autocompasión.

Enseguida sus gestos cambiaron. Podía ver dibujada la disconformidad en cada una de sus caras.

“Mal”; “No, no, autocompasión no”; “No me parece bien”

Hasta se sentían incómodos. Podía notarlo.

De acuerdo, les dije. Pensad en un amigo que lo está pasando mal ya sea por algo que le ha ocurrido o porque ha metido la pata hasta el fondo. Seguro que a todos se os viene alguien a la cabeza, ya sea que esté pasando en el momento presente  o que haya formado parte de vuestro pasado. Es un buen amigo (o amiga) al que apreciáis de veras.

¿Le mostraríais compasión?

“Por supuesto”; “Desde luego”  En general asintieron con la cabeza.

¿Por qué?

“Hombre, lo está pasando mal”; “Para eso están los amigos”…

¿Y en qué forma se la mostraríais?

“Escuchándole”; “Animándole”; “Dándole un abrazo”; “Ofreciéndole mi ayuda”; “Consolándole”…

¿Creéis que todo eso podría ayudar a vuestr@ amigo@?

“Por supuesto”; “Al menos se sentirá querido y apoyado”; “Quizás no le resuelva el problema pero estará más animado”…

¿Le recriminaríais el error? ¿Le acusaríais? ¿Le haríais ver lo torpe que es? ¿Que no ha podido hacerlo bien?

“Jolines, pues claro que no. Está hech@ polvo en este momento”; “A lo mejor cuando estuviese más animado podría decirle algo, pero no a lo bestia, y para ayudarle, no para machacarle”

Al principio me habéis dicho que no os parecía bien la autocompasión. ¿Qué diferencia hay? ¿Por qué sí haríamos todo esto por alguien a quien queremos y nos parece además que está bien y es positivo, y sin embargo no lo contemplamos para hacerlo con nosotros mismos?

Se hizo un silencio brutal.

Y en ese silencio casi casi pude oír el click que se hizo en sus corazones.

¿Qué soléis hacer cuando metéis la pata? ¿Qué os decís en vuestra mente?, continué.

Cabezas abajo.

“Pues que ya me vale”; “Que soy un inútil”; “Prefiero ni pensar en ello”; “Me machaco mucho, durante horas o días, según lo que sea”; “Le doy vueltas y vueltas a lo mismo una y otra vez”…

¿Qué está ocurriendo para que nos tratemos peor que alguien a quien apreciamos? ¿Por qué es tan distinto el trato aún teniendo problemas o situaciones similares? ¿Quién o qué nos ha enseñado que no merecemos tratarnos con respeto, compasión y aprecio?

De nuevo un silencio de esos que revelan un breakthroug, una rotura de patrón, un aha moment, un click. Un ¡joder, nunca lo había pensado así!

Autocompasión no es darse pena a uno mismo, ni situarse en el plano de la víctima ni rendirse o dejar de aprender y evolucionar.

Porque este es el concepto que, si preguntas, suelen darte sobre la autocompasión.

Sin embargo cuando preguntas lo que es tener compasión de alguien a quien amas el concepto suele cambiar. Mucho.

Es cuando menos curioso.

Y es que todos merecemos esa compasión.  Porque todos (y digo todos; no se escapa nadie) cometemos errores; porque la vida no siempre es fácil y a veces lo que nos ocurre duele.

Y nuestra reacción aprendida es de autocastigo, autoreproche, intento de huir de las emociones desagradables que sentimos (ya sea negándolas, ocultándolas o volcándolas en comer demasiado por ejemplo, u otros comportamientos dañinos) y/o disco rallado mental.

Nada de consuelo, cariño, ánimo… ¡Nada de todo eso!

A cambio, creo que nos regimos por una serie de normas completamente opuestas a las de la compasión:

  • Por debajo de la perfección no me sirve.
  • Si hubo un error (aunque solo fuese uno) tienes que centrarte en él. El error es lo que importa.
  • Si te equivocas te mereces un castigo. Así que ¡castígate!
  • Nada de contemplaciones. Si te sientes mal te aguantas. Te lo mereces.
  • Si no te riñes, te machacas y le das mil vueltas en realidad no eres una persona que merezca la pena. Es que no estás dispuesto a aprender.

La compasión hacia uno mismo proporciona un remanso de paz, un refugio contra los mares tempestuosos de la autocrítica positiva y negativa, hasta que finalmente dejamos de preguntarnos “¿Soy tan bueno como ellos? ¿Soy lo suficientemente bueno?”

Kristin Neff-

La vida no es un lugar lineal, no conseguimos un día ser felices y ya está. No logramos algo y ahí terminó. No va siempre en sentido ascendente. No lo logramos todo. No todo nos sale bien. Metemos la pata y acertamos. Es un vaivén, una aventura, por momentos un camino de salto de obstáculo y por momentos un agradable paseo o un sendero repleto de piedrecitas fastidiosas o una carretera llana y hermosa…

¿Cómo crees que influirá incluir la compasión en tu vida?

Y te pregunto algo más. Algo que pregunto en mis grupos:

¿Qué crees que estarán aprendiendo tus hijos sobre sus errores (porque los van a cometer) si la compasión forma parte de tu vida?  ¿Y sobre los errores de los demás?  ¿Y sobre la forma de tratarse y tratar a los otros?  ¿Qué aprenderán de la vida? Recuerda que como dijo la madre Teresa de Calcuta:

No te preocupes si tus hijos no te escuchan, porque te están mirando todo el tiempo.

La autocompasión es uno de los pilares del auto cuidado. Y el auto cuidado no debe ser una elección, sino un deber para con nosotros y nuestros hijos. Comienza a respetarte. El mensaje que les llegará a tus hij@s será alto y claro, tendrás más paciencia, más fuerza, más ganas de enfrentar los retos de otra forma, más paciencia, más humor… y un gran ejemplo a imitar.

Los 4 pasos para practicar la autocompasión

Autocompasión

 

Gracias.

Ana Isabel Fraga Sánchez 2017. Todos los derechos reservados.

www.anaisabelfraga.com


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Ana Isabel Fraga Sánchez

Coach de intervención estratégica enfocada al crecimiento personal, la familia y la crianza de niñ@s y adolescentes; educadora certificada de padres y aula por la Positive Discipline Association, Encouragement Consultan, escritora y directora de la colección de cuentos “Niños Poderosos” de Mandala Ediciones que pretende ayudar a los niños a conocer y manejar sus emociones y entender el porqué del comportamiento. Escritora de novela juvenil y todo lo que me pasa por la cabeza. Creadora de la comunidad anaisabelfraga.com, miembro fundador de Disciplina Positiva España y parte de su Junta Directiva. Madre de dos niños de AACC.

Ha colaborado con:

  • Cáritas Diocesana de Asturias (Avilés) ofreciendo talleres de disciplina positiva tanto a los voluntarios que trabajan con niños/as, como a las familias del proyecto.
  • Cruz Roja Avilés en el proyecto Bienestar Personal y Activación Social con talleres de educación en Disciplina Positiva y crecimiento personal para mamás.
  • APADAC (Asociación de padres de niños con altas capacidades de Asturias) ofreciendo charlas, talleres y cursos para papás/mamás de niños y adolescentes.
  • Talleres para madres, padres y educadores en escuelas, centros privados y a través de mi escuela on line.