Altas Capacidades: el ruido mental

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Como advertirá cualquier lector habitual de este blog, en estas últimas entradas estoy realizando un giro sutil en el enfoque bastante más intimista. El motivo es muy fácil de entender cuando se expone el contexto desde el que emerge.

Hace casi once años aterricé en el mundo asociativo y antes de cumplir un año tomé la responsabilidad de llevar a buen puerto un proyecto que moría. Todo eso es conocido y no voy a contarlo otra vez, cualquiera puede consultarlo en algunas de las entradas que he publicado durante estos tres años de vida del blog. El caso es que hace casi una década afronté el reto de hablar por primera vez en público (y qué público) en la reunión anual de Mensa que se celebró aquí al lado, en Marbella. Y escribí un texto en el que propuse una idea rectora para la asociación que, huelga decir, no era compartida por casi nadie aunque suele pasar que cuando alguien realiza un trabajo es fácil asumirlo como propio si no es un disparate. Esa idea era, visto con la experiencia de una década, tan potente como utópica. O, más bien, quimérica. Una pura entelequia. Demasiados intereses externos centrados en otros asuntos para que pudiera siquiera coger carrerilla, no digamos vuelo.

La idea rectora se resume en este objetivo: “la comprensión integral del fenómeno de las altas capacidades intelectuales”.

Para hacerla asequible es necesario esbozar al menos qué queremos decir con “comprensión”, qué queremos decir con “integral” y a qué apuntamos con la palabra “capacidad”.

Vayamos primero a lo sencillo.

Comprender no es meramente entender. Aunque ambas palabras sean sinónimas en el lenguaje coloquial, sus raíces semánticas son distintas: apuntan a realidades muy diferentes. Para llegar a captarlas tenemos que rastrear su origen desgajando los términos y cambiándolos de orden.

Comprender es originariamente “prender con”. Entender, en cambio, es originariamente “tender en”.

Si nos imaginamos una metafórica barbacoa intelectual, entender sería “desplegar las viandas” en el mantel intelectual y comprender sería la acción de “coger las viandas” para llevárnoslas a la boca experiencial. Una vez allí se produciría la ingestión (gestión interna) y más adelante la digestión (gestión a través) para llegar finalmente a la nutrición.

Lo que nos indica todo esto, sin metáforas de por medio, es que no basta con ENTENDER el fenómeno sino que hay que hacer todo lo posible por COMPRENDERLO. Hay que adentrarse en esa realidad “hasta las trancas”.

¿De qué nos sirve observar y analizar los chuletones si no nos los comemos?

Observar el fenómeno desde la distancia intelectual para luego teorizar o reflexionar sobre él no es suficiente, aunque sí es necesario. Sobre todo para no coger alimentos decorativos de plástico.

Una madre o un padre al que le comunican que tiene un pequeño con posibles ACs lo primero que hace, si realmente quiere ayudar a su vástago, es informarse lo máximo posible. Leerá todo lo concerniente a las ACs o escuchará las sabias palabras de los expertos. Pero ese es sólo el primer paso. No debería en modo alguno quedarse ahí. Debería, si realmente quiere comprender el fenómeno, formarse adecuadamente. Sólo así podría al menos estar en disposición de comprender qué tiene entre manos. No es baladí esta cuestión precisamente.

Pero todo este proceso, necesario, no aborda siquiera tangencialmente la pregunta que el propio niño con AC se podría formular cuando crezca: ¿Qué significa ser una persona con AC?, o, ¿qué significan las AC intelectuales? Digamos claramente que ese progenitor comprometido no puede “comprender” qué significa ser una persona con AC. En este contexto es fundamental la figura del adulto con AC.

El fenómeno de las AC se sitúa en un estadio de incomprensión estructural debido a la tendencia que tenemos de prestar atención casi exclusiva al aspecto externo o extrínseco del fenómeno (p.e. prestando atención a la conducta). El aspecto interno o intrínseco (p.e. sus valores o sus creencias, etc) queda en un oscuro y confuso segundo plano de nuestra atención, con la consiguiente pérdida o deterioro de una información crucial que ayude a “comprender” el fenómeno de una forma genuinamente integral.

He dedicado muchos años a tratar de aclararme (y aclarar a otros) dentro del paisaje extrínseco del fenómeno. Paisaje formado por toda aquella información de terceros en los que se discuten diferentes temas relacionados con las altas capacidades intelectuales: artículos periodísticos, artículos científicos, entradas de blogs de profesionales o de personas activas, formación específica en este campo, diálogos en grupos o individuales, legislación y, cómo no, la esfera asociativa que es donde mejor me he manejado cuando he estado realmente activo. En este último campo realmente tampoco ha sido tanto tiempo, apenas tres años y medio, pero fueron de tal intensidad y compromiso que valen por veinte. Tengo el serio problema de que cuando entro en un asunto que me apasiona pierdo completamente el control emocional y me dejo la piel. Posteriormente he estado en otros proyectos colectivos pero jamás con la misma implicación. Ni de lejos. Realmente hace más de tres años que no despliego ni un diez por ciento de todo lo que podría dar de sí. Y hace más de seis meses que tampoco estoy en el ámbito asociativo, con lo que tampoco tiene mucho sentido continuar hablando sobre este asunto, salvo que alguien necesite alguna información concreta y pueda dársela basándome en la experiencia acumulada. En el blog está lo relevante y tampoco hay cambios trascendentes.

Ahora, en este momento, soy literalmente un verso suelto en el mundillo AACC. Esto tiene sus ventajas e inconvenientes, claro, como todo en esta vida. Si desconectas de un hilo comunicativo notas cómo la información y las relaciones dejan de fluir como antes. Es lógico, ya no estás «ahí» y dejas de ser interesante para la mayoría. Quedan los que tienen que quedar, los que están por lo que eres y no por lo que supuestamente representas. Nada nuevo bajo el sol. Son procesos normales. La ventaja es que puedes escribir y reflexionar sobre lo que te dé la real gana porque no debes pensar en nadie más. Cuando representaba al colectivo me tenía que callar muchas cosas porque no estaban «consensuadas» y eso limitaba mucho la capacidad de expresar ideas incómodas. Por suerte eso desapareció y ahora puedo expresarme con mayor libertad. A unos les gustará y a otros les disgustará, como debe ser. Hay personas que afirman que no pueden leer lo que escribo simplemente porque en un momento dado no cumplí sus expectativas y les produce rechazo el simple hecho de ver un contenido mío en la red. Bueno, hay que aceptarlo, cada uno se monta su propia película y cuando no tiene el final esperado puede reaccionar de modos muy curiosos. A mis amigos siempre les digo que no soy experto (ni profesional) en este campo y a mis enemigos, cada día menos por suerte, tengo que recordarles que no voy de experto. Hay para todos.

Y algunos pensarán, con toda la razón del mundo, ¿qué cojones tiene todo esto que ver con el ruido mental que titula la entrada? Pues desgraciadamente mucho. Muchísimo.

Llevo meses enredado en un ruido mental incesante. Básicamente porque percibo cosas que no me invitan al optimismo dentro de la esfera extrínseca del fenómeno. Y la mente no para de dar vueltas sin parar. El aspersor mental sigue su funcionamiento, pero ahora sin enfocarse en un lugar concreto dentro de ese paisaje. El blog ya cumplió uno de sus objetivos: tratar los temas relevantes que podían orientar a las familias en este proceloso mar. Y gracias a varias colaboraciones desinteresadas los temas han ido variando a lo largo del tiempo. Pero ahora toca entrar en el aspecto intrínseco del fenómeno, ese del que tanto hablan otros y que tan poco comprenden realmente.

Las personas con altas capacidades no somos estereotipos con patas. Cada vez que lees descripciones de cómo son, cómo piensan y cómo funcionan, se me abren las carnes. Parecemos cortados por el mismo patrón. Nada más lejos de la realidad. Un buen amigo, Carlos Rodríguez, con el que suelo discrepar mucho y me da mucha caña, lo dice con suma claridad: cada persona con aacc se parece a otra como un huevo a una castaña. ¿Acaso diríamos que los gays o las lesbianas son, piensan y funcionan de una manera que puedas hacer listas de características comunes, más allá de la preferencia en sus relaciones personales? No, ¿verdad? Pues eso.

Toda las personas sabemos lo que es ser poseído por el exceso de ruido mental. Y cuando piensas mucho (no quiere decir bien), el ruido es ensordecedor. A veces insoportable. Otras bloqueante. En ocasiones te da hasta miedo. O lo rechazas, o pides un interruptor para frenarlo. Mientras escribo este texto el ruido de fondo es increíble, así que hago un enorme esfuerzo por enfocarme en lo que estoy comunicando. Esto generará una natural confusión en el lector, que ya habrá desconectado del hilo. O no, lo mismo alguien se siente identificado con esta confusión.

El caso es que ayer andábamos en casa de unos amigos sobre los que ya he hablado alguna que otra vez. Dos personas extraordinariamente creativas y espirituales (nada religiosas). César, un artista que no es de este siglo, nos presentó una de sus últimas creaciones en 3D. Durante varios minutos observamos la obra, arte puro en movimiento, abstracción y simbolismo a unos niveles imposibles de describir. Llevaba un par de horas tremendamente cansado con el puñetero ruido mental y aquella visualización, sorprendentemente, me activó. Otro se hubiera quedado dormido porque las formas evolucionaban con una fluidez que inducía el sueño. Sin embargo, a mí me calmó el ruido, que poco a poco desapareció. Sentí una extraña sensación, algo que experimentaba de pequeño, el vértigo del fondo creador de toda forma, esa negrura solo aparente que posibilitaba todo lo que emergía. Fue un momento tan revelador como terapéutico. Casi tanto como una meditación profunda. El puñetero ruido egoico mental dejó de estar presente y martillear. Las ideas profundas emergieron y sentimos una conexión inmediata. Le pregunté a César cómo surgió esa obra. Ni él lo sabía. Trataba en vano de explicar que de pronto empezó a fluir y su ego diseñó cada uno de esos procesos en el ordenador, sin poder imaginar cómo quedarían luego en 3D. Sus obras son profundamente simbólicas y abstractas, difíciles de catalogar e imposibles de describirlas con palabras. Hay que verlas. Son realmente impactantes. Y surgen desde el fondo. Por eso le regalé un resumen de lo que trataba de expresar con palabras, sin éxito. Su habilidad está en otro lugar:

INSPIRACIÓN

La consciencia -insight, intuori- instruye

El ego construye

Algunas personas con altas capacidades, dentro del perfil «aspersor» (superdotación), ya que el perfil «manguera» (talentos simples) parece funcionar de modo diferente aunque sea superficialmente, narran los beneficios que les han aportado la práctica sistemática de yoga, meditación o mindfulness. Técnicas que permiten, al menos momentáneamente, reducir bastante el molesto ruido mental. Mecanismos que, en cierto sentido, resetean nuestra mente para recomenzarla con nuevas energías. Y nosotros tenemos la fortuna de no necesitar estas técnicas, tenemos esos amigos que cada vez que quedamos para charlar producen el mismo efecto. Son terepéuticos y no hay ocasión que no se lo recuerde. Personas como ellas, inteligentes y sensibles, son un lujo en tu vida y desde luego los cuidamos para que todo continúe igual. Porque ellos dicen lo mismo. Son confluencias sanadoras que, desde luego, recomiendo a todos aquellos que se ven completamente desbordados por su mente egoica. No quedar con estos amigos, obviamente, sino buscar estas técnicas de desconexión del ruido mental.

Cuando mi nación es lo importante, surge el nacionalismo.

Cuando mi provincia es lo importante, surge el provincialismo.

Cuando mi bando es lo importante, surge el bandismo.

Cuando yo soy lo importante, surge el «migomismo».

Ruido y más ruido. Elementos desgastantes cuando impregnan todo el discurso vital de una persona. ¿Hay algo más agotador que el egotismo? Personas que solo hablan de sí mismas y de lo suyo. Personas que cuando hablas de un asunto diferente o general, se lo llevan a lo suyo constantemente, sin solución de continuidad. La energía vital se disipa con tanto ruido.


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