La revolución de la conciencia: Daimon y ethos

Ethos es nuestra morada interior. Nuestro modo de ser y de relacionarnos con el mundo. Es el rincón de seguridad donde resuena nuestra voz interior, el Daimon. Es la representación simbólica de “lo bueno” que hay en mí, el origen interior del comportamiento ético: si me cuido, cuido; si me amo, amo; si me motivo, motivo; si confío en mí, confío en los demás, etc.

A medida que dejamos de cuidarnos, amarnos, motivarnos, etc…, surge la necesidad de establecer criterios éticos universales exteriores a nosotros mismos para asegurar una convivencia civilizada. Emerge un sistema ético basado en el deber, en la obligación. Ya no se actúa porque es bueno hacerlo (si es bueno para mí, es bueno para los demás) sino porque estamos obligados por otros (personas, entidades, ideas universales, etc) a hacerlo.

La conciencia interior ética se transmuta en conciencia exterior moralizante, con los consecuentes rechazos o resistencias: ¿quién dice que tengo que hacer esto? ¿qué autoridad tiene X sobre mis actos?

La única revolución real consiste en volver a escuchar la voz interior, la genuina, y no el ruido que la sepulta.

Todos queremos cambiar el mundo pero casi nadie quiere cambiarse a sí mismo, el principio de toda acción realmente revolucionaria.

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Encontré este delicioso texto en el que su autor nos desvela los sentidos metafóricos originarios de las palabras griegas Daimon y Ethos a través de Heráclito y de cómo se han ido olvidando o sustituyendo por otros sentidos.


Texto original: http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=019

Daimon y Ethos

2003-06-27


  Tal vez los lectores se extrañen por estas dos palabras griegas. Pero ellas nos permiten acercanos a un tema urgente: el rescate de los fundamentos de la ética, que se contrapone al descontrol ético actual, especialmente cuando jefes de Estado utilizan la mentira para engañar a su pueblo y ganarlo para la perversidad de la guerra.

En primer lugar, cabe decir que «daimon», en griego clásico, no es demonio, sino, al contrario, el ángel bueno, el genio protector. Y «ethos» no es principalmente ética, sino la morada, la casa humana. Heráclito, genial filósofo presocrático (500 a.C.), unió las dos palabras en el aforismo 119: «el ethos es el daimon del ser humano», o sea, «la casa es el ángel protector del ser humano». Esta formulación esconde la clave para toda una construcción ética. Pero expliquémonos, porque eso no es inmediatamente comprensible.

Ethos/casa no son simplemente las cuatro paredes y el techo. Es el conjunto de las relaciones que el ser humano establece: con el medio natural, separando un pedazo de él para que sea su morada; con los que habtitan en la casa, para que sean cooperativos y pacíficos; con un pequeño lugar sagrado, donde guardamos memorias queridas, la vela que arde o los santos de nuestra devoción; y con los vecinos, para que haya mutua ayuda y gentileza. Casa es todo eso; es un modo de ser de las personas y de las cosas.

La casa, para ser tal, debe tener un buen astral. Eso lo proporciona el daimon, el genio bienhechor. El bien que él inspira hace de las cuatro pareces y del conjunto de las relaciones, una morada humana. Ahí nos sentimos bien, amamos y morimos.

El daimon/ángel bueno, ¿qué es? Sócrates, que siempre se dejaba orientar por él, lo llama «voz profética dentro de mí, proveniente de un poder superior», o también «señal de Dios». Es la voz de la interioridad, aquel consejero de la conciencia que disuade o estimula, aquel sentimiento de lo conveniente y de lo justo en las palabras y en los actos, que se anuncia en todas las circunstancias de la vida, pequeñas o grandes. Todos posseen el daimon interior, ese ángel protector que nos aconeseja siempre, un dato tan objetivo como la libido, la inteligencia, el amor o el poder.

Como se comprende, Heráclito, como buen filósofo, deja atrás el sentido convencional de las palabras y capta su significación escondida: la casa (ethos) acaba siendo la ética, y el ángel bueno (daimon), la inspiración para su vivencia.

Ser fieles a ese ángel bueno hace que moremos bien en la casa, la individual, la ciudad, el país y el planeta Tierra, la Casa Común. Todo lo que hagamos para que se pueda morar juntos bien (felicidad) es ético y bueno; lo contrario es antiético y malo.

Hay una especie de tragedia en nuestra historia: el daimon fue olvidado. En su lugar, los filósofos como Platón y Aristóteles, Kant y Habermas, propusieroon sistemas éticos, con normas tenidas por universales. La voz del ángel bueno no deja de hablar, pero es confundida con las mil otras voces, de las religiones, de las Iglesias, de los Estados y de otros maestros…

Si quisiéramos una revolución ética duradera debemos librar el daimon y comenzar a escucharlo de nuevo. En definitiva, ése es el buen sentido ético. Él nos sugerirá cómo ordenar la casa que es la ciudad, el Estado y la Casa Común planetaria. No hay otra salida.

¿Es utopía? Sí, pero es la dirección correcta que apunta al camino verdadero. Escuchar al daimon produce paz general y hace que surja el cuidado para con todas las cosas.

Leonardo Boff

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El arte de la aceptación

El primer paso para madurar consiste en despertar del sueño de la propia importancia. El segundo, afirmar la realidad en lugar de negarla. El tercero, conocernos a nosotros mismos. El resultado es la serenidad, el arte de encontrar el equilibrio dinámico en la adversidad. La aceptación radical de lo que no podemos cambiar.


Madurez psicológica: El arte de vivir en paz con lo que no podemos cambiar

Fuente: https://www.rinconpsicologia.com/2018/05/madurez-psicologica-emocional.html

La madurez psicológica se puede definir de muchas formas, pero el escritor escocés M. J. Croan resumió a la perfección este concepto: “La madurez es cuando tu mundo se abre y te das cuenta de que no eres el centro de él”.
Madurar significa salir de nuestra visión egocéntrica para comprender que existe un mundo más amplio y complejo, un mundo que a menudo nos pondrá a prueba y que no siempre satisfará nuestras expectativas, ilusiones y necesidades. Y sin embargo, cuando maduramos somos capaces de vivir en paz en ese mundo, aceptando todo aquello que no nos gusta pero que no podemos cambiar.

Negar la realidad: Un mecanismo de afrontamiento inmaduro e inadaptativo 

La negación es un mecanismo de afrontamiento que implica negar fervientemente la realidad, a pesar de los hechos. Generalmente este mecanismo se pone en marcha por dos motivos: 1. Porque nos aferramos a unas ideas rígidas que no queremos cambiar o, 2. Porque no contamos con los mecanismos psicológicos necesarios para afrontar la situación.
En ambos casos, negar la realidad nos permite reducir la ansiedad ante una situación que nuestro cerebro emocional ya ha catalogado como particularmente inquietante o incluso amenazante. El problema es que la realidad siempre gana.
Si un acosador nos aborda en medio de la calle, no cerramos los ojos repitiéndonos mentalmente: “¡Esto no está ocurriendo!”. Comprendemos que estamos en peligro y escapamos o pedimos ayuda. Sin embargo, no reaccionamos de la misma manera con el resto de las situaciones de nuestra vida. Cuando algo no nos gusta, nos decepciona o entristece, ponemos en marcha el mecanismo de negación.
Negar vehementemente los hechos no hará que cambien. Al contrario, nos conducirá a tomar decisiones poco adaptativas que pueden terminar causándonos más daño. La persona madura, al contrario, acepta la realidad, no con resignación sino con inteligencia. De hecho, el psiquiatra alemán Fritz Kunkel dijo que “ser maduro significa encarar, no evadir, cada nueva crisis que viene”.

El arte de encontrar el equilibrio en la adversidad 

“Érase una vez un hombre a quien le alteraba tanto ver su propia sombra y le disgustaban tanto sus propias pisadas que decidió librarse de ellas.
 
“Se le ocurrió un método: huir. Así que se levantó y echó a correr, pero cada vez que ponía un pie en el suelo había otra pisada, mientras que su sombra le alcanzaba sin la menor dificultad.
 
“Atribuyó el fracaso al hecho de no correr suficientemente deprisa. Corrió más y más rápido, sin parar, hasta caer muerto. 
 
“No comprendió que le habría bastado con ponerse en un lugar sombreado para que su sombra se desvaneciera y que si se sentaba y se quedaba inmóvil, no habría más pisadas”. 
Esta parábola de Zhuangzi nos recuerda una frase de Ralph Waldo Emerson: “La madurez es la edad en que uno ya no se deja engañar por sí mismo”. El escritor se refería a ese momento en el cual somos plenamente conscientes de los mecanismos psicológicos que ponemos en marcha para lidiar con la realidad y proteger nuestro “yo”, a ese momento en el que nos percatamos que la realidad puede ser difícil pero que nuestra actitud y perspectiva son dos variables esenciales en esa ecuación.
Por eso, la madurez psicológica pasa inevitablemente por el autoconocimiento, implica conocer las zancadillas mentales que nos ponemos para no avanzar, los mecanismos que usamos para evadirnos de la realidad y las creencias erróneas que nos mantienen atados.
Ese conocimiento es básico para lidiar con los problemas y obstáculos que nos pone la vida. Por desgracia, hay personas que, como el hombre de la historia, nunca llegan a alcanzar ese nivel de autoconocimiento y terminan creando más confusión y problemas, alimentando la infelicidad y el caos interior.
Alcanzar la madurez psicológica no implica aceptar pasivamente la realidad asumiendo una postura resignada sino ser capaces de mirar con otros ojos lo que sucede, aprovechando ese golpe para consolidar nuestra resiliencia, conocernos mejor e incluso crecer.
William Arthur Ward dijo: “Cometer errores es humano y tropezar es común; la verdadera madurez es ser capaz de reírse de sí mismo”. Ser capaz de reírnos de nuestros antiguos temores porque ahora nos parecen grotescos, de nuestras preocupaciones magnificadas y de esos obstáculos “insalvables” que en realidad no eran, es una enorme muestra de crecimiento. Reirnos de nuestras viejas actitudes y creencias no solo significa que forman parte del pasado, sino que han dejado de tener cualquier influjo emocional sobre nosotros.
La verdadera madurez psicológica llega cuando practicamos la aceptación radical, cuando miramos a los ojos la realidad y, en vez de venirnos abajo, nos preguntamos: “¿Cuál es el próximo paso?”. Eso significa que, aunque la realidad puede ser dolorosa, no nos quedamos atrapados en el papel de víctimas sufriendo inútilmente sino que protegemos nuestro equilibrio emocional adoptando una actitud proactiva.

Orden de prioridades

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Las Piedras y el Frasco

Cierto día un motivador estaba dando una conferencia sobre gestión de tiempo a un grupo de profesionales. Para dejar en claro un punto utilizó un ejemplo que los profesionales jamás olvidaran.

De pie frente a un auditorio compuesto por gente muy exitosa dijo:

Quisiera hacerles una pequeña demostración…

De debajo de la mesa sacó un jarro de vidrio de boca ancha y lo puso sobre la mesa frente a él. Luego sacó una docena de piedras del tamaño de un puño y empezó a colocarlas una por una en el jarro.

Cuando el jarro estaba lleno hasta el tope y no podía colocar más piedras preguntó al auditorio: ¿Está lleno este jarro? Todos los asistentes dijeron ¡Sí!

Entonces dijo: ¿Están seguros? Y sacó de debajo de la mesa un cubo con piedras pequeñas de construcción. Echó un poco de las piedras en el jarro y lo movió haciendo que las piedras pequeñas se acomoden en el espacio vacío entre las grandes.

Cuando hubo hecho esto preguntó una vez más: ¿Está lleno este jarro?

Esta vez el auditorio ya suponía lo que vendría y uno de los asistentes dijo en voz alta: “Probablemente no”.

Muy bien contestó el expositor. Sacó de debajo de la mesa un cubo lleno de arena y empezó a echarlo en el jarro. La arena se acomodó en el espacio entre las piedras grandes y las pequeñas.

Una vez más pregunto al grupo: ¿Está lleno este jarro?
Esta vez varias personas respondieron a coro: ¡No!

Una vez más el expositor dijo: ¡Muy bien! luego sacó una jarra llena de agua y echó agua al jarro con piedras hasta que estuvo lleno hasta el borde mismo. Cuando terminó, miro al auditorio y preguntó: ¿Cual creen que es la enseñanza de esta pequeña demostración?

Uno de los espectadores levantó la mano y dijo: La enseñanza es que no importa como de lleno esté tu horario, si de verdad lo intentas, siempre podrás incluir más cosas.

¡No! replicó el expositor, esa no es la enseñanza.

La enseñanza es que si no pones las piedras grandes primero, no podrás ponerlas en ningún otro momento.


A lo largo de nuestra vida tomamos millones de decisiones. Decisiones que pueden ser meditadas o espontáneas, erróneas o acertadas, rutinarias o creativas, pésimas o brillantes. Y las tomamos en función de un orden de prioridades, generalmente inconsciente. No solemos prestarle mucha atención sino que funcionamos más bien a impulsos de ese latir escondido. No nos paramos a reflexionar mucho sobre si el orden de nuestras prioridades es el adecuado para que los temas realmente importantes puedan ser afrontados con toda la energía que requieren sin ser aparcados o apartados por los temas más urgentes o, peor aún, por los temas más nimios (ese agua que inunda nuestro frasco sin permitir nada más).

Cuando somos jóvenes y las energías nos sobran, apenas necesitamos ordenar nuestras prioridades, podemos con todo lo que nos echen. Pero curiosamente ahí es cuando empezamos a adquirir los hábitos de prestarle más atención a lo banal que a lo relevante. Es en la madurez personal cuando podemos, a través de la reflexión, replantearnos todos nuestros esquemas mentales y ordenarlos eficientemente. La vida da muchas vueltas y lo que hoy parece crucial mañana nos puede parecer una solemne tontería, pero el momento de afrontarlo era ese, y su tamaño en ese instante era enorme, así que era bueno afrontarlo. Luego, la propia experiencia nos dicta si realmente tenía la importancia que nosotros le dimos entonces. Y eso nos ayuda a resolver situaciones difíciles con mayor eficacia o, si no podemos, afrontarlas con mayor entereza.

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En ocasiones hay circunstancias que no podemos superar y hay que aceptarlas como llegan. Lo importante es no perder el eje aunque nos inunde y parezca que nos vamos a pique. Si no afecta al orden de tus prioridades, tardes más o tardes menos, regresas a tu estado normal. Puedes seguir funcionando como antes. A estas personas que siempre salen a flote suelo llamarlas “personas corcho“. Y son aquellas que adquieren los hábitos de

  • Actuar en lugar de quejarse
  • Participar en lugar de aislarse
  • Cambiar en lugar de estancarse
  • Disfrutar en lugar de amargarse
  • Explorar en lugar de apoltronarse
  • Amar en lugar de odiarse
  • Luchar en lugar de resignarse
  • Compartir en lugar de apropiarse
  • Escuchar en lugar de enrollarse
  • Mirar en lugar de mirarse
  • Plantear en lugar de plantarse
  • Persistir en lugar de apartarse

Hoy más que nunca necesitamos personas corcho, capaces de cambiarse para cambiar, de amarse para amar y de cuidarse para cuidar. El mundo sin ellas es siempre peor. Todos conocemos personas de este tipo. Seguro que tú también. Si la tienes delante díselo, hazle saber el valor que tiene como elemento indispensable para que este barco llamado humanidad no termine hundido en la tormenta de inanidad que sufrimos desde hace mucho tiempo.

Adultos con alta capacidad, sensibilidad e intensidad

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Ayer leí el artículo que viene al final de esta entrada (podéis leer el original en Cuando la Intensidad y Sensibilidad es Alta en Casa) y se me ocurrió la idea de entablar un diálogo con su autora, Ana Isabel Fraga, una persona abierta y clara, con un lenguaje sencillo y directo que pone en palabras fáciles lo difícil de explicar. Ella, encantada con la idea, se animó a participar en este juego. Y este es el resultado. Esperamos que resulte de utilidad para esos adultos en los que conflyen estos tres potenciales en alto grado: capacidad, sensibilidad e intensidad.

JOSE LUIS.- Ana Isabel, en tu última entrada hablas de la alta intensidad y la alta sensibilidad en el seno familiar. Es un tema que me interesa mucho, y que aquí voy a compartir su contenido por si es útil para otras personas, pero me gustaría dialogar contigo sobre un aspecto específico: ¿cómo gestionar ese potencial cuando somos adultos? Y más en adultos con gran actividad mental.

ANA ISABEL.- Esa es una pregunta super extensa y supongo que cada quien tiene que buscar su camino, pero puedo compartir lo que yo estoy haciendo, porque quizás pueda servir a otros. El primer paso para mí fue entenderme, comprender el porqué de mis diferencia. Estaba segura de que algo no iba bien en mí porque me sentí un poco bicho raro y no llegaba a comprender muy bien las actitudes de los demás. Y por supuesto me daba cuenta de que los demás no me comprendían a mí. Pero… en realidad descubrí que todo estaba bien en mí, solo que mi forma de ver, entender e interpretar el mundo no concuerda con la de la mayoría. Así que ese ha sido mi primer paso.

Eso si, el hecho de que durante tanto tiempo pensase que algo no estaba bien en mí dejó sus secuelas. Secuelas que pasaron por dejarme la autoestima chafada y arrastrar una serie de creencias sobre mí, sobre los demás y sobre la vida que tuve que limpiar y que sigo limpiando. Este trabajo me parece sumamente importante, vital diría yo, porque si nos damos cuenta son esas creencias las que crean el software mental que te impulsa después a tomar las direcciones y decisiones en tu vida. Ya puedes imaginarte el tipo de decisiones que las creencias derivadas de un sentimiento de “no soy válida. Algo está mal en mí” generaron. Así que resumiendo, empezaría por entender que todo está bien en mí y ponerme con la limpieza de todas esas creencias y patrones que me están fastidiando en mi vida sin saberlo porque forman parte de mi inconsciente. Y como tercer paso honrar y celebrar mis diferencias. Porque en mi vida siempre pensé que los demás eran mejores que yo, que yo estaba defectuosa. Sí, así con esas palabras, defectuosa. Y resulta que no, que simplemente veo el mundo y lo percibo de otras formas, que tienen cosas muy hermosas. Esto hay que CELEBRARLO. Podemos aportar mucho a nuestro entorno, podemos crear, podemos ver más allá.

JOSE LUIS.- Buen resumen. Si te parece, indagamos algunos temas que has nombrado para acercarlos a las personas que puedan estar leyendo esto y perciban mucha información.

Hablas de comprender la propia diferencia. Para llegar a ese estado, en primer lugar uno ha de percibirse o sentirse diferente a la mayoría de su entorno. Con independencia de que no sepa definirla con claridad. ¿Cómo definirías ahora, como adulta, en qué consiste ese diferente modo de estar en el mundo?

ANA ISABEL.- Pues mira, desde pequeña sentí que los demás no tomaban muy en serio mi forma de sentir. Era un poco la exagerada, la dramática… Y realmente yo lo sentí así, con esa fuerza e intensidad. Entonces empecé a pensar que quizás yo fuese lo que ellos me decían que era. Recuerdo llorar desconsolada viendo una película en la que mataban a una orca que estaba embarazada. Los demás alucinaron. “¡Es solo una película!” me dijeron, y se reían. Pero yo realmente pude sentir un dolor terrible. Y durante toda mi vida me ha ocurrido igual, sentir lo que otros están sintiendo, empatizar de tal forma que sentía como propio lo de los demás… Pero no solo eso, me decían que era una repugnante porque me ponía de mala leche con las luces artificiales, o porque los olores me perturban de tal forma que tengo que irme si hay un ambientado puesto o alguien a usado mínimamente lejía, o se ha puesto un perfume… Me irritan mucho. Y como eso la sensibilidad al tacto y tantas otras cosas. Al final llegas a dudar de si lo que sientes es verdad porque suelen hacerte ver que no puede ser, que es imposible sentir así. Y en otro orden de cosas mis intereses eran diferentes. Para mí disfrutar era leer un libro y no levantar la vista hasta habérmelo terminado, me encantaba ir al cole a aprender, no me gustaba salir de noche ni durante la adolescencia… En fin, muchas pequeñas grandes cosas de mi día a día que no se solían entender. Tampoco yo entendía que no les afectara lo que a mí, o que no oliesen la lejía o el perfume que a mí m parecían abrumadores, etc.

Ahora sé que todo eso le pasa a un pequeño porcentaje de la población. Lo asumo y me cuido.

JOSE LUIS.- Interesante. Aquí aludes a tres tipos de sensibilidad diferentes, y creo que es importante indagar más sobre ellas. Por un lado, está la sensibilidad física (que para distinguirla suelo llamarla “sensitividad”). Cómo un alta sensitividad a determinados estímulos te alteran sobremanera, y cómo el entorno no lo comprende, censurando tu reacción.

Por otro lado, está la sensibilidad emocional (que llamo afectabilidad), que es la que describes cuando has hablado de la empatía y de cómo te afectó la película, sin encontrar en tu entorno una respuesta precisamente comprensiva.

Y por último, la sensibilidad cognitiva (que denomino distinguibilidad), cuando hablas del placer de la lectura o del simple aprender. Esa apertura a todos los estímulos intelectuales que tampoco comprendías que fuera “lo normal” en todo el mundo.

Digamos que en tu caso confluyen estos potenciales sensitivos en un alto grado. Lo que puede generar una combinación realmente explosiva si no se sabe autogestionar adecuadamente. Tiene un enorme mérito en tu caso haberlo logrado, y otros adultos con similares potenciales podrían sentirse identificados, aparte de aprender cómo podrían actuar en su propio interior, cuidándose y comprendiendo que no hay nada de malo en ellos.

ANA ISABEL.- Pues si, en ocasiones ha sido muy difícil gestionar tanta intensidad y sensibilidad. Yo no diría que lo he logrado, porque en realidad ¿qué significa lograrlo? Diría que lo he aceptado, que lo abrazo porque es en realidad un tesoro, y que me está permitiendo conocerme cada vez mejor y aprender.

JOSE LUIS.- Eso es clave: aceptación, que no es sinónimo de resignación sino de comprensión e integración en nuestro sistema. Precisamente aludo a eso con el logro de la autogestión. No podemos (ni debemos) controlar nuestro mar interior. No debemos apagar las emociones, las sensaciones ni los pensamientos.

Por ejemplo, cuando hablo de emociones aludo a la metáfora del vehículo. Y si tu sistema emocional es muy potente, aludo al Fórmula 1. Está claro que una buena gestión de ese vehículo no consiste meramente en ir frenándolo. Ni tampoco en acelerarlo a tope. Cada situación requiere un movimiento diferente, tanto para no calar como para no estrellarte. Y el logro de la autogestión consiste básicamente en aprender a conducirlo. Sabiendo el potencial que tiene y que no siempre vas a poder hacerlo, lo que te pone en una alerta activa que jamás te hace relajarte. ¿Cómo lo ves?

ANA ISABEL.- Yo también suelo usar esta comparativa. Y añado que además un Ferrari no puede conducirse en cualquier carretera, por eso debemos ser cuidadosos también con eso, escogiendo por dónde conducir. Pero evidentemente un Ferrari puede ser como un caballo desbocado si no sabemos conducirlo. Es potente, es fuerte pero al mismo tiempo es delicado y tiene su particular forma de conducirse. Así que totalmente de acuerdo.

JOSE LUIS.- Exacto. También hay que aprender a distinguir qué terrenos le favorece y cuáles no.

Regresando a lo concreto, eso nos lleva a lo que comentaste en el inicio: la importancia de comprenderse.

Esta labor interna es fundamental, y también tiene sus propias fases. Básicamente porque siempre vivimos en nuestro interior, y si somos especialmente introvertidos, es nuestro hábitat natural, nuestro refugio y nuestro centro de recarga energética.

El primer paso consiste en la autopercepción. Una percepción propia del modo más sano posible, claro. Cuando nuestra autoimagen está dañada, nuestra percepción está distorsionada, como dijiste también al inicio. Y ahí empieza el trabajo interior. Cuéntame algunos trucos o estrategias que usaste para superar esa primera fase.

ANA ISABEL.- Pues lo cierto es que siempre he estado en búsqueda, y creo que a muchos de nosotros nos pasa eso. Buscamos respuestas sin parar. Al menos a mí me pasó. Y di muchísimas vueltas tratando de entender qué pasaba en mí. Lecturas, terapias… Pero todo se precipitó cuando tuve a mis hijos y descubrí sus altas capacidades. Entonces las piezas empezaron a encajarme. Yo no tengo ninguna valoración profesional en este sentido, pero al tratar de entenderles a ellos empecé a entenderme a mí. Según iba leyendo, escuchando charlas y conferencias sentía cómo iba encajando todo. Eso me quitó de pronto un enorme peso de encima y abrió el inicio a todo. La compañía y apoyo de un coach me ayudó muchísimo después a la hora de ponerme a “limpiar” todas las creencias derivadas que comentaba antes.

JOSE LUIS.- Me interesa especialmente ese punto de inflexión en el autoconocimiento del adulto a través de sus hijos. Como adulto que sabía desde pequeño que tenía alta capacidad intelectual y que lo integré con naturalidad, además de contar con el apoyo familiar, que tampoco le dio excesiva importancia, nunca he llegado a comprender cómo otra persona con esta peculiaridad necesita el reflejo de sus hijos para despertar, para re-conocerse. Y entender un poco el proceso interno que seguís para integrar todo eso en un sistema de creencias previo difícil de cambiar. Además, no todo el mundo tiene la suerte de contar con ayuda externa en esa “limpia” necesaria, así que puede ser importante que aportes alguna experiencia sobre esas fases que has vivido desde el no reconocimiento al encaje natural de las piezas.

ANA ISABEL.- Creo que el entorno, desde su desconocimiento, falta de herramientas y miedo por no saber manejar una situación, te van alejando de tu esencia y vas apoyando tus creencias sobre quién eres en unos pilares falsos. Por tanto creo que si desde pequeños no sabemos qué ocurre, estamos realmente confusos y equivocados respecto a nosotros mismos. Por eso lo primero es salir de esa confusión. Yo nunca tuve la más mínima sospecha y ni siquiera se me ocurrió que pudiese encajar en las AACC y nada se sabía de alta sensibilidad en aquel entonces o no había los recursos para acercarse a ello.

En cuanto al cambio en el sistema de creencias creo que parte de reconocerse e ir indagando, aunque siempre 4 ojos ven más que dos y es más sencillo contar con ayuda porque lo que sí resulta complicado a veces es ser objetivo o distanciarte lo suficiente como para ver algunas creencias sumamente arraigadas que no te cuestionas ni por un segundo.

Me parece necesaria esa visión y muchas veces puede cumplir esa misión un amigo, alguien que te quiera bien. Yo puedo decir que la amistad ha sido un enorme apoyo en esto, y bidireccional, ayudándonos mutuamente a crecer.

JOSE LUIS.- Pienso que una elevada receptividad a estímulos externos condicionan nuestra visión sobre nosotros mismos. Impacta con fuerza y genera una imagen distorsionada que, por descuido, sustituye a la real. Olvidamos el fondo de nuestro “ser” y nos arrastra la forma social del “parecer” o del “creer”.

Está claro que una visión objetiva pero cariñosa puede ayudarte a salir de ese cerco cognitivo. O, en su defecto, otras personas que hayan pasado por lo mismo y, contando su experiencia, pueden ayudarte a cuestionar tus propias creencias. Ese “otro” puede ser directo (amigo, coach, psicólogo, etc) o indirecto (lectura o escucha de otras experiencias). Esa ayuda es fundamental, como bien señalas.

Esto es tan complejo que tardaríamos meses en abordar todos los temas en este espacio dialógico que hemos creado. Como no podemos extender esto en demasía, te animo a que hagas un pequeño resumen de lo hablado y, si tienes alguna idea relevante más, la expones como colofón de este pequeño diálogo improvisado. Muchísimas gracias por animarte a participar en este experimento, Ana Isabel.

ANA ISABEL.- Muchísimas gracias a ti. Me ha parecido super interesante y te agradezco la oportunidad de expresarme, aunque como dices podríamos estar aquí mucho tiempo más. Me gustaría terminar diciendo que todos lo seres humanos buscamos sentirnos amados y conectados, pertenecientes, necesitados… Es una necesidad básica. Pero a veces la confundimos con “encajar”. Encajar y pertenecer no son la misma cosa y dado nuestro bagaje y la falta de aceptación e incomprensión por muchas personas de nuestro entorno tendemos a escondernos, a tratar de encajar. Y lo hacemos a base de tratar de ser quienes no somos. Quizás logremos entonces ser aceptados pero es una aceptación falsa y muy dolorosa, porque sabemos perfectamente que a quien están aceptando es a una máscara creada para no mostrar nuestra verdadera identidad. Así que aprovecho este espacio para romper cadenas y celebrar nuestra hermosa individualidad y vulnerabilidad, que no es debilidad, es una grandísima fortaleza puesto que no es fácil ser el guisante rojo entre muchos verdes. Pero hay muchas más personas así. Yo soy uno de esos guisantes rojos, intensa y emocional, apasionada, creativa y un lío de pensamientos en forma de árbol hasta las trancas de ramas.

Mi resumen: aceptación de uno mismo, trabajo interior para derribar las creencias que te dañan y no te permiten ser, y celebrarte.

¡Y que salga el sol por Antequera!


Cuando la Intensidad y Sensibilidad es Alta en casa (y no solo la de los niños)

¿Qué ocurre cuando además de los hijos uno de los padres, o incluso los dos, tienen una alta sensibilidad? ¿Es posible que la convivencia sea tranquila?

Si tus hijos o hijas son muy intensos y tú o tu pareja también, sabrás de lo que te hablo. Y sabrás que no es sencillo.

Cuando la intensidad se desborda en alguno de los miembros de la familia, ésta corre como reguero de pólvora contagiando a los demás. La situación comienza entonces a tornarse complicada.

Y dado que la intensidad surge a menudo podréis entender que esto se puede convertir en un campo de minas.

Los niños y niñas con este rasgo necesitan más de nosotros, los adultos, para aprender a gestionar sus emociones y comprender su forma de entender e interpretar el mundo, así que esto es una doble dificultad cuando ya te cuesta lo tuyo gestionarte a ti mism@.

Parece un callejón sin salida.

Pero no lo es, y de hecho es la escalera de un aprendizaje muy potente. Nada fácil. Pero muy potente.

Voy a compartir contigo lo que yo hago en mi día a día para gestionar esta situación, puesto que tanto yo como mis hijos somos intensos y altamente sensibles (y no hablo solo de la parte emocional, si no también de los estímulos externos como luces, ruidos, sensaciones a nivel de la piel, olores…)

  • Tu energía es sumamente importante

El desgaste de tu sistema nervioso por el exceso de estímulos (es que no cribamos, llega todo todito) y la intensidad con la que llegan nos hace muchas veces sentirnos agotados. Así que es primordial, fundamental, vital (y todos los sinónimos que se te puedan ocurrir) que…

-Descanses cuando te lo pida el cuerpo. Aunque sean unos minutos para desconectar y respirar aire en la ventana.

-Te tomes tiempo para cuidar de ti (ya sabes: comida más sana y un poco de movimiento). Especialmente el contacto con la naturaleza y los lugares donde el ruido y demás estímulos que te estresan no estén presentes.

-Limites el estrés innecesario, como exceso de información (sí, sí, mucha red social, el correo, unos cuantos artículos, las noticias del día…), estar en ambientes que te hacen sentir mal, con personas que te restan en vez de sumarte, etc.

  • El autoconocimiento es una gran baza

No es un cliché. Es que para poder ayudarles a ellos y para poder gestionar eficazmente nuestras emociones es muy necesario conocernos. Invertir en ti es una gran idea. Conocer tus creencias, sanar tus heridas, adentrarte a consolar a tu niña o niño interior, leer sobre alta sensibilidad… Re Conocerse.

  • Observa y saca conclusiones de lo que más os afecta. Minimízalo.

Ponte en plan detective y observa si las explosiones suelen ir después de alguna cosa en concreto. Por ejemplo, si los niños han estado delante del televisor, o hubo una pelea entre los hermanos previa que aún sin ser muy importante sobrecargó a uno de los niños (o a ambos), etc. Busca y rebusca, que suele haber detonantes que se nos pasan desapercibidos por no parecer a simple vista lo suficientemente potentes (recordemos que hablamos de alta sensibilidad).

Y cuando lo hayas descubierto encuentra la forma de minimizarlo. Evítalo si es posible o mejor aún comienza un entrenamiento para ir tolerando poco a poco lo que sea (si es que es necesario y útil para el niño/a). Y además haz consciente al peque de lo que enerva su sistema nervioso, porque si sabe lo que le lleva a esos estados tendrá una ventaja para manejarlo.

  • Niégate a discutir nada en el acaloramiento del momento.

Sí, niégate. Las cosas se resuelven cuando hay calma. De otra forma no resolvemos, lo empeoramos. Eso sí, no te niegues en plan reproche o venganza. No, no. De hecho mejor si un día que estéis calmados les comunicas que a partir de ahora en esos momentos vas a centrarte en calmarte y que lo de hablar será para cuando tengas el cerebro relajadito y disponible para pensar con coherencia. Así evitarás luchas de poder, aumentar el tamaño de los estallidos y hacerlo todo más difícil.

  • Enséñales a hablar de lo que les preocupa, a solucionar problemas y a entender cómo funciona su forma de estar e interpretar el mundo.

En resumen, ofréceles herramientas y autoconocimiento. ¡Lo que habría dado yo por tener todo eso de niña! Que me creía un puñetero bicho raro.

  • Ayúdales a expresar su sensibilidad y a redirigir la intensidad. Permíteles su tiempo y no caigas en excesos.

Personalmente no creo en esto de enviar a los niños a todo tipo de actividades extraescolares y ese estrés es posible que no le vaya nada bien a nuestros hijos sensibles, que como nosotros, los adultos sensibles, necesitamos tiempo para reponernos y resetear, o lo que es lo mismo, tiempo en soledad y tranquilidad. Pero sí creo en observar y ver si hay algo que les haría expresarse y/o liberar excesos de energías estancadas. ¿Por dónde crees que van sus pasiones? Dales la oportunidad de expresarlas.

Quizás tu hogar es más intenso, pero si esto lo usas como una forma de aprender y crecer te aseguro que será un hogar muy especial en el que los miembros de la familia estarán unidos por esa red invisible tan potente que crea la sensibilidad, porque en la alta sensibilidad hay enormes super poderes 😉

©Ana Isabel Fraga 2018. Todos los derechos reservados.

Al grano: en la piel de un adolescente

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Estimado adulto, muy buenos días.

Si estás leyendo esto, puedo aventurarme a afirmar que fuiste adolescente hace más o menos tiempo. Pues bien, durante estos minutos te pido que recuerdes esa maraña de pelo y cóctel de hormonas e incoherencias que fuiste y los observes con la curiosidad y respeto con la que lo haría un niño. O un científico. También me vale como un fotógrafo. Pero, por favor, hazlo sin juicios y con la única actitud de aprender y comprender mejor esta etapa tan dura y a la vez tan maravillosamente estimulante.

Antes de continuar, me gustaría dejarte claro que cada adolescente es único, por mil motivos: biológicos, neurológicos, personales, sociales, educativos, contextuales, etc. Así que puede que lo que leas a continuación no termine de ajustarse a las criaturas que están creciendo a tu lado. Tampoco puedo pretender que este texto te sirva de principio a final; puede, incluso, que quede muy lejos de tu realidad. Mi intención es mucho más humilde que esa, y consiste en hacerte llegar algunas generalidades que se suelen repetir en esta etapa, apoyándome en lo que la Ciencia, y mi experiencia amparada en ella, puedan aportar. Además, compartiré contigo algunos consejos que he tenido que repetir en más de una ocasión a lo largo de mi carrera. Espero que alguna de ellas te pueda ser útil o, al menos, clarificadora.

Fíjate que apenas he empezado y ya he mencionado los factores biológicos y neurológicos. Si te parece, comencemos por ahí. Nos servirá para comprender los límites que la naturaleza humana nos permite en esta etapa.

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¿Por qué damos tanta relevancia a la inteligencia?

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Hace unos días varios medios de desinformación de tirada nacional publicaban la “noticia” de que una niña de tres años era la persona más joven en formar parte del club social Mensa, con varios titulares estrangulables en los que se destacaba que poseía un coeficiente (sic) intelectual superior a Einstein. No hablaré en esta entrada sobre este caso ni sobre el perjuicio que provoca en nuestra lucha diaria por hacer entender el fenómeno de las altas capacidades intelectuales la generación de una imagen aberrada del colectivo que invita a la mayoría de profesionales que han de tratar con nosotros desde pequeños a ponerse las gafas con visión de túnel del “yo no lo veo”. Claro, ¿cómo vas a ver el estereotipo con patas que te venden los medios? Imposible. Pero bueno, digamos que esta deficiencia se cura con formación y con información veraz sobre el asunto. No me entretendré más en esto.

La idea que subyace a todo esto es tratar de entender superficialmente por qué razón el ser humano da tanta relevancia a la inteligencia, lo que genera tanto una viva atracción como un profundo rechazo en función de cómo se interprete y de cómo nos afecte el asunto.

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Potenciar el talento

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La verdadera educación es aquella que se enfoca en desarrollar el talento de las personas desde muy temprano

Hugo Landolfi

 

Talento es una de esas palabras fetiche que estimula todo tipo de estereotipos (esquemas mentales simplificados) y de mitos (relatos que exageran o deforman la realidad) positivos en nuestra sociedad actual. O que genera indisimuladas muestras de rechazo en la sobreabundancia.

Si haces un pequeño rastreo en internet verás decenas de definiciones de talento, y miles de frases impactantes que lo incluyen en su seno. Todos sabemos intuitivamente qué es “tener talento” en una actividad humana cualquiera, ya sea la ciencia, la papiroflexia o la procrastinación.

No hay límites para nuestra imaginación. El talento es toda aquella fortaleza o recurso del ser humano que le posibilita para desarrollar una determinada acción con cierto grado de destreza. Algunos lo sitúan en el espacio de la dotación natural y otros lo localizan en el ámbito de la competencia o habilidad desarrollada.

El talento es relativo

Todo el mundo desea tener talento para algo. Y en ese deseo, confesado o inconfesado, se articulan frases que borran el carácter esencial del talento: es una cuestión de grado, como la estatura o la temperatura. “Todos tenemos talento”, borrando la noción de grado, tiene el mismo sentido -ninguno- que “todos tenemos altura” o “todos tenemos temperatura”. Es obvio que todos tenemos altura, pero también es evidente que no todos tenemos la misma altura… Ni falta que hace. En la variedad está el gusto.

El caso es que el talento, traducido como fortaleza del ser humano, es también una cuestión relativa.

¿Qué quiere decir exactamente que el talento es relativo?

Pues simple y llanamente que se define (se mide, se evalúa o se estima) siempre en relación a un determinado marco de referencia.

Si el marco de referencia somos nosotros mismos, sabemos o intuimos que todos tenemos fortalezas y debilidades relativas (relativas a este marco que soy yo mismo). Con otras palabras, si se me da mejor las matemáticas que el deporte, afirmo que mi fuerte son los números y mi debilidad es la actividad física.

Si el marco de referencia se amplía a nuestro círculo de amistades o de personas conocidas, esas mismas fortalezas y debilidades se “relativizan”, se disponen en función del nuevo marco. Así, puede ser que mi fortaleza con las matemáticas, puesta en relación con un grupo grande de compañeros de estudio, se convierta en algo normal o incluso por debajo de la media de ese grupo. O puede que no, que destaque aún más dentro de ese grupo. Incluso puede darse el caso que mi debilidad relativa (a mí mismo) del deporte sea una fortaleza en el seno de ese mismo grupo. Que yo sea mejor deportista que la mayoría de mis compañeros aunque dentro de mí mismo no sea el talento más destacado.

 

Minar o mirar las fortalezas

Esta confusión de la relatividad del talento produce esperpentos cuando no se comprende en su propio marco de relaciones. Y sirve de excusa para no hacer nada para potenciar el talento de una persona. “Sí, se le da bien los números, pero no destaca tanto como sus compañeros”, o “sí, parece que comprende las matemáticas pero debería hacer más deporte para socializar con sus compañeros”. El eje de cada excusa se sitúa siempre fuera del foco importante: las fortalezas o los talentos de cada uno.

A ver, si a la chica se le da de muerte la música, centra tu energía en proporcionarles oportunidades para desarrollar ese talento. No te preocupes tanto en tratar de paliar otros aspectos en los que ella misma no destaca o no se siente en su “elemento”. Si al final lo que se le da bien de manera natural será lo que le permita volar, lo que le aporte la autoestima para trabajar sus debilidades relativas -si lo desea- o para aceptarlas como parte de un ser complejo e imperfecto que vive con sus contradicciones internas, con sus luces y sus sombras, y no pasa nada malo con eso.

Y esto es válido para aquellos que tienen niveles de fortaleza relativamente altos dentro de un amplio grupo o dentro de una métrica estadística general (medido en percentiles) y para los que poseen un nivel de fortaleza por debajo de la media general. Todas las personas tienen el derecho reconocido internacionalmente de desarrollar sus talentos hasta el máximo de sus posibilidades. A veces, con la simple acción de no entorpecer o torpedear su desarrollo natural bastaría. Otras, con la puesta en marcha de técnicas, tácticas o estrategias para potenciar el talento, ya sea en empresas, en equipos deportivos, en clubes sociales o en cualquier tipo de organización humana.

El talento es un capital humano, social y simbólico de primer nivel que toda sociedad avanzada y concienciada trata de cultivar, cuidar, retener o captar para progresar. Todo talento suma, desde el más pequeño al más grande, desde el más evidente al más escondido. La cuestión es amarlo, dejarlo ser. Como esas flores que no las cortamos porque las amamos como son.

Y esto que es tan sencillo de ver, parece una auténtica quimera en países como el nuestro, que lo despilfarra a manos llenas salvo en los casos de determinados talentos deportivos que, sintiéndolo mucho y valorando algunas de sus aportaciones destacadas (aprender a trabajar en equipo, solidaridad, fair play, etc), no van a lograr impulsar una sociedad más justa, más coherente, más sabia, mejor preparada y con mejores ideas para que la sociedad en la que viven de un salto adelante. No se puede avanzar cultivando el complejo de enfermera de la Cruz Roja, como dijo una vez el actor Juan Echanove. Pablo Bujalance: “La postura oficial del carácter español hacia el talento es la de la viva sospecha. Cualquiera que no sea susceptible de merecer nuestra caridad cristiana es, como mínimo, ínclito a lo pecaminoso”.

La educación es el mejor instrumento para fomentar el talento en todas las actividades humanas. Pero un mal uso de ese instrumento sirve para frenarlo. La misma herramienta es parte de la solución o parte del problema. Y viendo cómo estamos en la actualidad creo que la respuesta es clara.

El talento requiere visión de largo alcance y mucho esfuerzo para llegar a desplegarse hasta el máximo de sus posibilidades, como suelen recordar algunas personas relevantes:

  • El talento es más barato que la sal de mesa. Lo que separa el individuo talentoso del éxito es un montón de trabajo duro.-Stephen King
  • El genio es talento incendiado por coraje.-Henry Van Dyke
  • Puede haber personas que tengan más talento que tú, pero no hay excusa para que cualquiera pueda trabajar más que tú.-Derek Jeter
  • No hay tal cosa como un gran talento sin gran fuerza de voluntad.-Honoré de Balzac
  • Cada talento debe desplegarse en la lucha.-Friedrich Nietzsche
  • El talento gana partidos, pero el trabajo en equipo y la inteligencia ganan campeonatos.-Michael Jordan
  • El éxito es lo que haces con tu habilidad. Es la forma en que utiliza tu talento.-George Allen, Sr
  • El artista no es nada sin el don, pero el don no es nada sin el trabajo.-Émile Zola
  • El talento es un multiplicador, mientras más esfuerzo inviertas en desarrollarlo, mayores serán los resultados que obtendrás.-Marcus Buckingham
  • El genio está conformado de dos por ciento de talento y del 98 por ciento de perseverante aplicación.-Beethoven
  • Los que presumen de su coeficiente intelectual son unos perdedores.- Stephen Hawking

Entrada inspirada en un vídeo que ha tenido la gentileza de compartir con algunas personas Johana B. Argüeso. Gracias.

Dinamización Comunitaria

Espacio de encuentro y aprendizaje en el ámbito de la Dinamización Comunitaria

JFCalderero

“Educar es ayudar a cada ser humano a establecer y mantener vínculos valiosos con la realidad” .

Pasiones de una chica

Para todas l@s que adoran vivir la vida, aprender, viajar, dibujar, la moda y mucho mas :)

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Rincón para desahogarme de mis pensamientos

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Un espacio de documentación y debate sobre Neurodidáctica

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"La belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla". David Hume

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Prácticas que funcionan en educación

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