Altas Capacidades. La lucha continúa

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El fondo explica
La forma describe

Dentro del colectivo de familias con hijos escolarizados que tienen altas capacidades subyace un trasfondo sobre el que apenas se habla: estamos en permanente lucha contra el sistema educativo, no somos conscientes de ello y la estamos perdiendo. Sin medias tintas. Sin paños calientes. Nos demos cuenta o no lo hagamos, esto es una lucha colectiva, no una lucha individual.

Para explicarlo con un ejemplo concreto necesito poner antes en contexto lo que entiendo por fondo (o trasfondo, en el caso de situaciones) y forma. Fondo sería, en un sentido abstracto general, aquello que sirve de condición de posibilidad de toda forma. Aquí aludo a un fondo relativo en el sentido de estar relacionado con las distintas formas de modo directo. Más allá de esto podríamos postular un fondo absoluto, pero eso no entrará en esta reflexión. No corresponde.

Fondo es la parte esencial, activa, invisible y explicativa. Forma es la parte circunstancial, receptiva, visible y descriptiva.

Hay miles de ejemplos de esta íntima relación, pero traeré uno sencillo de entender: un experimento de resonancia. Como se expone al principio del video, Nikola Tesla postulaba que si querías encontrar los secretos del universo debías pensar en términos de energía, frecuencia y vibración.

Energía, frecuencia y vibración actúan como fondo explicativo de las diferentes formas que va tomando la materia visible en este experimento.

Este ejemplo, que es tan fácil de comprender si te están insinuando o mostrando el fondo (aunque no veas la energía, claro, solo sus efectos), se convierte en una odisea si no se hace. Parece magia. Como que sale ahí de la nada…

El trasfondo de la lucha colectiva

En el caso concreto de las familias de niños y niñas escolarizados (de todas, no solo de las del colectivo de AACC) el trasfondo lo representa el sistema educativo en su totalidad, como ente abstracto aglutinador de diversas formas y acciones. El sistema genera una potente violencia estructural que imprime todas y cada una de sus estructuras y funciones. Si no lo hiciera, no habría tanto interés en controlarlo políticamente ni generaría tantos encendidos debates entre los diversos agentes del sistema. Pero el sistema no se ve, se perciben solo sus efectos. Vemos personas e instituciones que interactúan entre sí, y cuando esas personas e instituciones no chocan las unas con las otras pensamos que no hay lucha, que todo está “normal” o que está “bien”. Nada más lejos de la realidad.

Este mecanismo subyacente generador de violencia estructural inobservable de modo directo permite a los agentes con mayor poder ejercer una violencia más directa sobre los agentes más débiles.

Como caso concreto, podemos analizar el papel de la Administración Educativa en nuestro país. La entidad responsable de proveer de recursos y de respuestas educativas a las necesidades específicas de apoyo del colectivo de AACC, regulado en normativa estatal, desatiende sistemáticamente sus obligaciones desde hace décadas. Pero para entender mucho mejor las formas que toma esa inatención tomaré las palabras siempre sabias y certeras de mi amiga Belén Ros, la abogada más importante dentro del colectivo.

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En su última entrada podemos leer lo siguiente:

“Esto sucede por varios motivos que van más allá de la falta de sensibilidad hacia las necesidades de estos niños y de la general ignorancia en la materia y que se encuentra en la raíz misma del sistema educativo español:  a pesar de que todas nuestras leyes educativas repitan cual loros amaestrados aquello que la Convención de Derechos del Niño establece en su artículo 29 y que es Ley por establecerlo así el art. 10 de la Constitución Española vigente:  que “la educación de los niños deberá ir encaminada a que desarrollen al máximo sus posibilidades”, la realidad es que las leyes orgánicas de educación están diseñadas para que los alumnos españoles alcancen unos objetivos mínimos en un tiempo determinado para su inserción en el mercado laboral.  Si se ha ido aumentando progresivamente la edad obligatoria de la escolarización no es porque todos los menores necesiten mayor formación académica hoy que hace cincuenta años, no nos engañemos, es porque así ingresarán más tarde en el mercado laboral.

Desde la Administración Educativa Española decir que vamos a ayudar a los niños de altas capacidades intelectuales a desarrollar al máximo su potencial es terriblemente hipócrita y absolutamente falso:  no se les permite aprender más ni más rápido porque el sistema está diseñado, no para respetar su diferencia, sino para “normalizarlos”.

[…]

Desde esta lógica de la “normalidad” nunca se van a atender las necesidades de estos niños por varios motivos:

1.-  Los Orientadores Educativos sin formación específica o con formación, pero desbordados de trabajo y burocracia, no se van a salir del “copia y pega de los informes” en relación a estos niños, informes destinados no a atender a estos niños, sino a facilitarle la vida a los docentes y a ellos mismos, que repiten generalidades abstractas para cubrir los expedientes.

2.-  Estos informes dan lugar a la emisión de los dictámenes de escolarización (declaración administrativa de NEAE) o sirven como tal, determinando los recursos que se ponen a disposición de los Centros para atender a estos alumnos y a todas las demás NEAE, esto es, vinculan los centros a los que se puede ir y los recursos están en los centros que se habilitan para esa NEAE y, como la realidad es que no hay para todos (por aquello de que no hay inversión en educación), estos recursos se otorgan por “volumen”.  Cuantos menos niños haya evaluados y reconocidos oficialmente, menos necesidad de medios materiales y humanos.

3.-  A pesar de que la legislación permite teóricamente que en los “Planes de Atención a la Diversidad” se puedan utilizar distintas herramientas pedagógicas para la atención de este tipo de alumnado, como puede ser el agrupamiento en “aulas flexibles”, “aulas de atención a la diversidad”, “la compactación curricular” o “la flexibilidad horaria”, se impide que esto se lleve a la práctica de forma coordinada:  ningún orientador (salvo excepciones) va a determinar que un niño necesite ese tipo de medidas, si lo hace, ningún inspector (salvo excepciones) va a autorizar que eso se lleve a cabo y, si a pesar de todo lo autoriza, las administraciones educativas no van a dar los medios (personales y materiales) para que estas medidas se lleven a cabo.

Suena duro, ¿verdad? Pues así suele ser la realidad. Esto no es Disneyland.

Lucha individual y lucha colectiva

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Decía anteriormente que este mecanismo subyacente (el sistema educativo) permite a los agentes con mayor poder (Administración educativa) ejercer una violencia más directa sobre los agentes con menor poder (las familias).

Esto es evidente, como también lo es que no se puede comparar la fuerza de una familia, enfrascada en su lucha individual contra algún agente del sistema con mayor poder con la fuerza de varias familias dispuestas a una lucha colectiva. No es lo mismo la pelea de David contra Goliath que la de una tribu hambrienta coordinándose para cazar un Mamut.

Los que llevamos años en esta guerra sabemos que la inmensa mayoría de las familias tienen una lucha individual para que se les reconozcan sus derechos y se conviertan en atenciones educativas eficaces. También sabemos que ese inmensa mayoría no contempla la opción de unirse realmente a otras en la misma situación para luchar colectivamente. Desconocemos los motivos por los que las familias creen o piensan que “juntas no podemos hacer nada”. Quizás hay un trasfondo que explica esta sensación de falta de poder real, percepción equivocada como se ha podido demostrar cada vez que un grupo de personas se unen para actuar colectivamente, aunque sea para “morir dignamente en la lucha contra Goliath o contra el Mamut”.

Y como no se produce esta concienciación para armarse colectivamente, el efecto más notorio que se percibe en el colectivo es la parálisis. Solo se ven pequeños fogonazos individuales que mantienen viva la llama de la esperanza, como es el caso concreto de Carla que, tras varios años de lucha familiar, ha obtenido el reconocimiento de su capacidad y se han confirmado las medidas educativas específicas que tendrá que recibir, otra lucha futura que deberá afrontar esta peleona familia.

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Su periplo es digno de mención, por eso lo destaco en esta entrada. No es el único, pero sí el último conocido de manera pública. Pienso que si hubiera cientos o miles de casos como este saliendo a la luz las cosas cambiarán sustancialmente. No podrían ignorarse los efectos en tantos casos como hay. Pero el miedo habitual en las familias, lógico y normal sabiendo quién ostenta el poder y quién ejerce la violencia aún sin golpear, hace que esta realidad se desconozca.

Por todo esto y mucho más soy un firme defensor de un asociacionismo activo (tengo que poner activo porque hay mucho asociacionismo limitado al asistencialismo que no cumple su función primordial en este escenario) que intente con todas sus fuerzas revertir esta situación. Somos muy pocos los que defendemos esta idea en España y somos muchos menos los que escribimos públicamente sobre este asunto. Quizás sea el único al que le parece un tema relevante y por ese motivo he sido invitado por Ana Esther Galán, la madre coraje de Carla, a hablar sobre esto el próximo 14 de diciembre, en Córdoba a la que invito a ir a cualquier loco interesado en el asociacionismo activo. Será una charla informal, nada técnica, alejada de la pompa que se celebra hoy día en el colectivo. Como he repetido cientos de veces, no soy experto en este campo, ni profesional de la educación o de la psicología. Simplemente soy una adulto con altas capacidades, padre de dos jóvenes con similar estructura cognitiva pero muy diferentes entre sí. Alguien que decidió hace una década luchar por esta causa, solo o acompañado. Porque cada caso de desatención me parece un auténtico despilfarro de recursos para un país necesitado de talento como el nuestro.

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3 respuestas a “Altas Capacidades. La lucha continúa

  1. Y se me olvidaba añadir al final algo un poco más alentador para quien pueda estar leyendo y esté en una situación parecida a la descrita anteriormente: al final me salí con la mía. Gracias a los esfuerzos de mis padres y al mío propio, que intentaba sacar partido a casi cualquier situación

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  2. Esta entrada me recuerda que a mí, en su día (cuando estaba en primaria) me negaron varias veces una educación especial. Por la simple razón de que “todos tienen que ser iguales”. ¡Igualdad, por favor!

    Y es que como ya dijo Aristóteles (o al menos a él se le atribuye la frase), “No hay mayor injusticia que tratar igual a quienes no son iguales”.

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