Reto 2018: Unión en las altas capacidades intelectuales

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El año que comienza se presenta con tantas incógnitas como desafíos. Realmente es, o puede ser, una época apasionante a poco que los indicios cojan cuerpo.

Hace más de un año dejé la primera línea de acción en el campo administrativo-político en el que se se desenvuelven las organizaciones que luchan por los derechos del colectivo de las altas capacidades. Era el momento de salir, dedicarle tiempo a otros asuntos y observar desde la distancia cómo las diferentes dinámicas que existían se iban ajustando de modo natural, sin forzarlas en ninguna dirección. Todo esto no es sencillo de hacer, y menos cuando eres consciente de todas las carencias que hay. Pero en ocasiones la mejor elección es no intervenir en determinados procesos.

Desde la lejanía emocional se ve todo mejor. Y te permite pensar con la mente clara, sin distorsiones.

Son tiempos complicados para el colectivo. En los últimos tres años han sucedido acontecimientos que permiten explicar la actual situación del colectivo a nivel nacional pero sé que analizarlos desde una perspectiva de búsqueda de responsabilidades no ayuda en nada para afrontar los retos que hay por delante. Es más productivo enfocarse en la búsqueda de soluciones y trabajar duro para ir dando pasos hacia el frente.

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Lo confieso: soy elitista

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Hace años estábamos en una fiesta de una organización civil muy conocida. En un momento dado, una amiga que conozco y aprecio desde hace muchos años, se me acercó y me soltó una frase que no esperaba: “Jose, eres muy elitista”. Me dejó pensando un segundo. ¿Cómo es posible que tú, que me conoces desde hace tanto, me digas eso? Acto seguido la miré fijamente y le confesé: “Sí, lo reconozco, soy elitista. Me gusta la gente que está aquí para trabajar y no para figurar. Qué le vamos a hacer”.

Meses después esa organización se fracturó en dos, y la mayoría de los figurantes se unieron a la segunda. Estaban muy vinculados a un conocido comedor social malagueño y cada vez que había ruido mediático allí estaban ellos para aparecer. Eso sí, cuando este comedor empezó a quedarse sin suministros dejaron de hacerlo. No interesaba mucho… Tuvo que llegar la sacudida mediática que provocamos mi mujer y yo con una llamada desesperada al comprobar el estado de ese comedor para que este grupo apareciera por allí de nuevo. Y es que estamos en el puto país de las apariencias. Lo peor de todo fue que algunas personas de ese comedor celebraron su resurrección invitando a un arroz a esa organización y no tuvieron el detalle de hacerlo con nosotros, que éramos los que les habíamos salvado el culo. Pero bueno, son las cosas incomprensibles que suelen pasar aquí.

La idea general es que sí, que efectivamente soy elitista, porque:

  • Prefiero la gente que busca ser útil (participar) a la que busca ser importante (protagonizar)
  • Prefiero la gente que hace a la que dice hacer
  • Prefiero la gente activa a la gente pasiva o reactiva
  • Prefiero la gente que propone y produce a la que solo propone
  • Prefiero la gente humilde a la gente soberbia
  • Prefiero la gente que pregunta lo que no sabe a la que opina sin querer saber
  • Prefiero la gente que ayuda sin pedir nada a cambio a la que pide algo a cambio antes de ayudar
  • Prefiero la gente que valora el esfuerzo ajeno a la que se lo apropia o, si no lo consigue, lo ningunea
  • Prefiero la gente que te habla cuando tiene un problema contigo a la que te deja de hablar cuando algo que dices o haces no le ha gustado
  • Prefiero la gente que se toma la vida como un reto a la gente que se la toma como un problema
  • Prefiero la gente que trabaja por el interés general a la que trabajar por el interés propio
  • Prefiero la gente que motiva a la gente que desmotiva
  • Prefiero la gente que se alegra del bien o del éxito ajeno a la que lo envidia y lo critica
  • Prefiero la gente que duda de las cosas que no ha comprobado por sí mismo a la que lo tiene todo clarísimo sin preguntar
  • Prefiero a la gente que se responsabiliza de sus asuntos a la que culpa a todos de sus dramas personales
  • Prefiero la gente amable a la desagradable

Y confieso que esta enfermedad es irreversible. Cada día va a más y no haré nada por controlarla.

No nací para cumplir tus expectativas

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“Me has decepcionado”, “Te he decepcionado”. ¿Cuántas veces hemos escuchado o leído estas frases? ¿Cuántas veces las hemos dicho o escrito?

Estas expresiones son síntomas de dinámicas turbias entre personas. Una de ellas maneja una serie de expectativas respecto a la otra y, en consecuencia, espera que las cubra. Cuando no lo hace, se lo recuerda con toda la carga emocional que implica el “me has decepcionado”. Y si la otra persona asume previamente que su relación con la primera se sustenta precisamente en esa dinámica, cuando siente que no ha satisfecho sus expectativas se lamenta con todo el dolor de su alma: “Te he decepcionado”.

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Reto 2: liberar al ego

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“La última meta del ego no es ver algo, sino ser algo”, Muhammad Iqbal

Hoy tocaré el tema recurrente más delicado que existe: el ego, ese sirviente de nuestra mente que en cuanto se le da rienda suelta se convierte en el dueño de la estancia. El proceso es tan lento como inapreciable, ya que ocupa las primeras etapas de nuestro desarrollo pero es en la edad adulta cuando consolida todos los malos hábitos que reconocemos en aquellas personas que poseen un ego enfermizo (ególatras, egóticos, egoístas, egocéntricos, narcisistas, adanistas, tóxicas, etc). Lo curioso de todo esto es que las personas que lo padecen suelen negarlo con vehemencia y realizan constantes proyecciones de su propia sombra egóica malherida. Como ya comenté en una entrada previa, en nuestro desarrollo como personas necesitamos despertar, ver claramente lo que está pasando en nuestro interior y, desde ahí, podemos liberar a este reo de su cárcel. Encierro que no sólo le afecta a la persona sino a todo su entorno, deteriorándolos.

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Visibilización de las altas capacidades

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Hoy me gustaría tratar un tema tan delicado de abordar como apasionante, la visibilización del colectivo de las altas capacidades intelectuales.

Para abordarlo con sencillez, cuento una anécdota que viví hace años en nuestra asociación, pero que puede darse en cualquier otra de este colectivo.

Estábamos en una escuela de padres hablando de asociacionismo. Se crearon grupos en los que se trabajaron diversos temas, y la encargada de dinamizar la escuela propuso que las personas allí presentes dijeran qué temas les interesaba mejorar. Todos los grupos coincidieron en varios temas recurrentes, entre ellos “mejorar la visibilización” de las AACC.

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Niveles de desarrollo integral del ser

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El amor dice: ‘Yo soy todo’.

La sabiduría dice: ‘Yo soy nada’.

Entre ambos fluye mi vida (Nisargadatta)

Hace aproximadamente dos años creé la imagen que ilustra esta entrada. En ella represento de un modo visual los diferentes estadios o fases que componen el mapa de la evolución de nuestra conciencia (profundidad ontológica) o de nuestro ser.

Como habrás advertido, se asemeja bastante a la famosa pirámide de la jerarquía de necesidades elaborada por Abraham Maslow.

Pirámide de Maslow

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La palabra necesidad es clave tanto en esta pirámide como en la invertida. Necesidad suele aludir a dos ideas diferentes: i) la falta de algo y ii) todo aquello que es inherente a algo para su realización, actualización, evolución o desarrollo, cuatro conceptos semánticamente emparentados. Necesidad proviene del latín y significaba aquello en lo que no cedo o aquello que es inseparable de una cosa en una acción.

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Nuestro océano interior

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“La mayor parte de los hombres no quiere nadar antes de saber”

El Lobo Estepario

La mayoría de los aventureros que deciden adentrarse en las aguas marinas tan sólo se dan remojones más o menos largos, pero en la superficie; con sentir el frescor del mar en su piel ya se sienten satisfechos. Ese placer les hará repetir la experiencia natatoria. Ahora bien, ¿es eso todo lo que hay? Evidentemente, no; sabemos, cuando estamos nadando o al informarnos en tierra firme, que existen ‘tesoros’ en las profundidades marinas, pero ese saber no es más que intuición, y la intuición, a secas, no identifica lo que uno siente, tan sólo percibe que hay algo más; es la intuición intelectiva la que nos dibuja ese palpitar diferente, aunque no deje de ser un simple mapa. Este bosquejo, sin embargo, estimula la curiosidad e incita al aventurero a probar el buceo pero, al ser un medio en el que no nos desenvolvemos habitualmente, sentimos la presión del ahondamiento y la ansiedad por volver a lugares seguros, allá en la tierra firme o en la superficie marina. Se ha de profundizar poco a poco, nunca a lo loco, porque si llegamos a este extremo de imprudencia nos puede costar muy caro.

La aventura de bucear es, por tanto, progresiva. Cada vez somos más expertos y tenemos mejores mecanismos para desenvolvernos en las profundidades. La experiencia vivida va acumulándose en el cofre de nuestros conocimientos y habilidades, la memoria, y lentamente sentimos que, aunque encontremos vida y tesoros más abajo, éstos poco a poco dejan de sorprendernos si las probaturas se hacen siempre en las mismas aguas. Es más, una vez explorados todos los tesoros de la restringida área y volcados en la tierra firme, sentimos la desagradable sensación de que ya poco más podemos experimentar, que todas las aguas son iguales, y finaliza la aventura, abandonando la búsqueda de nuevas aguas y dedicando el resto del tiempo a predicar la sabiduría adquirida a los otros, como un acto de generoso desprendimiento hacia los que no han tenido el arrojo o la posibilidad de experimentar las aguas por sí mismos. Se convierten así en expertos guías de esas aguas que tan bien conoce.

Afortunadamente, siempre existirá alguna alma inquieta que no se engañe a sí mismo ni a los demás y que le dé crédito al pálpito que sigue latiendo en su interior: “haz el favor de vaciar esas aguas estancadas, porque ya huelen. Libérate de eso y vuelve al mar, sin prejuicios, sin la estulta sensación de que estás de vuelta de todo y de que eres incapaz de acceder a la siempre refrescante sorpresa”. Y se lanzan a la aventura de las nuevas aguas. Este salto adelante vendría a ser algo similar a la adquisición de una muñeca rusa, de manera que cada nueva liberación de lo ya conocido, de cada despoje de lo estancado, tendrá el premio de sabernos poseedores de tan preciado juguete. El problema de esto es que hay aventureros codiciosos que en lugar de colocar la muñeca mayor sobre la menor que ya tenía, y crecer, se dedica a juguetear con ella, a entretenerse disfrutando de su belleza; este peligro hay que saber advertirlo a tiempo y no caer en la trampa que la mente nos tiende.

Durante el proceso acumulativo de muñecas de sabiduría, se va generando una liberadora sensación: la memoria, hábil instrumento de la mente para mantenernos entretenidos en tierra firme, pasa de estar en el subyugante primer plano de todos nuestros quehaceres y lucubraciones a quedar relegado en un aliviante rincón, sin capacidad para incordiarnos en nuestra aventura. Este arrinconamiento se produce de manera fluida y natural, sin intervención de la voluntad del individuo porque ésta alertaría a la mente de la jugada; se va diluyendo como un azucarillo en la taza de las prioridades, quedando como mero edulcorante de la infusión de presente que supone experimentar, aprender.

Pero claro, todo lo humano tiene un límite marcado por su propia naturaleza. Un buceador no podrá soportar la presión de las aguas más profundas por lo que acceder a ellas por uno mismo se transforma en un peligro para la integridad física. Es por eso que nos interesamos por los equipos de buceo y los artilugios que nos puedan servir para que la experiencia no se pare. La paradoja de este proceder está en que necesitaremos una maquinaria, pensada y fabricada en tierra firme, y que se ha diseñado y construido calculando que resistirá la presión que se ha comprobado que existe a ciertos niveles de profundidad. Y con ese apoyo logístico adviene la ruptura; el goce y el desencanto final: goce, porque descubrimos lo que jamás imaginamos que haríamos solos; desencanto, por saber que no está en nuestra mano acceder ahí si no es ayudados por esa maquinaria, que nos ‘protege’ de las sensaciones que el agua produce en nuestro organismo.

Afrontar con entereza de ánimo el desencanto ayudará, sin duda, a completar el ciclo del aprendizaje: una especie de gran Ocho tumbado que nos lleva en volandas desde la superficie marina a tierra firme, se adentra en lo profundo del conocimiento, para volver a la superficie terráquea y seguidamente continuar por el mar hasta hundirse en las aguas de la experiencia y salir a flote en busca de la segura tierra. Es un gran ciclo, y lograrlo da serenidad, aunque sepamos que jamás llegaremos más allá de nuestros límites.