El hartazgo con los opinadores en tiempos de pandemia

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Existe desde tiempos inmemoriales una corte de opinadores profesionales que hacen de la libertad de expresión una obligación en lugar de un derecho. Viven de eso y para eso. También existe un ingente número de opinadores aficionados que encuentran nichos perfectos donde poder explayarse: familia, amigos, bares y redes sociales. En ellos despliegan todo su arsenal con descaro, sin freno y, cómo no, sin dudas. Ahí suelen sentenciar sobre política, fútbol, religión, cotilleos, ciencia o lo que se tercie. Se les conoce como “cuñados” o, los más veteranos, como “maestros liendre, que de todo saben y de nada entienden”. Todos tenemos uno o varios en los círculos familiares, laborales o sociales donde nos movemos. Incluso podemos ser nosotros mismos sin saberlo ni reconocerlo.

El caso es que en situaciones normales los opinadores profesionales y aficionados pasan desapercibidos o se les puede ignorar con cierta facilidad. Esto es posible gracias al ritmo de vida que llevamos. Recibimos tantos estímulos externos que nuestro foco atencional está disperso. Las noticias se suceden a tanta velocidad que apenas nos da tiempo a leer titulares (frases, tuits o comentarios) y, desde ahí, crearnos opinión sobre casi cualquier cosa.

Esta dispersión de asuntos nos ha permitido sobrellevar ese zumbido durante mucho tiempo, pero desde que el Covid-19 se ha convertido en monotema las cosas han cambiado radicalmente. Nuestra atención se ha enfocado. Y claro, la consecuencia lógica de prestar atención preferente a un tema es la constatación de que han surgido de la nada multitud de futurólogos infalibles, expertos en pandemias y gestión de crisis. Los que antes eran seleccionadores nacionales, expertos economistas, eminencias en cambio climático o cualquier otro asunto que estuviera en boga ahora continúan dando lecciones al mundo sobre R0, EPIs, PCR, termocicladores, desescaladas, suministros sanitarios, confinamiento o estado de alarma sin pestañear.

La ingesta excesiva de opiniones sobre la pandemia y sobre cómo los políticos la están gestionando ha producido un hartazgo social notable que se ha manifestado con especial virulencia las dos últimas semanas, en cuanto la ciudadanía ha logrado ponerle nombre al fenómeno: efecto dunning-kruger. Esta imagen ilustrando el texto de Jennifer Delgado que había permanecido anónimo durante dos años y medio ha provocado estas dos semanas un tsunami virtual:

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El pasado 13 de abril detecté una anomalía en el correo electrónico. A última hora de la tarde llegaron un par en el que se me notificaban que dos personas seguían este blog. Teniendo en cuenta que llevaba mucho tiempo sin escribir sobre la temática principal de este espacio (las altas capacidades intelectuales) y que el nivel de visitas diario se había estancado en unas 200, ese pequeño cambio me hizo prestar atención a lo que tenía casi olvidado. Miré las estadísticas y confieso que me asusté: superaba las 20.000 vistas ese día, casi al 100% por esa entrada. Como no entendía nada de lo que estaba pasando lo compartí y alguien me enlazó al origen de esta viralización. El caso es que ese mismo día las visitas casi llegan a las 64.000 y el día 14 se multiplicó hasta sumar casi 274.000 visitas más, su pico más alto. Luego empezó a amainar, alcanzando las 600.000 visitas en una semana y 110.000 más en la segunda, algo completamente anómalo. Debido a toda esta sacudida el blog, que en tres años y medio de vida había acumulado con dificultades 350.000 visitas, se ha disparado hasta superar 1.100.000 en el día de hoy. Y aunque lo lógico sería pensar que este estallido es normal porque España es uno de los países más castigados por el coronavirus y los opinadores son legión, lo cierto es que ha sido una sacudida mucho más amplia, abarcando a casi todos los países hispanohablantes, entre los que destaca México, con más de 170.000 visitas.

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Cómo manejar el hartazgo

Esta situación de cansancio constante puede afectar a cualquiera y es importante replantearse algunas cosas para poder gestionar este exceso de opiniones sin fundamento que solo provocan más estrés (exceso de presente) o ansiedad (exceso de futuro) del que ya soportamos en el día a día por algo inédito en nuestras vidas y que la mayoría no sabemos cómo sobrellevar o qué nos deparará en el futuro.

Cada persona lo asimila como puede, así que lo que comente más abajo puede ser útil o no serlo. Es solo orientativo y basado en la experiencia propia. Tratar de lidiar con estos extras no es fácil. Aquí algunas herramientas:

1. El humor

Es importante no perder la alegría, incluso en los días más grises. Y resalto lo de alegría porque no es lo mismo que la felicidad. La felicidad depende de objetos (materiales o mentales) y alguien sin trabajo, sin compañía o sin perspectivas de futuro no puede sentirse en modo alguno feliz. Me refiero a algo más sencillo y natural, a esa tenue sensación de estar vivo que nos permite remontar cuando tenemos el agua al cuello. Buscar lo cómico de las situaciones más absurdas y compartir con otros esos momentos. Parece una tontería pero ayuda.

2. Pregúntate cómo

Cuando nos sentimos superados el pensamiento más recurrente es “no puedo”. Ese plomo mental nos puede arrastrar y es conveniente girar los pensamientos hacia el “cómo puedo hacer” para superar esta situación. Reinventarnos. Por ejemplo, muchos empresarios que se han visto de repente sin negocio han replanteado sus dinámicas y se están adaptando al nuevo escenario. No se enrocan en el “no puedo” porque ese bucle no es útil ni le va a dar consuelo para lo que se avecina.

3. Hábitos

La mente es muy puñetera y si está ociosa, mucho más. Por eso es clave adquirir o retomar hábitos de conducta que enfoquen la cabeza en el momento, en la acción. Todo el que hace deporte de modo rutinario conoce los beneficios mentales que conlleva esa desconexión diaria de los problemas que rumiamos en los contextos familiares, sociales o laborales. Así que muévete, escribe, lee o haz algo que te guste o te permita desconectar de tanto ruido.

4. Pequeños objetivos

Ahora no podemos hacer grandes cosas, afrontar retos de largo alcance que nos puedan motivar. Necesitamos plantearnos pequeños objetivos, más modestos y asequibles, para llevar mejor una situación que desconocemos cómo evolucionará.

5. Comparte

Es el momento de compartir. Ideas, anhelos, miedos o lo que te apetezca con otros. No aislarse (siempre que se pueda). Hoy en día es sencillo tener a alguien al otro lado aunque sea en la distancia, real o virtual. Somos humanos, seres sociales que no saben manejar la soledad no elegida. Necesitamos de los demás, aunque sea para discrepar sobre las opiniones que nos hartan.

6. Sé creativo

Esto no está al alcance de todo el mundo si lo traducimos por “creatividad artística”. Escribir, pintar, esculpir, hacer manualidades, etc está genial, pero la creatividad no se ciñe a esas expresiones. Es un modo diferente de estar en el mundo, con la mente más abierta y planteando dudas sobre las certezas que tengamos. La experiencia nos enseña que existe un océano de dudas donde podemos crear nuevas opciones y que las certezas son pequeñas islas en las que simplemente descansamos durante nuestra travesía.

7. Filtra información

No todo lo que lees o escuchas es cierto. Tampoco es incierto. El ruido mediático es ensordecedor y si no tenemos tiempo ni ganas de perseguir todos los datos lo más inteligente es exponernos lo mínimo posible. Escuchar a todas horas el mismo tema nos agota porque eso no va a cambiar nada, solo nos puede hacernos sentir impotentes o incompetentes. Es clave relativizar la información recibida. La crispación es un estado que no se puede sostener mucho tiempo si tienes algún aprecio hacia tu salud mental y física. Esta situación está enfatizando lo mejor y lo peor del ser humano. Y nos está poniendo a prueba.

8. No te rindas

Por último, y no menos importante, no te rindas. Cuando las piernas flaqueen, saca coraje de donde creas que no hay para continuar adelante. No dejes que te hunda la situación, tu vida y la de los tuyos merece un esfuerzo extra. En los peores momentos somos capaces de sacar fuerzas de donde no hay y cuando logramos salir a flote de nuevo nos sentimos aliviados y, como no, reforzados. Hemos aprendido que tenemos más poder del que pensábamos.

Covid-19. El síndrome de la alta credulidad

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En estos tiempos de Pitonisos (saben perfectamente hoy qué va a pasar mañana) y Capitanes A Posteriori (saben perfectamente hoy qué se tenía que haber hecho ayer), encarnados muy frecuentemente en la misma persona, afirmar la ignorancia propia es poco menos que un acto revolucionario.

Pero hay que hacerlo: me declaro absolutamente ignorante, tanto de lo que había que hacer en el pasado como de lo que ocurrirá seguro en el futuro. Reconozco estar absolutamente desbordado por una situación inédita que no sé cómo gestionar a nivel interno. Desbordado por la realidad en sí. Desconcertado por la saturación de información y de opiniones contrapuestas sin solución de continuidad.

Como ser simbólico, narrativo y proyectivo que soy tiendo a pensar que todo el mundo está más o menos igual. Cada persona sabe de lo que sabe, por experiencia, conocimientos o tiempo de dedicación, pero no sabe de todo lo demás al mismo nivel. Ignoramos muchísimo más de lo que creemos saber.  Y asumir la cruda realidad es duro para muchos. Pensamos que si no tenemos una opinión sobre algo -y más si ese algo está en boca de todo el mundo- prácticamente no existimos y el mundo se merece advertir nuestra presencia, así que la ignorancia se transforma en una seria amenaza para nuestro ser. Pero como ocurre con cualquier tipo de amenaza, física o simbólica, nuestra reacción puede transitar por alguna de las tres vías habituales: luchar contra la ignorancia, huir de la ignorancia o permanecer bloqueados ante la ignorancia.

La lucha contra la ignorancia se puede concretar de muchas formas con el mismo fondo: intentar reducirla mediante la adquisición de conocimiento, información, opinión o datos. En momentos de tranquilidad, la búsqueda genera un enorme placer intelectual; en momentos de zozobra, la indagación genera ansiedad porque somos consciente de todo lo que nos falta para poder luchar cuerpo a cuerpo con algo tan gigantesco cuando hacen falta respuestas inmediatas.

Los que luchan contra la ignorancia se centran más en la realidad, en el terreno concreto de la guerra bacteriológica que sufrimos ahora mismo buena parte de la humanidad (ahora mismo más de un tercio y creciendo). Cada uno en su espacio de responsabilidad, ese lugar en el que puede responder con sus propias armas de conocimiento o habilidades, aprendiendo más sobre la marcha mientras tratan de paliar sus efectos. Ahí están todos los que hoy día se baten el cobre en primera línea de batalla, jugándose la vida para protegernos, curarnos, aliviarnos o simplemente acompañarnos si perdemos la batalla individual que todos podemos sufrir sin distinción de aspecto físico, fortaleza, ideología, belleza, inteligencia, estatutos social, color de piel, etc.

La huida de la ignorancia se produce cuando negamos su presencia, su influencia, su grandeza o sus consecuencias. Cuando creemos que no nos afecta en nada y, en consecuencia, nos engañamos pensando que sabemos más de lo que sabemos que sabemos, cayendo en lo que se denominó el Efecto Dunning-Kruger,  el por qué la gente opina de todo sin tener ni idea. La ciencia de la Todología como diría Luis-Mari.

La paralización ante la ignorancia supone asumir que estamos ante algo que nos sobrepasa y no hacer nada por remediarlo. Simbólicamente supone nuestra muerte o nuestra subyugación a un poder superior.

A veces combinamos vías en función de los acontecimientos u optamos por continuar por la misma linde aunque se agote. Eso depende de cada persona. Uno puede abrumarse ante hechos insólitos y, poco a poco, reaccionar luchando contra la ignorancia generalizada o, por el contrario, huir de la misma o permanecer inmóvil hasta que pase el temporal o nos aplaste con su poder.

Síndrome de la alta credulidad

En este contexto bélico, todos los símbolos (capitalismo, comunismo, feminismo, ecologismo, etc) y narraciones (opiniones, artículos, noticias, bulos, rumores, etc) forman parte del arsenal disponible y son nuestros prejuicios, nuestras estructuras ideológicas interiorizadas, los que determinan qué armas escogemos, sin darnos cuenta del proceso de elección ya que usamos los atajos mentales conocidos como sesgos cognitivos.

Cuando reaccionamos huyendo de la ignorancia apostamos ciegamente por nuestras creencias más profundas. Realizamos un acto de fe. Nos encomendamos a esa tabla de salvación y nos aferramos a ella como si nos fuera la vida simbólica en ello. Y anudamos esas creencias profundas con una cuerda muy potente que cierra la puerta a la reflexión: creemos sinceramente que nuestras creencias más consolidadas son producto de nuestro raciocinio y no las conforman nuestras emociones básicas o nuestras reacciones automáticas de supervivencia -mucho más potentes y antiguas evolutivamente hablando-.

Paradójicamente, ese cierre categórico a las ideas que no refuerzan nuestras creencias producto del sesgo de confirmación genera un enorme agujero por el que se cuelan sin control todas las ideas que corroboran lo que ya creíamos previamente. Nos volvemos, sin advertirlo, en seres altamente crédulos con la información que se alinea con nuestros prejuicios. Las catalogamos de verdades indiscutibles.

Y con este arsenal de sesgos iniciamos el contacto con otras personas en espacios simbólicos amenazantes o reafirmantes (reuniones, foros, redes sociales, etc) que actúan como filtro natural o como depurador. Sin embargo, en los últimos años y producto de la facilidad con la que podemos ignorar opiniones contrarias a las nuestras en los espacios virtuales están proliferando las denominadas cámaras de eco. Espacios virtuales de seguridad en los que compartir tranquilamente ideas similares y donde las opuestas son consideradas amenazas a la “salud” del sitio, siendo aisladas, atacadas o expulsadas. Estas dinámicas internas generan un profundo sectarismo que, lejos de invitar a la autorreflexión, refuerzan los portones para no dejar pasar ninguna amenaza. Se convierten en auténticos fortines para poder huir de la ignorancia sin ser perturbados. Y como todos los que se van quedando piensan en la misma dirección se produce una gratificante sensación de autocomplacencia, una sana alegría de haberse conocido.

¿Qué ocurre cuando proliferan fortines? Pues que se producen alianzas y enfrentamientos, en función de si “están conmigo” o “están contra mí”. Entramos en una auténtica Guerra Bacterideológica preñada de simbolismos (banderas). Y ya sabemos que en la guerra todo vale con tal de salir victorioso. No importa que la realidad sea extremadamente compleja e imposible de abarcar con una sola visión. Importa dejar claro que mi fortín tiene razón y el tuyo no. Que mi fortín sabría que hacer en el pasado y sabe qué pasará en el futuro. Y que tu fortín es incompetente, ignorante y/o malicioso.  Porque es así y nada de lo que digas o hagas me hará cambiar de parecer. Porque yo lo valgo. Porque yo lo sé a ciencia cierta, la ciencia de la Todología.

Y así estamos ahora, en plena guerra bacteriológica incrementada por la batalla ideológica subyacente. Desperdiciando la oportunidad de luchar contra la ignorancia que nos afecta a todos sin excepción, hasta el más clarividente y listo de nosotros. Un pequeño microbio nos muestra el camino y nosotros nos entretenemos lanzando piedras a los perros que nos ladran desde el otro fortín. Una oportunidad única para aprender tirada a la basura.

Por suerte, una inmensa mayoría de personas están optando por luchar contra la ignorancia o permanecer quietos ante tamaña amenaza. Si no fuera por ellos ya nos habríamos autodestruido.

El efecto Dunning-Kruger, o por qué la gente opina de todo sin tener ni idea

 

Edición 14 de abril de 2020

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Fe de erratas: la imagen que ilustraba esta entrada contenía un error, no existe el Premio Nobel de Psicología. Como la tomé prestada, utilizo otra diferente en la que no se dé esa errata.

Autoría: Aunque en la entrada publiqué el enlace original al final del texto, detrás de las fuentes, creo que es necesario ponerlo al inicio para evitar confusiones.

Artículo original: Efecto Dunning-Kruger, o por qué la gente opina de todo sin tener ni idea  Jennifer Delgado Suárez

 

El efecto Dunning-Kruger puede resumirse en una frase: cuanto menos sabemos, más creemos saber. Es un sesgo cognitivo según el cual, las personas con menos habilidades, capacidades y conocimientos tienden a sobrestimar esas mismas habilidades, capacidades y conocimientos. Como resultado, estas personas suelen convertirse en ultracrepidianos; gente que opina sobre todo lo que escucha sin tener idea, pero pensando que sabe mucho más que los demás.

El problema es que las víctimas del efecto Dunning-Kruger no se limitan a dar una opinión ni a sugerir sino que intentan imponer sus ideas, como si fueran verdades absolutas, haciendo pasar a los demás por incompetentes. Obviamente, lidiar con ellos no es fácil porque suelen tener un pensamiento muy rígido.

El delincuente que intentó volverse invisible con zumo de limón

A mediados de 1990 se produjo en la ciudad de Pittsburgh un hecho que podríamos catalogar, cuanto menos, de sorprendente. Un hombre de 44 años atracó dos bancos en pleno día, sin ningún tipo de máscara para cubrir su rostro y proteger su identidad. Obviamente, aquella aventura delictiva tuvo una vida muy corta ya que al hombre lo detuvieron rápidamente.

Cuando lo apresaron, McArthur Wheeler, que así se llamaba, confesó que se había aplicado zumo de limón en la cara ya que este le haría aparecer invisible ante las cámaras. “¡Pero si me puse zumo de limón!”, fue su respuesta cuando lo arrestaron.

Más tarde se conoció que la idea del zumo fue una sugerencia de dos amigos de Wheeler. Wheeler puso a prueba la idea aplicándose zumo en su cara y sacándose una fotografía, en la cual no apareció su rostro. Es probable que se debiera a un mal encuadre, pero aquella “prueba” fue definitiva para Wheeler.

La historia llegó a oídos del profesor de Psicología social de la Universidad de Cornell, David Dunning, quien no podía dar crédito a lo que había sucedido. Aquello le llevó a preguntarse: ¿Es posible que mi propia incompetencia me impida ver esa incompetencia?

Ni corto ni perezoso, se puso manos a la obra junto a su colega Justin Kruger. Lo que hallaron en la serie de experimentos los dejaron aún más sorprendidos.

El estudio que dio origen al efecto Dunning-Kruger

En una serie de cuatro experimentos, los psicólogos analizaron fundamentalmente la competencia de las personas en el ámbito de la gramática, el razonamiento lógico y el humor.

A los participantes les pidieron que estimaran su grado de competencia en cada uno de esos campos. A continuación realizaron una serie de tests que evaluaban su competencia real.

Entonces los investigadores notaron que cuanto mayor era la incompetencia de la persona, menos consciente era de ella. Paradójicamente, las personas más competentes y capaces solían infravalorar su competencia y conocimiento. Así surgió el efecto Dunning-Kruger.

Estos psicólogos concluyeron además que las personas incompetentes en cierta área del conocimiento:

  • Son incapaces de detectar y reconocer su incompetencia.
  • No suelen reconocer la competencia del resto de las personas.

La buena noticia es que este efecto se diluye a medida que la persona incrementa su nivel de competencia ya que también es más consciente de sus limitaciones.

Por qué cuanto menos sabemos más creemos saber

El problema de esta percepción irreal se debe a que para hacer algo bien, debemos tener al menos un mínimo de habilidades y competencias que nos permitan estimar con cierto grado de exactitud cómo será nuestro desempeño en la tarea.

Por ejemplo, una persona puede pensar que canta estupendamente porque no tiene ni idea de música y todas las habilidades necesarias para controlar adecuadamente el tono y timbre de la voz y llevar el ritmo. Eso hará que diga que “canta como los ángeles” cuando en realidad tiene una voz espantosa.

Lo mismo ocurre con la ortografía. Si no conocemos las reglas ortográficas, no podremos saber dónde nos equivocamos y, por ende, no seremos conscientes de nuestras limitaciones.

De hecho, el efecto Dunning-Kruger se puede aplicar a todas las áreas de la vida. Un estudio realizado en la Universidad de Wellington desveló que el 80% de los conductores se califican por encima de la media, lo cual, obviamente, es estadísticamente imposible.

Este sesgo cognitivo también se aprecia en el ámbito de la Psicología. Tal es el caso de las personas que afirman que “mi mejor psicólogo soy yo mismo”, simplemente porque desconocen por completo cómo les puede ayudar este profesional y la complejidad que encierran las técnicas psicológicas.

En la práctica creemos que sabemos todo lo que es necesario saber. Y eso nos convierte en personas sesgadas que se cierran al conocimiento y emiten opiniones como si fueran verdades absolutas.

Cómo minimizar el efecto Dunning-Kruger, por nuestro propio bien

Todos cometemos errores por falta de cálculo, conocimientos y previsión. La historia está repleta de errores épicos, como el de la emblemática Torre de Pisa, que comenzó a inclinarse incluso antes de que terminara la construcción, y hace relativamente poco el gobierno francés gastó miles de millones en una flota de trenes nuevos, para después descubrir que eran demasiado anchos para unos 1.300 andenes de estación.

En nuestro día a día también podemos cometer errores por falta de experiencia y por sobrestimar nuestras capacidades. Los errores no son negativos y no debemos huir de ellos sino que podemos convertirlos en herramientas de aprendizaje, pero tampoco es necesario tropezar continuamente con la misma piedra ya que llega un punto en que resulta frustrante.

De hecho, debemos mantenernos atentos a este sesgo cognitivo porque la incompetencia y la falta de autocrítica no solo hará que lleguemos a conclusiones equivocadas sino que también nos impulsará a tomar malas decisiones que terminen dañándonos.

Esto significa que, en algunos casos, la responsabilidad por los “fracasos o errores” que experimentamos a lo largo de la vida no recae en los demás ni es culpa de la mala suerte sino que depende de nuestra deficiente autoevaluación.

Para minimizar el efecto Dunning-Kruger y no convertirnos en esa persona que opina sobre todo sin tener idea de nada, lo más importante es aplicar estas sencillas reglas:

  • Sé consciente al menos de la existencia de este sesgo cognitivo.
  • Deja siempre un espacio para la duda, para formas diferentes de pensar y hacer las cosas.
  • Opina siempre desde el respeto a los demás, por muy seguro que estés de tu opinión, no intentes imponerla.

Debemos recordar que nadie es experto en todas las materias de conocimiento y ámbitos de la vida, todos tenemos carencias e ignoramos muchas cosas. Por tanto, lo mejor es enfrentar la vida desde la humildad y con la actitud del aprendiz.

Cómo lidiar con las personas que no reconocen su incompetencia o desconocimiento

Las personas que opinan tajantemente sobre todo sin tener ni idea y que subestiman a los demás suelen generar un gran malestar. Nuestra primera reacción será irritarnos o enfadarnos. Es perfectamente comprensible, pero no servirá de nada. En su lugar debemos aprender a mantener la calma. Recuerda que solo puede afectarte aquello a lo que le das poder, lo que consideras significativo. Y sin duda, la opinión de una persona que no es experta en la materia y ni siquiera sabe de lo que habla, no debería ser significativa.

Si no deseas que la conversación vaya más allá, simplemente dile: “He escuchado tu opinión. Gracias”, y zanja el asunto. Si realmente te interesa que esa persona salga de su estado de desconocimiento y sea más consciente de sus limitaciones, lo único que puedes hacer es ayudarle a desarrollar sus habilidades en esa área.

Evita frases como “no sabes de lo que hablas” o “no tienes ni idea” porque de esta forma solo lograrás que esa persona se sienta atacada y se cierre a tus propuestas. En su lugar, plantea una nueva perspectiva. Puedes decir: “ya te he escuchado, ahora imagina que las cosas no fueran exactamente así”. El objetivo es lograr que esa persona se abra a opiniones y formas de hacer diferentes.

También puedes recalcar la idea de que todos somos inexpertos o incluso profundos desconocedores en algunos campos, no es algo negativo sino una increíble oportunidad para seguir aprendiendo y crecer como personas.

Fuentes:
Kruger, J. & Dunning, D (1999) Unskilled and Unaware of It: How Difficulties in Recognizing One’s Own Incompetence Lead to Inflated Self-Assessments. Journal of Personality and Social Psychology; 77(6): 1121-1134.
McCormick, A. et. Al. (1986) Comparative perceptions of driver ability— A confirmation and expansión. Accident Analysis & Prevention; 18(3): 205-208.

Artículo original:

Efecto Dunning-Kruger, o por qué la gente opina de todo sin tener ni idea